En la misma pista (CU Hockey 1) 20 ZACH
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N o lo he soñado. Lo ha hecho.

Foster se ha metido mi erección en la boca.

Mi erección.

En su boca.

He tenido mi primer orgasmo provocado por algo que no es mi mano y ha sido mejor de lo que jamás me habría imaginado.

Me paso las manos por el pelo cuando Foster se marcha.

Sigo un poco mareado después de que me lo haya chupado para pensar siquiera en seguirlo.

Ahora que el maldito suspensorio ya es problema del pasado y que la cerveza me ha dejado con un agradable cosquilleo en el cuerpo, no siento la asfixia que creía que iba a provocarme esta fiesta.

Por otro lado, con respecto a devolverle la mamada… La madre que me parió, ¿cómo no se me ocurrió informarme sobre la estimulación oral?

Nada me habría gustado más que arrodillarme y bajarle los pantalones a Foster tal y como él ha hecho conmigo, y meterme su pene en la boca para lamerlo y saborearlo hasta que él perdiera el control por completo.

Me ha prometido que lo haríamos después, pero sigo sin saber absolutamente nada sobre qué hacer cuando me acerque el miembro a la boca.

Lo básico lo tengo claro, ¿pero cómo hace uno para chupar y lamer a la vez mientras que también mueve las manos?

Seguro que a Foster le han hecho innumerables mamadas dignas de mención…

Desecho la idea de mi mente antes de que el resentimiento tome forma.

Lo más probable es que Foster sea el chico más atractivo de esta fiesta y al que se va a llevar esta noche a la cama es a mí.

Voy a la cocina y acabo apoyado en la encimera que hay a un lado, lo más lejos que puedo de la pareja que hay manoseándose junto al frigorífico.

Aunque no me sienta cómodo aquí y hubiera deseado que Foster no se fuera, tampoco quiero parecer su sombra.

Si hubiera venido con Seth, no nos habríamos despegado en ningún momento, pero Foster no ha dudado en alejarse.

Y eso me gusta.

Más o menos.

A ver, es posible que me ahogue con el peso de la ansiedad que me da quedarme solo en este tipo de entornos, pero agradezco que dé por sentado que puedo arreglármelas.

Se arma un gran revuelo en la puerta y pasa un Christopher Jacobs enorme que seguramente vaya superebrio. Lleva la cabeza rapada por los laterales, pero por arriba tiene el pelo tan largo que le cae sobre los ojos.

—Anda, buenas —dice arrastrando las palabras—, pero si es el profe adjunto.

—Zach.

—Eso. —Se acerca a mi posición y saca una botella de un líquido transparente de la encimera que tengo detrás—. ¿Dónde te has dejado a mi chico?

—¿A Foster?

—Sí, a Foster. Pensaba que no ibais a despegaros en toda la noche.

—Ha habido un altercado con unos novatos.

—Qué pesadilla de novatos. —Christopher me pone un vaso en la mano y lo choca con el suyo—. Salud.

—No… No debería aceptar bebidas de desconocidos. Es de primero de fiesta universitaria.

—¿Desconocidos? —Se ríe—. Estás saliendo con mi mejor amigo. Se cargaría a cualquiera que te tocara un pelo, yo incluido.

—No estamos saliendo.

—O quedando, me da igual. —Christopher me acerca más el vaso—. Es un clásico: tequila letal puro y duro.

—Eso no me da mucha más confianza.

—Discrepo, Zacharito. Eso es justo lo que te da el tequila.

Así que confianza… Teniendo en cuenta que mi reserva es limitada, supongo que un empujoncito no me hará daño. Le doy un buen trago y me estremezco de forma exagerada conforme lo noto bajar por mi garganta. Empiezo a toser.

—¿Pero qué… demonios?

—¡Toma ya! —Me echa otro poco en el vaso—. Te lo has bebido como un campeón. Pero ahora échatelo más hacia la garganta. La clave está en que lo saborees lo menos posible.

Es un consejo que podría aplicar a otras situaciones de mi vida.

Me quedo mirando el líquido, que parece mofarse de mí, y me recorre un escalofrío por todo el cuerpo.

—Mira, así. —Christopher echa la cabeza hacia atrás y el líquido desaparece—. Te toca. Un, dos…

Vamos allá.

—Tres —digo, y me bebo el tequila sin pensar.

Choca contra mi garganta y, en cuanto noto el sabor, se me crispa toda la cara. ¿Por qué la gente se hace esto?

Christopher se queda conmigo y mantenemos una conversación atropellada a causa de la gente con la que se va cruzando. Nos echamos otro chupito. Y otro.

—¿No te está buscando ningún amigo?

—Estarán por ahí —responde gesticulando; su mano es enorme.

—¿Entonces por qué estás aquí?

—¿Por qué no? —Nos rellena los vasos. Al menos en esta ocasión no es tequila, sino algo más bebible.

Pasados unos minutos, encuentro la respuesta a mi pregunta de antes: ¿por qué la gente se hace esto? Me miro la mano, que noto aturdida, y empiezo a reírme.

—¿Sabías que Foster es más listo que yo?

