32 ZACH
A ún no me creo que vayas a hacerlo —dice Ray conforme salimos de la biblioteca. Foster está a punto de acabar de entrenar y quiero llegar antes de que se vaya.
—La verdad es que yo tampoco, pero es lo que hay. Porque es lo que hacen los novios, o eso dicen.
—Ya, claro —responde arrugando la nariz—. No sabía que ponerte en peligro era tan romántico.
Resoplo.
—No estaré en peligro. Foster estará ahí para garantizar que no me pase nada, como hace siempre.
—Te noto nervioso.
—¡Claro que estoy nervioso!
—Qué curioso, porque pensaba que el sexo servía para no tener que hacer estas tonterías.
Sacudo la cabeza.
—Ojalá siempre sienta mariposas en el estómago con él.
—Ojalá nunca volvamos a tener esta conversación. Qué asco dais.
Me río.
—Bueno, tú deséame suerte, anda.
—Suerte, unicornio. Espero que no te rompas el coxis.
Se me queda mirando con un gesto indescifrable e inclino la cabeza.
—Sigo sin saber cuándo estás de broma y cuándo no.
—Espero que siga siendo así siempre.
No la entenderé la mitad de las veces, pero mi amistad con Ray ya ha pasado a considerarse importante para mí.
Me gusta su excentricidad y su humor ácido, pero, sobre todo, me gusta que se haya convertido en mi amiga sin ningún tipo de expectativas.
Ella no siente la necesidad de protegerme como lo hace Seth.
Somos amigos porque pasamos tiempo juntos cuando queremos, pero también porque podemos decirle al otro sin que se ofenda que algunos días no nos apetece ver a nadie.
Es un acuerdo bastante razonable.
Me despido de ella con la mano y me apresuro para llegar al pabellón y esperar a Foster.
Cuando llego a la puerta de los vestuarios, oigo cómo retumba el eco de las voces en la pared, así que imagino que Foster debe de estar ahí dentro.
Estoy bastante seguro de que el entrenador les dice algo sobre el partido de este fin de semana, lo que recibe como respuesta un graznido de risas y ánimos con voces graves y estridentes, seguido del golpe de las taquillas al cerrarse.
Doy un respingo y me apoyo en la pared, preparado para la estampida de jugadores de hockey. Sin embargo, el único que sale es el entrenador.
—Llegas un poco pronto —me dice—, el entrenamiento ha acabado hace solo cinco minutos.
—E-estoy un poco nervioso —respondo, y sacudo la cabeza.
—Están duchándose, pero ahora saldrán. Recuerda las normas.
—Por supuesto.
—¿Cuáles eran?
—Por favor, no me haga decirlas en voz alta. —Creo que no me puede arder más la cara.
El entrenador de Foster se ríe.
—Me vale con que te las sepas. Pasadlo bien, muchachos.
—G-gracias de nuevo.
Se marcha y yo me quedo esperando. Primero salen un par de personas que me suenan un poco, pero me ignoran al pasar.
Me cuestiono seriamente si debería huir, pero he reflexionado mucho después de la charla que tuvimos la semana pasada.
Puede que no encaje en el mundo de Foster y que la vida no nos lo vaya a poner fácil, incluso que al final no funcione lo nuestro, pero si Foster tiene que estar siempre convenciéndome de lo contrario, entonces sí que tendremos los días contados.
Me gusta mi forma de ser y está claro que a él también. Nada más importa.
—¿Qué demonios haces tú aquí? —me pregunta Topher poniéndome una mano en el hombro.
—He… hecho planes con F-Foster.
—¿No me digas? —Levanta las cejas cuando ve lo que llevo—. Pues pasadlo bien, pero, por favor, no nos mancilléis los banquillos.
—El entrenador ha dicho lo mismo —respondo con voz débil.
—Porque conocemos a Grant. —Vuelve a darme una palmadita en el hombro—. Hasta luego.
Trago saliva con fuerza y me doy la vuelta para encontrarme con Foster mirándome.
—Mira, sé que soy irresistible, pero te dije que iría nada más acabar.
—¿Para qué esperar media hora cuando podía verte ya?
—Por eso me gustas tanto. —Deja caer la bolsa de deporte y tira de mí para darme un beso—. Por lo listo que eres.
Me permito disfrutar un rato del contacto de su lengua con la mía antes de apartarme.
—Aunque sí que quería verte, también he venido por otra razón. —Levanto los patines que llevo en la mano mientras agarro la suya con la otra para que me siga.
—Sabes lo que es eso, ¿no? —pregunta.
