En la misma pista (CU Hockey 1) 12 ZACH
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12 ZACH

E stoy atacado. ¿Un partido de hockey? ¿Es que me ha poseído algo o qué?

Me visto e intento arreglarme el pelo casi temblando, pero por una vez sé que no es a causa de la ansiedad. En realidad… Tengo muchas ganas de ir. Bueno, quizá. Bueno, probablemente. Respiro hondo mientras me alejo del espejo y recojo mis cosas.

Ha pasado una semana desde el pícnic en la azotea y durante este tiempo la agenda de Foster ha girado en torno al hockey.

Pero, aun así, ha sacado tiempo para verme durante los desayunos o para escribirme por las noches.

Me cuesta convencerme de que hace esto solo por Seth cada vez que oigo su risa cálida o cuando me regala una mirada que despierta a las mariposas que tengo en el estómago.

Nunca me pregunta si estoy bien o si necesito algo. Simplemente… está ahí, y casi seguro que es lo mejor que podría hacer.

El partido se disputa en la UVM. Será la primera vez que pise ese campus desde que me gradué, así que, antes de darle más vueltas y chafar mi inusual emoción, salgo de mi cuarto.

Quedo con Seth en nuestra cafetería de confianza antes del partido y me autoconvenzo de que él es la causa de que esté ilusionado.

He pasado de estar con Seth prácticamente todos los días durante los últimos tres años a no verlo en semanas, y nos ha costado.

Soy consciente de que necesitaba tener esta independencia, pero él ha sido mi lugar seguro durante mucho tiempo.

Me recuerdo que ir a lo seguro no me será útil a largo plazo, por mucho que me atraiga la idea.

Hay más gente por el campus de la que recordaba, pero será porque cuando había algún evento deportivo muy popular yo me escondía en la biblioteca.

Los partidos parecen ser una inyección de confianza para los deportistas y soy un fiel creyente de que los hombres musculitos que se creen que no hacen nada mal deberían ser evitados por todos los medios.

Y, aun así, aquí estoy, metiéndome en la boca del lobo.

Por Foster.

Bueno, por la maldita apuesta de Foster.

Como por arte de magia, Seth se las ha arreglado para conseguir nuestra mesa de siempre, junto a la ventana.

Con la de gente que hay aquí, voy directamente a pedir las bebidas para que no nos quiten el sitio.

En cuanto el pedido está listo, lo miro, y me llama la atención la camiseta azul marino y plata que tiene doblada en la silla de al lado.

Santo cielo, no solo me tengo que poner esa cosa, sino que, además, tendré que llevarla en medio de un mar de camisetas blancas, verdes y doradas.

—Tiene pinta de que el partido va a estar concurrido —le comento a Seth cuando llego. Mi voz es casi imperceptible entre el jaleo que nos rodea.

Él se ríe y salta de la silla para dejar las bebidas en la mesa y darme un abrazo. Está bien, sí, necesitaba espacio, pero también necesitaba esto. El nudo de nervios que llevo arrastrando todo el día se escapa en forma de suspiro.

—¿Concurrido? Zach, no cabrá ni un alfiler.

—Vuelve a sentarse en un lado del banco esquinero y yo me apresuro a imitarlo en el otro—.

Este partido es casi tan importante como la Frozen Four.

Ni siquiera es un partido oficial de pretemporada, pero es una tradición de ambas universidades desde hace años. No es moco de pavo.

—¿Qué es la Frozen Four?

—Un torneo de hockey. —Levanta su bebida y se me queda mirando mientras da un largo sorbo—. Para ser tan amiguito de Foster, me sorprende que no lo sepas ya.

Maldigo a mis mejillas por delatarme en cuanto escucho su nombre.

—No somos tan amigos.

—¿Estás seguro? —pregunta al tiempo que coloca la camiseta sobre la mesa.

—Sí —respondo, y la agarro con el ceño fruncido—. Perdí una apuesta estúpida.