—Y una mierda —responde Christopher con las cejas enarcadas.

—En serio te lo digo. Sabe cosas. Sobre las personas. Cosas que yo nunca entenderé.

—A Grant se le da genial leer a la gente, por eso es nuestro capitán. Sabe perfectamente lo que necesitamos y cuándo lo necesitamos. —Se apoya demasiado contra mí—. Es el mejor.

Miro al enorme atleta que ha dejado caer todo su peso sobre mí para mantenerse en pie y me pregunto en qué momento mi vida ha dado un giro tan tremendo. A saber cuánto rato podré aguantar erguido, porque me noto las rodillas como gelatina.

—Pareces muy embriagado.

—Y tú no pareces ir lo bastante pedo.

Discrepo, porque la cocina no para de dar vueltas. Me quedo mirando a la pareja que continúa junto al frigorífico.

—No lo entiendo —digo mientras me recoloco las gafas, que Christopher no para de tocarme—, ¿por qué no van a un sitio más tranquilo arriba?

—¿Crees que deberían buscarse una habitación?

—D-digo yo…

—¡Eh, Jenkins! —grita Christopher. El muchacho se despega para tomar aire, parece aturdido—. Sawyer cree que deberíais buscaros una habitación.

Jenkins le saca el dedo corazón y retoma los besuqueos por donde los había dejado.

—A veces la anticipación es igual de divertida —susurra Christopher más cerca de mí.

—Te garantizo que… no es así —respondo arrugando la nariz.

No hay anticipación alguna que pueda compararse a cómo Foster acabó con todo mi control. Al revivir ese momento, recuerdo lo que haremos luego y me acabo de un trago la bebida.

Aunque… me cuesta recordar qué era lo que me tenía tan nervioso. Sí, la situación me supera un poquito, pero me muero por ver a Foster desnudo. Quiero saborearlo y sentirlo contra mí… Me sirvo otro vaso porque se nota que me está viniendo bien.

—Qué fuerte que perdiera tanto el control con Morris.

Ese nombre capta mi atención y me uno a la conversación de Christopher.

—Morris es imbécil.

Christopher estalla en carcajadas y, por fin, me libera de su peso para ahuecar las manos delante de su boca, a modo de altavoz.

—¡Morris es imbécil! —grita.

Un coro le responde igual de animado.

Yo me uno a ellos y doy un trago a mi bebida.

—Me caes bien, Zach Sawyer.

—Y tú creo que has conseguido emborracharme, Christopher Jacobs.

—Por Dios, ni se te ocurra llamarme Christopher.

—Me niego a llamarte Jacobs. No me gusta la moda esa de… llamar a la gente por su apellido.

—Todos me llaman Jacobs.

—Yo no. —Sacudo la cabeza y se me resbalan las gafas—. ¿Entonces no puedo llamarte de ninguna forma? —Me acerco más y me río—. Uy, disculpa, señor gigante del hockey.

—Me gusta el apodo, pero más de uno responderíamos a él.

—¿Mastodonte?

—Creo que ese ya tiene dueño —apunta.

—¿Gatito? —Me río.

—Y te reviento.

—Ah, claro, tiene que ser algo que suene tremendamente masculino. —Pongo la voz lo más grave que puedo y añado—: Yo, jugador de hockey, gustar reventar gente.

Christopher se ríe tan fuerte que acaba doblándose.

—Por favor te lo pido: ponle esa voz a Foster cuando le digas cosas guarras.

—¿Cosas… guarras? Algo me dice que no te refieres a nada de higiene.

—Dime que me estás vacilando.

Le lanzo una sonrisa socarrona.

—Soy inexperto, no un monje. He hecho acopio de una buena colección pornográfica…

—Para, para. ¿Cómo de inexper…?

—¡Topher! —grito—. Eso es. Christopher es demasiado anticuado y rimbombante. Te llamaré… Espera, ¿cómo he dicho?

—Topher.

—¡Eso, Topher!

—¿Quién es Topher? —pregunta una voz cálida mientras sus brazos me rodean la cintura.

Yo chillo. ¿Cómo que chillo? ¿En serio? Pero en cuanto me doy cuenta de que es Foster, mi cuerpo se relaja y señalo a Topher.

—Él es Topher, mi nuevo amigo. Le he puesto ese nombre.

—Me gusta —responde Topher con una sonrisa—. Suena a trofeo, como el que deberían darme por lo que les hago a las mujeres en la cama.

Suelto una risita tonta.

—Eso deberían decirlo ellas.

—Lo hacen. —Se bebe lo que le queda en el vaso y lo deja en la encimera.

Yo aprovecho que está distraído para apretar el culo contra la entrepierna de Foster. Qué lástima, no la tiene dura, pero seguro que podemos ponerle remedio a juzgar por cómo me agarra más fuerte.

—Foster…

—Dime.

Sus labios se pasean por mi nuca y me da un escalofrío. Echo la cabeza hacia atrás para apoyarla en su hombro y susurrarle de manera seductora a la oreja.

—No llevo ropa interior.

