En la misma pista (CU Hockey 1) 27 FOSTER
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Y a puedes esmerarte —me provoca Zach con los labios casi pegados a los míos—. Es el único beso que vas a tener durante unos cuantos días.

—¿Aún estás con eso? —Le rodeo la cintura con los brazos y lo aprieto contra mí.

—¿Sí? —gruñe.

—Vaya, te noto muy seguro. —Lo suelto—. Aunque, pensándolo bien, si te dejo con las ganas, más incentivos tendrás para colarte en mi habitación a la noche.

—Nooo. —Zach se pone de pie en mi cama y se lanza sobre mí.

Me rodea el cuello con los brazos y la cintura con las piernas, y su boca aterriza contra la mía, exigente y necesitada.

¿Cómo voy a querer despegarme de él?

Nos comemos la boca con las mismas ganas que si fuéramos a pasar semanas sin vernos en vez de unos días bajo el mismo techo.

Su lengua baila con la mía con una destreza que me vuela la mente. ¿Pasa algo si llegamos un poquito tarde?

Cada día, Zach va ganando más confianza conmigo y me encanta ser de las pocas personas capaces de ver realmente al chico que se esconde tras esa torpeza social.

Cuando Zach está tranquilo, habla a las mil maravillas, es inteligente y me hace reír.

Se puede pasar horas enteras hablando sobre sus pasiones o sobre temas que conoce bien. Me quedo hipnotizado cada vez que abre la boca.

Gimo contra sus labios a sabiendas de que tenemos que irnos, aunque ojalá no tuviéramos que parar nunca.

Cuando al fin me libra de mi tortura (porque yo no pensaba apartarme), me dedica una sonrisa triunfal.

—Con esto aguantarás un tiempo.

Le agarro las nalgas y lo aprieto contra mí para que sienta lo duro que estoy.

—O me has puesto más caliente de lo que recuerdo en mucho tiempo para ahora decirme que tengo que aguantar cuatro días sin darme el gusto. ¿Te estás poniendo más fácil o más difícil el fin de semana?

—Mierda.

—Ajá. Si no te cuelas en mi cuarto, que sepas que estaré pensando en ti mientras paso un buen ratito a solas en mi enorme cama.

—Eso no es justo. Yo no puedo masturbarme en el suelo mientras tengo a Seth durmiendo al lado.

—Haberlo pensado antes. —Le doy una palmadita en la pierna para que se baje de mi cintura—. Ahora vamos a llegar tarde y mi madre querrá explicaciones.

—Has tardado una hora en arreglarte el pelo.

—Mentira.

—Pero a ellos se la colaremos. Foster, soy un chico bueno e inocente. Tus padres jamás se creerán lo que les cuentes sobre mí. Vamos, que llegamos tarde.

No sé si preocuparme o maravillarme ante sus dotes de manipulación. Qué largos se me van a hacer estos días.

Si ya de por sí es difícil pasar de tener relaciones de forma regular a nada, cuando la persona con la que te acuestas está a tu lado y no puedes ni tocarla, es una tortura en toda regla.

Pero vendrá a mi habitación, vaya que sí. Ya me aseguraré yo.

Nevó hace unos días, lo justo para que cuajara y Vermont se convirtiera en un paraíso invernal.

Lo que también provoca que tardemos más en llegar por culpa del hielo de la carretera.

Pero no me importa, porque así paso más tiempo a solas con Zach antes de que se transforme en el muchacho modosito que aparenta ser delante de mis padres.

Nada me gustaría más que entrar en la casa de mi infancia y presentarles a mi novio a mis padres, pero no le he dado muchas más vueltas al asunto desde que lo hablé con Zach.

Bueno, más bien lo he evitado.

Es mucho más fácil ponerlo en la carpeta de tareas pospuestas o en la papelera directamente.

—Hogar, dulce hogar —digo con sequedad mientras aparco el coche en la entrada detrás del Jeep de Seth, idéntico al mío.

