En la misma pista (CU Hockey 1) 6 ZACH
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F oster se levanta para pagar la pizza y yo no puedo apartar los ojos de la forma que ha dejado su cuerpo sobre mi cama. Esa cama tan pequeña, que parecía aún más diminuta con la enorme figura de Foster derramada sobre ella.

Esta noche no voy a pegar ojo.

Oigo cómo se cierra la puerta y me obligo a centrar mi atención en la pizza y no en el chico que la trae. Llena mi cuarto mucho más de lo que tiene permitido. Su olor hace que me dé vueltas la cabeza, lo que resulta peligroso si tenemos en cuenta que también me noto el pulso en las orejas.

— Pepperoni y pimiento —me informa como si no hubiera estado delante cuando la pidió.

Foster se tira al suelo y agradezco que no haya intentado comer sobre mi cama.

Aunque ahora lo tengo más cerca y solamente nos separa una caja de pizza.

Hasta que Foster no empieza a comerse un trozo como si le faltara tiempo, no soy consciente de que no recuerdo ningún momento en el que hayamos estado los dos solos, aparte de las pocas veces que nos hemos cruzado por los pasillos o si Seth se ha ausentado unos minutos para ir al baño.

Estoy demasiado nervioso como para comer ahora.

En cambio, me vuelco en la psicología, la razón por la que estamos aquí. La que conseguirá que desvíe la atención de cómo la mandíbula afilada de Foster mastica la pizza a algo que no provoque que quiera levantarme de la silla del escritorio para ponerme más cerca de él.

—Cuéntame. —Me aclaro la garganta, porque no me sale la palabra como debería—. Cuando os hacéis daño los unos a los otros, ¿no se generan resentimientos dentro del propio equipo?

—No se habla de las clases mientras se come —responde con un gruñido. Me acerca la caja y, sin estar muy convencido, me agacho para agarrar un trozo mientras lucho por no perder el equilibrio en la silla—. ¿Qué te gusta hacer en tu tiempo libre? —pregunta tras dar otro bocado.

—Leer.

—Como digas libros de psicología, me largo.

Mis labios se tuercen para evitar una pequeña sonrisa. ¿Se piensa que no soy nada más que eso?

—Me interesan otras cosas también.

—No me lo cuentes todo de golpe, eh.

—Leo novelas de misterio, pinto para desestresarme y debato con mi madre sobre la utilidad de las videntes porque insiste en ir a ver a una todos los meses. Seth nunca me ha ganado jugando al ajedrez y… —me detengo, pero qué más da ya— me gusta montar.

Enarca las cejas.

—¿Montar?

—Sí, me relaja ir en bicicleta.

Se ríe mientras empieza a comerse el segundo trozo de pizza y a mí me cuesta entender por qué lo encuentra tan divertido.

—Doy por hecho que crees que, como me gustan los libros, no puede interesarme ninguna actividad física.

—Qué va. —Levanta los brazos en señal de rendición—. Ha sido muy… esclarecedor.

Se está burlando de mí. Contengo un suspiro y me agacho a por otra porción de pizza grasienta por la sencilla razón de mantener la boca ocupada.

Lo que sea por evitar otro discurso de información inútil.

Además, ¿de verdad no quería que se las soltara todas de golpe?

Lo había interpretado como sarcasmo, pero ahora no lo tengo tan claro.

Esto ha sido una idea nefasta. ¿En qué momento se me ocurrió que podría comportarme como una persona funcional con un chico adorable en mi cuarto?

¿Mono?

Resoplo mentalmente por el adjetivo absurdo.

Me avergüenzo de la reacción que ha tenido mi cuerpo al verlo dominar todo el entrenamiento de esta tarde.

En teoría, entiendo por qué ha pasado: un macho alfa en plena exhibición de competencia extrema en su ámbito de especialidad ha conseguido que la agitación me calara en el torrente sanguíneo.

La misma agitación que me provoca cuando lo tengo cerca.

Se come un tercer trozo y considero que es tan buen momento como cualquiera para retomar la conversación por la que él está aquí. Al menos, si nos centramos en analizar la teoría, evitaré que él me analice a mí.

—Me he dado cuenta de una cosa durante el entrenamiento: la relación entre personalidad y rendimiento…

—Espero que no te lo tomes a mal, pero parece que te cuesta leer a la gente. ¿Cómo demonios has acabado siendo psicólogo?

