En la misma pista (CU Hockey 1) 15 FOSTER
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15 FOSTER

A lejarme del cuarto de Zach tiene que ser una de las cosas más duras del mundo. Ah, no, ese es mi rabo. Mi rabo es la cosa más dura del mundo.

Zach no es consciente de lo atractivo que es y, no sé por qué, eso me pone aún más. Esos ruiditos involuntarios que salen de su garganta… Se nota que son auténticos, porque intenta reprimirlos.

Pero yo quiero más.

Mucho más.

Aun así, sé que su situación económica no es la mejor y que necesita ese trabajo de profesor adjunto.

En teoría, nuestra relación no debería afectar en nada al funcionamiento de la asignatura, ya que yo comprendo mejor los fundamentos de esta que el propio profesor adjunto. Sin embargo, entiendo que salir con él podría verse como favoritismo. La gente empezaría a poner en duda las notas que saque.

Pero tiene que haber alguna manera de solucionarlo.

No me puedo pasar todo el semestre con los huevos azules. Al contrario de lo que se cree todo el campus, no voy acostándome con quien me da la gana cuando me da la gana. Ahora no siento interés alguno por ir a fiestas para conocer a gente con la que liarme.

Solo existe una persona a la que quiero atrapar con mi cuerpo.

Con tan solo pensar en Zach, en esos ojos cerrados y en cómo se sonrojan esas mejillas pálidas, noto el tirón en los pantalones.

En cuanto llego a casa, me pajeo hasta casi caer rendido y, aun así, tan solo consigo aliviarme un poco con cada repetición.

Sigo con el cuerpo en ebullición por culpa de Zach, lo necesito.

Por eso, a la mañana siguiente, nada menos que un domingo, me levanto a una hora intempestiva para salir a correr y cansarme. Si no puedo aliviar mi frustración sexual con sexo, voy a agotarme tanto que no me quedará energía ni para masturbarme.

No me sorprende encontrarme a unos cuantos compañeros míos en el gimnasio cuando llego corriendo hasta allí, pese a que hoy sea nuestro día libre.

En cuanto entro, dejan lo que están haciendo y se me quedan mirando. La sala se sume en silencio.

Encuentro a Jacobs con el ceño fruncido.

—¿No me han castigado ya bastante?

—¿No piensas disculparte? —contraataca él de brazos cruzados.

Se acerca a mí y, por un instante, pienso que me va a pegar, pero no retrocedo.

—Ese tipo acosaba a Zach. Por eso se tuvo que venir a estudiar a esta universidad, por lo que le hizo ese imbécil.

—¿Por ser gay? —pregunta Jacobs titubeando.

—Ni él ni mi hermano quieren contármelo todo, pero Morris se lo merecía y no siento lo que hice.

¿Siento que hayamos perdido? Pues claro.

¿Siento haberme cargado los ánimos del equipo?

Ni te imaginas. Pero no soy el único que salió a jugar a esa pista y no me arrepiento de pelear por alguien ni por algo en lo que creo.

Más silencio.

—Volveré a disculparme con todos en el entrenamiento de mañana. Si queréis echarme a mí las culpas de todo, de acuerdo, y, si queréis que deje de ser el capitán, lo haré.

Jacobs pone los ojos en blanco.

—No seas tan dramático. Seguirás siendo nuestro capitán, pero entiende que estemos cabreados por ponerte así sin tener en cuenta a los demás.

—Deberías habérnoslo contado —añadió Beck—. Podríamos haber hecho algo entre todos y, después, haber ganado el partido.

—No me preocupa el partido. —Sonrío.

—¿Y la maldición qué? —pregunta Cohen.

—Al cuerno con la maldición. Nosotros somos mejores.

Ojalá pudiera creérmelo con la misma confianza con la que lo digo.

Acabo mi rutina y, aun así, no me siento cansado ni satisfecho, así que vuelvo a mi cuarto a la carrera, me ducho, me cambio y voy a la biblioteca. Tengo que encontrar un libro o algún estatuto en el que ponga que no pasa nada si me tiro a mi profesor.

Pero primero tomaré un desvío hacia el comedor para desayunar. Y beberme un buen café.

Si quiero leer algo hoy, necesitaré cafeína para concentrarme y que mi mente no empiece a pensar en cierto cerebrito…

Como si pensar en Zach por enésima vez en doce horas lo invocara, me lo encuentro justo delante en la fila del desayuno.

Se me escapa una sonrisa.

Va con pantalones de deporte, una camiseta vieja y los mechones de pelo negro apuntando en diferentes direcciones, como si acabara de levantarse de la cama.

¿Habrá sido así?

¿Y si se ha pasado media noche en vela por culpa de un incomodísimo dolor de entrepierna como me ha pasado a mí?

