En la misma pista (CU Hockey 1) 16 ZACH
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B aja la voz! —le chisto a Ray.

—¿Por qué? —Se las arregla para dedicarme una medio sonrisa—. No hay nada por lo que avergonzarse.

—Ah. —La miro—. ¿Tú también…?

—No.

—Pero…

—Que no. Soy asexual, no un extraterrestre. Tengo el mismo cuerpo que todo ser humano.

Me invade una fuerte necesidad de saber más. ¿Por qué pensaría que sería buena idea acostarse con alguien si no tiene ningún tipo de interés?

—¿Me vas a decir qué pasa o qué? —insiste—. Me estoy empezando a aburrir.

No sé qué voy a ser capaz de contarle. Me resulta tan inconcebible que Foster y yo nos besáramos ayer, dos veces además, que no me salen las palabras. Me cuesta decirlo en voz alta.

—¿Es por algo de Grant?

Repaso las estanterías que tenemos alrededor para comprobar que no hay nadie escuchándonos.

—¿Cómo has…?

—Llevas el pelo más enmarañado que yo, y ya es decir.

—Imposible. —Lucho por ocultar la sonrisa.

—Me ofendes. —Esa voz neutral me indica que es mentira—. ¿Te gusta un poquito o qué?

—¡No! Por Dios, Ray, no soy tan tonto.

—¿Tan tonto para qué?

—Para colarme por el más… por el mejor…

—¿Jugador de hockey? —me ayuda.

—Eso, por él. Qué ocurrencia tan absurda.

—Y, si tan absurdo es, ¿por qué te gusta?

Le lanzo una mirada asesina, pero, al final, me desinflo.

—Porque parece ser que no soy tan listo como me creía.

—Eso es, suéltalo. —Me da unas palmaditas extrañas en la espalda.

—Tienes una empatía apabullante.

—Buena observación, gracias. Yo no entiendo de estas cosas, pero dicen que el amor no correspondido es una putada.

—Disculpa, pero yo no he dicho que estoy enamorado.

—Ah, he dado por hecho…

—¿Que soy patético? —¿De verdad podría culparla por pensarlo?—. No nos engañemos, sé que las personas como Foster y yo no acaban juntas. Esto es una reacción química sin más. Él quería ir más allá con el beso y yo, en cambio, me agobié.

—¿Te besó?

Uy. Me devano los sesos para pensar algo que desvíe la atención de mi desliz, pero a quién quiero engañar. Ya es un poco tarde para recular.

—Sí, y después lo besé yo.

—Ya.

—¿«Ya» qué?

—No me cuadra.

Un pedacito de mí muere por dentro.

—¡Gracias! A mí tampoco.

—¿Por qué te pusiste tan nervioso? ¿Por ser virgen?

—¡Calla! Por el amor de Dios, no levantes la voz. Y no, no fue por eso.

—¿Entonces?

—Me… emocioné un poquito demás.

—Ah.

Por primera vez desde que la conozco, Ray suelta una breve carcajada. Es seca y poco colorida, pero algo es.

—Qué gracioso.

—Soy un chistoso. —O eso parece—. Volviendo a lo de que soy… pues eso. Fíjate lo inexperto que seré, que ayer me dio él mi primer beso.

Me mira como si tuviera dos cabezas. Mierda, seguro que Foster me pone la misma cara, ¿a que sí? Vuelve a darme palmaditas en la espalda.

—Eso es…, ¿suéltalo?

—No necesito empatía. —Me la sacudo de encima—. Tengo que pensar qué voy a hacer. No quiero que Foster se entere y, aunque dudo que volvamos a tener un momento como ese, quiero sentirme facultado para ello en caso de que sí. Sea con quien sea.

—Ah, sí, facultado, el sueño de todo hombre.

—Así no me ayudas.

Suspira y retoma sus tareas por donde las dejó. Yo me quedo mirando la pantalla del ordenador y me doy cuenta de que en la media hora que llevamos aquí ni siquiera he abierto la página de la universidad.

—¿No tienes otros amigos con los que hablar del tema? Que sean hombres. O, al menos, no sé, alguien que no tenga solo un poco más de experiencia que tú.

—Sí —gruño—. Podría contárselo a mi mejor amigo, pero es el hermano de Foster.

—Pues porno.

Doy un respingo.

—¿Cómo dices?

—Si quieres documentarte, ve porno.

—No creo que… —¿El qué no creo? ¿Qué pretendía rebatirle?

Ray se inclina hacia mí y cierra mi portátil con lentitud.

—Me estás dando ansiedad. Largo.

—Estamos en un lugar público, no puedes echarme.

—Aquí no puedes ponerte a ver porno. —Se me queda mirando—. A no ser que te dé morbo que te descubran.

—¿Sabes lo que es la voz baja? —Me arden las mejillas.

Ella habla más fuerte.

—Todo el mundo ve porno, es de lo más natural.

—Cómo te odio. —Meto el portátil en la bandolera y me apresuro a alejarme de ella.

—Es lo más bonito que me has dicho.

Aunque Ray me haya metido en la cabeza la idea de ver porno, he decidido ignorar su propuesta y darme una vuelta por el campus. A principios de octubre ya hace frío y dentro de nada llegará la época de sudaderas y cazadoras.

Observar a la gente siempre me ayuda a gestionar la ansiedad y despierta en mí una curiosidad que eclipsa el resto de pensamientos. Sin embargo, hoy no. Hoy no me llama nadie la atención.

