25 FOSTER
Z ach no podría ir más lento.
A propósito y no le saldría.
¿Y cuando se agacha para desconectar el cargador del móvil?
—Se acabó. —Agarro a Zach por detrás y se le escapa un chillido adorable.
Le doy la vuelta y lo empujo contra la pared, con la mala suerte de que se da en la cabeza.
—Ay.
—Mierda. ¿Estás bien? —Le paso la mano por detrás de la cabeza.
Él se ríe.
—Sí. Es mi primer traumatismo pasional.
—«Lesión sexual» suena más gamberro.
—Deberías ir haciéndote a la idea de que no soy como esos jugadores de hockey gigantes contra los que te lanzas en la pista.
—Tomo nota, aunque las ganas son las mismas. A la mierda tener que esperar hasta llegar a mi dormitorio. Te necesito ahora. —Muevo las caderas y aprieto mi erección contra él.
Él se estremece ante mi roce.
—Pero… la cama…
—Sé más creativo, genio. ¿Tienes suministros?
—¿Suministros?
—Lubricante y condones —respondo con una ceja alzada.
—Ah, sí, en el cajón. —Señala el escritorio—. Puede que comprara el mismo día que pedí el suspensorio que se quedó en la fraternidad. —Aparta la mirada y se sonroja.
No tengo claro si vacila a causa de los nervios habituales o si le pasa algo más.
—¿Te parece bien que volvamos a acostarnos? —vuelvo a preguntar por si acaso.
Él asiente. Con mucho empeño.
Me inclino para quedar más a la altura de su oreja.
—Desnúdate.
Va rápido, aunque aún está luchando con la ropa cuando vuelvo con lo que necesitamos.
La camiseta de Zach está en el suelo y sus pantalones han caído hasta los tobillos, pero aún lleva puestos los calzoncillos y creo que hacía tiempo que no tenía unas vistas tan magníficas, si es que alguna vez las tuve.
Y estoy seguro de que no tiene nada que ver con el enorme logo del escudo del Capitán América de su bóxer azul claro. Esta fantasía friki no hace más que ganar puntos.
—Date la vuelta —gruño.
Él parece confundido.
Dejo el lubricante en la mesita de noche y giro a Zach. Le levanto los brazos y le apoyo las manos contra la pared.
Se me escapa un gruñido salvaje ante la vista de su culo apretado ceñido con ese minúsculo bóxer.
Recorro sus costados con las manos hasta colar los dedos por la goma de sus calzoncillos y me tomo mi tiempo para bajárselos.
—No entiendo cómo se te ocurrió pensar siquiera que no quería nada más contigo.
—Pu-puede… q-que me equivo… cara.
—Lo más grande.
—No es mi culpa no entender cómo funcionan las relaciones. —Se saca los pantalones y la ropa interior.
Yo me incorporo, me pego a su espalda y me recreo en su cuello.
—Vale, le echaremos parte de la culpa a eso. Se me olvida que para ti es nuevo. Aun así, un consejito para futuras referencias: si una persona no está interesada en ti, no te escribe para ver cómo estás incluso aunque ignores la mayoría de mensajes.
—Bueno es saberlo —responde estremeciéndose con la voz entrecortada—. ¿Ves? Estoy aprendiendo.
—Además, la mayoría de personas no te permitirían marcarlas con un chupetón a no ser que ya sean tuyas.
Zach aprieta el culo contra mi erección, que sigue encerrada en mis vaqueros.
—¿Sugieres que me he saltado el protocolo?
—Me encantó que me marcaras, pero ahora me toca a mí. —Chupo fuerte la zona donde se encuentra el hombro con el cuello.
—Dios… —sisea.
Cuando considero que he hecho un trabajo bastante decente, lo libero.
—Ya está. Esto debería alejar cualquier atisbo de duda durante al menos una semana.
—¿Y luego?
—Luego tendré que repetirlo. —Lo rodeo con los brazos para sujetarlo contra mí.
Se retuerce, señal de que su apretado cuerpo quiere más.
