14 ZACH
E spero lo justo para devolverle a Seth la camiseta y asegurarle que ya he visto suficiente antes de irme corriendo.
Parecía preocupado, cosa que no me sorprende, pero ni en broma le contaré lo que ha pasado.
Alucinaría e intentaría protegerme y, con todo el respeto, no tiene voz ni voto en este tema.
En cuanto llego a mi habitación, cierro la puerta con llave, enciendo el flexo del escritorio y me tiro en la cama.
Me tiemblan las manos. He hecho todo lo que he podido para evitar revivir lo que ha pasado con Foster, pero me ha vuelto todo de golpe para atormentarme.
Tengo el estómago revuelto y la adrenalina que me corre por las venas me impide estar quieto.
Es una reacción química , me recuerdo.
Pero no funciona.
No sé qué me ha poseído para meterme en los vestuarios, pero ver cómo su ceño fruncido se convertía en una mirada de sorpresa para dar paso a una sonrisa dulce me ha cortocircuitado el cerebro. Sin ser consciente de mi cuerpo, he acabado de rodillas, tocándole la cara y, después…
Una ola de nervios me atraviesa el cuerpo. Me ha besado, y parecía tan inseguro como acostumbro a sentirme yo. Pero, por primera vez en mucho tiempo, me he sentido confiado.
Me pongo en pie y comienzo a caminar para desprenderme del hormigueo que noto en la piel. Me ha besado. Madre mía, me ha besado.
Aunque todo hubiera sido un juego, como decía Seth, y aunque ahora Foster se esfumara y no volviera a verlo, el caso es que me ha besado y eso ya no se puede deshacer. Mi primer beso, el de verdad, y ha sido con el rey del hockey de la Universidad Colchester.
Estallo en carcajadas, y la risita tonta se me extiende por todo el cuerpo. Intuyo que debería hacer algo con todas estas emociones. Regularlas, controlarlas…
Las emociones son pasajeras.
Las emociones son fascinantes.
Me abrazo por el abdomen y me hundo en un lateral de la cama mientras trato de evitar desmayarme.
Unos golpes suaves resuenan en la puerta.
Caray. Se me desdibuja la sonrisa y todas esas emociones tan intensas se evaporan.
¿Ya ha acabado el partido? ¿Ha vuelto Seth para ver cómo estaba? Vaya, ¿y si es Foster?
Más golpecitos.
—Zach.
Madre de Dios, es Foster.
Estaba muy feliz con poder revivir lo que ha pasado de forma indefinida, pero no quiero verlo ni por asomo. Ni ahora ni nunca. ¿Cómo espera que pueda mirarlo a la cara después de lo que hemos hecho? Seguro que doy vergüenza ajena.
—Sé que estás ahí. —Quizá es un farol—. Te he oído reírte.
Pues claro. Me resigno a sabiendas de que esto no acabará bien y cruzo la habitación para abrir la puerta.
Craso error.
Foster va vestido con traje. Nunca había prestado atención a la premisa de que la ropa puede hacer a la gente más o menos atractiva. Se la pueden poner y quitar y… quitar. Me imagino las manos grandes de Foster desabrochando despacio los botones de su camisa…
—Ay, no.
Cierro la puerta de golpe, pero Foster tiene unos reflejos sobrenaturales.
La detiene con la mano, que acaba a la altura de mi cara.
Una mano que hace tan solo una hora o así había posado sobre mí.
Levanto la vista para mirarlo y descubro que le han puesto una tirita en la ceja.
Madre del amor hermoso . ¿Puede estar aún más atractivo así? Diría que sí.
—Yo… eh… y-y-o…
—Deberías respirar un poquito.
—Gracias. —Hago caso a su propuesta y me recompongo.
Foster empuja la puerta para abrirla más, pero no hace ademán de pasar.
—¿Tenemos que tener otra conversación sobre los buenos modales?
—¿Por? —Saco el móvil del bolsillo para descubrir que me ha escrito. Mierda.
—¿Te apetece invitarme a pasar o qué?
No te imaginas cuánto.
—Bueno, a ver, quizá no es… —Me inclino hacia delante para observar el pasillo, pero no hay nadie.
—Es sábado por la noche. Todo el mundo se ha ido de fiesta o aún no ha vuelto del partido.
—¿Cómo has llegado tú tan rápido?
Hace un mohín.
—No me apetecía quedarme a escuchar que hemos perdido por mi culpa.
—¿Habéis perdido?
Se aclara la garganta.
