31 FOSTER
P ensé en llegar al aeropuerto con un cartel en el que pusiera: «Propiedad de Zach Sawyer», pero quizá le daría vergüenza. Aunque me apetecía mucho ver esa carita colorada que tanto me gusta.
Lo invité a venir conmigo a Nueva York, pero ya tenía los billetes comprados para ir a su casa en vacaciones, así que llevamos sin vernos…
demasiados días para llevar la cuenta. En parte, esperaba que me invitara a casa de sus padres, pero no quería molestar.
Me da la sensación de que la familia de Zach lo apoya, pero que no están muy unidos. Al menos, no como la mía.
Cuando el alborotado pelo moreno de Zach asoma en la distancia, me tengo que controlar para no hacer alguna tontería, como correr hacia él a cámara lenta.
Va con la cabeza agachada mirando al móvil.
Me vibra el mío en el bolsillo.
ZACH: Ya he aterrizado. Se supone que viene Seth a recogerme. Tengo ganas de verte.
—Hola —le digo cuando está a pocos metros de mí. Zach da un respingo.
—Foster… ¿qué haces…? O sea… —Mira su ropa, que consiste en los vaqueros anchos de siempre y una camiseta de tirantes vieja—. Creía que vendría Seth. Me habría… —Señala su atuendo.
—Qué adorable, ¿te habrías vestido más elegante para mí? —Me acerco para rodearlo con los brazos, pero da un paso atrás.
—Huelo a avión, voy hecho un asco.
Lo abrazo de todas formas.
—Me da igual. —Lo aprieto más contra mí—. Te he echado de menos.
—Yo a ti también —susurra contra mi hombro.
—Madre mía, qué ganas tengo de llevarte a casa.
Aún quedan unos cuantos días para que empiecen las clases, así que se quedará con nosotros en casa de mis padres.
Y, caray, benditos los ojos. He conseguido sacarle los colores a mi novio.
—Nada de sexo en casa de tus padres —avisa, a lo que yo hago una mueca.
—¿Cuánto te duró esa norma en Acción de Gracias hasta que te rendiste?
—Se mantienen las mismas reglas que entonces. Nada de sexo si están en la casa.
Dormir desnudo al lado de Zach casi acaba con la cordura de ambos, hasta que al final cedió e implementó un vacío legal. Cada vez que mis padres salían de casa, Zach y yo nos íbamos corriendo a mi habitación, para disgusto de Seth.
—Resulta que ahora mismo están en el trabajo, así que tenemos la casa para nosotros solos. Bueno, Seth está allí, pero lo podemos mandar a la mierda.
—Ya veremos —responde tras apretar los labios.
No sé qué significa eso, pero trato de no analizarlo.
Zach se enfunda unas tres capas de sudaderas y abrigos antes de salir al aparcamiento.
—¿Tienes frío? —Me acerco y le pongo mi gorro en la cabeza.
—Te juro que hace más frío aquí que en Wisconsin, y eso que parecía imposible.
—Conozco muchos trucos para entrar en calor.
—Unas semanas sin sexo y te repites como un loro.
—Qué va. Siempre estoy pensando en sexo, pero lo expreso más cuando sufro de abstinencia.
Zach sonríe, pero hay algo en su reacción que no termina de cuadrarme.
Ahora que lo pienso, lleva así varias semanas. Desde que Damon King llegó a mi vida, las sonrisas de Zach me parecen forzadas, como si fingiera su alegría.
Para una persona que analiza las emociones porque no las entiende, se le da fatal ocultarlas.
Ha vuelto a ser el Zach inquieto que conocí, como si los avances que hemos hecho en estos meses se hubieran esfumado durante los días que no nos hemos visto.
Ya pasó cuando empezó la temporada de hockey.
No sé cómo nos afectará esto el año que viene.