—Me he documentado bastante sobre ellos durante los últimos meses.
—De acuerdo, entonces, ¿para qué…?
Qué buena pregunta. Eso mismo se cuestionan los nervios que me retuercen el estómago. Conduzco a Foster hasta las escaleras que van a la pista y busco dónde sentarme.
—Resulta que mi novio es una estrella del hockey. —Aparto mi calzado cuando me agacho para ponerme los patines. Foster saca los suyos de su bolsa y me imita—. Puede que no tenga mucha experiencia en las relaciones, pero he oído que está bien interesarse por las pasiones de tu pareja.
Foster arruga la nariz.
—¿Voy a tener que ponerme a leer?
—No. —Me río y le doy un golpecito en la barriga. Cuando termino de atarme los cordones, Foster me levanta las piernas para comprobar que me he apretado bien los patines. Sentarme con él con las piernas sobre su regazo calma mis miedos—. Vas a jugar en la NHL…
Me interrumpe tapándome la boca con la mano.
—Calla, que lo estropeas. —Señala la pista con la mano que le queda libre—. No digas eso en este templo del sagrado deporte del hockey.
—No lo haré —respondo bajo su palma. Me libera la boca, pero le atrapo la mano corriendo—. No voy a estropear nada porque es un hecho. Eres increíble y, acabes donde acabes, tendremos que despedirnos de vernos a diario. Ambos lo sabemos, así que… —Sacudo un pie.
—¿Quieres que te enseñe a patinar? —Noto la admiración en su voz suave. Y es por mí.
—A ver, no es mi primera vez. Me crie en Wisconsin. Pero, más que destacar, intentaba luchar por mantenerme con vida. Nunca me interesó patinar.
—Pero ahora sí.
—Creo que los dos sabemos la razón.
—Pasar tiempo con el guapísimo de tu novio es un buen incentivo.
—Y creo que también sabemos que no soy un prodigio como tú.
—¿Te puedo contar un secreto?
—Siempre.
Se acerca más a mí.
—Cuando aprendimos a patinar, a Seth se le daba mejor que a mí. A ver, se le daba de pena, pero yo me pasaba más tiempo besando el suelo con el culo que sobre las cuchillas. Él al menos tenía equilibrio.
—No.
—Sí.
Deja caer mis piernas y tira de mi otra mano para ponerme en pie.
Venga, sin caerme. Encuentro el equilibrio y le sonrío.
—Te sientes confiado, ¿eh? —pregunta Foster—. Estoy casi seguro de que yo debería ser quien se sienta así. Pero espera a salir de la moqueta.
Piso fuerte detrás de él cuando nos colocamos en la entrada a la pista y la sonrisa de Foster es todo lo que necesito para que no me arrepienta ni una pizca de la decisión que he tomado.
Aunque al final acabe con el culo magullado cuando acabemos…
Seguro que no tengo que rogarle mucho para convencerle de que me lo sane con besitos.
—El entrenador nos va a matar como se entere de que estamos aquí.
—Lo hemos planeado juntos.
—Tú… —Sacude la cabeza—. Pues claro que sí.
—Estoy un poco nervioso —confieso cuando Foster entra en el hielo.
—No serías mi Zach si no lo estuvieras.
Su Zach.
—¿Me estás llamando miedica?
—Te dan miedo muchas cosas. —Tira de mí y yo me deslizo hasta enterrarme en sus brazos—. Pero eso nunca te ha detenido.
—Dejar de intentarlo es dejar de aprender. La ignorancia es enemiga del progreso.
Foster deja escapar una risa que le recorre todo el cuerpo y comienza a moverse hacia atrás. Yo lo sigo a la fuerza, ya que me niego a soltar mi agarre de sus brazos.
—¿Cómo una persona tan obtusa como yo ha conseguido llamar la atención de alguien tan increíble como tú?
Resoplo y le doy un empujoncito.
—Sí que eres tonto preguntando algo así.
—Cuidadito, Zachy, que soy lo único que te mantiene en pie ahora mismo. Estás completamente a mi merced.
—Quizá me guste estar a tu merced. —Se me escapa un tono demasiado agudo como para que suene todo lo sexy que pretendía.
—Así que estás complaciente, ¿eh? En ese caso… —Foster afloja su agarre, lo que me obliga a cambiar el mío de los brazos a las manos—. A ver si puedes mantenerte en pie tú solo.
Sonrío y miro al suelo.
—Nada de eso. Los ojos aquí.
No me parece la estrategia más lógica, pero él es el experto, así que hago acopio de valentía para levantar la vista del hielo y volver a mirar a Foster.
