En la misma pista (CU Hockey 1) 30 ZACH
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C ome más patatas, cariño —me anima mi madre, que señala el bol que tengo delante.

No sé por qué quiere que coma más, si ni siquiera me he terminado las que tengo en el plato, pero no se lo discuto.

—Gracias, mamá.

Aunque no lo veo, sé que ella y mi padre se miran entre ellos. Pincho un trozo de ternera de mi plato y espero a que empiecen con el interrogatorio que sé que se han preparado en esta ocasión.

Normalmente, sus discusiones silenciosas sobre el raro de su hijo me molestan. Sin embargo, para mi sorpresa, hoy me da igual. El alivio que siento al volver a mi casa y ahogar por fin mis emociones opaca todo lo demás.

—Bueno… —Mi padre empieza con el tono que usa siempre para tantearme. Me echa más guisantes en el plato y me pregunto si eso también lo tenía ensayado—. Hace unas semanas mencionaste que ibas a invitar a tu novio. ¿Ha preferido no venir?

Ah, claro. Hablé demasiado pronto. Llevo dos semanas debatiéndome sobre cómo me siento con respecto a Foster.

Cuando estoy con él, soy feliz, todo es perfecto y estoy orgullosísimo a más no poder de que vaya a firmar con ese agente.

Es lo que me animó a preguntarles a mis padres si podía invitarlo a pasar aquí Navidad este año.

Sin embargo, cuando no está conmigo… Trato de recordar cómo era la vida antes de él. Me preparo para aquello a lo que tendré que volver y me convenzo de que me parecerá bien la situación.

Ya no habrá más besos robados entre clase y clase ni desayunos rápidos antes de un día ajetreado. No habrá más noches de quedarme dormido junto a él.

Y no pasa nada…

—Al final no se lo pregunté.

Otro silencio cargado, hasta que mi madre se rinde.

—Mi amor, ¿es que habéis roto? Lo siento mucho.

—No. —Niego con la cabeza—. Tenía que irse a Nueva York y yo tenía que venir aquí.

Técnicamente, me pidió que fuera a Nueva York con él, pero no quería formar parte del recuerdo de su primera reunión con su agente.

No hemos hablado mucho sobre lo que pasará a continuación, pero sé que, si firma (porque lo hará) con un equipo de la NHL, su agenda estará aún mucho más apretada que la de este año.

Si se fragua un buen nombre, como tengo claro que hará, su vida dará un vuelco enorme.

Yo no encajo en ese mundo.

Y, pese a que a Foster le parecen adorables mis rarezas, eso es ahora. Necesita contar con una persona que le ayude a triunfar.

—¿Qué hace en Nueva York? —pregunta mi padre tratando de sonar casual.

—Cosas de hockey.

—¿De hockey? —repite él.

Me encojo al notar la emoción en su voz y recuerdo que el hockey es uno de los pocos deportes que le gustan a mi padre.

—Bueno, sí. Foster tiene una reunión con un agente deportivo. Es un paso muy importante en su carrera.

—¿Un agente? Eso es que se le da bien.

Me vuelve ese orgullo tan familiar que me llena el pecho de una sensación cálida.

—Es… el mejor. Yo no sé nada de hockey, pero, cuando juega, n-no puedo quitarle los ojos de encima. Sé que acabará en la NHL porque, aparte de lo bueno que es, tiene algo que atrapa a todo el mundo.

Otra vez ese silencio. Por eso no me molesto en hablar mucho cuando vengo a mi casa.

Mis padres me muestran su apoyo con su presencia y pequeños gestos.

Aunque mi madre a veces agobia un poco con tanto cuidado, no somos el tipo de familia que mantiene largas conversaciones sobre sus sentimientos e inquietudes. No somos como los Grant.

Por regla general, me encanta que seamos así, pero comienzo a pensar que no tengo a mucha gente con la que hablar sobre Foster, ni siquiera Seth o Ray. Seth es su hermano y Ray lo conoció a él antes que a mí. Así que no me siento cómodo para contar ciertas cosas.

—No sé dónde me deja eso a mí —me esfuerzo por decir.

—Zach…

—Debería terminar antes el máster, para finales del curso que viene a ser posible, pero, aun así, seguirá siendo un año entero separados, y no sé dónde acabaré yo después de eso. Quiero hacer un doctorado y el profesor Lawrence ya me ha dicho que le encantaría que me quedara con él y ser mi mentor…

—Qué maravilla, Zach…

—Sí, pero ya esperaba que me lo propusiera.

Tengo bastante confianza con las cosas que sé que puedo controlar.

