En la Oscuridad de Valleverde PRÓLOGO
4%
En la Oscuridad de Valleverde

En la Oscuridad de Valleverde

Por Otto Milla

© inepub.com

PRÓLOGO

La niebla en este sector de Valleverde siempre era más espesa. A esa hora, pasadas las dos de la mañana, el último autobús de la ruta norte la había dejado en la terminal provisional, justo donde terminaba el pavimento y comenzaban los terrenos del Bosque de los Cedros.

Sara apresuró el paso. El sonido de sus propios zapatos contra la tierra suelta y las hojas secas le parecía extrañamente fuerte en medio de la madrugada.

Cruzó la última calle iluminada, la avenida de los talleres, buscando con la mirada alguna señal de movimiento, las luces de un taxi o al menos el parpadeo de la garita del vigilante de la fábrica de cemento.

No había nadie. El barrio parecía muerto, un conjunto de bodegas oscuras con las cortinas metálicas cerradas.

Se acomodó la correa de la cartera en el hombro, sintiendo un sudor frío que empezaba a bajarle por la nuca.

No era una paranoia. Había empezado a escuchar los pasos tres cuadras atrás, justo cuando bajó del autobús.

Al principio pensó que era otro pasajero que caminaba en su misma dirección, una coincidencia normal.

Pero cuando ella aceleró el paso, la distancia entre los dos no aumentó.

Cuando cruzó a la acera de enfrente para quitarse la duda, los pasos detrás de ella cambiaron de ritmo en el acto, acomodándose al suyo.

No se atrevía a voltear. Tenía miedo de que, al girar la cabeza, la confirmación de lo que sospechaba la dejara paralizada a mitad del camino.

Donde terminaba la última bodega, la luz pública simplemente se acabó.

La única opción que tenía Sara para llegar a su casa, en la colonia que estaba del otro lado del cerro, era seguir el sendero peatonal que atravesaba la orilla del bosque.

Era un camino estrecho, rodeado de árboles altos y matorrales espesos que bloqueaban la poca claridad de la noche.

Se adentró en la oscuridad, guiándose apenas por la silueta del sendero. A los pocos metros, el sonido que la perseguía se detuvo.

Sara se paró en seco, aguantando la respiración.

El silencio que siguió fue total, roto solamente por el ruido del viento entre las ramas y el latido violento de su propio corazón en los oídos.

Se quedó completamente inmóvil, pegando la espalda al tronco de un pino grande, con los ojos muy abiertos, tratando de adivinar alguna forma humana entre las sombras y la niebla.

¿Se había ido? ¿Había sido solo su imaginación por el cansancio de salir tan tarde del trabajo?

Esperó varios segundos. Nadie apareció en el inicio del sendero. Sara soltó un suspiro tembloroso, sintiendo un alivio en el pecho que le aflojó las piernas. Se acomodó el cabello con una mano, dispuesta a salir de allí corriendo para llegar a su casa de una vez por todas.

Fue entonces cuando escuchó el crujido de una rama rota.

No venía de atrás, de la entrada del camino por donde ella había venido. Venía de adelante, desde la parte más densa y oscura del bosque, a unos cuantos metros de distancia. Alguien ya estaba dentro del parque. Alguien se había metido por entre los árboles para cortarle el paso.

Una silueta oscura se separó de los matorrales. No llevaba prisa; la figura se movía con una lentitud calculada, cerrándole por completo la salida hacia el otro lado del sendero.

Sara intentó retroceder, pero sus piernas no reaccionaron a tiempo. Tropezó con una raíz expuesta en el suelo y perdió el equilibrio. La cartera se le cayó de las manos, desparramando todo el contenido entre el lodo y las hojas muertas, pero a ella ya no le importó.

El miedo le cerró la garganta por completo. La silueta avanzó un paso más, saliendo apenas de la sombra de los pinos. En esa penumbra no se podían ver sus facciones, ni su ropa, ni lo que llevaba en las manos; solo se distinguía el bulto de una presencia enorme que se le iba encima.

Sara abrió la boca para gritar, para pedir una ayuda que sabía que no iba a llegar en ese lugar abandonado. La distancia entre los dos se acortó en un instante. Cuando la primera mano, firme y helada, la agarró por el hombro en medio de la oscuridad, el Bosque de los Cedros se tragó su único grito.