8 ZACH
E s bastante probable que no sobreviva a esta noche. Me planteo actualizar la información para casos de emergencia de mi móvil por si las moscas, pero no puedo quitarle los ojos de encima a Foster.
¿Foster es bisexual?
Foster, que dice haber estado interesado en… las personas desde que lo conozco.
Intento imaginarme esas manos ágiles y grandes acariciando la cara de otro hombre y deslizándose por el pecho hasta su…
Esto es muy inapropiado. No debería sexualizarlo porque ahora conozca este detallito minúsculo sobre él. Me había parecido inverosímil porque Seth siempre ha hablado de relaciones que ha tenido con mujeres, pero nunca con hombres. Por eso jamás me había parado a verlo de esta manera.
Vale que a Foster le interesen los hombres, pero sigue habiendo un abismo entre el tipo de hombres que atraerían a un capitán de hockey guapo hasta decir basta y, en fin, yo.
Tal y como se me ha hecho ver muchas veces.
De hecho, que Foster sea bisexual me parece la broma más pesada que me ha hecho la Universidad Colchester. Al menos cuando creía que era hetero sabía que no había manera de que eso cambiara. Excepto que, aparentemente, lo ha hecho.
Ahora no es mi pene el que me hace perder todas mis opciones, sino cada una de mis células.
—Cuando quieras, paras de repasarme —dice Foster.
Me sobresalto, porque apenas me ha mirado de reojo.
—¿Lees la mente o qué?
—Es mera intuición. —Se detiene a observarme por un segundo y aparta la vista—. Soy una estrella del hockey, ¿recuerdas?
—Eso aún tengo que verlo.
Suelta un ruidito de incredulidad y comienza a caminar hacia atrás. Me esfuerzo por mantener una expresión inmutable pese a lo que me sorprende su nivel de coordinación.
—Si no te conociera mejor, diría que has intentado ofenderme.
—Menos mal que ya me vas conociendo.
—Mmm… —Foster inclina la cabeza hacia atrás y me estudia—. Te estoy vigilando, Zach Sawyer, y me da la impresión de que no eres tan inocente como dices ser.
—Yo nunca he dicho eso.
Foster suelta una estruendosa carcajada mientras vuelve a girarse.
—Puede que en voz alta no.
—No sé qué significa eso. —Me estiro la camiseta hacia abajo. No está mucho mejor que la que llevaba antes, pero bueno—. ¿Qué es exactamente el sitio ese al que me llevas?
—Una quedada queer.
—Nunca he ido a una.
—¿Nunca? —Vuelve a mirarme de reojo.
Me da la sensación de que no quiere mirarme mucho. Está claro que lo incomodo, pero no logro averiguar por qué motivo. Entre lo extraño que está y la coincidencia temporal, todo apunta a que esto sí que lo ha organizado Seth.
—Tú intenta disfrutar. Sal un rato de tu cabeza y conoce a gente.
No aclaro que, por regla general, no me gusta conocer gente, sino cosas sobre esas personas. A distancia.
—De acuerdo, pues empecemos contigo. Dime, ¿cuáles son esos secretos tan oscuros con los que ibas a deleitarme?
—Esperaba que se te hubiera olvidado.
—Cómo no me iba a picar la curiosidad una premisa como esa.
—Pues lo siento, pero solo era una táctica para convencerte de que vinieras. No tengo secretos, soy un libro abierto.
—Todo el mundo tiene —respondo con el ceño fruncido.
—¿No me digas? —Lanza otra mirada rápida en mi dirección—. ¿Cuánto me costaría saber uno de los tuyos?
Ya, claro, y que luego lo utilice contra mí. Está de guasa.
—No están a la venta.
—Caray, ahora sí que me pica el gusanillo. No puedes ir soltando esas perlitas si luego no vas a seguir.
—Me mareas.
Ahora sí que me mira como Dios manda.
—Vale, un cambio de tema brusco. ¿Vas a explicarme eso?
—Mucha gente encaja en los estereotipos. No del todo, a causa del factor humano, pero sí que presentan atributos designados a encajar en un lugar en concreto. Aun así, luego tienen ciertas cosas que, sin duda, no coexisten. Por ejemplo, tú eres capitán de hockey y bisexual.
Se tensa a mi lado.
—¿A dónde quieres llegar?
—Me resulta interesante. No sé si tus compañeros de equipo son conscientes de tu sexualidad solamente a nivel teórico y por eso lo ignoran.
—¿Me estás preguntando si me han visto liarme con algún chico?
—Supongo… que sí.
—Pues claro, no me escondo.
Miro a Foster confuso, tratando de hacerme a la idea.
Aunque nunca he tenido una opinión formada sobre él, ni positiva ni negativa (exceptuando una fuerte atracción), una semilla de respeto germina en mí.
No hay mucha gente capaz de convivir en un entorno que premia acostarse con mujeres y, aun así, ser fiel a sí misma.
—Y, aun así, tu equipo espera que lo lideres.
—Con quién me acueste no tiene nada que ver con mis habilidades en el hielo.
—En la teoría, lo sé. Pero, normalmente, que te atraigan personas de tu mismo género se suele percibir como una debilidad.
Foster sacude la cabeza.
—Los tiempos están cambiando. Ahora la gente ya no es tan cerrada de miras.
¿Va en serio? El mundo sigue siendo tan hermético como siempre.
—Mi experiencia indica lo contrario —respondo con voz queda.
