13 FOSTER
L anzo el casco contra la pared y cae al suelo con un fuerte golpe.
La rabia, la adrenalina y el impulso de pelear aún me hierven bajo la piel. No he calentado a Morris todo lo que me habría gustado.
Debería estar cabreado porque me hayan echado del partido, pero todo lo contrario. No me arrepiento ni una pizca de lo que he hecho. Si acaso, me arrepiento de haberle dejado contraatacar.
¿De qué tiene hechos los puños? ¿De diamante?
Me paso el dedo por la ceja y, al retirarlo, lo veo lleno de sangre. No es mucha, pero escuece como un demonio.
Tengo que quitarme los patines, levantarme y pasearme un rato por el vestuario para dejar salir toda la energía que ahora mismo me sobra.
No podía pensar en otra cosa mientras estaba en el hielo que no fuera el Zach con el que pasé el día entero la semana pasada, con su faceta alegre, bromista y relajada, y el subnormal de Morris, que le había amargado la vida. Hasta que he perdido los estribos.
Me siento en el banco para desatarme los cordones y la puerta se abre. Me preparo para que entre uno de los entrenadores a decirme de todo y gritarme a pleno pulmón durante cinco minutos mientras mis compañeros siguen peleando lo que queda de período.
No me fijo en quién es el que ha entrado. Mantengo la cabeza gacha y sigo desatando los cordones de los patines.
—¿F-Foster?
Levanto la cabeza de golpe al escuchar esa voz insegura.
Zach está delante de mí. Mierda, qué sexy está con mi camiseta. Lleva el pelo alborotado, como si se hubiera pasado la mano por él, y sus gafitas de empollón enmarcan esos ojos verdes que me vuelven loco.
—¿Cómo… te han dejado entrar?
—Ha sido Seth. Ha dicho que éramos tus hermanos y que queríamos ver cómo estabas.
Pensar en Zach como mi hermano me da repelús, pero ignoro la sensación porque, en realidad, me da igual cómo ha conseguido colarse en los vestuarios. Lo fuerte es que haya venido.
—¿Quieres saber cómo estoy?
Da dos pasos vacilantes para, a continuación, avanzar hasta llegar a mi altura.
Cuando queda frente a mí, se arrodilla.
Me quedo sin aliento ante la imagen.
Unos dedos largos y finos me acarician la ceja y descienden por mi mejilla.
—Te ha herido.
—Sobreviviré —resoplo. Aunque puede que no salga de esta si sigue tocándome. Qué gustazo.
Quiero apoyar la cara en su mano, pero me mantengo firme. No quiero espantarlo.
—¿Por… qué has hecho eso? —pregunta.
Podría mentirle y decirle que en este deporte a veces hay peleas.
Pero todo el mundo se ha dado cuenta de que no era una normal.
Morris se me ha metido entre ceja y ceja desde el primer minuto y, aunque apenas hemos coincidido durante el partido, en cuanto se me ha presentado la oportunidad, he ido a por él.
—Morris es imbécil.
Zach hace ademán de apartar la mano de la mejilla, pero no se lo permito. Cubro su mano con la mía, que me acuna el rostro.
Él aparta la mirada.
—Seth me contó que sabes lo que pasó… entre él y yo.
—Entre tú y él… ¿Quieres decir que hubo un «vosotros»? ¿Estuvisteis juntos?
—No. No sé si es idiota profesional o qué, pero…
—No necesito explicaciones. Seth ya me contó suficiente.
Deja caer la mano y yo cedo.
—Entonces, lo que ha pasado en la pista…
—Ha sido por ti.
—No te pedí que lo hicieras. —Su voz suena tan suave, tan él.
—Jamás me lo pedirías —susurro—. Morris tiene que aprender que el karma es un desgraciado y no tenía derecho a tratarte así.
—¿Esto te acarreará consecuencias?
—No lo dudes.
—No deberías haber…
—Zach. —Sus ojos se encuentran con los míos—. Ha merecido la pena.