Nos hemos mandado mensajes y hemos hablado por teléfono, pero he notado a Zach demasiado cohibido en las videollamadas. Que lo respeto, pero algo tiene que cambiar si entro en un equipo de la NHL. No puede volver a sentirse incómodo conmigo cada vez que pasamos una temporada separados.
Nos visitaremos, pero será breve, y nuestro tiempo limitado.
Aun así, quiero esto. Quiero pasar tanto tiempo con él como pueda, sea el tiempo que sea.
Pensaba que lo nuestro sería efímero, que solo quedaríamos, pasaríamos un buen rato y, después de varios días, meses, lo que sea, nos daríamos cuenta de que no tenemos nada en común o estaríamos muy ocupados para quedar, así que romperíamos de manera amistosa.
Así ha sido con la mayoría de las «relaciones» que he tenido.
Ni en mis mejores sueños habría llegado a pensar que llegaríamos a esto. No quiero dejarlo. Jamás pensé que tendría en cuenta a una persona mientras tomaba decisiones sobre mi futuro.
Lo que yo hiciera con mi vida siempre había sido responsabilidad mía y solamente mía. Ahora quiero hacer todo lo que esté en mi mano para que Zach forme parte de ella. Y me da igual lo duro que me pueda resultar llevar una relación a distancia.
—¿Qué tal te ha ido en Nueva York? —me pregunta cuando arranco el coche.
—Ya te lo he contado prácticamente todo.
Me ha escuchado y se ha mostrado muy ilusionado y feliz por mí, pero comienzo a dudar de si también fingía esa parte.
Quizá yo estaba tan emocionado por firmar con un agente que no he prestado toda la atención que debería a cómo Zach se había tomado la noticia.
Damon escuchó lo que quería y se mostró optimista al respecto.
Le dije que me interesaban todos los contratos que me ofrecieran, pero que preferiría no irme muy lejos de mi ciudad.
Quedarme en la costa este, si es posible.
Damon cree que puede conseguirlo, pero también me aconsejó que fuera realista, ya que un contrato en la NHL sigue siendo un contrato en la NHL, sea en el estado que sea.
Ahora solo tengo que centrarme para dejarlo todo en el hielo e impresionar a los ojeadores de la NHL. Demostrar que todos y cada uno de los equipos querrán ficharme.
—¿Estás contento? —pregunta Zach.
—Lo estaré más cuando consiga un contrato. El agente solo es el comienzo.
—¿Cuál sería el equipo de tus sueños?
—Nueva York estaría genial. Está un poco más lejos de lo que me gustaría, pero tienen a Ollie Stromberg en el equipo.
—No sé quién es.
Me río.
—Uno de los primeros jugadores de la NHL abiertamente gay.
También lo representa mi agente y, no sé, estaría bien no ser el único jugador del equipo que forma parte del colectivo.
Si no fuera en Nueva York, mataría por jugar en Boston.
De pequeño siempre iba con ellos cuando jugaban y sería increíble.
Una sonrisita cruza la cara de Zach.
—Boston solo está a tres horas y media de aquí.
—Podrías venir los fines de semana en los que no tuviera partido.
Zach se mueve en su asiento y mira por la ventana.
—¿Te gustaría?
—Dios, y tanto.
—Caray, no lo has dudado. Vale.
—¿Ya estás otra vez con eso? —Lo miro de reojo antes de volver a poner la vista en la carretera.
El asfalto resbala después de la nevada de anoche y es peligroso. Habría preferido detenerme para tener esta conversación, pero ya casi hemos llegado.
—¿Con qué?
—¿Estás dando cosas por hecho sobre nosotros sin hablarlo conmigo?
—P-puede…
Entro en la calle de mis padres y me muerdo el labio para no decir nada más hasta que aparco en la entrada de la casa.
En cuanto apago el motor, me giro para mirarlo.
—¿Y qué has pensado? ¿Que en cuanto firme un contrato en la NHL romperemos?
—No sé, ¿quizá? Tú siempre has sido tú y yo siempre he sido… yo.
—No tengo ni puta idea de lo que significa eso.
