19 FOSTER
Z ach está adorablemente tremendo. Sé que «adorable» y «tremendo» no son palabras que casen mucho, pero no encuentro otra manera de describirlo.
Lleva los vaqueros más apretados que le he visto ponerse, una camisa informal que le viene casi una talla grande y se ha echado algo en el pelo para no despeinarse.
Se encuentra de pie en la puerta de su cuarto y no para de parpadear, como si se le hubiera olvidado cómo se habla.
Me inclino hacia él.
—Creo que la palabra que buscas es «hola».
—Eh… hola.
—Muy bien. —Vuelvo a echarle un vistazo y, de repente, entiendo lo de la camisa—. ¿Te ha vestido mi hermano?
—¡No! —responde con los ojos muy abiertos—. Bueno, quizá.
Seth aparece detrás de él.
¿Por qué se empeña tanto mi familia en interrumpir mis intenciones nada inocentes con Zach?
Le hago una reverencia a mi hermano.
—Bien jugado, Seth. No hay nada menos morboso que saber que mi cita lleva la ropa de mi gemelo.
Él se ríe.
—Qué ganas tengo de que conozcas a una mujer para cobrarme mi venganza. No sé qué haré, pero te aseguro que lo haré.
—¿Debería cambiarme? —pregunta Zach, y se mira la camisa.
—No. —Le agarro la mano—. Espero que sepas coser, hermanito, porque te la va a devolver sin botones.
—Vale, sí, tú ganas. Que se quede la maldita camisa, ya es suya. Pero no la rompas.
No, la voy a mancillar.
Entrelazo mis dedos con los de Zach y lo guío hasta la avenida donde están las fraternidades.
—¿A dónde vamos?
—A un fiesta de fraternidad.
—¿Q-qué? ¿Esa es tu idea de romance?
—No, es mi idea de universidad. —Me detengo y tiro de su mano—. Experiencia universitaria número no sé cuál: ir a una fiesta en una fraternidad —le explico con una amplia sonrisa.
—Seth me llevó a unas cuantas fiestas.
—¿De fraternidades? ¿Y cuánto tiempo estuviste?
Se me queda mirando, desafiante.
—Pues, para tu información, en una aguanté hasta después de dos cervezas.
—Caray, retiro lo dicho. Estás hecho todo un juerguista. No sé si podré seguirte el ritmo. ¿Has considerado buscar ayuda para tu adicción a las fiestas?
—Cierra el pico. —Me da un empujoncito mientras se ríe.
Me encanta este Zach juguetón.
—¿Se te ha olvidado que no se me da bien relacionarme con grupos grandes? —pregunta señalándose.
Vuelvo a tirar de él.
—Sí, vamos a una fiesta y sí, habrá mucha gente, pero se te olvida lo más importante.
—¿Que tendré que entablar conversaciones incómodas y superficiales con gente que no conozco?
—Estaría gracioso, pero no. Que no me despegaré de ti ni un segundo y podremos ponernos a analizar a todo el que pase.
Ahora es Zach quien deja de caminar.
—¿Cómo… sabes que hago eso?
—Te he visto. Te fijas en cómo interactúa la gente, como si fuera fascinante. Lo haces en clase y la otra mañana en el comedor también me di cuenta. —Me encojo de hombros—. Tienes esa costumbre.
Parece vacilar.
—Te prometo que, si no te sientes cómodo, nos iremos.
—Está bien.
—Y… —Lo rodeo con los brazos y lo atraigo hacia mí—. También olvidas otro ritual imprescindible de las fiestas de fraternidad.
—Beber del barril de cerveza.
—Cierto. —Me acerco aún más—. Aunque, en realidad, me refería a la tradición de liarte con alguien en una de las habitaciones del piso de arriba o en el baño.
Zach tiene las mejillas ardiendo.
—No voy… No voy a tener sexo en casa ajena.
—Pero qué mente más sucia —respondo fingiendo sorpresa—. Solo hablaba de besitos.
Me mira como si no me creyera.
—No vamos a acostarnos en casa de nadie —le digo, ahora más en serio.
—Gracias.
Retomamos la marcha. Ya casi hemos llegado, pero no puedo resistirme a fastidiarle un poquito más.