—Ahora no hay nadie en el pasillo, pero puede que por poco rato.
Vaya, parece que, aunque a los jugadores de hockey les gusta hablar de hockey (a todas horas), cuando pierden pueden hacer excepciones.
Me lo apunto.
Retrocedo y Foster cierra la puerta tras de sí cuando cruza el umbral.
Le falta tiempo para quitarse la chaqueta del traje y tirarse en mi cama como si este fuera su cuarto.
Yo estoy encantado con volver a tener la forma de su cuerpo en mis sábanas, pero la incomodidad sigue patente.
Me hundo en la silla del escritorio para poner entre nosotros la distancia que necesito para poder pensar.
Hasta que Foster se incorpora, tira de los brazos de la silla y esta rueda hacia él. Mis rodillas chocan contra el colchón y quedan encerradas por sus piernas. Se me escapa un ruidito tan bochornoso que espero no volver a repetirlo jamás.
Carraspeo.
—Bueno, supongo que tendremos que aclarar ciertas cosas.
—¿Quieres hablar de lo que ha pasado?
—Será lo mejor. Así podremos correr un tupido velo cuanto antes.
—De acuerdo. —Se encoge de hombros sin soltar los brazos de la silla—. Empecemos por cómo te me has abalanzado.
—Perdona, pero no me he abalanzado.
—Pero si estabas casi encima…
—No estaba…
—Y esos ruiditos que hacías…
—¿Estás intentando avergonzarme?
La sonrisa de Foster se amplía.
—¿Qué me ha delatado?
Finjo enfadarme al tiempo que lucho por recuperar la temperatura normal de unas mejillas que me arden. Menos mal que hay poca luz.
—Estaremos los dos de acuerdo en que no hace falta que te esfuerces por avergonzarme. Ya se me da bastante bien a mí solito.
—¿Pero qué dices? Si eres la persona más divertida que conozco.
—Esa es una afirmación burdamente errónea.
—¿Ves? —Se acerca más—. «Burdamente errónea». Nadie habla así. Eres único, Zach, y me pareces increíble.
Trago saliva.
—Te estás burlando de mí.
—Jamás.
—Siempre te burlas.
—No. Alguna vez te hago rabiar, pero hay diferencias.
—¿Cuáles? —Ambas sirven para poner en evidencia mis defectos.
—La burla es cruel. Pero, cuando te hago rabiar, te pones nervioso, y eres lo más adorable del mundo.
—Ah.
Aparta las manos de la silla y me pasa una por la mejilla.
—¿Te pongo nervioso?
—Se escapa a mi control.
Su sonrisa me hace levitar.
—Foster…
—Dime.
—¿Puedo volver a besarte?
—Siempre que quieras.
Me incorporo de un salto y, del impulso, la silla se vuelca y acaba estampada contra el escritorio. Tierra, trágame.
—¿Qué decías sobre que era increíble?
Me posa las manos en la espalda.
—¿Qué decías de besarme?
Buena réplica. Coloco las manos temblorosas sobre sus hombros y me humedezco los labios. Trato de recordar cómo lo habíamos hecho.
—No se me da muy bien —suelto.
—Según mi experiencia, te diré que eso es una tontería.
Vuelvo a mirar el corte que tiene en la ceja.
—¿Te duele?
—No. Ahora, déjate de rodeos.
Se me escapa una risita nerviosa.
—Vale, solo es un beso. —Me acerco más a su rostro hasta que apenas hay distancia entre nosotros.
—No le des más vueltas. —Sube un brazo para quitarme las gafas—. Ahora sí. ¿Listo?
Cierro los ojos de golpe y presiono mi boca contra la suya.
No hay rastro de electricidad. Ni de chispa ni de nervios.
Es extraño. Demasiado.
Noto cómo su mano asciende por mi espalda y se desliza hasta mi nuca.
—Relájate —murmura.
Y eso hago.
Pongo la mente en blanco y me derrito contra él.
Foster tiene los brazos fuertes y toma la iniciativa, haciendo movimientos que yo imito. Abre la boca y su lengua se desliza por mis labios antes de recordar que debo abrir también la mía. Nuestras lenguas se tocan y una corriente eléctrica explota a mi alrededor.
Me revuelvo entre sus piernas sin ser consciente de mis movimientos y parece ser que el gruñido de Foster es la señal que estaba esperando mi pene.
Foster aumenta la intensidad del beso apretando la mano contra mi cabeza.
