29 FOSTER
Q ue no se repita lo del último partido! —grita el entrenador mientras nos vestimos para salir a la pista.
Todas las miradas incisivas se clavan en mí.
—No se volverá a repetir —digo diligentemente.
Por muy patético que me parezca que Morris se metiera con Zach por rechazarle, no voy a darle su merecido. Otra vez, digo.
Ya aproveché para mandarle un aviso. No hacen falta más.
Sí que me gustaría hacerlo, pero no a expensas del hockey o de Zach. Además, le prometí a él que me estaría quieto.
—Jugamos con la cabeza, con pasión, y nos hacemos con la victoria —continúa el entrenador.
Todos nos animamos y me centro en el partido.
Esta temporada solo hemos perdido uno, sin contar el desastre que fue el de la UVM. Si seguimos a este ritmo, nos comeremos la maldición de la UC con patatas. Ojalá ese fuera mi legado.
El entrenador nos deja para que salgamos al banquillo y, en cuanto se marcha, Jacobs me lanza su guante.
—¿Seguro que estás en lo que tienes que estar?
—Sí. —Le devuelvo el guante, que atrapa con facilidad.
—¿Zach y tú habéis roto?
—No.
—Pero no vas a ir a por Morris…
—Si acaso, irá él a por mí. Eso si consigue alcanzarme.
—Querrá sangre.
—Que lo intente si le da la gana. Nosotros nos centraremos en marcar goles.
—Como debe ser. —Jacobs asiente.
—Pues claro, Topher.
Se me queda mirando.
—No, no me vengas con esas.
—Bueno…
—Tu novio es un incordio.
—Pero es adorable, ¿a que sí?
—Si es lo que te gusta… —responde, y me da una palmadita en la espalda.
Madre mía que si me gusta.
—Venga, salgamos ya y demostrémosles a todos que la maldición no existe —exhorto a mis compañeros.
Los gritos de ánimo y emoción funcionan como siempre y nos metemos de lleno en el partido.
La adrenalina invade mis venas cuando caminamos por el pasillo hasta la pista de hielo.
El equipo se mueve en bloque, en perfecta sincronía.
Aunque solo dura hasta que el disco cae.
Morris no es el único que quiere sangre. Todo el maldito equipo se ha empeñado y yo soy su principal objetivo.
Me llevo más porrazos que si me hubiera subido a un ring de boxeo.
Los entrenadores piden un cambio para poder sacarme de la pista un rato.
—Qué mala es la revancha, ¿eh? —se mofa Jacobs.
—¡Beck! —grita el entrenador—. Proteged a Grant en la pista. Van a por él y es el mayor anotador del equipo, cojones.
—Sí, entrenador —responde Beck.
El aludido me pone la mano en la espalda.
—Mantén la cabeza fría.
Yo me echo agua por encima.
Cabeza fría. Cabeza fría. Cabeza fría.
Los jugadores de hockey pueden tener el mejor talento innato del mundo que, como permitan que algo los desconcentre, se vuelven tan inútiles como un patinador borracho que pisa el hielo por primera vez en su vida.
No permitiré que Morris me encuentre las cosquillas.
Pero tengo que buscar la manera de encontrar las suyas.
Me giro para hablar con Jacobs.
—Cuando volvamos a salir, mete gol.
—Caray, ¿cómo no se me había ocurrido antes? —responde tras poner los ojos en blanco.
—Lo digo en serio. Están tan obcecados conmigo que podemos aprovechar esa falla para quitártelos de encima y anotarnos un buen tanto. Tengo que conseguir un saque con Morris.
—¿Seguro que es buena idea?
—Quiere meterse en mi cabeza, así que voy a pagarle con la misma moneda.
Mantiene el puño en alto para que se lo choque y, unos minutos después, se presenta la oportunidad. En cuanto piso el hielo, la defensa de Vermont sale a por mí.
Confío en mis compañeros para completar la jugada y me funciona tan bien la persecución del gato y el ratón con los de la UVM que lo conseguimos antes de lo esperado.
Al final, acabo frente a Morris. Él frunce el ceño, pero yo solo sonrío.
—Siento que tu madre no te hiciera mucho caso de niño, pero no hacía falta que me mandaras a tus matones.
Él continúa con la misma cara.
—¿No es lo que hizo Zach? Sí, sé que eres el hermano de su mejor amigo. A eso venía lo del otro partido, ¿a que sí?
