En la misma pista (CU Hockey 1) 17 FOSTER
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M e gustaría poder decir que enterarme de que Zach es virgen no cambia nada, pero… creo que sí.

No digo que no quiera acostarme con él. Vaya si quiero, Dios. Sé que puedo hacerle sentir bien. Lo cuidaría, sería delicado y no lo presionaría para hacer nada con lo que no se sintiera cómodo. Pero es muchísima presión, y no puedo permitirme echarme más peso a la espalda con todo lo que tengo ya.

Las notas.

El hockey.

La NHL.

No hay día que pase sin que piense si hice bien en no entrar en el draft del año pasado para sacarme primero el grado.

El hockey se me da de miedo y siento que es mi destino, pero es un juego impredecible.

Podría lesionarme mañana y adiós a mi carrera deportiva.

Incluso si consiguiera jugar en las ligas profesionales durante un par de años, todo se podría acabar de la noche a la mañana y me quedaría sin nada a lo que agarrarme.

Por eso mis padres y yo decidimos que era mejor esperar a sacarme el graduado antes de tratar que me fiche un equipo.

Dicho lo cual, necesito un agente. Me han hablado un par, pero estoy esperando al indicado.

Esa debería ser mi mayor preocupación ahora mismo. El hockey. Siempre ha sido el hockey, desde que tengo memoria. Y por eso mismo mis relaciones no han funcionado nunca a largo plazo, porque no puedo anteponer a nadie a la NHL.

Y mucho menos esta temporada.

Tengo que hacer lo correcto y reconducirme.

Pero llega la clase del lunes y, de repente, todos esos pensamientos sobre priorizar el hockey, los agentes y mi futuro se transforman en una bandera blanca.

Porque un solo vistazo a Zach nada más entrar a la sala, con esas gafitas, esos vaqueros anchos y esa camiseta de los Vengadores, me hace caer rendido a sus pies. Trataba de convencerme de que no estaba asustado.

Pero Zach me tiene acojonado.

Me gusta, y no sé cuándo ha ocurrido.

Aunque no debería sorprenderme. Mi hermano me lo vetó y yo no le he hecho caso.

Mi relación con Seth no es así, siempre nos hemos ayudado con todo.

Menos cuando el sujeto en cuestión es su mejor amigo.

He echado a perder un partido por Zach y me ha dado igual. Me han suspendido para jugar el primer partido de lo que digo que es lo más importante de mi vida y… me ha dado igual.

Porque Zach es… no sé qué es.

Es una persona que merece que la adoren.

Me gusta que no entienda a la gente, pero que se esfuerce en hacerlo. Me encanta cuando se le escapa algo que nadie más en su sano juicio diría y se pone rojo como un tomate.

Y, aunque suponga mucha más presión, me gusta que sea inexperto. Quiero ser el primer y único hombre que le haga correrse. Quiero adorar ese cuerpo delgado y llenarlo de besos hasta saborear cada rincón de su piel.

Mierda, este no es lugar para ponerme a pensar en estas cosas.

Me acomodo en mi asiento y, como si Zach estuviera en sintonía con mis movimientos, sus ojos se topan con los míos.

¿Se imaginará qué me pasa por la mente? Se sonroja y me pregunto si estará pensando en lo mismo.

Evita el contacto visual más de lo normal, que ya es decir.

Por mucho que me encantaría arrinconarlo después de clase y arrastrarlo a mi cuarto como un cavernícola, al final la decisión de ir más lejos o no es suya.

Una vez termina la clase, veo cómo trata de escabullirse por la puerta lateral. Cruzo la sala a toda prisa y le corto el paso cuando sale.

—Qué adorable, pensabas que te iba a volver a funcionar.

—Debí imaginarlo —responde resignado.

Me recoloco la mochila en el hombro.

—Ayer estuve leyendo.

—Pues… ¿enhorabuena? —pregunta después de quedárseme mirando.

Me río.

—Descubrí cosas muy interesantes sobre los profesores adjuntos y qué pasa cuando hay conflicto de intereses.

Hace unos días, no habría reparado en su piel empalidecida y en cómo evita mirarme mientras traga saliva con fuerza. Lo habría achacado a una de las rarezas de Zach. Pero ahora sé que está nervioso.

—¿Y qué pasa?

—Si le cuentas el problema al profesor titular, debería poder solucionarlo. Es quien decide lo que hay que hacer. Resulta que son bastante laxos con el temita si eres sincero.

Zach trata de ocultar una mueca. Me acerco más a él.