No acostumbro a aprovecharme de mi estatus social en esta universidad para colarme, pero estoy desesperado.

Zach tiene la mirada perdida. Al principio pienso que está en su mundo, pero, conforme me acerco, caigo en la cuenta de que está observando a una pareja que hay en una mesa junto a la ventana. Quizá los está psicoanalizando y sacando conclusiones de su relación a raíz del lenguaje corporal.

Me aproximo al chico que hay detrás de Zach y señalo delante de él.

Me deja pasar y articulo un «gracias».

Zach está tan absorto que aún no se ha dado cuenta de mi presencia.

Me acerco más hasta quedar cerca de su oreja.

—Pareces cansado. ¿Ha sido una noche larga y solitaria?

—¡La puta madre! —grita después de dar un salto exagerado.

Estallo en carcajadas.

—Buenos días, eh.

—¿Qué haces? ¿Cuánto rato llevas aquí? —Pasa la mirada por toda la sala y su cara cambia a ese tono rosado que tanto me gusta, seguramente porque el grito ha llamado la atención de unos cuantos alumnos.

—Estabas empanado.

—Es culpa tuya —murmura.

—Me alegro. —Sonrío—. Así ya sé que no soy el único que lo pasó mal anoche. ¿Tienes algún plan para hoy?

—Sí.

—¿Sin mí? —pregunto con un jadeo dramático.

—Voy a… He quedado con Ray. Me escribió y…

Me río.

—Puedes hacer amigos, Zach. Seth estaría muy orgulloso de ti.

—Ya estás fastidiándome.

—Solo un poquito —respondo, y hago un gesto de pinza con el índice y el pulgar.

Llegamos al principio de la fila y Zach agarra una magdalena.

—¿Y ya? No es un desayuno muy sustancioso.

—Bueno, mamá, es que los que no somos deportistas no necesitamos comer mucho. Además, me tengo que ir corriendo. Metafóricamente, claro. No… literalmente. Por favor, no se te ocurra pedirme nunca que corra.

—Ni en mis mejores sueños —resoplo.

—En fin, que me marcho. Ray me estará esperando ya.

—Diviértete.

—Lo mismo digo.

Me lleno los platos hasta arriba. Después del entrenamiento de esta mañana, me ruge muchísimo el estómago. En cuanto me lo he comido todo, salgo corriendo.

Tengo una misión.

He decir que, de los tres años que llevo en esta universidad, habré pisado la biblioteca dos veces si acaso.

La mayoría de materiales de las asignaturas están en internet, así que no me ha hecho falta venir.

No sé ni por dónde empezar a buscar lo que quiero.

Y quién me iba a decir a mí que las bibliotecas serían tan… grandes.

Podría pedir ayuda, pero no quiero ir pregonando que busco una manera de acostarme con mi profesor sin que haya consecuencias.

Cuando por fin encuentro mi objetivo, casi cedo ante el impulso de salir corriendo al cuarto de Zach, pero recuerdo que hoy tenía planes. Maldita sea.

Por regla general, los profesores adjuntos y los estudiantes no tienen permitido salir juntos ni acostarse.

Sin embargo, el adjunto le puede comentar al profesor titular que hay un conflicto de intereses, y se aplica tanto para familiares como para parejas.

Lo que ocurra a continuación es decisión del titular.

¿A quién no le va a gustar una laguna legal?

Me vibra el teléfono en el bolsillo y pienso automáticamente que es Zach, como si nuestros penes se hubieran sincronizado y sintieran la necesidad del otro.

Cuando leo en la pantalla que es mi madre, mi erección sufre una muerte súbita. Puaj .

A partir de ahora, tiene prohibidísimo interrumpir mis fantasías con Zach.

Se me quitan las ganas de responder, porque seguramente ella y mi padre quieran saber qué pasó en el partido de anoche.

Mi padre estará cabreado.

Respondo, porque conozco a mi madre y seguirá insistiendo hasta que lo haga. Si le cuelgo o no le devuelvo la llamada en pocas horas, es capaz de llamar a todos los hospitales de la región.

—Hola, mamá. Estoy en la biblioteca, no puedo hablar ahora —aviso en un susurro. No me responde—. ¿Mamá?

—Perdona, estaba comprobando que había llamado al hijo que quería, porque no me entra en la cabeza que Foster Grant esté en la biblioteca un domingo por la mañana.

—Qué graciosa.

—Tose dos veces si te han secuestrado y has ido coaccionado.

Santa paciencia.

—Espera, que voy a una zona donde pueda hablar.

Voy al piso de abajo, donde hay mesas y sillas. Lo sé porque, una de las dos veces que he venido, fue aquí el año pasado para un trabajo en grupo.

