En la Oscuridad de Valleverde CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

El segundero del reloj de pared avanzaba con un chasquido sordo, espaciado, que parecía rebotar contra las vigas de madera del techo.

Javier no le quitaba la vista de encima.

Estaba sentado al borde de una cama individual cuya colcha de lana gris conservaba la humedad típica de las zonas altas.

Tenía los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas, sosteniendo el peso de una cabeza que sentía cargada de plomo.

Su refugio no estaba en la ciudad. Javier se había alejado de Valleverde meses atrás, buscando el aislamiento que solo ofrecían las faldas de la montaña, en una pequeña propiedad de madera y piedra rodeada de pinos y caminos de tierra que morían en la maleza.

Era un lugar donde el ruido del viento entre las ramas tapaba cualquier existencia y donde nadie subía a preguntar nada.

Se había convertido en un ermitaño por voluntad propia; no quería ver a nadie, no quería dar explicaciones a los conocidos de su otra vida ni cruzarse con vecinos en los pasillos de un edificio.

Sin embargo, las paredes del cuarto contaban otra historia.

Tres de los lados de la habitación estaban cubiertos de papeles, planos de las rutas de transporte de Valleverde y recortes de periódicos locales cuyas esquinas comenzaban a doblarse por el frío del ambiente.

Había líneas trazadas con marcador negro que unían fechas, paradas de autobuses periféricas y horarios nocturnos.

Para un extraño que entrara allí por accidente, el lugar habría parecido la guarida de alguien consumido por una fijación peligrosa, el laboratorio mental de un hombre que planificaba sus movimientos con una paciencia fría.

Javier se pasó una mano por el rostro, sintiendo la barba de varios días y la piel reseca por la falta de sueño. Llevaba más de treinta horas despierto, alimentándose a base de café recalentado. Sus ojos, inyectados en sangre, delataban el cansancio de quien corre una carrera que no tiene meta.

El pomo de la puerta giró con un chirrido suave.

Javier no se sobresaltó; ni siquiera levantó la cabeza de inmediato. Ya conocía ese peso en el ambiente, esa forma en que la cerradura cedía.

La mujer entró en la habitación entornando la puerta detrás de sí para evitar que el viento de la montaña se colara por completo.

Llevaba un abrigo gris, húmedo por la neblina exterior, y se quitó la bufanda de lana oscura con un movimiento lento, dejándola caer sobre la única silla que había junto a la mesa.

—Sigues despierto —dijo ella. Su voz era baja, carente de reproche.

Javier exhaló un suspiro largo, dejando caer las manos entre sus piernas.

—No pude dormir —respondió él, con la voz un poco ronca—. El ruido del viento estuvo fuerte toda la madrugada.

La mujer caminó hacia la mesa, apartando con cuidado un par de hojas donde Javier había anotado los itinerarios de los últimos recorridos del transporte público que conectaba el centro con las afueras.

Tomó la cafetera de peltre que descansaba sobre la parrilla eléctrica apagada, comprobó el peso y la volvió a dejar en su sitio.

—Ya no queda nada ahí —comentó ella, mirándolo de reojo—. Te estás matando con eso, Javier. Mírate las manos, te están temblando.

Javier se miró las palmas. Era verdad; un temblor fino le recorría los dedos. Cerró los puños con fuerza, tratando de recuperar el control.

—Tengo que terminar esto —dijo él, fijando la vista en el mapa de la pared, justo en el sector norte—. Si me detengo ahora, no va a servir de nada el tiempo que llevo aquí metido.

La mujer se acercó a la cama con pasos cortos. El roce de sus zapatos contra el suelo de madera era el único sonido en el cuarto. Se sentó a su lado, lo suficientemente cerca como para que Javier pudiera percibir su presencia. Sin embargo, no lo tocó. Había una distancia invisible entre los dos.

—¿Y qué vas a hacer cuando encuentres lo que buscas? —preguntó ella, mirando el mapa—. ¿Crees que eso va a cambiar algo? Mira este lugar. Mira cómo estás viviendo. Ya ni siquiera bajas a la ciudad de día.