—Pero solo si tú quieres.

—Pues… eh… —Sus ojos se encuentran con los míos.

—No hace falta que lo decidas ahora mismo. Yo voy a estar ahí si al final eliges dar el paso. Pero no voy a presionarte. Nunca te obligaría a hacer algo que no quisieras.

No quiero soltarle de golpe que lo escuché hablando con Ray, pero espero que entienda que voy muy en serio con todo lo que digo.

Se pasa la lengua por el labio inferior.

—Tú piénsatelo —le digo en susurros inclinado hacia él—, pero que sepas que te haría pasar muy buen rato.

Me obligo a marcharme antes de proponerle hacerlo aquí y ahora.

Creo que he espantado a Zach. Quizá me he pasado un pelín.

¿Se puede aprender a tener más tacto? Porque no me vendría mal.

Fundamentos de la Sutileza I. Me apuntaría sin pensármelo.

El jueves estoy a punto de presentarme en su puerta y preguntarle, pero me prometí que no le presionaría. Se me está acumulando la colada, así que decido ir a mi casa a lavar la ropa para así tener el fin de semana libre en caso de que cierto sabelotodo decida que tiene tiempo para quedar.

Cuando llego a casa y cierro la puerta tras de mí, descubro a mi hermano viendo la televisión.

—¿Qué haces aquí? —le digo.

—Podría preguntarte lo mismo —responde después de alzar la cabeza para mirarme.

Levanto la bolsa de la colada.

—Tendrás que esperar tu turno, porque ahora está mi ropa puesta. —Agita un dedo entre los dos—. Brujería de gemelos: dos cuerpos, una sola mente.

—Para ser precisos, el trato era que tú me harías la colada si cuidaba de Zach…

—El trato era hacértela solo una vez.

—¿Ah, sí? No recuerdo que especificáramos la duración. Quizá yo quería decir «para siempre».

—Y quizá yo quería decir esto. —Me saca un dedo.

—Qué bonito. —Me dejo caer en el sofá a su lado y trato de ignorar la energía tan extraña que hay entre ambos.

Está viendo un documental sobre el leopardo de las nieves en el National Geographic. Es muy aburrido, pero no le pido que cambie de canal. Me da la sensación de que, ahora mismo, no tengo derecho a pedirle favores a mi hermano.

—¿Cómo va Zach? —pregunta al rato—. Llevo sin saber nada de él desde el partido.

Al menos ya sé que no soy el único al que ignora.

—Ni idea. No lo veo desde el lunes.

—¿Qué has hecho?

—Nada —resoplo—. Bueno, mentira. Puede que le haya dicho que quiero acostarme con él.

—La madre que te parió —masculla Seth.

—A ver, fui un poco más elocuente. —En realidad, no tanto, pero aun así—. Pero no lo he vuelto a ver ni hemos hablado más. Tampoco nos hemos escrito. Tú eres su mejor amigo, ¿qué significa este silencio institucional?

Seth me señala.

—Esto. Esto precisamente. Por eso no quería que os liarais. Me niego a estar en medio, y eso incluye no daros consejos a ninguno de los dos. Para esto, soy Suiza.

—¿Sabías que Suiza no fue del todo neutral? Permitieron que los nazis utilizaran sus vías del tren para transportar a judíos por todo el país.

Mi gemelo entrecierra los ojos.

—Ahora va a resultar que sabes cosas.

—Sé muchas cosas. Lo que no sé es por qué la gente se piensa que soy tonto por hacer deporte.

—Caray, listo y deportista. Ya sé por qué papá está tan orgulloso de ti.

—¿Y eso qué significa? ¿Te ha dicho algo?

—No —gruñe—. Bueno, lo de siempre. Si me va bien este curso, conseguiré graduarme como el mejor de la clase y podré elegir la universidad que me dé la gana para hacer el posgrado.

Pero papá solo sabe hablar de cómo el impulsivo de su hijo ha echado a perder el partido de hockey más importante de la temporada.

—¡Pero si aún no ha empezado la temporada! Era una bobada de partido al que le han dado demasiada importancia con el paso del tiempo. La gente se piensa que es trascendental, y no lo es. Tienen que dejar ya la tontería, yo paso.

—En fin. Ya soy la segunda opción de papá. No pienso ser también la de Zach.

—Sabes que puedes darme consejos sin entrometerte. Yo no entiendo bien a Zach, pero tú sí.

Seth se detiene.