—Si tan estúpida es, ¿por qué le sigues el rollo?

—Forma parte del código ético.

—Ya…

No termina de convencerme su tono, pero ¿qué quiere que le diga? ¿Que me he encaprichado un poquito de su hermano gemelo como si fuera un adolescente? No me oirá decirlo en voz alta.

—Quieres ponerme en evidencia —respondo para desviar el tema.

—Es muy fácil molestarte. Bueno, ¿qué? —Me da un empujoncito—. ¿Cómo es ser la persona más inteligente de Colchester?

Sé que se refiere a los estudios, pero me viene a la mente la forma tan sencilla en la que Foster me explicó todo el concepto de dinámica de equipo.

—La verdad es que últimamente me he sentido un poco torpe.

—¿Tú, torpe?

—Sí. —Sonrío—. Ha sido agradable.

—Ahora sí que tienes que contármelo todo.

—Casi que prefiero guardarme esto para mí. —Desdoblo la camiseta, me quito las gafas y me paso la prenda por la cabeza—. Digamos que terminó con una apuesta perdida.

Seth se queda mirando la camiseta como si le hubiera derramado el café.

—¿Cómo que terminó? ¿Ya no habrá más apuestas?

Intuyo por dónde van sus palabras, aunque, conforme paso los brazos por la tela azul marino, me pregunto si tengo respuesta.

No sabría decir qué pasará más adelante, si Foster y yo seguiremos siendo…

amigos, o lo que sea que somos. Pero no creo que todo acabe aquí.

Además, si tengo que agarrarme a algo, a juzgar por la ilusión que me hace ponerme su camiseta, está claro que no quiero que esta amistad se acabe.

—No lo sé.

—Sabes lo que parece eso, ¿no? —La voz de Seth no parece del todo mordaz, pero hay algo que no me suena amable.

—¿El qué?

—Que te pongas su camiseta.

—Supongo que tendrá que ver con el egocentrismo de los deportistas.

—Pareces su novio.

—Seguro que… No… Qué va… —empiezo.

—Sí. La familia y las parejas pueden pedir camisetas a propósito con los números para que la gente sepa a qué jugador pertenecen.

—¿A dónde… quieres llegar? —Madre mía, apenas me sale la voz.

Seth titubea.

—Me preocupa que esté jugando contigo.

Ay. ¿Por qué se me ha clavado directamente en el pecho?

—Él no…

—No quiero que te hagan daño, eso es todo. Mi hermano tiene fama de chulito y de picaflor. Además, está centrado en llegar a la NHL, no busca nada serio. Te juro que lo quiero, pero esto parece uno de sus juegos. Le parece un entretenimiento inofensivo, pero te conozco y…

—Quizá lo que necesite sea un poco de entretenimiento inofensivo.

Seth se pone serio de golpe.

—¿Qué dices?

—Me da la impresión de que, cuanto más tiempo paso con la gente, menos la entiendo. Creía que estudiar y aprender lo que hacía falta para saber relacionarme me serviría de algo, pero no hay manera. —Pienso en Ray conforme le doy un trago a mi café—. La gente es rara.

—¿Y qué demonios tiene que ver eso con que te acuestes con mi hermano?

Me atraganto con la bebida.

—¿Perdón?

—Sabes que me refería a eso precisamente con lo del entretenimiento inofensivo, ¿no?

—La verdad es que no.

—Ay, Zach. —La tensión que había entre nosotros se disipa—. Aun habiendo pasado tiempo con mi hermano no has perdido la ingenuidad.

Frunzo el ceño, pero lo dejo pasar.

Seth me pone al día con cómo lleva las clases y me habla de una chica que ha conocido conforme terminamos y ponemos rumbo al… ¿campo? ¿Al estadio? Mientras caminamos, no paro de pasar el pulgar por el borde plateado de la camiseta. Me relaja.

