En la misma pista (CU Hockey 1) 10 ZACH
32%

10 ZACH

M e cuesta asimilar que lo de esta mañana haya sido real. De hecho, aún estoy tratando de comprender qué ha pasado durante estas tres semanas. Este curso no tiene nada que ver con lo que he vivido en la UVM. Y sé que esa es la gracia y sí, sé que puede que Foster tenga algo que ver.

Había días en la UVM en los que miraba por la ventana de mi dormitorio y veía a la gente tirada en el césped o yendo y viniendo de fiestas, y llegué a preguntarme cómo sería hacer esas cosas.

Tampoco es que quisiera vivirlo en mis carnes, era puro interés antropológico.

Pero, claro, luego Foster empieza a hablar de diversión y de vivir experiencias, y no puedo evitar que se me contagie su entusiasmo.

Apenas me ha preocupado saltarme las clases de hoy.

Me pongo ropa limpia y me aseguro de que los zapatos sean del mismo par. Palmadita en la espalda para mí. Me arden las mejillas al recordar lo ridículo que le habré parecido, pero ahora voy mejor. Me he preparado a conciencia. Incluso me he puesto la camiseta más nueva que tengo.

Estoy cansado por haber madrugado tanto, pero tengo muchas ganas de descubrir qué más tiene planeado.

Me limpio las gafas, me las pongo y… espero. No sé si con ese «te veo en un rato» ha entendido que nos vemos dentro de una hora o de cinco. ¿Será socialmente aceptable mandarle un mensaje?

Me siento en mi silla de escritorio y la arrastro hasta la ventana.

Desde mi cuarto se ven las calles que van al ala del Departamento de Arte y una cafetería que hay a las afueras del campus.

Es una zona con mucha vida, así que cruzo los brazos en el alféizar y me entretengo mirando mientras espero a que llegue Foster.

No se demora mucho.

Salto de la silla en cuanto oigo que toca a la puerta y me acuerdo de tomar aire. Solo es Foster.

Solo es el chico más atractivo que he visto en mi vida.

No. Tengo que alejar esos pensamientos. Lo he conseguido durante tres años, no tiene por qué ser diferente ahora, por mucho tiempo que pasemos juntos.

Al menos si quiero mantener la cordura.

Que bromeara sobre ducharnos juntos tampoco ayuda. Puede que no lo dijera en serio, pero la imagen fue derechita a mi mente en cuanto lo mencionó.

—¿Pero cómo pasas si no tienes tarjeta? —pregunto conforme abro la puerta.

—No puedo desvelarte todos mis secretos. —Me dedica una mirada cálida—. Qué bien, ya estás listo. Vámonos.

—¿Qué dice tu lista que toca ahora? —Salgo de la habitación, echo la llave y sigo a Foster.

—Es una sorpresa.

—Qué tranquilizador.

—Esa es la actitud.

Se me escapa una carcajada.

—Tu última sorpresa me obligó a darme una ducha caliente muy larga.

Él responde con un gruñido.

—Se me ocurren muchas respuestas guarras a lo que has dicho, pero voy a morderme la lengua.

Mejor, porque mi imaginación es poderosa.

Muy poderosa.

Foster me lleva a comer a un sitio fuera del campus.

—Tercera experiencia: no comas siempre en el comedor de la universidad. Busca locales en la ciudad que te gusten.

—Esa solo vale si tienes el dinero para despilfarrarlo en comida y lo prefieres a comer gratis en la uni.

—Tienes suerte de que invite yo.

Después de comer, tachamos unas cuantas cosas más de la lista que tienen menos peso, como hablar con una persona con la que no compartas asignaturas y hacer amigos, aunque esto último se le da mejor a Foster, porque toda la universidad sabe quién es.

Lo único que hago yo es quedarme quieto a su lado y asentir como si supiera lo que es un área de gol.

Espero que sigan hablando de hockey. Me desconecté en cuanto empezaron a decir algo sobre el equipo, patines y hielo.

—Perdona —murmura Foster cuando nos alejamos—, la gracia era que hablaras tú con un desconocido.

—No creo que eso vaya a ser posible en presencia del todopoderoso Foster Grant.

Se estremece.

—No te creas que me gusta.

—¿Y eso?

—Da igual —responde sacudiendo la cabeza.

—En realidad, ya conocí a Ray, así que técnicamente esta parte la tengo cubierta.

—Bien pensado.

—Vale, ¿y ahora qué?

Una sonrisa le cruza el rostro.

—Número no sé cuál: hacer algo típico del campus. —Señala a un grupo de personas que están jugando a dar toques con una pelota minúscula.

—¿Consideras que tengo la suficiente coordinación para hacer eso? —Apunto hacia donde están—. ¿Pero tú entiendes algo?

—Sé que no te gustan los grupos grandes, pero son solo cuatro personas.

—No estoy hablando de tener que conversar con la gente.

Le da igual, porque me arrastra hasta allí y, oh, qué sorpresa, se me da de pena.

Pero, aunque no doy una, la verdad es que estoy disfrutando de probar cosas nuevas. Es una de las razones por las que vine a estudiar el máster a esta universidad. Para salir más de mi zona de confort.

Me resulta interesante que uno de los gemelos Grant se contentara con reforzar mi instinto de querer refugiarme (quizá demasiado) y que el otro esté prácticamente empujándome para que me lance al vacío.