Él me mira.
—Te has vuelto a enfadar.
—No me digas.
—La NHL supone llevar un… estilo de vida concreto y no quiero que estar conmigo te frene.
—¿Qué estilo de vida?
—Pues los y las groupies del hockey, por ejemplo. He leído cosas sobre ellos.
Me froto la cara con las manos y gruño.
—¿De verdad vamos a discutir sobre un futuro hipotético en el que me tiro a cualquiera porque tú estás en Vermont y yo no?
—¡No! No digo que me engañarías si yo no estuviera ahí.
Sino que, más bien…, si vas a la NHL con mochila, seguramente te perderías cosas y no vivirías la experiencia al completo.
Y yo no… no estoy hecho para esa vida. ¿Me imaginas en un banquillo hablando con otra gente sobre hockey?
Seguro que me echarían a patadas por llamar «pelota» al disco.
O «touchdown» al gol. O «parte» al período.
—Qué adorable, ¿te has aprendido las palabras por mí?
—Lo digo en serio. Me pondría nervioso y empezaría a decir tonterías, y todos tus compañeros de equipo nuevos te perderían el respeto.
—¿Y crees que me importa? Si quisiera a una persona que estuviera obsesionada con el hockey, no serías mi novio, para que lo sepas.
—Yo… eh… —Abre y cierra la boca rápido.
—Tienes que entender una cosa: ¿sabes cuando pierdes hasta la noción del tiempo por estar tan concentrado en estudiar y leer las cosas que te interesan?
Puede pasar una semana sin que te des cuenta.
Durante los primeros años, tendré que esforzarme tantísimo en mejorar mi juego que lo más seguro es que no me quede fuerza para hacer nada más, aparte de asegurarme de conseguir un contrato a largo plazo en un equipo.
Es una vida impredecible. Quizá tenga un primer año de mierda y me acaben bajando de categoría para entrenar en la AHL.
O quizá no cuajo en un equipo y me transfieren.
Por Dios, es que a lo mejor ni siquiera consigo un contrato.
Podría pasar cualquier cosa y no sé por qué estamos teniendo ahora esta conversación cuando aún faltan meses para saber qué pasará.
Él agacha la cabeza.
—Porque me asusta que te vayas y me dejes, lo pasaría muy mal. —Lo dice tan flojito, con tanta inseguridad, que me sorprende lo firme que suena al mismo tiempo.
—Cielo… —Me inclino hacia él, pero el maldito cinturón me lo impide—. Mierda.
Me lo quito rápidamente y me acerco todo lo que puedo a Zach.
Abre mucho los ojos, pero cuando le acuno la mejilla con la mano él se apoya en esta.
—Nunca pensé que tú… —Vuelvo a empezar—.
Nunca pensé que la petición de mi hermano de cuidar de ti pudiera convertirse en algo más que echarte un ojo de vez en cuando.
Ni mucho menos esperaba que me gustaras tanto o que llegara a pedirle a mi agente que me buscara un equipo en la costa este para estar más cerca de ti.
Sé que no será fácil y sí, tendremos que adaptarnos, pero no quiero que vuelvas a pensar ni por un segundo que rechazaría o me perdería cualquier cosa por tu culpa. No eres mi novio y ya.
Es mucho más. Tanto, que no sé cómo describirlo con palabras.
—¿No? —pregunta con un pestañeo, a lo que niego con la cabeza.
—Eres una parte tan importante de mi futuro como lo es el hockey.
—¿S-seguro? Porque me estoy empezando a preguntar si no deberían psicoanalizarte.
Estallo en carcajadas.
—No sería mala idea. Pero eso no cambia que esté tan loco por ti. Me has afectado mucho más que cualquier golpe que me haya llevado sobre el hielo.