Seth me lanza otra miradita.

—Supongo que debería aliviarme que no te diera una de las suyas.

No entiendo qué diferencia habría. Será que, si ya me viene grande la camiseta de Seth, a saber cómo me habría quedado una de Foster. Me siento tentado a abrazarme a ella.

—Tienes razón, me habría quedado ridícula.

—Más ridícula.

—Eso, más. —Me río.

Nos detenemos frente a las puertas y Seth tira de mí hacia un lado.

—¿Seguro que esto te parece bien? ¿No lo estás haciendo por puro orgullo ni nada parecido?

—Ese es un concepto absurdo.

—Bueno, pues para impresionar a Foster, yo qué sé. No te pega hacer esto.

Miro a la gente que entra al edificio.

—No será tan impresionante, teniendo en cuenta que él ni siquiera sabrá que he venido.

—¿Y quieres que lo sepa?

—Quiero que sepa que he cumplido con mi palabra.

Seth deja entrever la línea que se crea entre sus cejas siempre que está preocupado.

—Es cuestión de dignidad —aclaro.

—Voy a preguntarte esto tan solo una vez. —Parece apenado cuando me mira—. ¿Sientes algo por mi hermano?

—Está… bien. —Casi se me atragantan las palabras.

—Venga, Zach. Sabes lo que te estoy preguntando.

Sí que lo sé, y mis manos temblorosas son prueba de ello.

—No lo conozco lo suficiente para poder responder. —Aparto la vista—. Pero sí que lo encuentro… Bueno, muy atractivo. Eso está claro, ya que tampoco soy el único. La mitad del campus…, no, un tercio. Espera, más bien… ¿Qué hay entre un tercio y un cuarto?

Seth se me queda mirando.

—¿Seguro que no te importa pasar?

—¿Por qué habría de importarme? —Noto cómo me arden las mejillas.

—Por Morris.

—Ah.

Morris. Me invade la desagradable sensación que hacía que me colapsara el cerebro.

Cuando me cruzaba con él, nunca sabía si podía seguir caminando o era mejor quedarme quieto.

Lo que sí sabía era que yo no tendría poder alguno sobre él frente a lo que decidiera hacerme ese día.

Solo podía aceptar las consecuencias y, con el tiempo, terminé por convencerme de que permitirle salirse con la suya era una decisión que había tomado yo.

—Estará muy ocupado con el partido para recordar que existo.

—Ya, pero es jugador de hockey y tú vas a entrar en un pabellón lleno de ellos. Con todo lo que ocurrió el año pasado, ¿no te pone nervioso ni nada parecido?

—¿Por?

—Te acosaban los jugadores de hockey.

—No, me acosaba Morris. ¿Sugieres que debería seguir los estereotipos y dictar que todos los jugadores de hockey son unos acosadores? Porque tu hermano juega al hockey y siempre me ha tratado muy bien.

Seth niega con la cabeza, como si no supiera qué hacer conmigo.

—Está bien. Vamos.

Entramos y tomamos asiento a la espera de que empiece el partido. Se nota que las aficiones de uno y otro equipo están divididas por gradas y Seth me lleva a la zona de la UC, donde me mimetizo con el resto de camisetas.

—Mis padres tienen que estar por aquí —interviene Seth.

—Qué pena, no los veo. —Me niego a moverme del asiento hasta que acabe el partido.

Se respira un ambiente que nunca había experimentado y, conforme se acerca la hora de empezar, aumenta el jolgorio. Unas filas más abajo de donde estamos nosotros, se desata una pelea, y los seguratas echan a los implicados a la calle.

—¿Las peleas no eran en el hielo? —pienso en voz alta conforme los veo marcharse.

—En estos partidos no, porque hay muchísima rivalidad. Tú espera.

Se apagan los focos y comienzan a anunciar por megafonía a los jugadores, que entran patinando.