El árbitro nos indica que nos pongamos en nuestras posiciones y espero a que él baje antes su palo para colocarme yo en mi sitio.
—Soy el novio de Zach, imbécil. A eso venía lo del otro partido.
—Ah. —Veo la sorpresa en sus ojos detrás del visor del casco. Se ha dado cuenta de que sé lo que le hizo a Zach. Y de que conozco la historia al completo. Se distrae por un segundo y aprovecho la oportunidad.
Este juego es muy mental y acabo de descolocar a Morris. Una lástima que sus matones sigan yendo a por mí.
Pero eso solo sirve para que patine más rápido y lance el disco con más fuerza.
Termino haciendo algunas de las mejores jugadas de mi vida y, tras marcarme un triplete, el otro equipo entiende que debería centrarse más en ganar el partido y menos en mí.
Me dejan tranquilo y se las arreglan para marcarnos dos goles.
Antes de comenzar el tercer período, ya estoy más cansado que en cualquier partido que haya jugado. Estoy perdiendo fuerzas, el subidón de adrenalina ha menguado y creo que está todo el equipo igual.
Algunos partidos son tan sencillos que a veces siento que ni siquiera rompo a sudar, pero cuando son tan importantes y están tan reñidos como este, nos quedamos hechos polvo.
Vamos dos puntos por delante, pero aún es posible que gane cualquiera de los dos equipos.
Solo tenemos que aguantar hasta el último período, pero, en cuanto vamos a los vestuarios durante el descanso, noto que estamos todos agotados.
Tras beber agua y unos discursitos de ánimo que la mitad ni escuchamos, el entrenador tira de mí para que me quede mientras el resto del equipo vuelve a la pista.
—No quería decírtelo porque creía que afectaría a tu juego.
—¿Decirme el qué?
—Tú confía en mí y sigue sacando esa garra que tienes. Estás haciendo el mejor partido de tu carrera universitaria. Este es tu momento.
Quiero rebatirle que he metido más goles en otros partidos, pero parece leerme la mente.
—No es solo por los goles, sino que estás mostrando una habilidad defensiva impresionante. Eres el sueño húmedo de cualquier agente, así que no metas la pata en el tercer período.
—Un agente…
El entrenador levanta las manos.
—Yo no te he dicho nada, y mucho menos que considero que tú y… el agente que no ha venido encajaríais muy bien. No te dejes arrastrar por el cansancio.
¿Hay un agente en las gradas? No es la primera vez que viene uno a hablar conmigo, así que trato de no pensar en qué agencia representará esta persona.
Mi intención no es parecer egoísta, pero quiero conseguir a alguien con mucho renombre, que sea conocido en el mundillo.
Una persona con contactos directos en la NHL que pueda venderme como una gran promesa.
Los otros con los que hablé me garantizaron jugar en la AHL y, si no puedo apuntar más alto, me parece bien. Pero quiero un agente que crea en mi talento y que luche por meterme en un equipo de la NHL el próximo año.
La presión por hacer bien mi trabajo me da un segundo subidón de energía, pero los de Vermont también salen frescos como una puta lechuga.
¿Qué llevan sus Gatorade?
Trato de bloquear todos los pensamientos para centrarme en hacer lo que mejor se me da.
No existe Morris.
Ni Zach.
Ni el agente.
Solo yo, mis patines, el olor del hielo y de la equipación de hockey sudada, mi palo y un disco.
Nada más.
Vermont marca.
Hijos de puta.
No pueden empatarnos.
Aquí es donde se crecen los deportistas, con la emoción de lograr su objetivo. De saborear la victoria.
Los de Vermont empiezan a moverse con torpeza, desesperados. Uno de sus defensas me planta cara después de pasar el disco, lo que nos da superioridad numérica.
Una penalización de dos minutos.
Mi oportunidad.
Aprovecho cada segundo de ventaja para marcar otro gol y hacerle una asistencia perfecta a Jacobs, que lanza el disco hasta que pasa por al lado del portero por segunda vez en ciento veinte segundos.
Lo fácil sería hacer tiempo hasta que acabe el período, pero, por mucho que quiera olvidar que hay un agente en las gradas, no lo hago.
No me contento con lo que hemos conseguido y sigo dando guerra.
Aunque no logro marcar antes de que se acabe el tiempo, estoy satisfecho y orgulloso por cómo he jugado. Y por haber ganado.
