En la misma pista (CU Hockey 1) 9 FOSTER
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A penas hemos salido del edificio, donde empiezo a notar el aire fresquito del otoño, que me provoca un escalofrío, cuando Jacobs suelta:

—¿Estáis en una cita?

—Que no es una cita. Por enésima vez, es…

—Sí, ya, el mejor amigo de tu hermano. Claro. Por eso lo tenías rodeado con el brazo.

—Qué escándalo —digo con un grito ahogado—. Un momento, ¿cuánto tiempo llevabas ahí?

—Pensaba que lo que querías era acostarte con él —insiste Jacobs señalando al edificio con la mano—, no hacer lo que fuera eso.

—La puta madre —mascullo—, que no es eso.

Qué va.

Para nada. No.

Jacobs me lanza una mirada desconfiada.

—Está bien, ¿y si tuviéramos algo? Es decir, no hay nada entre nosotros, pero ¿y si sí?

¿Por qué te pones en modo novio celoso? ¿Te tengo que recordar que eres hetero?

Hetero, heterísimo, heterisísimo, como me dejaste claro cuando te conté que yo no.

Por si acaso en mis sueños más locos te imaginaba de otra forma.

Jacobs aprieta la mandíbula y rechina los dientes.

—No me he puesto… así. Me estoy comportando como un compañero de equipo que se preocupa. ¿Qué ha sido de eso de nada de romances ni de distracciones? ¿Quieres que lleguemos a la Frozen Four esta temporada o no?

—Nada de distracciones —concuerdo—. Pero Zach no es una distracción.

—¿Ah, no?

—No. Es un amigo y, si mal no recuerdo, se nos está permitido tener amigos. Lo he traído a esto para que pueda conocer a otra gente.

Jacobs desvía su atención hacia algo a mis espaldas.

—Yo ni siquiera quería venir.

Me estremezco al oír la voz de Zach y fulmino a Jacobs con la mirada.

—Gracias por avisar —mascullo, y me giro hacia Zach.

—Me voy —dice él pasando junto a mí.

Mierda.

No he dicho ninguna mentira, pero sé cómo han sonado las palabras al salir de mi boca. Como si solo lo hubiera traído para no tener que preocuparme más por él.

Lo sigo.

—Zach…

—Soy perfectamente capaz de llegar a mi residencia solo. No soy un inútil…

—Lo sé, pero quiero acompañarte.

Se detiene.

—¿Por qué?

—Porque te he arrastrado a esto yo y es lo correcto.

—No sabía que los jugadores de hockey sabían lo que era hacer lo correcto.

Suelto una carcajada.

—¿Porque somos tontos? Me gusta este Zach sarcástico.

—No era sarcasmo. —Retoma el paso—. Lo digo porque en la pista sois de todo menos hermanitas de la caridad.

—Ya, claro, seguro que no era una indirecta para poner en duda la inteligencia de los jugadores de hockey.

—Quizá un poquito —responde con una mueca.

Sonrío.

Cuando llegamos a su residencia y se dispone a subir los escalones para entrar en el edificio, le agarro del brazo y tiro para acercarlo a mí.

Quedamos a la misma altura cuando se detiene en el primer escalón. Me olvido de lo que iba a decir por culpa de esos ojos verdes.

—¿Qué pasa? —pregunta.

—No pretendía que sonara así lo que le he dicho a Jacobs. Hoy quería pasar el rato contigo, no colocarte con otra gente.

—Lo sé.

—¿En serio? Pensaba que como te había dejado solo, no…

—Me has invitado para que me sienta más cómodo en esta universidad, pero deberías saber que nunca me he sentido cómodo en grupos grandes. Me siento mejor con una sola persona. Por eso…

—Os lleváis tan bien mi hermano y tú. —A Seth le pasa igual.

—Sí.

—Perdona por que no haya salido como esperaba.

Zach se muerde el labio.

—¿Era… tu amigo o… un compañero de equipo? —Ladea la cabeza—. ¿O tu novio?

Me río sacudiendo la cabeza.

—Desde luego, mi novio no es. Es hetero.

—Ah, es que como estábamos en una fiesta queer y…

—Según él, le preocupa la temporada.

—Parece una conversación profunda para ser solo sobre hockey.

Suelto una carcajada.