—Ah, así que tienes una conmoción. Eso lo explica todo. Como que te atraigan tanto mis rarezas. Y por qué…
Acallo la retahíla de autodesprecio con un beso lleno de promesas y convicción. Uno que espero que note hasta en los pies entumecidos, porque llevamos tanto rato sentados en el coche con la calefacción apagada que esto se asemeja más a un congelador.
Sin embargo, cuando me devuelve el beso, dejan de importarme las quemaduras por las temperaturas bajas o la hipotermia.
Al menos hasta que mi erección empieza a esconderse por culpa del frío.
—No des más cosas por hecho —le digo aún contra sus labios.
—Lo intentaré. Aunque me viene un poco de serie buscarle el sentido a las cosas, así que quizá necesito ayuda para recordarlo de vez en cuando.
—Al más mínimo atisbo de duda, recuerda que estoy loquito por ti.
—De acuerdo.
—Déjame llevarte adentro y demostrártelo —le susurro.
—¿Demostrarme el qué?
—Cuánto te… cuánto… —Mierda, ¿por qué no me salen las palabras? Claro, porque nunca se las he dicho a nadie aparte de a mi familia, pero las tengo en la punta de la lengua, deseando salir, aunque algo las retiene—. Cuánto te deseo.
La madre que me parió.
Él asiente.
Salimos del coche y Zach va al maletero.
—Luego salimos a por las maletas. —Lo agarro del brazo y lo empujo hasta la puerta de la casa.
En cuanto nos resguardamos de la nieve en el porche, tiro de él hacia mí y deposito mis labios en los suyos.
Me rodea el cuello con los brazos y entramos a la casa sin despegarnos, sin parar de besarnos ni toquetearnos.
—¡Buenas! ¿Qué tal te ha ido en Wiscon…? —La voz de mi hermano nos interrumpe—. ¡Pero bueno! Voy a pasear al perro.
Le hago un gesto con la mano, pero el eco de sus palabras sigue en mi mente. Me obligo a apartar los labios de los de Zach, pero no me separo de él.
—No tenemos perro.
—Ya, pero me voy a ir ahora mismo para no tener que ver o escuchar… —nos señala— esto. Adiós.
Zach y yo subimos las escaleras a toda prisa antes de que a Seth le haya dado tiempo a calzarse o a ponerse la chaqueta.
Nos quitamos los abrigos, los zapatos y los calcetines, y empujo a Zach para que caiga de espaldas sobre la cama y poder así cubrir su cuerpecito con el mío.
Levanto una ceja cuando cuelo la mano bajo su camiseta.
—Dios, estás helado —se queja.
—Pues caliéntame —digo entre risas.
—Tú alucinas. —Zach intenta zafarse de mí, como si pudiera conseguirlo.
Pero me lanza una miradita suplicante con la que consigue todo lo que quiere.
Suspiro y ruedo sobre mí para quedar boca arriba.
Se coloca a horcajadas sobre mi cintura y empieza a moverse encima de mí. No puedo quejarme.
Sus dedos helados me tocan los abdominales y trato de ocultar una mueca. Vale, sí puedo quejarme.
—Donde las dan, las toman.
—Qué va —digo con voz ronca—, puedo aguantarlo.
La puta madre, ¿pero cuánto necesitan esas manos para calentarse?
Intento no temblar cuando sube las manos por mi pecho.
—Está bien, tú ganas. Hace un frío que pela. Vamos a cubrirnos con las sábanas para entrar en calor y que así puedas tocarme el rabo.
—¿Así que me das permiso? Qué novio tan generoso eres.
—Mi rabo es un privilegio, no un derecho.
Zach se ríe.
—Mira que eres tonto.
—Pero si te encanta.
—Sí. Me… me encanta todo de ti.
—Pienso igual —susurro—. A ver, soy increíble, es normal que a los dos nos encante todo de mí.
Zach me da un empujoncito.
Cuando conseguimos entrar en calor y él se acurruca a mi lado, sé sin ningún atisbo de duda que estoy enamorado de él.
Ahora solo necesito tener las pelotas suficientes para decirlo en voz alta .