Me doy cuenta de que sus manos no han parado de moverse y de tocarme, así que aprovecho la oportunidad para colar los dedos en su pelo.
Puta vida, qué suave es. Lo agarro entre mis dedos y repito el gesto.
—Mmm. —Me aprieto más contra él hasta que nuestros pechos se tocan.
Estoy a punto de colocarme sobre el regazo de Foster, pero este me levanta con los brazos y nos da la vuelta.
Toco el colchón con la espalda y él cubre todo mi cuerpo con el suyo.
—Mierda, Zach.
Vuelve a atrapar mi boca. Sus labios son insistentes y su lengua se adentra tanto en mi boca que me deja mareado. La necesidad se apodera de mí y le devuelvo el beso como mejor sé. Por un instante, el resto del mundo desaparece.
Todo a excepción de Foster, su boca y…
Frota su erección contra la mía.
La puta madre.
Repite el movimiento y, de repente, empiezo a temblar por una razón muy distinta.
Esto es demasiado. Es demasiado. Es demasiado.
—Para. —Trato de zafarme de él porque, como vuelva a tocarme, me acabaré corriendo.
Gracias a Dios, Foster se incorpora para darme espacio y parpadea como aturdido mientras yo me encojo contra el cabecero.
—¿Estás bien? —Tiene la voz ronca.
—¿Yo? Sí, claro… Ha estado… muy bien. Gracias por los besos y por… el cariño y… —Tengo que parar de hablar ya—. Tienes una boca muy bonita y, bueno, qué pelo. Menuda melena más… —Tengo la voz tensísima y me están saliendo más gallos que cuando era adolescente.
—Zach, recuerda respirar.
—Estoy bien, de verdad. Es que justo me he acordado de que…
—¿Y si esto es solo sexo sin ataduras? Quizá me importaría menos si no tuviera las pelotas a punto de explotar como un Mentos en una botella de Coca-Cola—.
¡Soy tu profesor! —escupo con la misma delicadeza que un gorila, pero con muchísima convicción—.
Lo dijiste tú. Está bien que seamos amigos, pero algo más… Es decir… No podemos ser nada más.
Conforme suelto esta excusa que me he sacado de la manga, el vuelco que me da el estómago me indica que en realidad sí que podría ser un buen lío.
—Mierda… —responde él, y se sienta en el borde de la cama—. No lo había pensado.
—Yo tampoco, y ya es mucho decir. Se te da muy bien distraerme.
—En otras circunstancias me lo habría tomado como un cumplido, pero ¿esto podría darte problemas? —pregunta con la mirada hundida.
—Este trabajo es el que me paga la matrícula y el alojamiento. No puedo arriesgarme.
—Vaya por Dios. —Se mete la mano en los pantalones para acomodarse y yo no puedo evitar seguir sus movimientos. Ojalá esa tela fuera más translúcida.
De repente, su mano se detiene.
Doy un respingo y levanto la mirada para descubrir que me está observando.
—No… No estaba…
—Sí. No me quitabas los ojos del rabo. —Extiende el brazo para tirar de mi pie y acercarme a él—. ¿Cuánto dices que dura esta asignatura?
—Es solo un semestre.
Gruñe.
—Bueno, a estas alturas creo que un beso más no hará daño a nadie, ¿no?
Las palpitaciones de mi pene no están de acuerdo con esa afirmación, pero, aun así, me acerco más.
—Supongo que no.
—Aguanta hasta que acabe el semestre.
Claro, sin presión.
Vuelve a besarme, pero en esta ocasión lo hace de manera más dulce.
Acuna mi cara con las manos y cada beso tierno se me graba a fuego en la memoria.
Suaves y eternos, como una promesa de lo que está por venir.
Se aparta muy a su pesar y dedica un momento a observarme hasta que se levanta de mi cama.
El pelo que lleva siempre tan impoluto ahora está hecho un desastre.
—Supongo que nos veremos en clase.
No ha tratado de replicar ni me ha puesto en una situación incómoda. Ni siquiera hemos discutido.
Es perfecto.
Juro que esto me excita aún más.
—Foster, eres muy buena persona.
Me guiña un ojo y se dispone a abrir la puerta.
—No se lo cuentes a nadie.
En cuanto sale de la habitación, me levanto de la cama y voy al baño en busca del alivio que tanto necesito ahora mismo.
No necesito más que un par de movimientos y el breve recuerdo de su cuerpo contra el mío para derramarme en mi mano. Mitigo mi necesidad, pero no me sacio, lo que deja patente una cosa: necesito más .