—Tú sabes por qué lo hago —respondió Javier, girando la cabeza para mirarla de frente. Sus rostros quedaron a corta distancia—. No me pidas que lo deje. Tú mejor que nadie sabes lo que pasó.

La mujer sostuvo la mirada. Sus ojos oscuros reflejaban una tristeza profunda, una resignación antigua que Javier conocía de memoria.

—Lo sé —dijo ella suavemente—. Pero estás obsesionado, Javier. Te la pasas siguiendo rastros por las esquinas y te olvidas de todo lo demás.

—La realidad afuera ya no importa —Javier se puso de pie bruscamente, impaciente por la discusión—.

Abajo solo hay ruido y gente que no vale la pena.

Aquí tengo el control. Sé a qué hora pasa el último transporte, sé por dónde caminan cuando se bajan de la terminal, sé cuántos minutos tardan en cruzar los descampados. Lo tengo todo anotado.

Se acercó a la pared y apoyó la punta del dedo índice sobre una de las marcas recientes, una cruz trazada con tinta roja que señalaba el límite del sector norte, cerca del bosque.

La mujer lo observó desde la cama, con las manos apoyadas en el colchón. Su silueta recortada contra la luz amarillenta de la lámpara de mesa daba la impresión de una presencia constante, de alguien que compartía su encierro de una forma u otra.

—Ayer te vi limpiar el coche —mencionó ella, cambiando el tono a uno más plano—. Estabas muy concentrado quitando unas manchas de barro del asiento trasero. Los hombres que bajan por el camino de la cantera se te quedaban mirando.

Javier apretó los dientes. Recordaba el episodio. Había pasado dos horas tallando la tapicería del vehículo bajo la lluvia fina de la tarde, con el frío de la montaña calándole los huesos.

—El barro de esa zona no se quita fácil —dijo él, sin voltear—. Es tierra arcillosa, de la parte alta del bosque. Si se seca, arruina el material. Solo quería dejarlo limpio.

—No es solo el barro lo que quieres limpiar —replicó la mujer, poniéndose de pie de manera pausada.

Caminó hacia la ventana, descorriendo apenas un centímetro de la cortina gris para mirar hacia los árboles del exterior—.

La policía andaba dando vueltas por la carretera principal hace rato.

Escuché las sirenas desde el cruce del mercado.

Deberías tener más cuidado con las horas a las que regresas de la ciudad.

Javier sintió una punzada de alerta en la boca del estómago, pero la controló de inmediato. La rutina de la patrulla del distrito no le preocupaba; sabía que se movían por las avenidas principales y que rara vez subían por los caminos de tierra de la montaña a menos que hubiera una emergencia.

—Buscan en los lugares equivocados —afirmó Javier, caminando hacia la mesa para servirse un vaso con agua—. Siempre lo hacen.

La mujer se dio la vuelta, apoyando la espalda contra el marco de la ventana. Se cruzó de brazos, observándolo en silencio.

—Un día de estos te vas a descuidar por cinco minutos y todo esto se va a terminar.

—No me voy a descuidar —respondió él, tras tomar un trago largo de agua—. Ya falta poco.

La mujer no contestó. Se limitó a mirarlo con esa mezcla de lástima y familiaridad que a Javier le pesaba en el pecho, pero que al mismo tiempo era lo único que lo mantenía en pie en ese lugar.

Cruzó el espacio entre la ventana y la silla, tomó su bufanda y comenzó a acomodársela de nuevo alrededor del cuello, preparándose para salir.

—Me voy —dijo ella, caminando hacia la puerta—. Intenta descansar un poco, Javier. Si sigues así, no vas a tener fuerzas cuando llegue el momento.

Javier se quedó inmóvil junto al escritorio, observando cómo ella abría la puerta y salía hacia el pasillo oscuro.

No le pidió que se quedara. Sabía que la dinámica entre los dos era así: una presencia que venía a recordarle el peso de lo que cargaba y que luego lo dejaba a solas con sus mapas, sus notas y el tic-tac implacable del reloj que seguía midiendo el tiempo de su espera en la montaña.