—F-Foster…
Esa voz cargada de necesidad me provoca tanto que me endurezco aún más y noto un calorcito en el pecho. Su forma de pronunciar mi nombre me hace sentir necesitado. Deseado.
Me obligo a separarme de él, pese a su quejido de protesta, y me quito la ropa.
Él se queda quieto con las palmas pegadas a la pared, pero gira la cabeza para verme por encima del hombro.
Cuando ya no me queda ropa, atrapo mi erección y me toco a sabiendas de que me está mirando.
Zach no me quita la vista de encima cuando voy a por el lubricante. Él gruñe.
—¿Eso que oigo es impaciencia? —me burlo, pero no responde—. ¿Hay alguien ahí?
Deslizo un dedo lubricado por su apertura hasta que llego a su estrecha entrada.
—Ajá.
La zona palpita como si luchara por querer tensarse.
Sigo provocándole mientras espero a que se relaje y se abra para mí antes de meter el dedo.
Zach respira profundamente mientras yo voy estirándolo poco a poco.
Necesito entrar en él, pero no quiero hacerle daño.
Cuando empieza a jadear y a pedirme más, añado más lubricante. Y más dedos.
Noto perfectamente cuándo encuentro su zona más sensible y masajeo la próstata, porque empieza a tomar el control.
Mueve las caderas y su culo aprieta más mis dedos, que se adentran más.
Mi ávida erección deja escapar líquido preseminal sobre su nalga izquierda mientras a él le recorre un escalofrío.
—Ya estoy —dice entre jadeos.
Yo aún lo noto muy apretado, pero confío en su palabra.
Me pongo el preservativo y me coloco en su entrada para meterme en él muy despacio.
Su orificio se contrae tanto contra la punta de mi rabo que veo las estrellas.
Rechino los dientes conforme su calor rodea mi dureza, porque es demasiado tentador entrar de una estocada.
Sigue así, despacio.
Sigue respirando.
Cuando me hundo en él por completo, cubro su espalda con mi cuerpo.
Tiene el tamaño perfecto: es lo bastante alto para que solo tenga que doblar un pelín las rodillas, pero lo bastante pequeño para rodearlo entero con mi cuerpo.
—Muévete.
—Quiero que sientas todos y cada uno de mis centímetros —murmuro contra su oreja—. Lo dura que me la pones. —Echo el brazo hacia delante y atrapo su erección con la mano—. Lo que me provocas.
Salgo unos pocos centímetros y arremeto.
Él deja escapar un sonido desesperado que parece una mezcla de gruñido y súplica para que continúe.
Sigo embistiéndole mientras, al tiempo que entro, le susurro promesas al oído para que le quede bien clarito lo en serio que voy cuando digo que aún no me he cansado de él.
Y no creo que eso vaya a pasar nunca.
—Aún no me he cansado de ti. Lo quiero todo.
—Pues hazlo. —Le tiembla la voz—. Tómalo.
—¿Quieres que te lo haga más fuerte?
—Por favor.
¿Quién soy yo para negarle a Zach sus deseos?
Me enderezo y hago la prueba para ver cómo responde a un poco más de velocidad.
Sus gemidos llenan la habitación y me animan a hundirme más en él. Con más fuerza.
Me caen gotas de sudor por la cara y el pecho, y se me pega el pelo en la frente.
—Mierda, Zach.
Al oír su nombre, se tensa, y su culo se aprieta tanto a mi alrededor que casi me desmayo.
Noto el calor de sus fluidos en mi mano cuando se corre, pero no paro.
Estoy a punto.
Empujo una vez más y alcanzo un clímax indescriptible. Me estremezco y tiemblo en su interior mientras lleno el condón con mi corrida.
Separo a Zach de la pared y lo sujeto por detrás mientras salgo de su interior.
Está sudando tanto como yo.
—Dios mío —suelta en un suspiro.
—¿«Dios mío» en plan bien o…?
—Muy bien. No se me ocurren más palabras aparte de «bien». Más que bien. La primera vez estuvo bien. Esta…
—¿Superbién?