Sin embargo, en una relación en la que cada persona tiene dos metas tan opuestas, n-no sé qué tengo que hacer.

Él sabe lo feliz que estoy por él y no podría pedir nada más.

Pero yo no encajo en ese mundo, y no sé si él lo ha pensado a tan largo plazo.

¿Quizá me estoy adelantando demasiado? ¿Debería sacar el tema ya?

Y, si lo hago, ¿cómo le cuento que… tengo miedo porque solo nos quedan seis meses, pero sin que suene a que quiero que lo deje todo por mí?

En efecto, la maraña de pensamientos que he vomitado ha conseguido asombrar tanto a mis padres que se han vuelto a quedar mudos.

—¿Quieres romper con él? —pregunta mi padre al fin.

—Claro que no. —Me niego a hablar de amor, pero ha estado a punto de escapárseme un par de veces ya—. Y me digo que ha sido una experiencia bonita…

—Ya sé lo que te vendrá bien —me interrumpe mi madre—. Podrías venir conmigo a ver a mi psicóloga. Le mandaré un mensaje. Seguro que te hace un hue…

—Nada de psicólogas.

—Necesitas paz interior, cariño. ¿Cómo vas a conseguirla si no sabes…?

—Valerie. —Mi padre niega con la cabeza y se dirige a mí—: ¿Por qué crees que no encajarías en este mundo imaginario del que hablas?

—¿Es que no me conocéis ya? —pregunto con sequedad.

—Como si te hubiera criado. Y me gusta la persona en la que te has convertido, pero tienes que dejar de darle tantas vueltas a las cosas.

Frunzo los labios. Es lo más cerca que ha estado mi padre de decirme alguna vez que me quiere.

—Mi especialidad es darle vueltas a las cosas.

—No sé cómo funciona con los gais, pero tu madre y yo lo hablamos todo.

Cuando la veo más alterada de la cuenta, se lo digo.

O cuando me dejo las botas sucias tiradas por la casa, no para de repetírmelo.

Si te preocupa algo, tienes que contárselo.

Quizá se acaba ahora, quizá se acabe cuando crees que pasará o quizá no se acabe nunca.

Me gusta la tercera opción, pero eso no lo digo.

Sé que tienen razón, pero nada me seduce menos que tener que contarle mis preocupaciones a Foster y que se crea que quiero que deje el hockey. No es una afición irrisoria, sino que lleva toda la vida preparándose para jugar en la NHL. Un par de meses conmigo no se interpondrán en su camino.

—Habla con él, en serio —insiste mi madre—. Y mi psicóloga sigue…

—No es una opción. —Le sonrío para suavizar la respuesta—. Pero gracias, siempre intentas ayudarme.

—Bueno, en ese caso… —Se estira para alcanzar mi plato antes de llevárselo a la cocina—. Podemos pasarnos la noche en vela viendo películas ñoñas y ahogar las preocupaciones en helado. —Suspira alegre—. El primer amor de mi niño. Ay, qué contenta estoy.

Fiel a su palabra, nos envuelve a ambos en una manta de punto y escoge un par de películas ñoñas antiguas con las que siempre acaba llorando.

Mi padre, el muy traidor, se esfuma y me deja a mí solo para lidiar con las lágrimas.

Decir que estoy incómodo se queda corto.

Aun así, incluso bajo la amenaza de que mi madre se eche a llorar, consigo relajarme sin estar cerca de Foster por primera vez en… a saber, mucho tiempo. Sin Seth y sin Foster. Tan solo mi madre, yo y un alijo de dulces que merma a una velocidad pasmosa.

Sigo un poco afectado por creer que tendré que dejar ir a Foster, pero ya he asimilado que tengo que hablar con él y siento que me he quitado un peso de encima.

Quizá confesarle mis sentimientos lo sobrepase y rompa conmigo mañana, pero al menos podré contar con mi madre para atiborrarme a comida que me consuele. Puedo alargar mi estancia si quiero.

No me hace gracia tener esta conversación por teléfono, pero cuando vuelva a Vermont no podré huir y esconderme. Aunque, de nuevo, ¿de verdad me imagino siguiendo con mi vida sin verlo si lo nuestro acaba? ¿No sería mejor aprovechar el poco tiempo que me quede con él?

A mi madre se le humedecen los ojos por la maldita película y me quedo atónito cuando me pasa a mí también.

Las emociones.

¿Quién las necesita?

Aun así, cuando más tarde miro el teléfono y leo el mensaje de buenas noches tan bonito que me ha mandado Foster, me derrito un poco.

Necesito estos mensajes.

Necesito a Foster.

Y, por primera vez en mi vida, siento que necesitar a una persona no es una debilidad .