21 FOSTER
U n fuerte gruñido me despierta tras una noche de sueño intermitente.
Dormir con Zach es tan tortuoso como placentero. Aunque habría disfrutado más si no se hubiera emborrachado tanto. Al menos me consuela que he podido pasarme la noche agarrado a él.
No quería meterle presión, pero quizá he ido demasiado rápido. Lo dejé diez minutos para ir a ver a los idiotas de mis compañeros y, cuando volví, ya veía doble. Apenas podía mantenerse en pie ni caminar.
Y ahora no para de gruñir, aunque de una manera muy diferente a como lo hizo anoche cuando me puse de rodillas.
Está hecho un ovillo, con mi pecho pegado a su espalda, pero cuando me apoyo en el codo para incorporarme y ver si está bien, me lo encuentro dormido como un lirón.
Como sé que tardará poco en despertarse y que se arrepentirá de sus actos en cuanto abra los ojos, me deslizo por las sábanas para ir a un local que hay fuera del campus que vende las mejores curas para la resaca del mundo: sándwiches de tocino con huevo y extra de queso.
Y café.
Le he mandado un mensaje de camino para que sepa dónde estoy, por si se despierta antes de que vuelva. Aun así, contengo la respiración cuando entro con la esperanza de que no haya salido huyendo.
Sonrío cuando me lo encuentro sentado en medio de la cama. Mira a su alrededor con una mirada de desconcierto de lo más tierna.
—¿Por qué tu cama es más grande que la mía?
Me río. No es mucho más grande, pero sí que es más fácil que quepan dos personas aquí que en las individuales cutres del resto de residencias.
—Ventajas de vivir en la residencia de los deportistas. —Él se pasa una mano por el pelo y entorna los ojos. Dejo la comida en el escritorio y le doy las gafas—. Toma.
Se ha levantado más confundido de lo que pensaba. Mira la ropa que lleva puesta, que, en realidad, es mía y le queda enorme, y se lamenta.
—Y yo esperando que lo de anoche hubiera sido un mal sueño.
—No sé yo —respondo con una sonrisa socarrona—. Vestirte mientras estabas casi inconsciente fue lo mejor de mi noche… Uy, eso ha sonado supersiniestro.
—Lo he echado todo a perder. —Zach hunde la cabeza en las manos.
Me subo a la cama y me siento a su lado.
—No has echado a perder nada. Fue una noche divertida.
—Para mí sí, ¿pero tú qué sacas de ello?
—Pude pasar tiempo contigo. Y pude besarte. —Me inclino para darle un beso en la mejilla y moverme con lentitud hacia su boca, pero me aparto en el último momento—. No irás a vomitar, ¿no?
—No vomitaré, te lo prometo.
—Mejor. —Me separo otro poco para alcanzar el café y la comida—. Pues come. Desayunamos, nos duchamos y después tendremos todo el día para estar juntos.
—Estar juntos…
Suelto un suspiro.
—No es un eufemismo. Podemos dar una vuelta o ver pelis en mi ordenador. Podemos hacer lo que quieras y no tiene por qué haber nada sexual si no te apetece.
Abre la boca para replicar, pero le planto el bocadillo en la cara.
—Come.
—No sé si puedo… —responde poniéndose un poco pálido.
—Te sentirás mejor después. Confía en mí.
Zach me quita el bocadillo y empezamos a comer los dos sentados en la cama con la pared a modo de respaldo.
Da un par de mordiscos mientras yo le doy un trago a mi café y lo observo con atención. Una de dos: o se sentirá mejor cuando coma o echará hasta la primera papilla.
—Está rico.
—Ya. Cuando dije que quería que vivieras experiencias universitarias, tenía una idea muy diferente en mi cabeza.
Zach no contesta. Para ser tan pequeño, come rápido. Se lo ha terminado en cuestión de minutos.
Evita mi mirada como siempre que tiene que decirme algo.
—Creo que debería darte una explicación.
Le doy otro trago al café.
—No hace falta que…
—Soy virgen —suelta sin miramientos, y se sonroja.
—Me lo imaginaba —respondo con una sonrisa.
—¿Tan obvio es? —pregunta serio.