—Una pregunta…
—Dime.
—¿Las mamadas cuentan como sexo?
Casi se tropieza con su propio pie.
Menos mal que lo atrapo.
Qué bien me lo voy a pasar hoy.
Noto cómo le suda la mano mientras lo guío hasta la entrada de la casa Kappa. Me parece adorable.
A ver si tengo un fetiche con corromper a la gente. En parte, la poca experiencia de Zach me excita, y no sé si debería avergonzarme por ello. O sea, no me da vergüenza, pero ¿debería?
En cuanto ponemos un pie en la casa, nos recibe el sonido atronador de la música. Zach me aprieta más la mano.
Un montón de personas vienen corriendo a saludarme para que los acompañe a diferentes sitios, pero les digo que voy a beber algo y que luego los veo.
Ni siquiera se dan cuenta de que he venido con un chico. En esta hermandad hay unos cuantos gais, así que no hacen ni caso.
Sorteamos la zona de baile que han improvisado en la entrada del edificio para llegar a la cocina, donde está toda la bebida.
—Parece que podrás elegir entre cerveza o refrescos. Bueno, o si quieres vivir toda la experiencia universitaria, hay cosas más fuertes —añado, y señalo las botellas de licor que hay en la encimera.
Zach murmura algo que acaba engullido por el ruido de la fiesta. Cualquier excusa es buena para acercarme más a él.
—¿Qué?
—Que prefiero la cerveza —repite más alto.
Nos servimos la bebida y lo conduzco por el pasillo hasta llegar a un salón con más gente en los sofás de la que pueden soportar, pero donde la música no trata de reventarnos los tímpanos.
Tiro de Zach para colocarnos en una esquina y me apoyo en la pared.
Él da un sorbo a su cerveza y se pasa la lengua por los labios. No sé cuánto rato aguantaré siendo un caballero antes de arrastrarlo al piso de arriba.
—Veamos —digo echando un vistazo a la sala—, ¿cómo funciona lo de observar a la gente?
—¿Qué quieres decir?
—¿Solo hay que quedarse aquí de pie y juzgar a las personas por las malas decisiones que toman?
—No. Yo no juzgo tanto —responde con una sonrisa.
Una persona que se nota que va ya hasta las cejas entra en el salón dando tumbos y se tropieza con algo que le hace caer de bruces contra el suelo.
—¿Ni siquiera por eso?
—En este caso, mi opinión profesional se debatiría entre dos hipótesis: bien se ha emborrachado porque es lo que se supone que se hace en estas fiestas y quiere encajar, o bien es un niño de mamá con complejo de minipene.
Me atraganto con la bebida y toso.
Él sonríe y da otro sorbo.
—Me divierte esto. Vale, ahora esos —propongo al señalar a un chico y una chica que están coqueteando de forma muy descarada.
—Ah, el típico ritual de apareamiento entre universitarios con las hormonas descontroladas. Nada nuevo bajo el sol.
—¿Ritual de apareamiento? —pregunto.
—«Toma, te he traído una cerveza, lo que viene a decir que te ofrezco mi pene». —Su voz cambia a un tono más agudo para imitar a la chica—: «Ay, bebida de pene, muchas gracias. Qué generoso eres».
Me lo quedo mirando y pestañeo.
—Bebida… de pene.
—Deberían irse ya a meterse mano.
Nosotros deberíamos irnos ya a meternos mano.
—El desarrollo de los acontecimientos más común —concuerdo—. Una bebida de pene, un mete saca rápido y al paseo de la vergüenza.
—Parece ser la expectativa cultural por excelencia. —Le da otro trago a la cerveza y se la acaba.
—Bueno… esa era mi bebida de pene. ¿Puedo llevarte arriba ya?
Se tensa un poco, pero puede que una cerveza haya sido suficiente para derribar sus muros, porque es él quien me sonríe con nerviosismo y tira de mi mano para subir las escaleras.
Dejo por ahí mi bebida y lo sigo.
Zach se recoloca las gafas. Parece un poco inseguro cuando llegamos al piso de arriba.
Lo rodeo con los brazos por detrás.
—Los dormitorios están a la izquierda y el baño a la derecha.
