CAPÍTULO 1
La mañana en Valleverde había comenzado con la misma parsimonia gris de casi todos los jueves del año.
La niebla, espesa y pesada, tardaba en subir desde los terrenos bajos del río y se quedaba estancada entre los edificios del centro, dándole a la ciudad un aspecto adormecido, casi fantasmal.
En las calles, el tráfico de las siete de la mañana avanzaba a paso de rueda, entre el ruido de las bocinas de los autobuses y el parpadeo de los semáforos desgastados por los que nadie parecía tener prisa.
En el segundo piso de la comisaría del Distrito Norte, el ambiente no era muy diferente.
El aire olía a café recalentado, a papel viejo y al desinfectante barato que el personal de limpieza pasaba por los pasillos antes de que llegara el grueso del personal.
Era esa hora muerta del turno donde los reportes de la noche anterior ya se habían archivado y los problemas del nuevo día todavía no terminaban de reventar.
El inspector Daniel Medina contemplaba el panorama desde la ventana de su oficina, una habitación pequeña con las paredes pintadas de un verde manzana ya descascarado.
Tenía una taza de porcelana desportillada entre las manos, dejando que el vapor del café le diera directamente en la cara para terminar de espabilarse.
Medina ya pasaba de los cincuenta años; el cabello, completamente gris, lo llevaba corto y peinado hacia atrás, y las líneas alrededor de sus ojos delataban más horas de insomnio que de oficina.
Llevaba una chaqueta de cuero marrón que había visto mejores tiempos y una camisa de botones que ya no terminaba de ajustar bien en el cuello.
Daniel era un hombre de silencios largos.
Treinta años en la fuerza policial de Valleverde le habían enseñado que en este oficio la prisa casi siempre era mala consejera, y que la mayoría de los casos no se resolvían corriendo detrás de las sirenas, sino sentándose a leer los detalles que los demás pasaban por alto.
La puerta de la oficina se abrió sin tocar, rompiendo la tranquilidad del lugar.
—El café de la entrada parece agua de alcantarilla, inspector —dijo el subinspector Mateo Ojeda, entrando con un par de carpetas de cartón bajo el brazo y una dona medio mordida en la mano derecha.
Ojeda era todo lo contrario a su jefe. No llegaba a los treinta años, se movía con una energía inquieta que a veces resultaba fastidiosa y llevaba el uniforme con cierta flojera, como si le molestara la rigidez de la tela.
Tenía la mirada rápida, siempre atenta a cualquier estímulo, y una confianza en sí mismo que Medina a menudo tenía que frenar antes de que lo metiera en problemas con los mandos superiores.
Mateo representaba a la nueva escuela: creía en las bases de datos, en el rastreo de teléfonos y en los perfiles digitales.
Daniel, por su parte, seguía confiando más en mirar a un sospechoso a los ojos a mitad de un interrogatorio.
—Es el mismo café de toda la vida, Mateo. Ya deberías estar acostumbrado —respondió Medina sin apartar la vista de la ventana. Abajo, en el estacionamiento, una patrulla salía con las luces apagadas, perdiéndose en la neblina de la avenida.
—Uno nunca se acostumbra a lo malo, jefe —Ojeda se dejó caer en la silla frente al escritorio de madera, arrojando las carpetas sobre la superficie llena de papeles, ceniceros vacíos y carpetas acumuladas—.
Ahí le dejé los cierres de las denuncias por los robos de autopartes en el sector industrial.
Puro papeleo. No hubo detenidos, como siempre.
Los dueños de los talleres prefieren no denunciar y arreglar las cosas a su manera.
Medina se dio la vuelta, caminó lentamente hacia su escritorio y se sentó en su vieja silla de oficina, que protestó con un quejido metálico. Tomó un sorbo de café y miró las carpetas sin mucho interés.
—Esta ciudad se está volviendo más difícil de leer —comentó el inspector, recostando la espalda en el asiento—.
Antes sabías quién mandaba en cada barrio.
Ahora todo está fragmentado. Hay demasiada gente de paso, demasiadas bodegas abandonadas.
Es el escenario perfecto para que cualquiera se esconda.