Sincerarse o no, esa es la cuestión.
—Mira, al principio pensaba que sí que tenías un poquito de experiencia, pero luego te oí sin querer en la biblioteca. Yo estaba buscando lo de los reglamentos cuando tu amiga empezó a hablar muy alto.
—De lujo, así que seguramente lo sepa toda la uni.
—No es para tanto, Zach.
—Para mí sí. Mientras que la gente salía por ahí y hacía tonterías en primero de carrera, yo me quedaba estudiando. Y ahora tengo veintiún años y no sé ni lo que hago.
—No hace falta que sepas lo que haces. Haz… lo que te haga sentir bien.
—Tus besos me hacen sentirme bien. Lo que hicimos anoche también estuvo muy bien. Pero no sé cómo corresponderte y…
—Retrocedamos un poco. Métete en la ducha, haz lo que tengas que hacer y te prometo que, cuando salgas, te daré el mejor beso de tu vida.
Ahí está otra vez la arruguita de confusión de su frente.
—¿Por qué te parece tan bien? No conozco a muchos alumnos de último curso que se conformen con la abstinencia. Si quieres acostarte con otros, puedes. No te refrenes por mí.
—No quiero acostarme con nadie más. Quiero acostarme contigo, pero nunca te obligaré a hacer algo con lo que no te sientas cómodo. Si quieres ir poco a poco, por mí genial, pero lo que hagamos será a tu ritmo. ¿De acuerdo?
Zach se mordisquea el labio inferior y se baja de la cama. Va directamente a mi baño y me quedo embobado con su culo prieto bajo mis pantalones de chándal anchos, que se le van casi cayendo.
En el último momento, me mira por encima del hombro.
—¿Te duchas conmigo?
Me bajo tan rápido de la cama que Zach estalla en carcajadas.
Lo rodeo por la cintura de camino al baño y lo empujo dentro. Cierro la puerta tras nosotros pese a que no haya nadie más en el dormitorio.
—¿Tienes… otro cepillo de dientes?
—Sí, aunque ya has tenido la lengua metida en mi boca. No, espera, has tenido el rabo metido en mi boca, ¿pero compartir cepillo de dientes te da asco?
Hago un baile de la victoria para mis adentros cuando veo cómo se ruboriza. Creo que mi misión de hoy consistirá en sonrojarlo todas las veces que pueda.
—Ahora tengo curiosidad por saber por qué tienes más de un cepillo de dientes.
—Por mi madre.
—Pues claro —resopla—, es dentista. Eso explica por qué Seth también iba dejando siempre hilo dental por todo nuestro cuarto.
Nos cepillamos los dientes, pero no puedo apartar la mirada de él. Quiero arrancarle la ropa, mi ropa.
Quiero quitárselo todo y explorar su cuerpo desnudo como anoche no pude.
—Debería asustarme por cómo me estás mirando, pero no es así.
—¿Cómo te estoy mirando?
—Como si fuera a perder la virginidad en la ducha.
Me río.
—No, me portaré bien.
—Ya veremos cuánto te dura.
Zach se aclara la boca, se quita las gafas y las deja en la encimera del lavabo. Se tira del dobladillo de mi camiseta, que sale volando por encima de su cabeza y aterriza en el suelo.
Le siguen los pantalones.
Se me aflojan las manos y el cepillo de dientes se me queda colgando en la boca.
—Muy poco.
Zach está desnudo de pies a cabeza. En mi baño.
Está medio erecto y me viene a la mente el recuerdo de anoche cuando estuve de rodillas en otro baño. Quiero volver a metérmelo en la boca.
Pero lo que más me pone es esa sonrisita indecisa que, al mismo tiempo, me parece tremendamente segura.
Se gira para entrar en la ducha.
Las vistas de ese culito redondo casi me hacen correrme en el sitio.
Me doy prisa en lavarme los dientes y deshacerme de mi ropa.
Él se coloca bajo la alcachofa, dándome la espalda, así que lo rodeo con los brazos por detrás y entierro la cabeza en su cuello. Le doy besos por toda la piel mojada y me aprieto contra él, con mi miembro duro clavándose en su espalda.
