En la Oscuridad de Valleverde EPÍLOGO
100%

EPÍLOGO

Las portadas de los periódicos de Valleverde dejaron de abrir con el rostro de Javier para dar paso a las imágenes de un juicio histórico.

Semanas antes de que iniciaran las sesiones, siguiendo las coordenadas del plano topográfico que se había dejado sobre la caja metálica, un equipo forense se adentró en el cuadrante norte del bosque de los Cedros.

Allí exhumaron los restos de Lucía Ortega.

Tras la necropsia que confirmó la causa de su muerte, recibió una sepultura oficial en el cementerio municipal.

Ese hallazgo fue la pieza final. Los análisis de laboratorio resultaron contundentes: las muestras biológicas en el cuchillo de monte vinculaban directamente el arma con Luis Fernando Galeano, y las pruebas forenses de las cuerdas y la identificación dactilar en los indicios no dejaron margen de duda.

Acorralado por el rigor del proceso técnico, Galeano terminó por confesar cada uno de los crímenes.

La sentencia fue firme y unánime: cadena perpetua en un módulo de máxima seguridad por los secuestros, violaciones y asesinatos de Mónica Silva, Sara López, Sofía Mendoza y Lucía Ortega.

En el despacho de la comisaría central, el silencio de la tarde solo era interrumpido por el chirrido de los cajones metálicos.

Ojeda deslizó una pesada carpeta de cartón grueso que contenía cientos de folios, actas y fotografías de archivo.

Con un movimiento seco, empujó el archivador hacia el fondo del mueble.

—Todo archivado, inspector —dijo Ojeda, sacudiéndose el polvo de las manos—. El caso del Monstruo de Valleverde está oficialmente cerrado.

Medina no respondió de inmediato. Permanecía de pie junto al ventanal, con una taza de café templado entre las manos, observando cómo la llovizna de la tarde comenzaba a empañar los cristales y a oscurecer las calles.

—¿Y el expediente de Javier? —preguntó Medina sin volverse.

—Se retiraron los cargos por sospecha de homicidio tras los resultados del laboratorio y la confesión de Galeano —respondió el detective, apoyándose en el borde del escritorio—.

Ya no figura en la lista de personas buscadas ni sospechosas.

El coche que robó ya fue devuelto a su dueño.

Sin embargo, su paradero actual es completamente desconocido.

No ha registrado actividad en sus cuentas bancarias, su apartamento sigue vacío y nadie ha recibido una sola llamada suya.

Es como si se hubiera desvanecido esa noche en la fábrica.

Medina dio un sorbo corto al café, contemplando el reflejo de la lluvia en el vidrio. Sabía que Javier había montado una escena perfecta para que la policía hiciera su trabajo, entregando las respuestas que ellos no habían podido conseguir a tiempo, para luego marcharse sin reclamar nada.

—Quizá era lo que necesitaba —comentó Medina en voz baja—. Encontrar al asesino.

—¿Cree que siga en la ciudad, inspector? —preguntó Ojeda, ordenando los últimos papeles sueltos sobre la mesa.

Medina se giró lentamente, contemplando el despacho y el archivador donde el nombre de Javier quedaba guardado en los registros del pasado.

—No lo sé, Ojeda —concluyó Medina, caminando hacia su gabardina—. Solo espero que después de todo lo que pasó, haya encontrado paz.

El inspector apagó la luz del despacho. La penumbra inundó la habitación, dejando únicamente el murmullo constante del agua golpeando contra el exterior del edificio, mientras el destino de Javier quedaba suspendido para siempre en un silencio absoluto.