—Es el progreso, inspector —dijo Ojeda con sarcasmo, terminándose la dona y sacudiéndose las migajas de los pantalones—.
Más fábricas, más gente, más caos. Por cierto, la jefatura está pidiendo que revisemos los turnos del fin de semana para el partido de fútbol en el estadio del sur.
Quieren que mandemos a la mitad de los muchachos a vigilar las entradas.
Medina soltó un bufido. Detestaba esos operativos.
Significaba tener a la mitad del distrito cuidando a fanáticos borrachos mientras las calles reales se quedaban solas.
Abrió una de las carpetas y empezó a firmar las hojas de recibido con un bolígrafo de tinta negra, manteniendo un ritmo pausado, casi mecánico.
La conversación entre los dos policías continuó durante la siguiente media hora, derivando en temas mundanos: el clima que prometía lluvia para la tarde, los problemas con el motor de una de las patrullas asignadas y las quejas habituales sobre el presupuesto del distrito.
Era la rutina de la comisaría, el relleno diario que llenaba las horas de una mañana que parecía destinada a terminar sin pena ni gloria.
A las nueve y cuarenta y cinco, el teléfono gris que estaba sobre el escritorio de Medina comenzó a sonar. El timbre, estridente y metálico, cortó la calma de la habitación.
Medina dejó el bolígrafo a un lado y levantó el auricular.
—Inspector Medina —dijo con voz neutra.
Ojeda, que estaba revisando algo en su teléfono celular, levantó la vista al notar el cambio inmediato en la expresión de su jefe.
El cuerpo de Medina se tensó casi imperceptiblemente; dejó de apoyarse en el respaldo de la silla y se inclinó hacia el frente, tomando un papel en blanco y el bolígrafo.
—Sí... entiendo —decía Medina, mientras anotaba un par de palabras sueltas en la hoja—. ¿Quién lo reportó?... De acuerdo. ¿Hay alguna unidad en el lugar?... Que no toquen nada, Ojeda y yo salimos para allá de inmediato. Aseguren el perímetro.
Daniel colgó el teléfono lentamente. Se quedó mirando el trozo de papel durante un par de segundos, como si estuviera procesando la información. El ambiente tranquilo de la oficina se evaporó en un instante.
—¿Qué pasó, jefe? —preguntó Mateo, guardando el teléfono en el bolsillo y poniéndose de pie de inmediato, intuyendo que la mañana de descanso había terminado.
Medina se levantó de la silla y tomó su chaqueta de cuero que colgaba detrás de la puerta. Su rostro ya no tenía la expresión relajada de hace unos minutos.
—Llamaron de la guardería forestal del norte —dijo Medina, revisando que tuviera su placa y el arma reglamentaria en el cinturón—.
Uno de los trabajadores que andaba limpiando la maleza cerca de la orilla del Bosque de los Cedros encontró un cuerpo entre los matorrales, a unos trescientos metros de la terminal de autobuses.
—¿Un homicidio?
—Eso parece —Medina abrió la puerta de la oficina y salió al pasillo con paso firme, obligando a Ojeda a apresurarse para seguirle el ritmo—. Es una mujer joven. El trabajador dice que tiene marcas claras en el cuello y la ropa rasgada, como si hubiera intentado defenderse de una agresión.
Mateo sintió una ligera descarga de adrenalina mientras bajaban las escaleras hacia el estacionamiento subterráneo de la comisaría.
—El Bosque de los Cedros es una boca de lobo de noche —comentó Ojeda—. Quien sea que la haya matado, eligió el lugar ideal para dejarla y que nadie escuchara nada.
—O la siguió desde la terminal —corrigió Medina de forma seca, sacando las llaves del coche patrulla sin logotipos de su bolsillo—.
A esa hora no hay nadie en la calle y el último recorrido del autobús deja a la gente vendida.
El tipo solo tendría que esperar a que ella caminara hacia el sendero oscuro para caerle encima.
—¿Saben quién es?
—Todavía no hay documentos, o al menos el empleado no los vio —respondió el inspector, abriendo la puerta del vehículo—. Pero por la rigidez del cuerpo, el médico forense preliminar calcula que pasó a la madrugada. Sucedió anoche. Vamos a ver qué nos dejó la niebla.