Zach se gira sin soltar el agarre.
—Sabía que la promesa de chico bueno iba a durar un suspiro.
—Oye, que yo me estoy portando bien, el problema es mi rabo. Deberías castigarlo, quizá asfixiándolo un poquito.
Zach se ríe mientras sus manos viajan por mi pecho ancho. Cuando sus dedos alcanzan la línea de vello de mi vientre, le agarro las manos para detenerlo.
—Era broma. No tienes que hacerlo.
—Pero quiero hacerlo.
Escudriño sus ojos verdes, y solo encuentro determinación. Le suelto las manos.
—Si estás seguro…
—Otra cosa no, pero práctica con la mano tengo mucha —añade tras un asentimiento de cabeza.
Me rodea con la mano y la sube y baja dos veces con indecisión.
—Haz lo que más te guste a ti.
Me roza ligeramente la punta con el pulgar y me estremezco. La siguiente caricia llega con más seguridad.
—Qué gusto. —Echo la cabeza hacia atrás y cierro los ojos para disfrutar de la sensación de que otra persona me la sacuda.
Parece que llevo siglos sin hacer nada más que pelármela con la mano.
—Foster… —Abro los ojos para encontrarme con los suyos—. ¿Me das un beso?
Sonrío y, tal y como él me prometió anoche, me inclino para susurrarle:
—No te lo negaré nunca.
Cuando nuestros labios se unen, sus caricias se aflojan.
Me come la boca, nuestras lenguas se encuentran, y me encanta esta nueva faceta suya. Me besa con agresividad, y de la misma manera nos gira y me empuja hasta que mi espalda queda pegada a los azulejos fríos.
No sé si se le da fatal hacer más de una cosa a la vez o se ha distraído mucho con mi boca, pero ha dejado la mano quieta.
Empujo hacia delante con las caderas. Él se separa de mis labios.
—Perdona, me he distraído.
—Tranqui, esto también me vale. —Vuelvo a mover las caderas, penetrando el hueco de su mano.
Frota su dureza contra mi ingle, y cambio de posición para colocar una junto a la otra.
—Aún mejor… —Cubro su mano con la mía y lo guío para rodearnos a ambos.
Zach deja caer la cabeza contra mi hombro. Su aliento caliente me acaricia la piel fría y húmeda, y noto cómo sus labios rozan sutilmente mi clavícula.
Sube la boca hasta mi cuello mientras va dejando besos dulces por el camino y nos pajea a ambos. Va a resultar que sí que se le da de lujo hacer más de una cosa a la vez. Pero necesito más.
—Más fuerte —gruño.
—¿Los besos… —pregunta riéndose— o esto…? —Aprieta el agarre sobre mí y mueve las caderas para frotar su miembro duro contra el mío.
—Dios. Las dos cosas.
Zach me chupa la piel de una forma que me lleva a pensar que no tendrá problema ninguno cuando me haga una mamada.
Algún día.
Ahora mismo estoy demasiado ocupado a merced de su mano y de la seguridad con la que me está llevando cada vez más al límite.
—Foster, voy a…
Pero le gano y nos salpica el semen caliente en los vientres.
Zach gime para, a continuación, dar una sacudida sin dejar de frotarse contra mí, y su liberación se suma a mis fluidos.
Lo aprieto contra mí y, en cuanto levanta la cabeza, atrapo su boca con la mía.
Tenemos la respiración entrecortada, pero, poco a poco, nos relajamos. Cuando los besos se suavizan y nuestros cuerpos se recuperan, retrocedo para ver que el Zach inseguro ha vuelto.
—¿Te ha gustado?
—No hay palabras que describan cuánto —respondo tras darle un beso en la punta de la nariz.
Mi rabo da un espasmo al ver su sonrisa tímida.
Creo que nunca me cansaré de él.
Se suponía que íbamos a ver una película, pero Zach me está prestando más atención a mí que al portátil que hay en mi mesita de noche.
Él está boca arriba y yo de lado, apoyado en el codo para poder ver por encima de él. Mi otro brazo descansa en su cintura.
Me acaricia el cuello con los dedos, donde seguramente tenga una marca.
