En la misma pista (CU Hockey 1) 22 ZACH
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M ira, Zach… —Foster se muerde el labio y no termina la frase, pero le noto en el gesto que está indeciso.

—¿Es porque soy virgen?

—No… ¿o sí? No me malinterpretes, porque no te imaginas las ganas que tengo de hacerlo contigo. —Se gira para acabar sobre mí, su enorme cuerpo cubre el mío—. Pero quiero asegurarme de que esto es lo que quieres de verdad.

—¿Me estás vacilando? —Le muestro una sonrisa forzada—. Además, ¿el sexo en una residencia no es algún punto de tu lista de experiencias universitarias?

—Solo si quieres que lo sea.

¿Estoy asustado? Más bien aterrado. Sin embargo, cuando me quedo observando los ojos de Foster, todo lo que siento es convicción.

—Por favor, no me hagas suplicártelo.

—No bromees con esto.

—No bromeo. —Le acaricio la mandíbula tensa con la mano—. Estoy dispuesto a suplicar.

—Por mucho que me ponga la idea, no hace falta. —Se mueve para que note su erección contra mí—. ¿De quién ha sido la absurda idea de llevar tanta ropa puesta?

—¿Te refieres a esta camisetita de nada?

Foster suelta un ronroneo bajo que me enciende y sus manos me recorren las piernas hasta colarse por debajo de la camiseta y dejarlas apoyadas en mis caderas.

—Te queda bien no llevar ropa interior.

—A ti te queda bien no llevar ropa.

Apenas he terminado la frase cuando tiro de la camiseta de Foster y este se echa hacia atrás para sacársela por la cabeza. La sigue su ropa interior y, cuando me dispongo a hacer lo mismo con mi camiseta, sus manos me detienen.

—Déjame a mí.

Tomo aire con fuerza cuando Foster agacha la cabeza y deja un sendero de besos por toda mi pierna.

El roce de su barba incipiente en mi piel me la pone tan dura que creo que es imposible que vaya a más.

Se acerca despacio hasta la camiseta y dibuja la línea del dobladillo con besos suaves.

Cuando destapa mi erección, la ignora y continúa su camino hasta mi vientre.

Llega a mi pezón, donde se recrea y, a continuación, me lame la clavícula y me quita la camiseta.

En cuanto quedo expuesto, su boca se encuentra con la mía.

Foster me da un beso profundo y cargado de urgencia. Me encanta que no vaya con pies de plomo conmigo, y me dejo llevar y disfrutar. Me permito gozar de ese beso apasionado, sus manos hábiles y el calor de su amplio pecho contra el mío.

Me olvido de mis inseguridades.

Hago caso a Foster y me vuelco en lo que me hace sentir bien.

—Dios, qué sexy eres —jadea Foster.

—¿Pero tú te has visto? —Lo atraigo más con las piernas y siento la necesidad de rodearlo con ellas.

Si él me toca por todas partes, yo también aprovecharé para devolverle el favor.

Foster frota su erección contra la mía y vuelvo a sentir las sacudidas. Me da un beso rápido en los labios y se estira hacia la mesita de noche.

—Voy a hacerte disfrutar.

Quiero responderle que se deje de promesas y empiece ya, pero se me pasa por la cabeza el pensamiento de que, quizá, él también sienta un poco de presión.

Está claro que sabe lo que hace, pero yo aún no sé si llegará a gustarme y, aunque lo nuestro no durara mucho, sé que tiene en cuenta más cosas que su propio placer.

Si tengo que sacar alguna conclusión de lo que ocurrió anoche, es que se nota que disfruta de hacerme sentir bien.

—Lubricante a montones —anuncia con una sonrisa, y escucho el sonidito de la tapa cuando la abre. Se echa en dos dedos y se inclina para darme un beso rápido—. Iré despacio, pero, si en cualquier momento quieres que pare, dímelo.

—Vale.

—Te aviso de que te dolerá un pelín; es normal, pero no debería durar mucho. Tú respira, que ya me encargo yo.

—Estás muy serio.

Me muestra una amplia sonrisa que le entrecierra los ojos.

—Algo inaudito, así que aprovéchalo mientras puedas.

—Pues…

Va derecho a mi erección. Sin previo aviso, se la mete entera en la boca y noto el fondo de su garganta en la punta.

Echo la cabeza hacia atrás.

No sé ni lo que iba a decir.

Foster chupa rítmicamente mientras me abre las piernas poco a poco y, a continuación… noto la caricia de sus dedos sobre mi entrada.

Lo primero en lo que pienso es en salir corriendo al pensar en lo que dolerá, pero, en cambio, respiro profundamente.

En los últimos días me he familiarizado con la sensación de mis dedos, así que no debería ser muy diferente.

Quiero esto. Aunque esté nervioso y tenso a más no poder, me tengo que relajar.

Y confiar en Foster; seguramente una de las cosas más sencillas que he hecho en mi vida.

Empieza a ejercer presión y yo cierro los ojos para tratar de concentrarme en lo que me hace con la boca en vez de con las manos. Resulta imposible ignorar el dolor, pero me abre con tantísima lentitud que se parece más a una suave quemazón.

Me obligo a poner la mente en blanco para relajar el cuerpo y solo sentir. Nada más. La quemazón posterga mi orgasmo y consigo volcar toda mi atención en cómo me lame y me chupa hasta que las primeras gotas empiezan a asomar.