Se me queda mirando como si no lo comprendiera, pero noto un atisbo de agradecimiento.
A decir verdad, no sé qué se me pasa por la cabeza cuando me inclino hacia delante y poso mis labios en los suyos.
Será culpa del subidón. De la adrenalina. O de mi falta de control.
No sé de qué o de quién será la culpa, solo sé que lo he hecho y que no me arrepiento.
Al principio, Zach se queda quieto. Yo insisto un poco para tratar de animarlo a que me devuelva el beso, pero no quiero traspasar los límites.
Así que me aparto.
Su mirada se muestra confusa y sus labios aún conservan la postura del beso.
—Perdón, sé que estoy sudado y es asqueroso y…
Ahora es él quien recorta las distancias. Su boca se encuentra con la mía, esta vez con impaciencia.
Su cuerpo esbelto se acerca más al mío hasta pegarse a los protectores de mi equipación. Rodeo su espalda con mi brazo y maldigo a todos los bártulos que llevo puestos.
Quiero acercarme más, sentirlo contra mi cuerpo.
Los labios de Zach están entreabiertos, pero no lo suficiente. Le paso la lengua por la pequeña franja y él abre los labios un poco más.
Aprovecho la ocasión para profundizar el beso.
El ruidito ahogado que sale del fondo de su garganta se me clava directamente en el rabo.
Poso la mano detrás de su cabeza mientras mi lengua baila con la suya.
Me deja tomar la iniciativa y me derrito al pensar en cómo se deja llevar ante el contacto de mis manos.
Se me escapa un gemido.
Él se separa, pero no escapa de mi agarre.
Tiene los labios hinchados y los ojos como platos.
Abre y cierra la boca como intentando decir algo, pero no sale ningún sonido.
—¿Zach?
Escuchamos cómo se filtran por el pasillo los gritos de celebración procedentes de las gradas y cómo se cuelan en el vestuario.
Él vacila.
—¿Qué significa eso?
—Se ha acabado el período. Será mejor que te vayas, porque el vestuario va a llenarse de jugadores de hockey cabreadísimos y entrenadores con muchas ganas de cantarme las cuarenta.
Parecía imposible, pero abre aún más los ojos. Se pone en pie, con las piernas algo temblorosas, y se apresura a salir antes de que mi equipo irrumpa en la sala.
Se ha marchado tan rápido que apenas he tenido tiempo de procesar lo que acaba de ocurrir.
He besado a Zach.
A Zach.
Sigues sin tener permitido coquetear con él . Las palabras de Seth resuenan en mi cabeza.
Mi hermano me va a matar…, si no lo hace antes mi equipo.
Los ceños fruncidos y el desánimo persiguen a mis compañeros conforme se dejan caer en los bancos que hay a mi alrededor y tiran su equipación al suelo.
El entrenador entra como un ciclón que arrasa con todo a su paso, solo que, en este caso, tiene un objetivo claro, como los tornados cuando van directamente a por una casa.
Haría una broma sobre lo Dorothy en El mago de Oz que me siento ahora mismo, pero sé que he metido la pata hasta el fondo y que bromear en este momento lo empeoraría.
—¡¿Me cuentas qué mierda ha sido eso?! —me grita el entrenador.
—¿La mejor defensa es un buen ataque?
La vena de su frente está a punto de reventar.
—Nosotros no jugamos sucio —responde él—. Era un asunto personal o que, de repente, se te han olvidado las normas. ¿Eres tan sumamente egoísta que has antepuesto tus mierdas personales al equipo o eres tonto sin más?
¿Solo tengo esas opciones? Parece una pregunta trampa.
—¿Soy egoísta? —Es mejor que ser tonto, ¿no? Pero al entrenador le da igual.
—¡Eres el capitán! ¡El equipo es lo primero!
Podría excusarme de muchísimas formas.
Que Morris se lo merecía.
Que Morris es imbécil.
Que este partido no cuenta para la clasificatoria.