—Bien bien.
Me río contra su nuca.
—¿Te pasa que a veces repites tanto una palabra que deja de tener sentido? Podemos añadir «bien» a la lista.
—Vale —responde somnoliento. Lo noto relajado entre mis brazos y, aunque está manchado de semen, ninguno de los dos nos movemos para limpiarlo.
—Deberíamos ducharnos antes de ir a mi cuarto —propongo.
—Mi ducha es una mierda, solo cabe una persona.
—Lástima. Tú primero.
Zach desaparece por su minúsculo cuarto de baño mientras yo me quito el condón y lo echo en la papelera.
Cuando vuelve a los pocos minutos con el pelo húmedo y una toalla alrededor de las caderas, se me vuelve a poner dura. No le pasa desapercibida.
—¿En serio?
—Es que estás monísimo así de mojado —respondo encogiéndome de hombros.
—No sé si podré aguantar otra ronda hoy.
—¿Te he hecho daño? —Doy un paso adelante—. Perd…
—Qué va, no me ha dolido. Pero me noto la zona… sensible.
Frunzo el ceño.
—Pero en el buen sentido, te lo juro.
—¿Quieres besitos sanadores? —propongo con las cejas enarcadas.
—Ve a ducharte. —Se ríe y me empuja para que entre en el baño.
Acaba de ganarse una lección sobre anilingus próximamente por pensar que estoy en broma.
Me pavoneo al pasar a su lado y me meto en la ducha. Su jabón huele a él, así que me hecho una cantidad generosa para tener su aroma pegado a la piel toda la noche.
Cuando salgo, encuentro mi ropa cuidadosamente doblada sobre la cama y me muerdo el labio para no reírme.
No lo consigo.
—¿Qué pasa? —pregunta Zach—. ¿Es raro?
—Más bien es adorable y muy… tú.
—No sé qué significa eso.
Tiro de él hacia mí sin que me importe que yo siga desnudo y que él ya esté vestido.
—Significa que me gusta, igual que me gustas tú.
Él me mira a los ojos y yo inclino la cabeza para besarlo con ternura.
—¿Ya estás listo?
—Sí.
—Dame un par de minutos y nos vamos.
Madre mía.
Solo había dormido un par de noches con Zach, pero hasta este momento no había sido consciente de cuánto lo había echado de menos.
Su cuerpo encaja con el mío a la perfección, con mi brazo rodeándolo y su cabeza sobre mi pecho. Podría quedarme dormido en un santiamén aunque solo sean las ocho de la tarde.
Mi reputación de jugador de hockey malote podría pender de un hilo si alguien se enterara, pero me da exactamente igual.
Pues sí, señoras y señores, al delantero estrella de Los Puma de Colchester le gustan los arrumacos.
—Foster.
—¿Sí? —No me molesto ni en abrir los ojos.
—Cuando has dicho que aún no te has cansado de mí, significa que… O sea…, ¿qué significa exactamente?
La pregunta me despierta de golpe.
—Pues que no me canso de ti, no tiene más explicación.
—Pero eso implica que en algún momento te cansarás. ¿Hay algún tope para estas cosas?
—¿Qué cosas?
—Salir, quedar… Lo que sea esto.
Me coloco de lado.
—¿Necesitas ponerle etiqueta?
—Las etiquetas me ayudan a identificar la intención y las expectativas.
A mí me pasa lo contrario.
Acuno su mejilla con la mano.
—Podemos ser lo que te dé la gana. Si quieres diseccionarlo y ponerle etiquetas, hasta subcategorías, hablémoslo. Yo no estoy quedando con nadie más y no tengo intención de hacerlo. Me encantaría que te sintieras igual, pero, si no quieres que sea así, dímelo.
—No quiero.
Me echo hacia atrás.
—¿No quieres exclusividad?
—¡No, sí, sí! No quiero ver a nadie más.
Menos mal. Se me había puesto el corazón en la garganta.
—Está bien, entonces no tendremos citas con otra gente. Y yo quiero pasar el poco tiempo libre que tenga contigo.