Foster se tensa de golpe con los ojos como platos. No me esperaba esa reacción. Tuerce la boca cuando intercambia miradas con Topher, que no para de reír de forma descontrolada.

¿Lo he dicho más alto de lo que creía?

—¿Lo has emborrachado? —le pregunta Foster.

—Se ha tomado dos chupitos si acaso —se defiende con las manos en alto.

—Cuatro.

—Imposible —responde con el ceño fruncido.

Yo me río y empiezo a canturrear:

—Topher me ha emborrachado.

—No —se queja Foster, y deja caer la cabeza sobre mi hombro.

—Tampoco es para tanto, ¿no? —pregunta Topher.

—Eso, tampoco es… —¿El qué es?

Foster cambia de postura para colocarse a mi lado. Ya no podré frotarme contra sus partes. Pero veo la mirada que le lanza a su amigo.

—Gracias por cargarte mi noche, payaso.

—¿Por cargármela? —bufa Topher—. Venga ya, ahora resultará que eres todo un caballero.

Foster lo ignora y me saca de allí.

—Creo que es hora de llevarte a tu habitación.

—¿Ah, sí? —Busco su cuello, pero Foster se aparta.

—Nada de eso, que eres un microondas.

—¿Un microondas?

—Sí, me dejarás con el puto calentón.

Salimos de la casa y, en el trayecto, Foster me pasa el brazo por la cintura para acercarme más a él.

—No lo entiendo —confieso cuando dejamos atrás la calle de las fraternidades—. Siento que… El sexo. ¿Vamos a acostarnos entonces?

—Hoy no —suspira.

—¿Qué? —Me detengo—. ¿Y eso por qué?

—Porque estás borracho.

—¿Y? —Frunzo el ceño—. ¿Te supondría un problema si fuera otra persona?

—Sí. Una cosa es ir contentillo, pero esto… —Me suelta como si quisiera demostrar sus argumentos y me tambaleo hacia un lado de la acera. Foster vuelve a sujetarme, me atrae contra sí y me da un beso en la sien—. No tenemos prisa.

Él puede que no.

—Pero tengo muchas ganas —respondo con cara de pena.

—¿No me digas? —me pregunta dubitativo.

Me rodea la cintura con los brazos y me mira con dulzura.

—Zach, ¿por qué has bebido tanto?

—No pensaba… No era consciente de cuánto estaba bebiendo. Eran traguitos cortos y no pasaba nada hasta que, de repente, me pasaba de todo y…

—Y ahora vas pedo.

Suelto una risita y apoyo la cara contra su pecho.

—Topher me dijo que me daría confianza.

—¿Confianza para qué? —pregunta Foster, que se tensa.

—Para complacerte. Para hacerte sentir como me has hecho sentir antes. Para no estar nervioso ni incómodo y no meter la pata hasta el fondo.

—Zach. —Me aparta un poquito para que pueda mirar lo—. No tenemos que hacer nada que no quieras.

—Pero es que sí que quiero. De verdad, tengo muchísimas ganas. No me pone nervioso hacerlo, sino estar a la altura para que te guste a ti también. ¿Y si intento chupártela y acabo atragantándome…?

—Me excitaría mucho.

—O si me corro muy rápido…

—Me lo tomaré como un cumplido a mi destreza.

Analizo su rostro en busca de señales que me indiquen que miente, pero no logro enfocar la mirada.

—Qué guapo eres.

Sus labios se tornan en una amplia sonrisa. Me da un pellizquito en el culo y el dolor me la pone dura al instante.

—Prefiero el término «belleza arrolladora», aunque gracias.

—Como más te guste, pero me encantas.

Foster alza la mano para pasármela por el pelo mientras me observa.

—Sí, te entiendo.

Me besa y la confianza que me ha dado el tequila me permite responder con intensidad, abrir la boca y colar mi lengua en busca de la suya. Foster se retira con un gruñido.

—¿Ves? Qué puto microondas, para de calentarme. —Me gusta cómo suena su voz ronca.

—Está bien —cedo con un mohín—. Llévame a mi cuarto.

—No. Puede que esta noche no pueda acostarme contigo, pero no vas a privarme de dormir a tu lado. Te vienes a mi residencia. —Se gira y se agacha un poco—. Sube.

Sin dudarlo ni un poquito, le rodeo el cuello con los brazos y salto sobre su espalda.

—¿Es un eufemismo? —le ronroneo al oído, o eso intento. Por su risa, intuyo que no me ha salido bien.

—No era un eufemismo. Compórtate.

—¿Y si no me da la gana?

—Zach…

—¿Sí? —Aprovecho mi posición estratégica para llenarle el cuello de besos.

—Deja de frotarte contra mi espalda.

Uy. No me había dado cuenta de que lo estaba haciendo.

—Dios, es que eres demasiado sexy. —No pretendía que me saliera una voz tan ronca, pero parece ser que se me da mejor si no lo pienso. Sus manos se tensan sobre mis piernas y le respondo dándole un mordisquito en la oreja—. Un sabio me ha dicho que la anticipación puede ser igual de erótica.

—¿De erótica? —murmura Foster—. Vas a matarme .