Tantas excusas y ninguna sería mentira, pero el entrenador quiere una confesión más sencilla.
—Me he vuelto loco.
No negaré que tenía pensado azuzar a Morris, aunque la idea era hacerlo de forma legal.
Pero en cuanto pisé la pista me puse a pensar en lo mal que se lo había hecho pasar a Zach por a saber qué bobada y tiré por la borda todas las normas sobre los enfrentamientos.
Es cierto, me volví loco y perdí el control.
—Y por tu culpa ahora es posible que tu equipo pierda el partido. Date una ducha. Le pediré a alguien del equipo que le eche un vistazo al corte de la cara. —Se vuelve para mirar a mis compañeros—. Que esto sirva de lección sobre qué no hacer si queréis destacar en este equipo.
Un momento, ¿qué?
El entrenador vuelve a mirarme.
—Verás el primer partido de la temporada desde el banquillo.
No me jodas.
El oxígeno del vestuario parece desaparecer cuando los demás ahogan un grito. Si fuera otro jugador, le habrían echado la bronca y ya.
Pero parece ser que a mí no se me mide con la misma vara por ser el capitán del equipo.
Da igual si van a venir ojeadores a verme durante esta temporada y tengo que jugar todos los partidos posibles. Da igual si quiero jugar en la NHL cuando me gradúe.
He metido la pata. No hay vuelta de hoja.
Me voy a las duchas en cuanto el equipo vuelve a la pista.
El agua caliente me azota y provoca que la herida de la frente me escueza un montón. Es todo lo que necesito para volver a poner los pies en la tierra. Ahora entiendo a mi madre cuando nos decía constantemente que nuestras acciones siempre tienen consecuencias.
Me engañaba al pensar que, como este partido no contaba para la liga, no afectaría a mi temporada. Ahora me voy a perder un partido, y eso sin haber empezado aún.
Puede que Jacobs esté en lo cierto y Zach sea demasiada distracción.
He vivido por y para el hockey desde que tengo memoria, mi objetivo siempre ha sido jugar en la NHL y me he esforzado mucho para desarrollar todo mi potencial. Nunca había conocido a nadie que me hiciera querer más, que me hiciera creer que quizá necesite algo más.
Lo único que sé es que ahora mismo solo quiero pasar más tiempo con Zach.
Incluso si al final resulta que se arrepiente de haberme besado y solo quiere que seamos amigos.
Noto un cosquilleo en los labios ante el recuerdo de su boca. Quizá le he puesto la temporada más difícil a mi equipo, pero ha merecido la pena.
El protocolo más raro del mundo del hockey es que hay que ponerse traje antes y después de los partidos. Porque, claro, tenemos que parecer gente respetable antes y después de hacer sudar y sangrar a otros hombres en la pista de hielo.
Tiene mucho sentido.
Después de que me limpien la herida y me pongan una tirita de mariposas en el diminuto corte (porque no es para tanto), me dirijo a las gradas donde estaban Seth y Zach.
Noto sobre mí las miradas fulminantes de la afición que va de verde y oigo los vítores de la que va de azul.
Cuando llego hasta sus asientos, veo que solo está mi hermano.
—¿Y Zach?
—Pensaba que estaba contigo.
Mal asunto.
Lo peor es que me he perdido ocho minutos del segundo período y la UVM se ha anotado dos tantos.
—Bonito traje —se mofa Seth tras darme un buen repaso con los ojos. Le parece una idea tan ridícula como a mí que tenga que ponérmelo.
—Cierra el pico —mascullo, y me siento en el sitio de Zach.
Salió corriendo de los vestuarios y supongo que ya no paró.
Prefiero no ponerme a pensar por qué razón lo habrá hecho.
—¿Te dejan sentarte aquí? —pregunta Seth.
—Ni lo sé ni me importa. Me han suspendido para el próximo partido.
—No fastidies. ¿Por la pelea? ¿Has hecho algo diferente a lo que acostumbras?