—¡A la mierda la maldición! —grita Jacobs nada más llegar a los vestuarios victoriosos, y todos nos reímos.
—¿Qué maldición? —me mofo yo.
El entrenador da una palmada para captar la atención del equipo.
—Así debería haber sido el primer partido contra ellos. Estamos muy orgullosos de vosotros. Ahora, a las duchas. Grant, ven a verme al despacho cuando acabes.
Noto unas cuantas miradas de confusión sobre mí porque, con el partido que he hecho, no puedo haber metido la pata.
Pero, como pasa con todos los jugadores de la sala, soy supersticioso hasta la médula y no voy a tentar a la suerte contándoles lo del agente.
Tardo una eternidad en ducharme y cambiarme. Me tiemblan las manos cuando me abrocho el cinturón y la camisa.
—¿Te vienes al McIntyre’s? —pregunta Jacobs a mi lado.
—La verdad es que ahora estoy como si me fuera a dar un infarto. —Siempre me noto los músculos doloridos después de un partido o un entrenamiento, pero hoy no les llega bastante oxígeno y solo quiero echarme a dormir—. Aunque puede que Zach y yo nos pasemos a tomar algo.
—Suerte allí —me anima con un asentimiento en dirección al despacho del entrenador.
—Gracias, crack.
Soy casi el último en salir del vestuario porque mi posible futuro se encuentra tras la puerta de ese despacho.
Respiro hondo, llamo y paso.
Me encuentro con un entrenador sonriente y un hombre de treinta y pocos años que se levanta en cuanto entro.
Tiene el pelo oscuro, los ojos claros y un físico atlético.
Me dedica una sonrisa amable y me tiende la mano.
—Damon King.
Respondo al apretón.
—¿D-Damon King? —tartamudeo. Dios, parezco Zach.
—Buen partido —responde tras soltar una risita.
—G-gracias.
Este hombre, además de ser un pez gordo con muchos contactos, representa a deportistas queer, y muy importantes. En la NHL, la NFL, la MLB… ¿Y está interesado en… mí?
—No quiero extenderme mucho, así que te lo diré tal cual: quiero ficharte.
—Vale —se me escapa.
Él se ríe.
—Vaya, qué fácil ha sido.
—No es el primer agente que me lo propone, pero, de mi lista de agentes potenciales, usted está en mi top. Porque es usted y porque representa a jugadores LGBTIQ+. No esperaba que… O sea, que lo he contado, pero no es que se sepa del todo, ¿sabe? Ni siquiera esperaba que supiera quién ni cómo soy.
Su sonrisa se ensancha.
—Qué interesante. Para serte sincero, no sabía que formabas parte del colectivo. He venido por tus aptitudes, pero que no te quepa duda: tengo una amplia experiencia con jugadores orgullosos de su identidad.
—Lo sé. Y… em… No me lo creo, de puta madre.
—Grant —me advierte el entrenador con desagrado.
—Perdón.
—Cosas peores he oído —responde Damon King acompañado de un gesto con la mano para restarle importancia. Saca su tarjeta—. Quiero que tengamos una reunión más oficial. Te mandaremos unos billetes de avión para que, pasada la Navidad, vengas a Nueva York y podamos hablar del contrato y demás.
Estoy alucinando.
Se marcha y me quedo mirando a mi entrenador.
—Enhorabuena, Grant. Te lo has ganado.
—Gracias. —Sigo ojiplático. Soy incapaz de moverme.
—Ve a celebrarlo.
Claro. Pies, moveos, ya.
Cuando logro llegar al pasillo, me encuentro con Zach, Seth y mis padres.
—¿Quién era ese? —pregunta Seth viendo cómo se va Damon King.
—¿Estás bien? —Zach se acerca—. Te noto… raro.
—Era un agente. —Sacudo la cabeza—. Bueno, no cualquier agente. Es el agente de mis sueños. Y quiere firmar conmigo.
La cara de todos se ilumina y recibo abrazos desde todas las direcciones.
A excepción de mi novio, que se queda apartado.
—¿Cielo?
—Me alegro muchísimo por ti —responde con una sonrisa forzada.
Me da un cálido abrazo, pero hay algo… extraño. Me separo un poco.
—¿Qué pasa?
—Nada de nada. Es impresionante. Vas a cumplir tu sueño.
—Sí.
Todos mis sueños se están haciendo realidad, pero ya siento cómo Zach se aparta de mí .