—Nunca le había hecho a nadie un chupetón.
—Seguro que antes de mí no habías hecho muchas cosas.
—Mira que eres chulito.
—¿Y te sorprende?
—Ni una pizca.
Bajo la cabeza para besarlo con dulzura.
—No estás haciendo caso de la película.
—Tengo preguntas.
—¿Sobre qué?
—Sobre el sexo —responde después de una pausa.
—Hasta aquí el pase de cine. —Me estiro para cerrar el portátil—. ¿Qué quieres preguntarme?
—A ver… Por ejemplo, ¿cómo se decide quién es el activo y quién el pasivo?
—Fácil, con un sombrero seleccionador, igual que en Harry Potter . Apenas me llegó a tocar la cabeza cuando el cacharro gritó: «¡Activo!», y todos los que eran como yo me dieron la bienvenida a su casa.
—Qué graciosete eres. Pero, en serio, ¿entonces eres activo? Me lo imaginaba, pero…
—Una vez probé la otra postura, pero no me gustó. No me dice nada.
—Vale.
—Es como todo: tienes que probar para saber si te gusta o no y, en caso de que no, pues no repites. No tiene más misterio.
—En mi caso, siento que, de alguna manera, forma parte de mi identidad homosexual. Pero… ¿y si no me gusta? Y luego…
Espero a que acabe la oración, pero queda suspendida en el aire.
—¿Y luego qué?
—Da igual, me estoy adelantando a los acontecimientos.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de esta comunidad? —pregunto tras incorporarme y quedarme sentado.
—¿La de la Universidad Colchester o la comunidad queer ?
—La queer . Me encanta que puedas identificarte como te dé la gana.
Siempre habrá algún imbécil que diga que las manzanas no pueden identificarse como naranjas, pero eso no nos detendrá.
Soy un hombre blanco cis más gay que hetero, pero tengo la opción de identificarme como bisexual, pansexual o casi gay si me da la gana.
Yo habría preferido usar la etiqueta de «todo hoyo es trinchera», pero parece ser que es demasiado bruto.
Zach resopla.
—Por mucho que me guste tu analogía de «me atrae la gente, no su entrepierna», te pega más «todo hoyo es trinchera».
—Para, que me sacas los colores. A lo que iba es que puedes escoger la etiqueta o identidad que sientas más afín a ti y, si no encaja con la definición exacta de «cómo debería ser un hombre gay», adivina qué.
—¿Qué?
—Puedes mandar a la mierda al que diga lo contrario. Es muy catártico.
Zach sonríe.
—¿Entonces te parecería bien si al final no me gusta?
—¿Por qué no iba a parecérmelo?
Percibo un cambio en su gesto, como si le hubiera decepcionado mi respuesta.
No comprendo el proceso mental que ha llevado a la gente a pensar que a los gais les tiene que gustar que se lo hagan por detrás para ser homosexuales auténticos.
Es como decir que a toda persona hetero le tiene que gustar el sexo con penetración.
—En serio, no pasa absolutamente nada por gustarte lo que te gusta y no gustarte lo que no. Además, no tenemos que hacerlo si no quieres.
—Sí quiero —responde rápidamente—, aunque… parece doloroso. Y se supone que el lubricante es importantísimo, pero en todo el porno que he visto apenas lo utilizan y…
—Caray, no me digas que estás tomando nota del porno. Está bien, pero es poco realista en comparación con el sexo en la vida real.
—Por fin alguien me lo dice. Te juro que cada vez que viene el repartidor de pizza, me pienso que se va a acostar conmigo y, al final, nada. Ya creía que venía estropeado de fábrica.
Se me escapa una risita.
—Parece que se te está contagiando mi sarcasmo.
—Si te frotas contra mí como antes, se me contagiará todo de ti.
Ladeo la cabeza.
—¿Así eres cuando estás con Seth?
—¿Así, cómo?
—Ahora pareces más relajado.
—Bueno, podemos echarle la culpa a los dos orgasmos en veinticuatro horas.
—¿Quieres subirlo a tres? —pregunto con las cejas enarcadas.
Zach niega con la cabeza y se muerde el labio.
—Lo que quiero es que me la metas .