—Te sigue pareciendo bien que pase Acción de Gracias con vosotros, ¿no?

—No te creas.

Parece un poco dolido.

—No poder tocarte va a ser una tortura. Un suplicio. ¿Cómo se te ocurre hacerle pasar por algo así a tu novio supercachas?

—Creo que te confundes —responde con una sonrisa—. Mi novio es un creído con un ego enorme. No encaja con tu descripción.

—Madre mía, te encanto. Te mueres por mí.

Zach se remueve en el asiento y mira hacia la casa.

—Venga, que les parecerá raro si nos quedamos todo el día en el coche.

No sé por qué estoy paralizado. Será el miedo a que mis padres se den cuenta en cuanto me vean de que estoy loco por el chico que tengo al lado.

Salgo del coche de mala gana y agarro las mochilas del maletero. Zach me quita la suya.

—Gracias, pero el Foster que no es mi novio jamás haría eso.

—Claro que sí. Aunque no estuviéramos juntos, este curso estábamos los dos en la misma universidad. Te habría traído en mi coche.

—Eso sí. Así eres tú.

La nieve cruje bajo nuestras pisadas cuando caminamos hasta el porche de la casa.

Le dedico a Zach otra sonrisa y me planteo rogarle por un último beso, pero la puerta se abre de par en par.

—Por fin —dice mi madre—. Ya os creía muertos.

—Tan dramática como siempre. —La abrazo—. Parece ser que llegamos tarde por mi culpa. Según Zach, tardo demasiado en arreglarme el pelo. —Le echo una miradita a Zach por encima del hombro y vocalizo un «de nada».

—Gracias por invitarme, señora Grant.

Ella nos invita a entrar con un gesto de la mano.

—Ya sabes que puedes venir siempre que quieras. Llevad las mochilas a las habitaciones. Seth y tu padre están viendo el fútbol.

—Puaj —respondemos Zach y yo al unísono.

—Era eso o el desfile, así que…

—El desfile —volvemos a decir a la vez.

Mi madre pasa la mirada de uno al otro y se me hiela la sangre.

—Las mochilas —regurgito—. Voy a subir la mía a mi cuarto. ¿Quieres que deje la tuya en el de Seth?

—Pues… sí, gracias. —Zach me pasa la mochila y yo huyo por la puerta.

—Qué discretos —susurra mi hermano cuando paso por su lado en el salón, y le doy (sin querer, guiño guiño) con la mochila de Zach en la coronilla.

—¿Necesita ayuda en la cocina? —Oigo que le pregunta Zach a mi madre antes de que yo suba las escaleras a zancadas.

Qué fácil sería dejar la mochila de Zach en mi habitación. El dormitorio de mis padres está en el piso de abajo, así que ni se darían cuenta.

Aunque mi consciencia me obliga a dejarla en la de Seth. No estaría jugando limpio si Zach tuviera que escabullirse para ir a por ella.

El tonteo es divertido, pero nunca lo obligaría a hacer nada que no quisiera. Ahora entiendo lo que pasaría si nos llegaran a descubrir. Seguro que se culparía por mi salida del armario forzosa. Yo nunca lo habría visto de esa manera, pero sé que él sí.

Y no es un peso que deba echarle a nadie sobre los hombros.

Aunque Zach le pregunta a mi madre si necesita ayuda, ella le dice que no, como siempre, así que se sienta con nosotros en el sofá mientras vemos el desfile que le hemos obligado a nuestro padre a poner en vez del fútbol.

Zach está sentado a mi lado, a no más de medio metro.

Quiero tirar de él, acercármelo todo lo posible para entrelazar las piernas y recostarnos en el sofá mientras vemos cualquier cosa en la tele. Quiero darle la mano.

Se me crispan los dedos cuando hago ademán de tocarlo, y parece que no he sido muy sutil.