En cambio, sigo pensando en Foster y en cómo me besó.

Me noto un poco mareado, pero eso podría ser porque toda la sangre se me está bajando a una zona muy concreta.

Me siento tentado a buscarlo, pero no tengo claro cómo quedaron anoche las cosas.

Además, verlo mientras estoy así quizá no sea mi idea más brillante.

Voy muy en serio con lo que le he dicho a Ray sobre querer estar preparado.

Aguanta .

Me estremezco, pero me niego a darle muchas vueltas a su promesa. Aún quedan meses para que algo pueda cambiar y no voy a anteponerlo a mi trabajo de profesor adjunto. Por mucho que me atraiga o por muy fuertes que sean sus hombros y lo suaves que sean sus labios…

El porno. Eso.

Ya me sudan otra vez las manos. Pongo rumbo al Albany Hall y me sonrojo cuando me cruzo con otra gente antes de llegar al ascensor.

Seguro que se han dado cuenta de los pensamientos tan obscenos que estoy teniendo, pero soy incapaz de parar.

No tengo más que pensar una fracción de segundo en cómo Foster frotaba su cuerpo contra el mío.

Me muerdo el labio para calmar mi erección.

No me hace falta ni recurrir al porno. En cuanto llego a mi cuarto, cierro la puerta y me apoyo en ella para aliviarme.

Da hasta vergüenza ver lo poco que he durado.

Me lavo las manos, pero apenas puedo mirarme al espejo.

Me aterra ver lo rápido que pierdo el control por su culpa.

Él mismo me dijo que había estado con mucha gente.

Si al final ocurriera algo entre nosotros, tengo que estar a la altura.

En cuanto a mí, solo necesita mirarme de reojo para tenerme jadeando.

Por el amor de Dios, que esta investigación sea fructífera.

Saco el portátil y, tras un momento debatiéndome entre la cama o el escritorio, termino por sentarme en la cama. Así estaré más cómodo.

No es la primera vez que veo porno, pero acudo a él solo cuando estoy tan necesitado que soy capaz de ignorar los ruiditos extraños y esos diálogos tan nefastos.

—Sí, nene, así, ah…

Me estremezco y paso al siguiente vídeo. No, demasiado pelo. Cuarto demasiado sucio. El siguiente lleva unas gafas como las mías, que ya sé que no son atractivas. Por algo me las quitó anoche Foster. Y paso a otro… ¿Es que no ha tenido tiempo de lavarse los pies antes?

Esto no va a funcionar. Me tapo la boca cuando empiezo a reírme mientras escucho cómo salen del altavoz los ruiditos rítmicos de las sacudidas y los gruñidos.

Quizá no tenía que haberme aliviado antes.

Pongo a prueba mi teoría mediante el recuerdo de Foster acostado justo aquí, sobre mí, y me endurezco de golpe.

Vale, así que el problema no es excitarme.

Observo la barra de búsqueda y empiezo a escribir antes de que se me termine de formar la idea.

Jugador de hockey.

Menudo abanico de opciones. Cómo no, si hasta yo estoy empezando a pensar que el hockey es el deporte más sexy del mundo. Escojo un vídeo con dos hombres con la equipación puesta que están en los vestuarios contra una taquilla.

Por favor y gracias.

No me cuesta nada imaginarme los uniformes negros y naranjas como azules y plateados.

No se andan con preámbulos: el chico de detrás entra en el de delante.

Despiertan el interés de mi erección. En vez de a ellos, me imagino a Foster detrás de mí mientras yo me inclino contra la taquilla sin quitarme su camiseta.

Bueno, digo yo que se pondría él detrás. No me siento nada cómodo al imaginarme a mí tomando el control en el sexo con él. Quiero que Foster me agarre fuerte, gima en mi oído y se pierda por completo en mi cuerpo.

—Dios… —murmuro, y acerco la mano a los pantalones.

No parece que hablen mucho, pero uno le susurra algo al otro con la respiración entrecortada, lo que lo hace aún más atractivo, si es que es posible. Están tan volcados el uno en el otro que parece darles igual que haya una cámara delante.

El que está detrás le gira la cara al otro para besarlo y acelera las embestidas.

Empiezo a notar un cosquilleo en las extremidades y cuelo la mano por los pantalones, preparado para la segunda ronda.

En cuanto aparto el ordenador y cierro los ojos, rememoro el calor de los besos de Foster y cómo me hizo sentir necesitado.

Jadeo y me empieza a palpitar el miembro conforme me corro.

Cuando se disipa el subidón del clímax, me siento un pelín más victorioso que antes. Estoy seguro de que he durado el doble, como mínimo.

Caray. Los jugadores de hockey siguen dándole al tema. Miro la duración del vídeo con la mano que tengo limpia y descubro que solo lleva siete minutos.

Puf , ¿quién querría pasarse siete minutacos fornicando?

Seguro que Foster. Bueno, puede que yo también lo disfrutara. Sin duda. Fijo que lo disfrutaría y, ahora que he concluido con este pequeño experimento, debo hacer frente a las conclusiones.

Necesito sexo.

Y quiero que sea con Foster.

Cierro la página porno con un suspiro, me limpio con un pañuelo de papel y abro la página del buscador:

Cómo tener sexo.

Me doy cuenta de mi error en cuanto le doy al botón de búsqueda y se me llena la pantalla de esquemas e ilustraciones de vaginas.

Mierda. Repito.

Cómo tener sexo gay .