En la misma pista (CU Hockey 1) 26 ZACH
81%

26 ZACH

F oster… —lo llamo.

Él gruñe en respuesta, pero no separa la vista del ordenador que tiene delante sobre el escritorio.

—Foster. —Ruedo hasta quedar boca arriba en la cama y su camiseta se me enrolla en la barriga. Desde que he descubierto su fascinación por mi ropa interior de superhéroes, es casi lo único que me pongo cuando estamos a solas, algo cada vez más frecuente—. Ironman quiere saludarte.

Ahora sí que llamo su atención. Frunce los labios para ocultar una sonrisa. Pero, con una fuerza de voluntad tan impresionante como sus habilidades sobre el hielo, mantiene los ojos fijos en la pantalla.

Salgo de la cama y voy hacia su silla. Automáticamente, Foster se empuja hacia atrás y yo trepo hasta quedar sobre su regazo antes de que vuelva a acercarnos al escritorio. Sus labios me rozan el pelo cuando escondo la cara en su cuello.

—Me queda poco —me avisa.

—Bueno, yo voy a empezar a jugar con tu cuello y, si acabas con otro chupetón, será problema tuyo.

Su risa grave retumba contra mi pecho.

—El equipo no para de meterse conmigo. No sé si podré sobrevivir a otro.

Oculto la sonrisa contra su hombro. Que su equipo le haga rabiar por salir conmigo despierta en mí una sensación parecida a cuando Foster se pone posesivo.

Jamás pensé que querría salir con él y me asusta un poco pensar en qué pasará cuando esto se acabe.

Siempre he tenido las cosas claras, pero tener algo que se escapa de mi control me pone de los nervios.

—En cualquier caso, podría ponerme a chupar otra cosa…

—Sí. —Foster aprieta el agarre de su brazo en mi cintura—. Eso siempre.

Así que eso hago. Me arrodillo bajo el escritorio y le doy placer hasta que consigo desviar su atención de lo que sea que está estudiando.

Es enorme y aún no he conseguido metérmelo hasta el fondo, pero en las últimas semanas he practicado lo suficiente para proponerme lograrlo.

Cuando Foster gime y se corre en mi garganta con las manos enredadas en mi pelo, nuestros ojos se encuentran y siento cómo algo anida en mi interior.

Soy feliz.

Es mucho más fácil de comprender el mundillo de las relaciones cuando uno ya tiene experiencia en el ámbito práctico. Foster tira de mí para que vuelva a sentarme en su regazo.

—¿Así que Ironman?

Me levanta para colocarme de rodillas sobre sus muslos y me agarro a sus hombros como si me fuera la vida en ello mientras me devuelve el favor. Al contrario que yo, mi novio (sí, mi novio) domina a la perfección la técnica de la garganta profunda. No tarda nada en hacerme perder la cordura.

Cuando vuelvo a sentarme en sus piernas, Foster me agarra de la cabeza para depositar un beso apasionado en mis labios. Cuando se pone así, parece no tener nunca suficiente.

—Me encanta volver y encontrarte en mi cama.

—Técnicamente, estaba en el suelo. —Señalo con la cabeza hacia donde están mi ordenador y el libro de clase.

—Y con mi camiseta.

—Es cómoda.

—Estoy más a gusto contigo aquí.

Lo miro serio.

—Porque subo la temperatura, ¿verdad?

—No veas qué calor hace. —Sonríe—. No nos hemos visto en unos días.

—Ya. —Apoyo la cabeza en la suya—. Maldito hockey y maldita tesis.

—Y tanto. Pero entenderás… que no puedo saltarme los entrenamientos, ¿no?

—Por supuesto. Además —añado mordiéndome el interior de la mejilla—, cuando estoy ocupado, no soy consciente del paso del tiempo. No me doy cuenta de cuánto te he echado de menos hasta que te veo.

Foster entrecierra los ojos y aprieta su agarre en mis caderas.

—Lo dices como si no me echaras de menos.

—Te garantizo que no es así. ¿Acaso has olvidado mi necesidad de atención?

—Me gusta verte necesitado.

Me río.

—Buena muestra de los atributos de macho alfa de los que hablamos.

A modo de respuesta, me aprieta el culo y se pone de pie. Lucho por agarrarme a su cuello y rodearle el cuerpo con las piernas.

—P-podrías haberme avisado.

Resulta curioso cómo se desata nuestro espíritu animal. Cada vez que Foster me demuestra lo fuerte que está, me deshago entre sus brazos. Entiendo por qué ocurre, pero soy adicto a las reacciones químicas que provoca en mi cerebro.

—Me gusta oírte chillar.

—Disculpa, pero yo no chillo.

—Sí lo haces, y me parece adorable.

Finjo enfadarme, pero está claro que no sirve de nada, porque se echa a reír.

—Otra cosa igual de adorable.

—Algún día me tendrás miedo.

—Ni te imaginas. —Me da un azote y yo… no chillo, eso está claro. Mis pies tocan el suelo—. Tendrás que cambiarte, así me vas provocando demasiado.

—¿Para qué?

—Me apetece salir un rato de la habitación. Mañana nos toca irnos a otro partido, así que volveremos a pasar unos cuantos días sin vernos.

Suelto un suspiro dramático.

—Desventajas de salir con el inigualable Foster Grant.

—Qué suertudo eres.