Seth nos lanza una mirada socarrona como si se nos diera de pena ocultar nuestra relación, aunque ni siquiera nos hayamos llegado a tocar.

Me rasco la nariz con el dedo medio, mirando en su dirección.

Él se ríe de mí.

—La cena está lista —canturrea mi madre desde la cocina.

Como siempre, Seth y yo nos peleamos por presidir la mesa, en el extremo contrario a nuestro padre, y al final gano yo.

Zach se sienta en la silla que tengo más cerca y, Seth, a su otro costado.

Le lanzo a mi novio un guiño apenas perceptible y sus mejillas se vuelven de ese tono rosa que tanto me gusta. Si mis padres no se dan cuenta de que hay algo entre nosotros, puede que hasta me ofenda por nacer en una familia tan obtusa.

Llenamos hasta arriba los platos con comida y, al igual que ocurre en las series y películas malas con una escena de Acción de Gracias, mi madre nos anima a decir uno a uno de qué estamos agradecidos.

Ella se lanza con su original agradecimiento de todos los años: «Tener a mis dos chicos en casa estos días festivos». Y mi padre siempre la sigue con un «lo que ha dicho vuestra madre».

Parece ser que Seth agradece no tener clase durante cuatro días este curso y Zach se muestra muy correcto agradeciendo tener un sitio donde pasar las vacaciones al no poder permitirse comprar los vuelos para ir a su casa.

Yo todos los años doy las gracias por el hockey, obviamente.

Aunque este año estoy agradecido por muchas más cosas. Aún aspiro a llegar a la NHL, más que a nada en este mundo, pero se me queda una respuesta en la punta de la lengua que poco tiene que ver. Es natural, aterradora, emocionante. Lo es… todo.

—Yo doy las gracias por… — Por el hockey, das las gracias por tener el hockey —. Doy gracias por que Zach se cambiara este curso a mi universidad.

Seth se aclara la garganta.

Yo contengo la respiración.

—Ay, ¿os habéis hecho amigos, chicos? —pregunta mi madre.

Zach me mira con los ojos como platos; parece más acojonado que yo.

Pero nada evita que busque su mano para agarrarla.

—Tanto que, en realidad, Zach y yo estamos saliendo.

No sabía que era posible que mi madre se quedara muda del asombro, pero lo he conseguido.

Tanto ella como mi padre nos observan fijamente y pasan las miradas del uno al otro.

Mi novio tiene la cara como una langosta cocida y mi hermano empieza a echarse comida en la boca sin dejar de sonreír.

Mi padre se dirige a Seth:

—¿A ti qué te parece esta situación?

—¿Qué? —pregunta él con la boca llena de comida. Traga antes de responder—: A ver, al principio me preocupé, pero se gustan mucho, así que me alegro por ellos.

—Yo… es decir… —Mi padre se reclina en la silla con el ceño fruncido—. ¿De verdad que te da igual, Seth? Para ser sinceros, tu madre y yo esperábamos que llegara el día en el que nos contaras tú que Zach era algo más que tu amigo.

Seth se atraganta con la comida.

—¿Perdón?

—A ver… —interviene mi madre—, tú eres tú y él es… él. Y…

Empiezo a reírme, porque todo esto me parece graciosísimo.

—Soy hetero —responde Seth, y yo no puedo parar de reír.

—¿Estás bien? —me pregunta Zach.

—Claro. Por fin les cuento a mis padres que salgo con un hombre y su respuesta es preguntarle a mi hermano si está bien él. Ver para creer.

Mi madre redirige su atención hacia mí.

—Perdona, es que… no nos esperábamos esto de ti. —Abre mucho los ojos—. O sea, que nos parece bien, faltaría más. Maravilloso. De hecho, una vez buscamos en internet cosas de la paternidad con hijos queer.

—Un momento —interviene Seth—, ¿pensabais que era gay? ¿Yo? Pero si he traído a chicas a casa.

—También tu hermano —señala mi padre.