—Cómo se nota que no entiendes de deporte. Las palabras «solo» y «hockey» nunca deberían ir en la misma frase. A no ser que sea «solo digo que el hockey es el mejor deporte del mundo» o…

—Vale, que sí. Lo que tú digas.

Sigue cerca de mí. Mi mano aún sujetándole el brazo y sus ojos clavados en los míos. Traga con tanta fuerza que veo cómo se le mueve la nuez.

—Creo que… ya puedes soltarme.

Ah. Claro.

Bajo el brazo, pero no me separo.

Sé que debería irme corriendo, pero es que no quiero. Seth me dijo que mantuviera las distancias. Jacobs cree que Zach me distraerá y repercutirá en el hockey. Son dos argumentos de peso.

Zach es amigo de Seth y yo nunca, jamás, permitiría que nada se interpusiera entre ellos. O entre mi hermano y yo.

Y por eso sé que he metido la pata en cuanto las siguientes palabras escapan de mi boca:

—Se me ha ocurrido una cosa.

—Qué miedo.

Sonrío.

—En la UVM nunca llegaste a hacer nada como lo de hoy, ¿no?

—No me pareció necesario.

—Has vivido mal la experiencia universitaria —le provoco.

Zach frunce el ceño.

—Me gusta cómo lo he hecho. Me saqué la carrera un año antes.

—Sí, ¿pero cuánto recuerdos tienes de hacer tonterías sin razón alguna? La vida universitaria va más allá de los estudios. Es una experiencia vital.

—Quedaba mucho con tu hermano. ¿Eso no cuenta?

—No. Quedaros hablando en vuestro cuarto no cuenta como tontería. Aunque te compro que Seth sea tonto, pero solo porque estoy obligado a insultarle por contrato de hermano.

La sutil sonrisa que se dibuja en el rostro de Zach es todo lo que necesito para saber que, aunque debería ceñirme al plan original en el que solamente soy un apoyo, eso ya no es posible. Esa única sonrisa me acaba de dar un propósito en la vida que nada, aparte del hockey, había conseguido darme.

Quiero vérsela puesta siempre que pueda.

—¿Qué días tienes que hacer cosas de profesor?

—Los lunes, los miércoles y los jueves. ¿Por?

—Pues el viernes te recojo. Es hora de que experimentes la vida universitaria como realmente toca.

Me aparto de él y a su sonrisa la sustituye una mueca de confusión.

—Sabía que tenía razones para preocuparme.

—Qué va, confía en mí. —Me giro para echar a caminar, riéndome ante su respuesta.

—¡Peor me lo pones!

Aún no ha amanecido cuando llego a la residencia de Zach el viernes por la mañana con los cafés que he comprado en la cafetería 24 horas del campus. Hace fresquito en la calle. Lo poco que queda del verano se va difuminando con el amanecer.

No hay nadie fuera que vaya a abrirme la puerta a estas horas, así que saco el teléfono para llamarlo. Tarda un poco, pero acaba por responder.

—Al habla Zach —masculla, y yo resoplo entre risas.

—Al habla tu despertador. Estoy en la puerta.

—¿Foster?

—No, soy Seth.

Silencio.

—Claro que soy Foster. Mueve el culo, que te quiero aquí vestido ya.

—¿Aquí dónde?

—¿Te levantas así de empanado todos los días? En la puerta de tu residencia. Nos espera un día lleno de experiencias.

Otro silencio.

—¿Saliste anoche? ¿Sigues borracho o qué?

—Zach, por favor te lo pido: vístete y baja.

Se corta la llamada y no sabría decir si es una confirmación o una manera educada de decirme que me vaya a la mierda.

Al cabo de unos minutos, Zach aparece con el pelo revuelto y los ojos cansados tras las gafas. Está tan adorable y me da una ternura que…

—¿Llevas el calzado desparejado?

Uno es azul y el otro, blanco.

Él mira al suelo.

—Alguien me ha obligado a vestirme a oscuras.

—¿No tienes luz en la habitación?

—¿Y si te callas? —refunfuña.

—¿Te apetece un café? —Le extiendo un vaso.

—¿Qué vamos a hacer?

—Tengo una lista.

—No te entiendo a estas horas intempestivas.