Él se detiene, y yo hago lo propio. No logro distinguir el color de sus ojos bajo la luz de la luna, pero es imposible no darse cuenta de la mirada tan intensa que me dirige.
—¿Se han metido contigo? —Algo en su tono tenso me hace sonreír.
—Por suerte, en esta universidad parece que la gente no tiene problemas con ignorarme. Quitando un jugador de hockey pesadísimo que, no entiendo por qué, se empeña en ser agradable conmigo.
—Es todo un misterio. —Sus ojos analizan mi semblante—. Vamos. Lo de esta noche te vendrá bien.
Me giro con resignación para seguir caminando cuando doy con algo que me hace trastabillar.
La mano de Foster se posa ligeramente sobre mi espalda baja. Todos mis nervios se concentran en ese punto de contacto. Se queda ahí. Un segundo. Dos. Aumenta la presión para animarme a caminar.
Y se esfuma.
El calor de su contacto anida en mi pecho hasta que reproduzco el recuerdo una y otra vez. Me zumba la piel.
Se me instala una sonrisa en la cara que no puedo controlar.
Soy muy consciente de que es de lo más ridículo quedarse embobado con Foster, pero mis reacciones fisiológicas le están ganando la batalla al sentido común y parezco incapaz de sobreponerme.
La quedada tiene lugar en una de las salas de recreo de Winchester House, uno de los edificios más grandes del campus en el que, según me explica Foster, se organizan la mayoría de actividades.
Es otro montón de acero y cristal, aunque no me disgustan del todo las líneas rectas y las interesantes proporciones del edificio, por mucho que brille por su ausencia el toque histórico del campus.
Foster me sujeta la puerta y paso por delante de él deseando volver a sentir su mano. En cambio, no se mueve, y yo me convenzo de que es lo mejor porque, si me toca otra vez de manera fortuita, voy a querer más.
Tenemos que pasar unas cuantas salas para llegar y, una vez allí, Foster vuelve a abrirme la puerta. Estoy acostumbrado a entrar y salir inadvertido de los lugares, como una sombra. Sin embargo, cuando entramos en la sala, la reacción dista mucho de ser esa.
Se forma un pequeño alboroto.
Doy un paso atrás sin pensarlo mucho conforme vienen dos personas directamente a saludar a Foster, seguidas de otras tantas. Todo el mundo habla rápido y sonríe mucho. Miro alrededor y, aunque habrá cuarenta personas o más, parece que toda la reunión se ha detenido con la llegada de Foster.
—¡Grant, has venido! —exclama una rubia pequeñita muy alegre con un piercing en la nariz y demasiado maquillaje. Parece que lleva una máscara en comparación con el hombre que tiene al lado y que también va maquillado.
Tratan de acaparar la atención de Foster, por lo que yo me escabullo hasta acabar en segundo plano, donde me siento más cómodo.
Unas cuantas personas desperdigadas por la sala no parecen haberlo parado todo ante la llegada de Foster y una de ellas me llama la atención cuando viene hacia mí.
—Unicornio —me saluda la chica rarita de la biblioteca. Lleva el pelo negro aún más alborotado que cuando nos vimos.
—Me llamo Zach.
—No te lo he preguntado.
—¿Cómo te llamas tú?
—Laura, pero me llaman Ray.
—¿Por?
—Porque lo digo yo. —Señala la entrada—. ¿Por qué venías con Grant?
Miro hacia allí, donde disfruta de un tipo de atención que a mí me haría cortocircuitar. Una muchacha alta le toca un mechón del pelo castaño oscuro y él le responde con una sonrisa. Me pregunto cómo me sentiría yo si me dedicara una de esas sonrisas sinceras.
—Es el hermano de mi mejor amigo y no sé por qué cree que quiero estar aquí.
—¿Eres homosexual? —me pregunta mirándome.
—Sí. ¿Y tú?
—Soy arroace. En general, no me gusta la gente.
—Tú eres gente.
—Ya —responde con una mueca—. Qué desgracia, ¿eh?
—¿Ser la especie más poderosa del planeta? A mí no me parece tanta desgracia.
—Él es poderoso. —Señala a Foster—. Nosotros no.
—No estoy de acuerdo. En la diversidad reside el poder. —Aunque aún no sepa cómo ni por qué.
—Solo si pueden explotarla. —Se estremece—. Ya vienen.
Me giro para encontrarme con la cara, bueno, el pecho de Foster, y la chica alegre, que salta hacia Ray y le besa la sien. No sé qué gesto he hecho, pero Ray sacude la cabeza.
—No me deja en paz.
—En realidad me quieres, Ray. —La rubia le pasa una bebida a Ray y me sonríe—. Soy Vanessa.
—Yo, Zach. ¿Eres amiga de Ray? Es muy irritante.
Vuelve a invadirme una señal de alerta que me indica que puede que mis palabras hayan sonado groseras, pero no soy consciente de ello hasta que ya se me han escapado. Me tenso inmediatamente a la espera de la mala reacción que acostumbro a recibir.
—¿Seguro que no eres un robot? —bufa Ray, y la tensión se disipa.
—No lo era la última vez que lo comprobé. —Compartimos una sonrisita—. Parecéis un dúo de amigas muy poco común.
—Mira quién fue a hablar —indica Ray señalando a Foster.
—No somos ami…
Foster me corta mientras me pasa el brazo por los hombros.
—Zach, sé que no serás capaz de terminar esa frase.
—¿Ah, no?
—No. Somos amigos por varias razones. La primera, que te he visto sin camiseta.
—¿Cuándo me has visto tú sin camiseta?