—No soy gay. Soy bisexual. Quizá no es el mejor momento para ahondar en ese tema, pero quería dejarlo claro.

Mi padre parece confundido.

—Entonces tú… eres bisexual —me señala, y luego mira a Seth—. Y tú eres hetero.

—No todo el mundo encaja en los estereotipos —interviene Zach en voz baja—. Aunque a mí no se me aplique, claro.

Me río.

—Perdón —murmura Zach—, no es asunto mío.

—Claro que sí —responde mi madre con una sonrisa—. Sobre todo si haces feliz a uno de mis hijos.

—¿Da igual el hijo que sea? —pregunto yo.

—Por supuesto. Nos habíamos preparado para que llegara este momento, solo que…

, bueno, ya da igual. Podremos reciclar el discurso.

—Se gira para mirarme—. Te queremos sobre todas las cosas y, si eres feliz, nosotros también somos felices.

Además, si alguien se mete contigo, tienes permiso para…

Un momento, lo ensayamos para aconsejarle a Seth que acudiera a ti para pegarle a alguien, pero en este caso…

Supongo que te las tendrás que arreglártelas tú solo.

—Gracias, mamá. De veras.

Mi padre sigue sentado en silencio jugando con la copa de vino.

—¿Papá? —Tengo el corazón desbocado.

—No quiero aguaros la fiesta, porque nos alegramos por ti, pero… ¿qué pasará con el hockey?

—El equipo lo sabe. —Parece sorprendido—. De hecho, lo sabe toda la universidad. He tardado tanto en contároslo a vosotros porque… Mirad, la verdad es que no sé por qué. Será que me importa una mierda lo que piensen de mí unos desconocidos, pero quiero que vosotros estéis orgullosos de mí y…

—Y lo estamos —me corta mi padre—. Orgullosísimos.

—Solo nos preocupamos —añade mi madre—. Se nos está permitido.

—¿Y qué hay de la NHL? —retoma mi padre.

—Es y ha sido siempre mi plan, eso no ha cambiado.

—¿Estás mentalizado para las repercusiones que pueda haber?

—Firmaré como un jugador abiertamente bisexual. No voy a ocultar quién soy.

Mi padre niega con la cabeza.

—Eres mayorcito para tomar tus propias decisiones, así que tendrás mi apoyo decidas lo que decidas, pero… ¿podrías darle un par de vueltas más?

Sé que quiere apoyarme y entiendo en parte su postura. El mundo del deporte aún tiene temas pendientes con sus jugadores queer. La presión y el escrutinio son mucho mayores.

—De acuerdo —respondo, aunque ya tenga la decisión tomada.

No quiero llegar a la NHL fingiendo ser quien no soy. Puede que me dificulte más lograr mis metas, pero me da igual. Me encantan los retos.

Seguimos comiendo, aunque se ha quedado una energía rara en el ambiente. Después de todo, no ha ido mal, pero…

—No me parece bien ocultar quién soy para poder jugar a un deporte que me apasiona —digo de repente.

Mi padre suelta los cubiertos y se limpia la boca con una de las servilletas de tela tan bonitas que mi madre solo saca en las ocasiones especiales.

—No me malinterpretes. No me hace mucha gracia, pero porque me preocupo por ti. Tienes toda la razón del mundo. No quiero que tengas que ocultar quién eres, pero tampoco quiero que se ceben contigo. —Comprendo la gravedad de sus palabras—. Ya hiciste bastante con ese tal Morris.

Zach se tensa a mi lado.

—Y, de hecho, la semana que viene jugáis otra vez contra Vermont. ¿Se volverá a repetir lo del partido de pretemporada? —pregunta mi padre.

—No —respondo en un susurro. Al menos, eso espero.

Mis ojos se encuentran con los de Zach, que se ha hundido en su silla y agacha la cabeza.

O quizá sí se repite.

Tengo que saber qué les pasó .