—La cama sería demasiado tentadora y no pienso romper mi única norma —anuncia tras reflexionarlo, y echa a andar hacia la derecha.
No hay nadie en el baño y, en cuanto cierro la puerta y echo el pestillo, me abalanzo sobre él.
Le acuno la cara con las manos y nuestras bocas se encuentran.
Él gruñe.
Noto cómo me vibra el cuerpo ante las semanas de necesidad reprimida, pero me recuerdo que debo ir despacio. Le prometí que solo nos liaríamos. Después de tantos años ignorando cuánto me atraía Zach, ahora me cuesta creerme que esté besándome con él.
Le levanto la cabeza para besarlo con más intensidad mientras le digo a mi rabo que no se emocione tanto.
Pero no me hace caso.
Conforme Zach intenta seguir la intensidad de mi lengua y se aferra a mí, apretando su cuerpecito contra el mío, sé que podré dar gracias si no salgo de aquí con los pantalones mojados.
¿Correrse en los pantalones contará como sexo?
Le muerdo el labio inferior y se le escapa un chillido. Mis manos bajan por su cuerpo hasta agarrarlo del culo mientras aprieto mi dureza contra las numerosas capas de ropa que me molestan.
Él restriega las caderas, no sé si muy consciente de lo que hace.
Me separo de sus labios sin apartarme de él y apoyo la frente en la suya.
Tenemos la respiración entrecortada.
—Volviendo a lo de la mamada… —digo.
Echa la cabeza hacia atrás con los ojos muy abiertos.
—Yo… eh… pues…
—Me refería a ti. —Le acaricio la mejilla—. ¿Puedo…? —Dirijo la vista al evidente bulto de sus pantalones apretados—. No puede ser que así estés cómodo.
Ríe entre dientes y asiente, pero es un gesto tan sutil que no me queda del todo claro.
Froto esa parte de sus vaqueros.
—¿Eso es un sí?
—S… sí. —Se estremece entre mis brazos.
Lo llevo hacia atrás y lo empujo contra el mueble del lavabo.
—Agárrate al borde de la encimera si necesitas sujetarte a algo.
Tras un último roce de mis labios contra los suyos, me pongo de rodillas.
Sus ojos brillan con una especie de emoción dubitativa, si es que eso existe.
—Oye… —Traga saliva, lo mismo que espero hacer yo dentro de unos cinco minutos.
—Yo me encargo, ¿vale?
Él asiente con la cabeza.
—¿Has echado el pestillo? —Me ha visto hacerlo, pero lo tranquilizo.
—Sí.
Le desabrocho los pantalones y se los bajo lo suficiente para que no le molesten en los muslos. Son demasiado ceñidos para estar ahora peleando por bajárselos hasta los tobillos, y seguramente así se sienta más cómodo.
Paso el dedo por la cinturilla del suspensorio que lleva puesto, prenda que me enciende aún más.
—Eres una caja de sorpresas.
—Es nuevo e incomodísimo. No sé cómo la gente es capaz de ir con esto.
Le lanzo una sonrisa.
—Eso tiene solución. —Se lo bajo y su erección salta ante su nueva libertad.
Le subo un poco la larga camisa y veo que tiene unas marcas rojas en la cadera donde antes estaba su ropa interior. Paso el dedo por encima y él sisea.
—Creo que te has equivocado de talla —apunto.
—Lo pedí por internet y di por hecho que mi talla era la pequeña.
Se me van los ojos a su entrepierna, dura como una roca y tan larga que me hace salivar.
—Esto no tiene nada de pequeño.
La rodeo con la mano y la muevo de arriba abajo de golpe. El líquido preseminal asoma en la punta y reprimo un gemido.
De repente, me agarra la mano con la suya.
—No… no voy a aguantar mucho.
—Es la gracia de liarnos en el baño; nos podrían echar en cualquier momento.
Me suelta y vuelve a sujetarse contra el lavabo.
Por mucho que me hubiera encantado recrearme y jugar un poquito con él, es cierto que podrían interrumpirnos, porque siempre hay algún imbécil que lo hace.
Lamo su longitud hasta que llego a la gotita que se le ha escapado y me meto la punta en la boca.