—Yo también.
—Y quiero que me vean en público contigo, darte la mano en el comedor, acompañarte a tus clases cuando pueda y despedirme de ti con un beso después de Psicología del Deporte.
—Parecen términos razonables.
—Entonces tengo una mala noticia…
—¿Y eso?
—Tiene pinta de que somos novios…
—¿N-novios? Yo no he tenido novio nunca.
Me río.
—Ni yo, al menos nada serio ni oficial.
—Espera… —A Zach se le ilumina la cara—. ¿Dices que soy tu primera vez? Nos hemos intercambiado.
—Menudo giro de los acontecimientos.
Zach se estira para darme un beso casto pero tierno. Vuelve a acomodarse y deja escapar un suspiro de satisfacción.
—Pues ya está, puedes volver a dormirte.
Solo que no puedo.
Porque me viene a la mente la promesa que le hice a mi hermano.
Siempre evité hablarles de mi sexualidad a mis padres con la excusa de que nunca había tenido nada serio con un chico.
Y soy consciente de que siempre ha sido eso, una excusa, una manera fácil de barrer bajo la alfombra.
He tardado demasiado en contárselo y sé que tendré que hacerlo tarde o temprano, pero tenía la esperanza de que fuera mucho más adelante. En mi boda, si eso.
Hola, mamá, papá, ¿olvidé mencionar que me casaba con un hombre? Uy, qué fallo. ¡Dadnos la enhorabuena a la feliz pareja!
—¿Te encuentras bien? —pregunta Zach con voz cohibida—. ¿Te agobia lo de tener pareja? Te has puesto tenso de repente.
—¿Cómo le contaste a tus padres que eras gay?
—Oh. Bueno, deberías ver fotos mías de cuando tenía cinco años y me ponía los tacones y los vestidos de mi madre. Sé que no tiene nada que ver con la sexualidad, pero cuando le conté a mi madre que era gay, no le sorprendió. Mi padre no dijo nada, pero lo acepta a su manera.
Puede que ese sea el problema, que mis padres no se lo esperarán. No se me nota, no he bromeado sobre el tema y no lo he dado a entender en absoluto.
A veces medio deseo que oigan algo sin querer entre las gradas cuando vienen a mis partidos para no tener que contárselo yo.
Quiero que lo sepan, pero no sé cómo explicárselo bien.
—¿Estás pensando en contárselo a tus padres?
—Llevo seis años dándole vueltas.
—Caray. Bueno, por mí no tienes que hacerlo, si es lo que te preocupa.
—Gracias, pero no es por eso. Más bien me preguntaba si existe el momento adecuado para tener estas conversaciones. ¿Te parecería bien si les hablo de lo nuestro?
—Pues claro, pero insisto en que no debes sentirte obligado por mi parte. Es un paso importante y debe de ser más difícil para ti de lo que lo fue para mí.
—¿Porque soy deportista?
Él suelta una risita.
—No, porque no eres gay. Ese es un término sencillo, igual que ser hetero. La bisexualidad se percibe como un concepto más complicado del que es.
—¡Exacto!
—No sé si te consuela, pero en el mundo hay más gente bisexual que gay o lesbiana junta, aunque tan solo el 26 % lo declara abiertamente. O eso dicen las estadísticas.
—No lo estás mejorando en absoluto.
—A mí me animan los datos.
—Ya, pero cuando sabes que tan solo el 26 % de la gente bi habla de su sexualidad porque el resto del mundo no es capaz de molestarse en aprender lo que significa ese término, es una mierda.
—Perdona, mi intención era hacerte sentir menos solo.
Le beso la coronilla.
—Gracias por el esfuerzo.
—Si quieres hablar con ellos y necesitas apoyo o lo que sea, puedo acompañarte. Bueno, y Seth seguro que también. Estás más unido a él, así que tendría más sentido…
Me inclino y atrapo esa boca divagante entre mis labios.
—Lo pensaré.
Aunque la verdad es que me apetece mucho más dejar el temita en la carpeta de tareas pospuestas .