En la misma pista (CU Hockey 1) 11 FOSTER
38%

11 FOSTER

E l silbato del entrenador Hogan suena tan fuerte que se oye el eco en toda la pista, pero sigue pareciendo flojo en comparación con sus gritos.

Nos hemos pasado todo el entrenamiento descoordinados. Sé que unos cuantos compañeros de equipo salieron anoche al McIntyre’s mientras yo estaba con Zach, pero no son tan tontos como para agarrar un pedo la noche anterior a un entrenamiento.

No estamos jugando mal, pero tampoco es para lanzar cohetes. Ni siquiera Jacobs y yo, que somos los mayores anotadores, estamos hoy en la misma sintonía.

Estamos sudando, cansados y, en resumen, hechos polvo.

A veces pasan estas cosas y es mejor que ocurran durante un entrenamiento que un día de partido. Sobre todo durante uno tan importante como el próximo que tenemos.

Sé que no cuenta para las clasificatorias y que es un partido amistoso entre dos universidades rivales, pero va mucho más allá.

—¡Repetidlo! —grita el entrenador—. ¡Y esta vez no la caguéis!

Jacobs me da un codazo para llamar mi atención.

—¿A ti no te parece que cuando suelta eso se parece un montón a RuPaul?

Enarco una ceja y dirijo la vista a mi compañero.

—¿Cómo sabes tú quién es RuPaul?

—A ver si a un hetero no va a poder gustarle Drag Race . Es genial.

Mejor no me meto en ese jardín.

—¿Podemos centrarnos en hacer esto bien para que nos vayamos a casa de una vez?

—¿Y esas prisas por irte? —Jacobs me mira confundido—. ¿Tienes una cita con tu profe empollón?

—No, y vuelvo a repetirte que no estamos saliendo, payaso. Es que no soporto ver lo mal que lo estamos haciendo.

—¿Estás enfadado conmigo?

—¡Jacobs, Grant! Daos prisa.

Damos un respingo ante la voz del entrenador.

El entrenamiento no mejora y no sé en qué estamos fallando.

Es muy frustrante.

Si no empezamos a entendernos mejor, no ganaremos ningún partido. Si no ganamos partidos, ningún ojeador ni agente se interesará por nosotros. No soy el único que sueña con jugar en la NHL.

El entrenador vuelve a soplar el silbato y, en vez de seguir gritando, se da por vencido.

—A las duchas.

Salimos de la pista con la cabeza gacha en dirección a los vestuarios.

Me paso las manos por el pelo sudado cuando me siento en el banco enfrente de mi taquilla.

Ahora es el entrenador en jefe el que grita mientras el entrenador Hogan refunfuña en la esquina con los brazos cruzados y el ceño fruncido.

Empezamos la ardua tarea de quitarnos la equipación mientras él sigue gritándonos.

—La Universidad de Vermont va a fregar el suelo con vosotros. —El entrenador Stevens sabe dar charlas motivacionales tan buenas como el entrenador Hogan.

Me quito la camiseta de entrenar y la lanzo a la cesta de ropa sucia más cercana.

—Como no empecéis a jugar como un verdadero equipo, tendréis que tragaros el orgullo cuando la UVM os dé una paliza la semana que viene.

Pensar en que la Universidad de Vermont puede ganarnos despierta en mí la determinación por vencerles.

Ellos cuentan con un prestigio. Tienen historia.

Pero también son pretenciosos y alguien tiene que bajarles los humos de vez en cuando… o siempre.

Llevan una década sin pisar la Frozen Four. Nosotros hemos llegado tres veces, aunque nos volviéramos con las manos vacías.

En teoría, somos mejor equipo y, sin embargo, cuando ellos entran en juego parece que estamos malditos. De los diez últimos partidos previos a la pretemporada que hemos jugado contra ellos, hemos perdido siete.

Los tres restantes que ganamos fueron los años en los que llegamos a la Frozen Four.

Llamémoslo coincidencia o superstición. Sea como sea, sé que, si metemos la pata en este partido, ya podemos ir despidiéndonos del resto de la temporada.

Es la maldición de la Universidad Colchester, y todos los años nos escupe en la cara.

Muchas cosas dependen de este partido y, aun así, lo único en lo que puedo pensar es en Zach sentado en las gradas con mi número en la camiseta.

Mierda, puede que Jacobs tenga razón y sí que me esté distrayendo.

—¡Grant! —me grita el entrenador Hogan, y levanto la cabeza de golpe.

—¿Qué?

—Todos esperan que los lideres tú. Es responsabilidad tuya garantizar que están centrados en el juego.

No podemos permitirnos meter la pata en la pista.

—Sus ojos recorren toda la sala y yo siento los de Jacobs taladrándome—.

Sé que habrá intentos de comenzar peleas y, a estas alturas, es probable que no podamos evitarlas.

Da igual las veces que os gritemos para que mantengáis la cabeza fría, porque siempre pensáis que sabéis más que nadie.

En nuestra defensa, el equipo de hockey de la UVM está lleno de imbéciles y todas las peleas que se desatan en la pista vienen instigadas por ellos.