—Pueden haber pasado dos cosas: o lo has espantado y se está escondiendo, o está demasiado ocupado estudiando y se comporta como siempre. Es capaz de perder tanto la noción del tiempo que no se da cuenta de que han pasado tres días ni de que existís en el mismo universo.

—Pues… no me ayuda en nada. Gracias.

—Para eso estamos.

Continúa viendo el documental y pienso que ahí acaba la conversación, pero me equivoco. Al cabo de cinco minutos, apaga la televisión y gira todo el cuerpo para mirarme.

—¿Por qué él? —Hay algo en su tono que no sé definir. Será rabia, resentimiento o que de verdad no lo entiende—. Podrías haber elegido a cualquier otro estudiante de tu universidad. ¿Por qué tenía que ser mi mejor amigo?

—En términos queer, tu mejor amigo está bueno.

Seth frunce el ceño y se cruza de brazos.

—Siempre me ha parecido guapo, pero me pediste que no hiciera nada y te hice caso.

Era sencillo cuando no tenía que verlo casi nunca.

Pero luego me pediste que le echara un ojo y r esulta que me gusta.

Me parece divertido, pero no del tipo «me río de él», sino de verdad.

Tiene una manera de ver el mundo muy diferente y no se esfuerza por encajar en él, le da lo mismo.

—Tiene sentido que te guste esa faceta suya.

—¿Y eso?

—Cuando papá nos obligó a patinar cuando teníamos siete años, ¿no recuerdas lo mal que se nos daba? Yo me rendí al segundo, pero tú… Daba la sensación de que te obligabas a aprender para sentirte más aceptado.

Quiero discutírselo, pero probablemente tenga razón. Me he esforzado mucho por llegar adonde estoy y no ha sido nada fácil. No tenía talento innato.

Es posible que a tan corta edad ya sintiera que era diferente.

Sabía que me gustaban más los chicos que las chicas y, siete años después de habérselo contado a mi hermano, sigo sin saber bien cómo me defino.

Pero sí que por entonces ya sabía que era distinto y que los jugadores de hockey eran geniales.

—Puede que tenga relación —admito.

—¿Qué buscas en él? —Abro la boca para decir algo sexual muy inapropiado, pero me detiene antes—. No digo a nivel físico, sino, siendo sincero, ¿qué futuro te imaginas con él? Cuando entres en la NHL, tendrás que irte a California. O a Texas.

—O a Boston. Montreal no está tan lejos.

—Pero no puedes decirme que, si te ofrecen un contrato con los Seattle, por ejemplo, no lo aceptarías.

—Claro que lo aceptaría.

—¿Incluso si estuvieras saliendo con Zach en Vermont?

—No le he dado tantas vueltas. La NHL es una carrera de fondo. ¿Quieres decir que no debería ser feliz ahora por algo que no sabemos si llegará a ocurrir el año que viene?

—¿Merece la pena hacerle daño a Zach por una época feliz con fecha de caducidad?

Uf. No sé yo.

—Sé que estás acostumbrado a vivir el presente —continúa Seth—, pero Zach no es como tú. Antes de lanzarse a la piscina, necesita estar seguro de las cosas.

—Entonces tengo que darle tiempo.

—No. Deberías alejarte ahora antes de que os explote en la cara.

—Mira, ahora en serio. —Me giro para quedar de cara a él, porque quiero que entienda que esto no es un juego y que estoy empezando a sentir cosas reales—.

Zach me gusta. No sé qué me deparará el futuro y, de momento, solo quiero que tengamos unas cuantas citas.

No estoy pensando en la boda, en una relación seria ni en amor puro y duro, así que no sé a qué viene tanto drama.

Sé que es algo más que sexo esporádico, pero tampoco haré promesas imposibles.

Quiero que te quede claro porque, aunque no lo apruebes, lo voy a hacer de todas formas.

Sé que me pediste que mantuviera las distancias y que esto rompe cualquier código de amigos, pero que sepas que, aun así, lo haré, y no quiero actuar a tus espaldas.

Me gustaría que me apoyaras y que esto no se interponga entre nosotros, porque eres mi hermano.

Me he quedado sin aire después de vomitarlo todo.

Él no hace más que mirarme fijamente y yo no pienso apartar la vista. Seth es el primero en romper el contacto.

—Como le hagas daño, te reviento.

Sonrío y le revuelvo el pelo.

—No me cabe duda.

—Lo digo en serio, Foster.

Me detengo.

—Si le hago daño, tienes carta blanca para zurrarme.

—Trato hecho .