Me enfundo los pantalones vaqueros y me pongo mi sudadera sobre la camiseta de Foster. Hago lo mismo con el abrigo, porque fuera ya hace un frío que pela, pero no me he traído el gorro, así que Foster saca uno de los suyos y me lo coloca de modo que me cubre las orejas.

Se me queda mirando un instante y echa la cabeza hacia atrás.

—Lo retiro, el suertudo soy yo.

Nunca lo entenderé.

Foster me da la mano durante todo el paseo por el campus. La decoración de Halloween ha sido sustituida por lucecitas de Navidad prematuras en los árboles.

Para ser una noche de noviembre, hay muchísima gente en la calle. Qué curioso. ¿Les da igual que haga frío? ¿O querrán aprovechar bien estos días antes de que nieve?

Llevamos poco rato en la calle cuando empiezo a notarme la nariz congelada y buscamos refugio en la cafetería que me gusta, esa en la que los dependientes saben que no tienen que darme conversación.

Como Foster pidió los cafés la última vez, voy yo, y vemos que hay libre uno de los reservados de la esquina.

Al otro lado del local, una persona toca la guitarra y, entre las luces tenues y el calor que emana Foster contra mi espalda, me siento muy a gusto.

Las bebidas llegan con una galleta enorme a la que nos invita el camarero para desearle suerte. Cosas del hockey y la UC. Aun así, eso no evita que Foster comparta el dulce conmigo mientras me meto con él por todos los seguidores que tiene.

—No es algo agradable —suspira—, pero así he conseguido tener al chico más sexy de la uni, así que no me quejo.

—¿A Topher? —pregunto ladeando la cabeza.

Foster se atraganta con el café.

—Qué cabrón. —Hunde los dedos en mis costillas y empiezo a reírme y trato de zafarme de él—. Uno: sabes que hablo de ti. Y dos: espero que pienses que el más buenorro soy yo o tendremos que hablar seriamente.

—Perdona, ¿he herido tu frágil ego de deportista?

—No tengo nada de frágil, Zach.

En eso estoy de acuerdo. Ni siquiera hablo de su físico, porque tiene un cuerpo que ni en mis mejores sueños, pero es que, además, es tan seguro de sí mismo y confiado que no me lo imagino dudando de nada.

—Aparte de tu novio.

—Tú tampoco tienes nada de frágil. —Me repasa el cuerpo con la mirada y noto cómo me arden las mejillas al instante.

—¿Qué te tengo dicho de mirarme así en público?

—¿Que no deje de hacerlo?

—Estoy convencido de que era lo contrario.

Arruga el gesto como si estuviera pensando.

—Qué va, no puede ser. Jamás aceptaría.

—¿Y eso por qué?

—Porque consigo que se te ponga la cara de mi tono de rosa favorito.

Río con un bufido y Foster me acerca más a él hasta quedar uno frente al otro, con mis piernas sobre las suyas.

Da gusto salir en plan parejita sin preocuparme de lo que pasará cuando acabe el curso y él se gradúe mientras yo me quedo aquí.

Queda tanto para eso que me he prometido vivir el presente y no darle demasiadas vueltas.

Aunque estemos sentados tan tranquilos, es imposible no darnos cuenta de las miradas que nos echan.

Da igual dónde vayamos, que siempre hay alguien observándonos, y aún no he logrado averiguar a qué se debe.

Las dos teorías más factibles a las que he llegado se reducen a que nos miran porque somos dos hombres mostrándonos afecto en público de forma tan abierta como nos merecemos o porque el mismísimo Foster Grant se muestra cariñoso con un hombre.

Sea como sea, no detecto con mi radar ninguna actitud hostil, así que mantengo a raya los niveles de incomodidad. Se asemeja más a la curiosidad de mi día a día.

—¿Qué tienes pensado hacer durante las fiestas?

—En Navidad iré a casa de mis padres, como siempre.

—¿Y en Acción de Gracias?

Vaya. He dado por hecho que iría a cenar con los Grant igual que los años anteriores.

—Pues… tenía pensado ir a tu casa, pero acabo de caer en la cuenta de que quizá te incomode.

—¿Qué? —Parece sorprendido de verdad—. ¿Por?

—Por ir con tu novio e intentar que tus padres no se den cuenta. Ya sabes lo poco sutil que es Seth con los secretos.

Foster aprieta la mandíbula igual que hace siempre que está pensando.

—A mí no me importa quedarme aquí —le aseguro—. De veras. Ya sabes que cuando me pongo a estudiar pierdo la noción de todo lo que ocurre a mi alrededor.

—Ni de puta broma.

—No digo que…

—Que no. Me niego a que pases solo el día de Acción de Gracias.

Esperaba que volvieras a celebrarlo con tus padres.

Quizá sea un poco raro, pero… —La tensión se disipa de su rostro cuando se inclina hacia mí—.

Me pone pensar que podré colarte en mi habitación por la noche y cubrirte la boca para acallar esos ruiditos tan sexys que haces mientras te empotro en mi cama.

—Caray. —Cambio de postura para aligerar la presión que siento en mis partes bajas, que parecen tener un interés repentino en la conversación—. No podemos hacer eso.

—Qué adorable, piensas que podrás resistirte a mí.

—He vivido veintiún años sin sexo, tengo mucha práctica con la abstinencia.

Foster estalla en carcajadas.

—Parece un reto. Pues que empiece el juego, cielo .