—Es intuitivo —me explica—. No pienses, siente el equilibrio y empuja.
Intuición. Equilibrio. Empuje.
Madre mía, es mucho más difícil de lo que recordaba.
Tardo unas cuantas vueltas en conseguir soltar mi agarre, que lo retiene como grilletes.
No diría que me siento especialmente cómodo, pero noto cómo todo empieza a encajar en mi mente.
Me cuesta menos mantener el equilibrio y ganar confianza, hasta que pronto parezco estar patinando de verdad más que dejándome llevar por la fuerza de Foster.
—Madre mía, lo estoy haciendo.
—Vaya que sí. Que se prepare la NHL, ha nacido un campeón.
Ignoro su ocurrencia y, como ya solo voy agarrado de una mano, decido intentar patinar sin sujetarme. No me caigo en cuanto me suelto, lo que es toda una sorpresa, aunque en cuanto hago ademán de desplazarme, suelto un pequeño chillido.
Bueno, no un chillido, sino… em… Vale, sí, resulta que sí que se me escapan chillidos.
Foster le da una vuelta a la pista tan tranquilo y yo empiezo a ganar un poco de velocidad. Es imposible que yo sea capaz de hacer esto con toda la equipación, los palos o los discos, pero… así me vale.
Foster se acerca y, justo cuando creo que va a chocarse contra mí, gira los patines a la izquierda y se detiene de golpe.
Me asusto y pierdo el equilibrio.
Me resigno y me preparo para sentir un dolor inmenso, pero el brazo de Foster me rodea por la cintura y tira de mí para pegarme a él.
—Te tengo, cielo. —Sus labios cálidos se encuentran con mi mejilla helada.
Me giro entre sus brazos y le sonrío.
—No lo he dudado ni por un segundo.
—Esto es… —Mira a nuestro alrededor—. Me cuesta creer que hayas hecho esto.
—Y a mí, la verdad. Pero quería hacerlo.
Porque eres muy importante para mí y esto lo es para ti.
Si voy a ser tu admirador número uno, no puedo serlo solo con palabras.
Ayer hablé con el doctor Lawrence y le conté que quizá firmabas con un equipo y que a saber a dónde te mandaban.
Él me dijo que, cuando supieras la ciudad, revisaríamos mi horario para ver si podíamos reajustarlo y así tener más facilidades para ir a visitarte.
Pero, si quiero que te vaya bien y, además, pasar tiempo contigo…
—junto la punta de mi patín con la del suyo—, tengo que jugar en tu terreno, aunque me dé pavor.
Aunque no esté acostumbrado o no se me dé bien, aunque suponga tener que hablar con otra gente sobre hockey.
—Un escalofrío me recorre el cuerpo—. No voy a cambiar, pero sí que voy a salir de mi zona de confort porque quiero que lo nuestro funcione.
—Foster se me queda mirando con esos cálidos ojos marrones que tiene y levanto la mano para posarla sobre su barba incipiente—.
Hace poco llegué a la conclusión de que, aunque no crea por completo en el concepto de la espontaneidad de las emociones, es posible que tampoco cuente con el control absoluto de las cosas.
—Me he perdido.
—Llevo seguro de ello mucho tiempo. P-pero… yo… eh… no sé cómo…
—Te quiero.
Se me para el corazón. Vuelve a latir. Proceso lo que ha dicho.
A continuación, le doy un golpecito en el hombro.
—Disculpa, pero me has quitado las palabras de la boca.
—Hay que ser más rápido. —Se encoje de hombros.
—Iba a decirlo yo primero.
—Ya, pues no. Me he adelantado. Así que a partir de ahora, siempre te llevaré ventaja.
—Es… No, ah…
—Zach, creo que las palabras que buscas son «yo también te quiero, Foster».
Frunzo el ceño.
—Ahora ya no lo tengo tan claro.
—Repite conmigo: «Te quiero, Foster».
—¿Seguro?
Su sonrisa me despierta un revoloteo en el estómago cuando me acuna la cara entre sus manos y se inclina hacia mí.
—Seguro, porque llevas unos patines puestos. Estás preparado para hacer frente a un futuro increíblemente incierto que estoy seguro de que te está dando urticaria, y estás dispuesto a hacerlo por mí.
—Sí.
Foster me roza los labios con los suyos.
—Dilo.
¿Cómo no iba a quererlo? ¿Cómo iba a reprimir algo tan grande que me confunde y que, a la vez, me da una claridad apabullante?
—Yo también te quiero.
—Pues claro que me quieres. —Foster posa los labios junto a mi oído—. Pero yo te quise antes .