Me agacho entre las estanterías.

—Vale, ya puedo hablar.

—Cielo, ¿va todo bien?

—Sí, ¿por?

—Seth nos ha contado que no jugarás el próximo partido por lo que hiciste en el de anoche.

—¿Papá se ha enfadado?

La oigo meditarlo.

—Puede que de vuelta a casa mencionara algo sobre que es una buena forma de tirar tu carrera por la ventana.

—Solo me perderé un partido.

—Un partido al que acudirán agentes y ojeadores.

—¿Está papá chivándote lo que tienes que decir? —pregunto con los ojos entornados.

—¿Me explicas qué pasó? —Se pone él al teléfono. Lo que yo pensaba.

—Los jugadores de hockey se pelean.

—Pero tú no. O, al menos, no como ayer.

Me muerdo el labio inferior. Les quiero hablar de mis sentimientos, de lo que hice por Zach y por qué lo hice. Pero, cada vez que he pensado en contarles que soy bisexual, se me atascan las palabras en la cabeza y se niegan a salir de mi boca.

La verdad es que no sé cómo se lo tomarían.

Cuando Seth y Zach se hicieron amigos, mi padre me preguntó si creía que había algo entre ellos. Y, aunque creo que iba con cariño, dijo algo que jamás olvidaré:

«A veces dudo de tu hermano. No es… como tú. No le interesan los deportes y no parece haber tenido novias».

Yo hice lo que haría cualquier adolescente: responder con un gruñido.

He revivido esa escena muchísimas veces en mi cabeza y, en vez de huir, le respondo orgulloso quién soy yo.

Cada vez que lo pienso, me imagino diciéndole:

«Bueno, que a una persona le gusten los deportes no la hace automáticamente hetero.

Y, si le hubieras prestado atención de verdad a Seth, te habrías dado cuenta de que no tiene citas porque es tan monógamo que solo busca relaciones serias.

Al contrario que yo, que salgo con cualquiera en cuanto tengo la oportunidad. Da igual el género».

—¿Foster? —La voz grave de mi padre me hace dar un respingo.

—Era un imbécil y perdí el control, pero no volverá a pasar. Ya me han regañado mis entrenadores y mis compañeros. No necesito que empecéis vosotros también.

—Todos los equipos tienen imbéciles, pero recuerda golpearles donde más les duele.

—En la portería. Sí, papá, lo sé.

Lo dejan estar y colgamos.

La emoción de descubrir que existe una posibilidad de estar con Zach acaba sustituida por la culpa de haber desperdiciado otra oportunidad de abrirme con mis padres.

Estoy a punto de irme cuando capto una conversación que me hace detenerme.

—Venga, unicornio, cuéntame qué te tiene rumiando.

—¿No vas a parar nunca con lo del unicornio?

Veo a través de las baldas la camiseta que llevaba Zach esta mañana. La reconozco por el dibujo.

Se sientan en una de las mesas y me veo tentado a acercarme para hacerle rabiar por quedar con su amiga nueva en la biblioteca.

Madre mía, habrán venido a estudiar.

Por eso no quiso darme detalles.

Antes de que emprenda la marcha, me freno en seco al oír lo que están diciendo.

—Puede que yo tenga pinta de ser inocente, pero la tuya es la de alguien dispuesto a sacrificar a una persona virgen.

—Oye, pues parece divertido. ¿Te estás ofreciendo?

Zach casi se atraganta.

—¿Qué? ¿Cómo… has…?

Oigo el gritito que ahoga Ray desde mi escondite entre dos estanterías.

—Era broma. Espera…, ¿es que eres…?

— Shh .

No veo bien, pero parece que hace un movimiento rápido, como si estuviera moviendo los brazos para que Ray no siga hablando.

Me apoyo en la estantería que tengo detrás.

Vale, no, no es suficiente. Tengo que sentarme.

Zach es virgen.

Sabía que no tenía mucha experiencia, pero… ¿Con nadie? ¿Nunca?

¿Nada de nada?

Ahora que lo pienso, tiene sentido si se ha pasado toda la vida estudiando y no tiene muchas dotes sociales. Pero, a ver, tampoco hace falta hablar para acostarte con alguien.

Me vuelve el recuerdo de anoche, aunque ahora lo veo desde una perspectiva muy distinta.

Mierda, si no me hubiera frenado, habría ido tan lejos como él hubiera querido, pero esa no es manera de tener tu primera vez.

Hago una mueca al recordar la mía. Zach se merece mucho más.

No sé qué hacer con esta información, pero sí sé que tengo que dejar que decida él qué hacer.

Salgo de la biblioteca evitando que me vean y sin saber bien a dónde ir .