Foster parece saber cuándo se desvanece el dolor en el culo, porque mete un segundo dedo para, a continuación, acariciarme la próstata.

Casi me caigo de la cama ante la inesperada ola de placer que me recorre de repente.

—Dios, sí —gimo, y me muevo para que entre más—. Hazlo otra vez.

—¿Esto? —pregunta con voz arrogante, aunque se lo perdono absolutamente todo en cuando repite el movimiento. ¿Quién me iba a decir a mí que un gesto así me haría temblar todo el cuerpo?

Como si Foster notara lo cerca que estoy del orgasmo, evita la zona mientras mete y saca los dedos de mi cuerpo.

Está yendo tan lento y con tanta delicadeza que ya casi había olvidado el dolor, hasta que intenta meter un tercer dedo y vuelve la sensación de tirantez.

Esta vez noto la zona más apretada y dejo escapar un quejido.

Foster se desliza hacia mi boca para distraerme con un beso que parece aumentar la intensidad de todo lo que siento.

Enredo las manos en su pelo para acercarlo aún más, más profundo, quiero más… más de todo. No es suficiente.

—Por favor…

—Aún no.

—Foster, por favor…

—No. No quiero hacerte daño. —Continúa besándome, estirándome, frotándose contra mi pierna—. Madre mía, qué apretado estás. Me muero por estar dentro de ti.

—Pues hazlo.

Soy consciente de la desesperación de mis palabras, pero ahora que ya no me duele he de reconocer que me gusta. Muchísimo. Me aprieto contra su mano y noto la increíble sensación de sus dedos llenándome. Estoy deseando tenerlo a él dentro.

Foster suelta un gruñido profundo.

—Sí, ya estás listo.

Gracias a Dios.

Saca los dedos de mi interior y gimo ante el descontento, lo que le devuelve esa sonrisita arrogante tan típica de Foster. Jamás podré volver a ver esa expresión sin que se me ponga dura.

Saca el preservativo.

Todo se vuelve muy real. La intensa necesidad mengua hasta que logro pensar con claridad y veo cómo Foster se coloca el preservativo en la erección, gruesa y alargada. Puede que sí que me moleste más que una ligera quemazón.

Pero estoy listo.

Estoy tan listo que duele.

Foster sigue con la mirada mis manos, que recorren las líneas de sus impresionantes abdominales. Qué ganas tengo de sentirlos bajo mi lengua. Me toma la mano y se la lleva a la boca para depositar en mi palma un fuerte beso con los ojos cerrados.

Cuando vuelve a cubrirme con su peso, tiro de él para atraerlo todo lo que puedo. Apoya la frente en la mía y siento la punta de su miembro en mi entrada. Me cuesta incluso tragar.

—Tú puedes —me recuerda al tiempo que avanza.

Sabía que iba a dolerme, pero no esperaba recibir el dolor con tanto placer.

Foster se mueve despacio y espera a que me adapte a él. Sus besos son firmes y cariñosos, un recordatorio de que me sostiene y que estoy a salvo. Nunca había creído en algo tan absurdo como el sino y, sin embargo, siento que estaba destinado a vivir este momento.

Es perfecto.

Con cada empuje, me susurra palabras llenas de tranquilidad y de promesas sobre lo bien que lo estoy haciendo. Cuando al fin sus caderas chocan contra mis glúteos, me besa con una ferocidad agresiva.

—Avísame cuando quieras que me mueva.

—Vale, ya, pero despacio —respondo pasado apenas un minuto.

Foster me mantiene las piernas en alto y empieza a moverse. Por un mísero momento me pregunto si en la pista de hielo también será así, tan intenso y seguro de sí mismo. Noto sus labios sobre mi sien.

—Lo estás haciendo genial, cielo.

Cielo.

La palabra me cala hasta los huesos y siento que me desbordo ante su paciencia y por cómo cuida de mí. Cada vez me cuesta más distinguir entre cómo me está haciendo sentir Foster y qué me hace sentir, y noto cómo aumenta la presión en mi pecho.

Trato de recordarme que soy dueño de mis emociones, pero ahora mismo sería una burda mentira.

Lo atraigo hacia mí para besarlo, necesitado de él, mientras muevo las caderas para que pueda entrar más. Foster gime contra mi boca y aumenta el ritmo y la fuerza de sus estocadas. Hasta que me da en la próstata.

Contengo la respiración al tiempo que empujo la cabeza contra la almohada y cierro los ojos de placer. ¿Por qué he esperado tanto tiempo a probar esto? ¿Por qué?

La boca abierta de Foster va dejando besos por todo mi cuello y, en cuanto rodea mi erección con la mano, me corro. Me tiembla todo el cuerpo y por un momento me siento desfallecer.

—Mierda, Dios, sí —gime Foster.

Se tensa y su boca vuelve a encontrarse con la mía. Me encierra la cara entre sus manos mientras sus caderas dan sacudidas a causa del orgasmo.

Se aparta un poco para soltar un suspiro largo.

—Me encanta besarte.

Así que vuelve a hacerlo. Una y otra vez.

Cuando sale de dentro de mí, me siento extraño. Vacío. Nos limpia a ambos y me abraza para quedar pegado a mí y, con los ojos cerrados y su cálido pecho bajo mi mejilla, me dejo vencer por el sueño.

Me noto las mejillas ardiendo en cuanto veo a Foster en clase el lunes. Me fui de su habitación hace tan solo dos horas para poder ducharme y cambiarme de ropa.