Dan una vuelta a toda la pista y cada equipo se coloca en su campo. Aun así, advierto la tensión y enemistad que hay entre ellos.

Nos toca aguantar una interpretación lastimera del himno nacional y, a continuación, da comienzo el partido.

No aparto la mirada de Foster, que se desliza por el hielo hasta el centro de la pista.

Entiendo a la perfección cómo funciona el juego.

Hasta que empiezan.

A partir de ahí, me pierdo. En realidad, aparte de porque no sé nada de hockey (quitando el término «disco», que ya lo he incorporado a mi diccionario), no me doy cuenta de nada por culpa de Foster.

Patina como si la pista de hielo fuera suya y soy incapaz de mirar nada más.

Porque… es culpa de una reacción química.

Una química vibrante, intensa, que me consume y que provoca que todo desaparezca y solo quede él.

No paran de cambiar a los jugadores y yo ya estoy mareado. Foster parece un intermitente con tanto entrar y salir.

Nadie marca goles y, para ser sincero, me estoy aburriendo un poco. El único rato que me parece más interesante es cuando Foster juega.

¿Pero qué culpa tengo yo si patina así? Está por toda la pista. Es rápido, fuerte y…

¡Pum!

Foster estampa a un jugador contra la… pared con tanta potencia que doy un respingo. No ha sido una advertencia como las de los entrenamientos. Más bien ha sido… No sé qué ha sido.

Parece que ha tocado alguna tecla, porque el partido se vuelve más violento.

Bienvenidos a Los juegos del hambre. Foster no es el único que va buscando pelea.

No tengo del todo claro que la mayoría de cosas que hacen sean legales.

Seguro que al final alguien acaba herido.

Contra todo pronóstico, consigo desviar la atención de Foster unos minutos hasta que le golpea con el palo de hockey a un contrincante en las piernas.

—¿Pero qué hace? —ríe Seth—. Oh, no.

—¿«Oh, no» qué?

El jugador de la UVM se pone en pie y le grita algo que no logro oír. Se quita el casco y Foster lo imita de inmediato. Este último lleva el pelo pegado a la cara por culpa del sudor y nunca lo había visto tan… enfadado. Entonces me doy cuenta de quién es al que está gritándole.

—¿Ese no es Morris?

—Creo que la he cagado —responde Seth al tiempo que uno de los compañeros de Foster lo sujeta por el pecho para que se relaje.

—¿Tú? ¿Qué pretende hacer? Dime que esto es normal, por favor. —Tengo el pulso disparado, seguramente por culpa de la adrenalina, y siguen uniéndose más jugadores a la refriega.

—No es normal del todo —añade Seth—. Puede que se me escapara el nombre de Morris y el tuyo… Ya veo que fue una tontería contárselo justo antes del partido.

—¿Qué le has…?

Foster se quita los guantes y se lanza contra Morris. Ambos caen al suelo y el graderío se viene arriba. No veo mucho con tanta protección, solo brazos que se mueven. A continuación, los equipos se acercan a ellos y desaparecen de mi vista.

No sé cómo, sus compañeros consiguen separarlos, aunque todos siguen gritándose mientras Foster se ríe de forma poco humorística. Yo me he quedado sentado al borde del asiento al intentar comprender qué demonios pasa.

—Puto imbécil. —Seth le da una patada al asiento de delante.

Foster está sangrando.

—¿Qué pasa? —le pregunto con voz trémula. Morris se tambalea sobre los patines.

Seth no me responde, porque no es necesario. ¿Habrá sido pura casualidad o lo ha hecho… por mí?

Observo cómo mandan a Foster fuera de la pista. Patina hasta donde se ha quedado su casco, lo recoge y sale del hielo para ir a saber dónde.

—¿A dónde va?

—A los vestuarios. Lo han echado del partido.

—Una preguntita…

—Dime.

Me giro para mirar a Seth.

—¿Eso dónde está ?