—Es una lista de experiencias universitarias que tienes que tachar. La primera consiste en ver el campus al amanecer. Obviamente, la gracia es que lo veas después de una noche de fiesta, pero he pensado que no querrías empezar por algo tan fuerte.

—Virgen santa. ¿Ibas en serio con el temita?

—Ajá, y he planificado un día entero de diversión.

—Tengo clases.

—Decimotercera experiencia universitaria: faltar a clase durante un día entero.

Zach ahoga un grito de sorpresa.

—¿Cuántas cosas tienes anotadas?

Le paso el móvil, donde tengo la lista. Él va bajando.

—No. No, no, no…

—No las vamos a hacer todas. Lo he sacado de internet, pero por algo se empieza.

Lo guío hasta la plaza principal de la universidad y le lanzo miraditas furtivas conforme se bebe el café mientras caminamos. El cielo empieza a clarear y él se queda mirando los edificios geométricos que nos rodean con nulo interés. O quizá sea perplejidad.

—¿A que es increíble?

El sol comienza a alzarse y a derramarse por entre los huecos de los edificios. Me genera mucha calma, mucha paz.

—Meh.

Giro la cabeza para mirarlo.

—¿Cómo que «meh»? —Él se encoge de hombros—. ¿Qué pasa? —insisto.

—¿Sabías que la Universidad de Vermont se fundó en 1791? El mismo año en el que Vermont se convirtió en el decimocuarto estado.

—¿Pero qué dices? Estamos en Colchester.

—La UVM tiene historia, y muy rica además. —Suspira—. Este sitio es… meh.

—Que la UC sea más moderna no significa que no tenga su historia. Estos edificios los diseñó un arquitecto superfamoso —defiendo, aunque añado con un tono de voz más bajo—: digo yo.

—¿No me digas? ¿Y cómo se llamaba ese arquitecto superfamoso?

—Archibald… Fleurgenstein. — Podría colar.

—¿Y a qué debe su fama? —Zach tiene los labios apretados como si estuviera esforzándose por no reírse, pero me da igual que no crea lo que estoy escupiendo.

—A la arquitectura, obvio.

—Ah, por supuesto. Estaba pensando en un arquitecto ficticio que, por la noche, se convierte en caballero oscuro.

—Su voz se torna más grave, un sonido delicioso que nunca había oído salir de él.

Jamás—. Por el día dibuja edificios y por la noche los escala en busca de maleantes. Es… ¡Arquitectoman!

Me detengo.

—¿Eso era… una broma?

—Al contrario de la impresión que doy cuando no me conocen, no soy un robot. Me desenvuelvo mejor cuando solo tengo la atención de una persona.

—¿Y haces bromas?

—¿Se te ha olvidado que llevo años siendo amigo de tu hermano? Veo películas y tengo acceso a internet. Sé lo que es un meme. Y, cuando me siento cómodo con una persona, sí, hago bastantes bromas. ¿Podemos parar con el análisis exhaustivo?

Quiero que esta faceta más relajada de él salga más a menudo.

Algo de un color rojo anaranjado capta mi atención en la copa de uno de los árboles que tenemos delante. Cuando llegamos a su altura, arranco la hoja seca y se la doy a Zach.

—La primera hoja del otoño.

—¿Gracias? —Suelta un chillido y tira la hoja al suelo—. Tenía una… hormiga.

Frunzo los labios.

—¿Te dan miedo las hormigas?

—No, es que pensaba que era una araña.

—¿Entonces te dan miedo las arañas?

—¿Y a quién no? Va contra natura tener tantas patas.

—Bueno…, los pulpos tienen ocho patas.

—Van contra natura.

Me río.

—Esta mañana estoy descubriendo muchas cosas sobre ti. A veces eres gracioso y tienes un miedo irracional a los animales de ocho patas.

—Y yo estoy descubriendo que a estas horas del día estás demasiado contento.

—Estoy acostumbrado a levantarme temprano para ir a entrenar.

—Otra razón para odiar los deportes —susurra.

—Haré como que no he oído eso. Bueno, don «la UC no tiene historia», nos vamos de excursión.

—¿A dónde?

—A Malletts Bay.

—¿Por qué?

—Sorpresa.

La bahía no queda lejos del campus, pero para lo que tengo pensado que hagamos, querremos volver corriendo en coche para darnos una ducha caliente.