A lo mejor es que les dan clases sobre cómo meterse en nuestra mente, porque se les da de lujo.

—No quiero faltas tontas ni peleas.

—Sí, entrenador —respondemos todos al unísono.

Sale del vestuario hecho una furia y, tras él, se cierra la puerta, dando por concluida su advertencia.

Nos quedamos sentados, cada uno desvestido de una manera.

El ambiente está cargado de abatimiento, como si tuviéramos una nube de tormenta sobre las cabezas.

Sé que me corresponde a mí levantar la moral, pero no sé si hoy tengo el día para ello.

—Qué asco de entrenamiento —digo sin rodeos, lo que despierta algunas risitas.

—Y el premio a la mejor charla motivacional del año es para Grant —responde Beck.

Más risas.

La atmósfera se relaja un poco. Puede que ahora mismo no necesiten más amenazas que impliquen poner en riesgo toda la temporada si la cagamos en este partido. No les hacen falta más gritos.

—Ahora en serio: no olvidéis que mañana es solo un partido que no cuenta para la clasificatoria. No influye en la temporada. No hagáis caso a la maldición de la UC. Salid a divertiros.

—¿Y si perdemos? —pregunta Simms, el novato al que llevé al límite el primer día.

Pasamos página tras ese primer encuentro y, aunque el muchacho tiene talento, aún está un poco verde.

—¿Si perdemos? Muy sencillo: nos convertiremos en el primer equipo en la historia de esta institución en superar la maldición de la UC. Este año hay que ir a muerte: o Frozen Four o nada.

La sala estalla en gritos y vítores mientras terminan de desvestirse y se meten en las duchas.

Jacobs se arrastra por el banco hasta quedar junto a mí.

—Tremendo reto, capitán.

Sonrío.

—Tenemos que ganar el partido de mañana como sea, solo por si las moscas.

—Así se habla. —Jacobs abre la boca, pero la cierra rápidamente.

—¿Estamos bien? —le pregunto.

Él deja escapar un suspiro de alivio.

—Iba a preguntarte lo mismo.

—Todo bien si me dejas en paz con lo de Zach.

—No volveré a abrir el pico. —Alza la mano en señal de juramento.

—Pues olvidado queda.

Me da una palmadita en la espalda y se marcha.

Después de ducharme y ponerme unos pantalones de chándal y una camiseta de tirantes, miro el móvil y me encuentro con un mensaje de mi hermano.

SETH: ¿Tú estás tonto? ¿Quieres obligar a Zach a ir a tu partido de mierda con una camiseta con tu número?

FOSTER: Perdió una apuesta.

Mi teléfono empieza a sonar.

Salgo cargado con la bolsa de deporte antes de responder a la llamada.

—¿Qué pasa? —Quiero a mi hermano, en serio.

—¿Cómo que qué pasa? ¿Tú eres consciente de lo que has hecho?

—Una… apuesta con un amigo que él ha perdido.

—Te dije que le echaras una mano y lo mandas a ver un partido de hockey. De hockey nada menos.

—¿Qué pasa con el hockey?

—Nada, a no ser que seas Zach Sawyer.

Resoplo.

—¿Qué no me estáis contando? ¿Tiene algo que ver con que me pidieras que le echara un ojo cuando viniera?

—¿Sabes quién es Morris, del equipo de la UVM?

—¿Imbécil Carapene, como lo llamamos aquí? Sí.

Seth deja salir un suspiro largo y profundo.

—No sé por qué, el año pasado se le metió Zach entre ceja y ceja. Parecía disfrutar humillándole delante de la gente. Eran bobadas, como hacerle tropezar o empujarle. Bueno, y también le decía cosas despectivas.

—¿Qué demonios?

—Desconozco las razones por las que Zach se convirtió en su víctima, pero le hizo la vida un infierno. Incluso se cambió de comedor y no pisaba los sitios que frecuentaba Morris.

Me arde el pecho. Estoy cabreadísimo.

—Yo me encargo.

—Por supuesto, machote. Aunque la única manera de solucionarlo es no obligando a Zach a ir al partido de mañana.

—¿Te ha dicho él que no quiere ir o lo estás diciendo tú?

—¿Qué?

—¿Cómo sabías que estaba pensando en venir?

—Me ha pedido tu camiseta.

—¿Y eso no te hace pensar que quiere venir?

—Noooo —gruñe, y noto su frustración al otro lado de la línea—. Me hace pensar que quiere demostrarte algo, como que sabe arreglárselas solito o alguna tontería de esas.

—Seth, eres consciente de que Zach no es un crío, ¿no? Sabe cuidarse solo.

—No quiero que le hagan daño.

—Y es digno de admiración, pero tengo el presentimiento de que detesta que seas tan sobreprotector con él. Además, te aseguro que quiere venir al partido.

—¿Por qué?

—Para ver lo alucinante que soy, obviamente.

Y para ver a Morris probar de su propia medicina.

Me disculpo en silencio con el entrenador por pensar en romper la promesa que le he hecho, pero la simple idea de que alguien se meta con Zach despierta mi instinto más protector. Supongo que es una de las facetas que tengo en común con mi hermano.

Los dos queremos protegerlo .