Zach respira con tanta fuerza que lo oigo desde mi posición.
Muevo la boca a su alrededor despacio para que se vaya acostumbrando, pero echa las caderas hacia delante y casi me da una arcada.
Debe de haber sido un acto reflejo, porque, cuando lo miro, parece tan sorprendido como yo.
—Perdona… No pretendía…
—Tranqui, que puedo metérmelo hasta el fondo, pero mejor si me avisas —respondo al sacármelo de la boca.
Antes de que pueda responder, le guiño un ojo y le muestro exactamente a qué me refiero cuando me meto de golpe todo el rabo en la boca.
—¡Dios!
Si no tuviera la boca llena con su miembro, sonreiría con arrogancia.
Le agarro fuerte de las caderas para controlar sus movimientos. Tiene los nudillos blancos de agarrarse al lavabo y me encanta.
Tengo un dolor de nabo insoportable, pero quiero centrar toda mi atención en Zach. Quiero ver su cara cuando se corra en mi boca.
Quiero ver cómo reacciona cuando lo pruebe.
No tarda mucho.
Noto las primeras gotas salpicándome la garganta y lo mantengo sujeto mientras gime y gruñe como si no pudiera respirar.
Mientras se corre, voy tragando y moviendo la cabeza, prolongando el orgasmo hasta que todo su cuerpo se desinfla contra el lavabo.
Voy a subirle la ropa interior hasta que recuerdo las marcas que le ha hecho. Así que, en vez de eso, la bajo del todo junto a los pantalones.
Él se quita las prendas y vuelve a meter los pies en los pantalones.
Me incorporo y se los subo mientras me observa con un gesto de satisfacción en el rostro.
Se me escapa una sonrisa.
—¿Todo bien? —Niega con la cabeza—. ¿Y eso?
—A ver… sí. Mejor que bien. Estoy genial —añade sin mirarme.
Le coloco un dedo bajo la barbilla y se la levanto para que me mire a los ojos.
—¿Puedo besarte?
—Eso no te lo negaré nunca.
—A algunos hombres no les gusta dar besos después de… ya sabes.
Zach atrapa mi camisa con la mano y tira de mí hacia él.
—No te lo negaré nunca.
Aprieto mi boca contra la suya y me devuelve el beso con una confianza renovada.
Sus manos se pierden en mi pelo para que no me separe y mis caderas chocan contra él en un grito de necesidad de atención.
Zach se separa y baja la mirada.
—Quizá debería…
Pum, pum, pum.
—¡Id terminando, que algunos nos meamos!
Me río.
Qué romántico.
—Resérvatelo para más tarde.
—Ah, vale, sí. Para más tarde.
Le doy un beso a Zach en la frente y retrocedo. A ver qué se me ocurre para que se me baje la erección.
Me resulta imposible cuando veo la piel ruborizada de Zach y su sonrisa de satisfacción.
Tiro el suspensorio enano en la papelera que hay en una esquina del baño y uso a Zach de escudo cuando salimos. Aunque no lo vea, sé que se ha puesto aún más rojo al ver la enorme cola de gente que espera a entrar al baño.
—Perdonad, no me arrepiento.
Algunos se ríen, otros parecen cabreados. En su defensa diré que estarán a nada de hacérselo encima.
Bajamos las escaleras y, justo cuando voy a proponerle a Zach que nos vayamos lejos de aquí antes de lo que teníamos pensado, Cohen nos corta el paso.
—Dios, menos mal que te encuentro. —Tiene los ojos muy abiertos y parece un poco angustiado.
—¿Qué pasa?
—Los inútiles de primero se están pegando por una muchacha.
—¿Y por qué habría de importarme? — Quiero acostarme con Zaaaaach.
—Tú me dirás, capitán. Podríamos dejarles calentarse un rato más hasta que uno o los dos acaben lesionados y nos quedemos con dos jugadores menos para el primer partido de la temporada, que es ya la semana que viene.
—Puta vida —me quejo, y me giro para hablar con Zach—. Sé que te prometí que estaría contigo…
—Tranquilo, ve. Voy yo a… a por otra cerveza.
Me inclino para besarle la mejilla.
—Gracias. Ahora vengo .