De camino al vehículo y durante los dos minutos de trayecto, Zach canturrea algo sobre un tal Pierre Mallet, un francés al que la bahía le debe su nombre.

Lo escucho con atención, aunque conforme me entra por un oído me sale por el otro. Habla tan animado que estoy más pendiente de él que de lo que dice.

Busco un sitio donde aparcar y apago el motor.

—Séptima experiencia: cumplir al menos con una tradición de la universidad.

—¿Colchester tiene tradiciones?

—Solo de las divertidas. —Señalo el agua—. Vamos a darnos un bañito.

—¿Te has vuelto loco? Esa agua tiene que estar a diez grados.

—Tranqui, no pasa nada. —Quizá sí que pase—. Será un mete saca rápido y volveremos al campus corriendo. Pero tienes que hacerlo. Yo me metí el mismo día que llegué a la universidad con todo el equipo de hockey y la mitad de los de primer curso.

Zach entrecierra los ojos.

—Te juro que es una tradición —insisto levantando la mano para enfatizarlo.

—¿Y si no sé nadar?

Imito el sonido de una bocina.

—Esfuérzate más. Hubo un verano en el que Seth y tú no salisteis de la piscina pública.

—A Seth le gustaba la socorrista. Nadie dice que yo fuera a nadar.

—Pues te sujeto.

—Está bien —cede refunfuñando—. Sí que sé nadar. Estaba intentando librarme.

¿Quién me iba a decir que Zach sería tan gracioso?

La verdad es que siempre me había preguntado qué veía mi hermano en Zach para ser tan amigos.

Creía que el complejo de héroe de Seth se veía atraído por la necesidad de ayudar a Zach a hacer funciones básicas del día a día.

Pero en las pocas veces que hemos quedado, he visto atisbos de un muchacho muy divertido al que quiero conocer en mayor profundidad.

Dejamos los móviles, él se quita las gafas y salimos del coche. Está bastante guapo sin las gafas puestas.

—No me he… No… —Zach señala su ropa.

—Hay que meterse vestido, forma parte de la tradición.

—En cuanto ponga un pie en el campus voy a buscar esta tradición y como me estés mintiendo…

Lo agarro de la mano.

—Corre, antes de que se nos pase el subidón.

Lo arrastro prácticamente hasta el borde del muelle. Hay bastante profundidad, pero el agua está a un nivel lo suficientemente alto como para que no nos cueste salir.

—Un, dos… —Dios, va a estar como un cubito.

—Tres. —Zach es el primero en saltar y, como nuestras manos siguen unidas, caigo detrás.

La puta madre, no me creo que lo haya hecho.

El agua está más fría de lo que esperaba.

Si Zach me dijera ahora mismo que me odia, le daría la razón. Yo tampoco me aguanto.

Sin embargo, cuando miro en su dirección, él se está sacudiendo el agua del pelo y apartándoselo de la cara. Se echa a reír. No puedo apartar los ojos de él.

—No te funciona bien el cerebro por culpa de la hipotermia —le digo.

—Es posible, pero la verdad es que… me ha gustado.

—Te propondría repetirlo, pero prefiero volver a la residencia a ducharnos.

Abre los ojos como platos.

—Cada uno en su ducha. Caray. Aunque tendré que echarle otro vistazo a esa lista. Tiene que haber algún punto que diga que hay que liarse con un jugador de hockey, ¿no?

Y… sí, creo que lo he perdido.

Vale, tiene límites y creo que uno de ellos es bromear con liarnos.

Mentiría si dijera que no me atrae casi más. Es un buen cambio, estoy acostumbrado a que se me lancen a los brazos.

Acelera las brazadas hasta la orilla y, cuando llego hasta donde está, volvemos al campus en silencio.

Estamos temblando.

—¿Voy yo a tu residencia después de ducharnos y ponernos ropa seca?

Se me queda mirando. El pelo aún le gotea y los ojos verdes le brillan, pero un fuerte pálpito me dice que va a dar el día por concluido.

Me obligo a sonreír.

—Te prometo que no haremos nada más que implique mojarnos.

—¿Entonces no habrá concursos de camisetas mojadas? —Tuerce la boca—. Me apetecía muchísimo.

—A ver, siempre podemos…

—Calla, era broma. —Se prepara para salir del coche—. ¿Te veo en un rato?

Bien. Quiere seguir .