Las actividades de por la tarde no están siendo muy alocadas, pero, aun así, sé que estoy sonriendo más que últimamente, y es por pasar tanto tiempo por ahí con Foster.

Soy consciente de que solo lo hace por ser amable o quizá porque siente que tiene algún tipo de responsabilidad hacia mí, pero me doy el lujo de apartar esos pensamientos en lo que queda de día.

Me doy el lujo de… divertirme.

Ya es bien entrada la tarde cuando Foster propone parar un poco porque tiene que ir a por algo. Salimos del campus para comprar una caja de cerveza, bocadillos y picoteo, y nos dirigimos a su residencia.

—¿Y si te espero aquí? —pregunto.

—No, es parte de la experiencia. Acompáñame.

Dudo, pero sigo a Foster hasta dentro del edificio y espero en la puerta de su habitación mientras él pasa a por lo que sea que esté buscando. No quiere decirme qué hacemos aquí, pero, cuando lo veo aparecer con una manta doblada sobre el brazo, sumo dos más dos.

—¿Vamos a hacer un pícnic?

—Es la undécima actividad de la lista. ¿Recuerdas cuál era?

—Ni idea. —Niego con la cabeza.

—Colarte donde no deberías.

—Vale… —Lo sigo hasta el vestíbulo—. No vamos a hacer nada ilegal, ¿no?

—No. —Se ríe.

Menos mal.

—Solo romperemos unas cuantas normas.

—¡Foster! ¿Y si nos descubren? ¿Y si nos echan y pierdo la oportunidad de sacarme el máster y tengo que despedirme del doctorado?

—Guau. —Se detiene ante mí y apoya la mano que le queda libre sobre mi hombro—. Primero, relájate. Segundo, he ido muchas veces y aún no lo sabe nadie.

Me guía hasta el final del pasillo, donde hay una salida de emergencia que da a una escalera llena de polvo.

—Pues sí, tiene pinta de ser divertido y de merecer mucho la pena —le pincho lanzándole una mirada severa.

—Sube —bufa él.

Parece que la escalera asciende dos pisos, así que emprendo la marcha superconsciente de que Foster va detrás de mí. El choque de las cervezas rompe el silencio y, cuando llegamos arriba, encontramos una puerta con un cartel que reza: puerta con alarma. acceso solo a personal autorizado .

—No me gusta cómo suena eso.

—Confía… —me responde con el aliento en mi oreja.

Me adelanta y empuja la puerta.

Contengo la respiración medio segundo a la espera de que salte la alarma. Pero no se oye nada.

—Dios, menos mal.

—Te preocupas demasiado.

Foster me anima a continuar y dejo atrás el diminuto hueco de la escalera para terminar en la azotea del edificio. Él coloca un ladrillo en la puerta para evitar que se cierre y mueve el brazo extendido a nuestro alrededor.

—Te gusta observar a la gente. Pues desde aquí podrás verlo prácticamente todo.

Me acerco al borde del edificio y vislumbro el campus de la UC. Desde aquí parece aún más grande.

—Vaya, qué… locura.

—Ya. —Miro cómo Foster coloca la manta.

—¿Dices que subes mucho? ¿Con tus citas?

Hace una mueca.

—Qué va, con Jacobs. Nos ponemos ahí, al lado de los conductos de ventilación, y charlamos. A veces hace falta escapar del mundo un rato.

—Nunca he sentido ese impulso.

—¿De veras? —Su tono suena desafiante—. ¿Me estás diciendo que nunca te vuelcas en el trabajo para dejar de lado todo lo demás?

—Vale, bien visto.

Foster me quita las bolsas y se recuesta en la manta. Palmea el sitio que queda a su lado.

—No muerdo.

—Esa expresión no tiene sentido. Todos los seres vivos con dientes muerden. Así ingerimos la comida.

—Quería decir que no voy a morderte a ti.

—¿Y en qué cabeza cabe que me tengas que aclarar esa parte? —Me acerco y me siento.

Foster estudia mi semblante.

—Estás bromeando otra vez.

—¿Tanto se me nota? —Pongo los ojos en blanco.

—Me gusta.

Su comentario me provoca una sonrisa. Sé lo que está haciendo.

Me hace cumplidos para que me sienta más a gusto, y la verdad es que lo está consiguiendo.

Trato de ocultar el rubor tan inapropiado que me ha subido a las mejillas y me estiro para sacar los bocadillos de la bolsa.

Foster hace lo propio con dos cervezas y les quita la tapa con el abridor que lleva en el llavero.

—Qué práctico.

—Me gusta tener todos los flancos cubiertos. —Foster da un trago y levanta la vista al cielo—. ¿Recuerdas la número dieciocho? Hacer un pícnic al atardecer. Ya te he mostrado el inicio y el final del día.

Miro hacia atrás, por donde se está poniendo el sol. El cielo se ha tornado de un color naranja muy vivo, aunque la luz ya ha comenzado a atenuarse.

Nos quedamos sentados en silencio mientras nos comemos los bocadillos y disfrutamos del atardecer. No me pasa desapercibida su presencia en ningún momento.

Soy consciente de su grueso muslo justo a mi lado y de la mano que descansa a apenas dos centímetros de mí.

Como también soy consciente de su forma de comer y de respirar.

Ojalá pudiera arrancar de su mente lo que sea que esté pensando, pero me asusta un poco lo que pueda descubrir.

Dice que no hace todo esto por Seth, pero no logro entender qué saca él de pasar tiempo conmigo.