—Ataqué a Morris sin importarme una mierda si tenía el disco o no. El entrenador nos pidió que evitáramos las faltas tontas y no le hice ni caso, así que me ha sancionado.
La mirada acusatoria de mi hermano podría derretir el hielo desde aquí.
—¿Por qué fuiste a por Morris?
—Sabes por qué —respondo mirándolo de reojo.
—Te has pasado un pelín con lo de cuidar de Zach.
La UC consigue una oportunidad para anotar y me pongo en pie ilusionado, pero el disco aterriza en el guante del portero.
Venga ya.
Gruño y vuelvo a sentarme.
—No le pegué a Morris por ti. Lo he hecho por Zach, porque no se merece que lo traten como un despojo por su identidad sexual.
Seth aprieta los labios.
—Creo que no fue por eso.
—¿Perdón?
—Siempre me ha dado la impresión de que pasó algo más entre ellos. Como si Morris le hubiera pedido salir o algo así.
—Zach dijo que no era eso. — Lo dijo, ¿no? En realidad, creo que no respondió a la pregunta.
—Sin querer meterme con mi mejor amigo, sus habilidades sociales no son su mayor fuerte. En cuanto metes emociones de por medio, se queda en blanco. No es capaz de distinguir si alguien quiere coquetear con él o si solo está siendo simpático. —Otra mirada acusatoria.
Suspiro y me giro para mirarlo.
—Venga, déjate de indirectas.
—Te dije que le echaras una mano, no que lo marearas.
—No estoy mareándolo.
—Le obligas a ponerse tu camiseta, le pegas a su acosador…
—Me cago en la puta, Seth.
—Dime que no quieres acostarte con él.
—No quiero acostarme con él. Bueno, no quiero solo acostarme con él. También quiero que pasemos tiempo juntos.
—Foster… —Dios, ese tono crítico de mi hermano suena igual que el de nuestra madre.
—¿Qué?
—No creerás que es buena idea, ¿no?
Rechino los dientes.
—¿Por qué? ¿Porque él es listo y yo no? ¿Porque es un poco excéntrico pero, al mismo tiempo, monísimo?
—Porque te acuestas con todo lo que se menea y el año que viene quieres jugar en la NHL o, como mínimo, en la AHL ** , y tienes a muchísima gente que te sigue como perritos falderos.
—Como me acuses de no ser fiel, te vas a arrepentir.
Vermont marca un gol. Le doy una patada al asiento de delante.
—¡Mierda!
—No quiero ver a mi amigo dolido porque al idiota de mi hermano no le duran las relaciones. ¿Qué crees que hará Zach cuando le partas el corazón? No seremos idénticos, pero somos gemelos, nos parecemos mucho. ¿Crees que le será fácil verme?
—Ah, así que todo esto es por ti, no por tu amigo. Es bueno saberlo.
—Zach es como un hermano para mí, casi al mismo nivel que tú. Viene a nuestra casa en vacaciones y para las ocasiones especiales. ¿Qué crees que pasará cuando todo explote en tu cara?
La verdad es que no tengo ni idea.
Mi objetivo para este curso era centrarme en el hockey. No tenía más planes.
Está claro que Zach no tiene cabida en él, pero tampoco nos vamos a casar. Solo sé que quiero pasar más tiempo con él y, vale, sí, puede que besarlo, pero no me parece tan grave.
Suena una notificación en el móvil de Seth y lo saca para ver de quién es. El nombre de Zach se ilumina en la pantalla.
Quiero ver si también me ha escrito a mí, pero no puedo hacerlo delante de Seth.
—Y ahora está agobiado —anuncia mi hermano.
—¿Agobiado? —¿Y le escribe a Seth en vez de a mí?
—Sí. —Se pone en pie y pasa por delante de mí—. Voy a buscarlo.
Asiento y trago saliva.
Me quedo a ver el resto del partido.
Cuando Vermont mete otro gol en el tercer período y nuestro marcador sigue a cero, empiezo a entender que no podré cambiar lo que he hecho.
Ni en el partido ni con Zach.