—Me gusta la psicología porque no entiendo a la gente. No comprendo sus motivaciones y cómo dos personas aparentemente parecidas pueden reaccionar de maneras tan dispares a un mismo estímulo. Por eso estudio, y mucho. Tuve un par de asignaturas troncales de neurociencia, pero…

—¿Neurociencia? ¿Y por qué lo dejaste? —Sonríe socarrón—. ¿Demasiado difícil?

—Demasiado fácil —respondo con una mueca—.

Es sistemática, pero, para entender a la gente, tengo que hacer un mayor esfuerzo.

Lo que más me fascina es que puedes tener delante de ti a un sujeto que es un estereotipo andante pero que, luego, no cumple con ninguno de los criterios básicos que comporta dicho estereotipo.

Esos son los que más me despistan. ¿Cómo una persona que encaja a la perfección con un patrón puede ser capaz de pensar tan diferente a lo que promulgan todos los libros de texto?

Foster aparta la mirada.

—Qué interesante. ¿Entonces quieres trabajar de psicólogo o algo así?

—No, por Dios. Se me daría de pena. Quiero sacarme el doctorado y luego hacer psicología social, que es investigación pura y dura.

—Ah. —Mira a nuestro alrededor—. ¿Por qué no tienes nada en la habitación?

—¿Eh? —Parpadeo ante el cambio de tema tan drástico.

Foster vuelve a observar el cuarto. Esos ojos marrones, a menudo encantadores, estudian mis paredes vacías.

—Tu cuarto de la UVM estaba igual.

—¿Cómo sabes que…?

—Pasé con Seth un par de veces. —Vuelve a posar su atención en mí y, en cuanto nuestras miradas se cruzan, me apresuro a apartar la mía—. ¿No tienes objetos personales?

Saco una foto mía con Seth que hay detrás del ordenador.

—Tengo esto.

Él la mira durante un instante. No hay nada en su expresión que me indique en qué piensa, pero me hace desear no haberle enseñado la fotografía.

—¿Por qué tengo el presentimiento de que no fuiste tú a revelarla?

—Me la dio Seth.

—Lo que yo pensaba. ¿Y no tienes nada más? ¿Dónde están los libros?

Señalo la pantalla de mi teléfono.

—Así que una foto y ya. Bueno, al menos ya sé que no tienes un trastorno de acumulación compulsiva.

—¿Tienes más preguntas o podemos hablar ya de la psicología del deporte? —Las mejillas han empezado a arderme tanto que me incomodo, así que coloco mi trozo de pizza sobre una servilleta y me giro hacia el escritorio para que no me vea Foster.

—Creo que lo estás enfocando mal.

—¿En qué sentido?

—La parte del equipo la entiendes, ¿no? Solo hay un objetivo: ganar.

Pero estás metiendo a todo el mundo en el mismo saco cuando somos personas muy diferentes.

Obviamente todos queremos ganar, pero, quizá, mientras que un compañero busca la victoria para que sus padres lo dejen en paz, otro aspira a la gloria.

—¿Por qué quieres ganar tú?

—Para conseguir entrar en la NHL.

Enarco las cejas.

—¿Te consideras lo bastante bueno?

—¿Debería ofenderme? —contraataca.

—Em… ¿qué?

—Crees que no soy lo bastante bueno.

Me giro para mirarlo.

—No… no he dicho eso.

—No, ha sido el tono de sorpresa de tu voz.

¿De sorpresa? Ya estamos otra vez. No entiendo cómo he vuelto a terminar teniendo una conversación con un deportista enfadado. Y teniendo en cuenta cómo acabó la última… Sacudo la cabeza.

—No era de sorpresa, sino de curiosidad. La mayoría de la gente se infravalora, por eso me ha parecido interesante ver lo confiado que estás.

—¿Y no debería estarlo?

—No digo que no deberías… —La madre que me parió, tengo que zanjar esta conversación—.

Entonces, si cada individuo tiene una motivación que le lleva a alcanzar el objetivo común, ¿cómo repercuten dichas motivaciones en el equipo?

—Mi voz cada vez suena más aguda—. La teoría de la zona individual de funcionamiento óptimo sugiere que la manera más apropiada de…

—Zach.

—O sea, que las personas rinden mejor en un nivel de estrés y activación individual. Sin embargo, si ese fuera el caso, ¿cómo se consigue que dichos sujetos independientes funcionen de forma cohesiva?

—Zach.

—¿Cuál dirías que es tu nivel de estrés y activación óptimo?

Foster tiene los ojos abiertos como platos y parece estar debatiéndose entre reírse y… bueno, algo que no sea eso pero que me parece igual de ofensivo.

—Creo que ya sé cuál es.

—¿Perdón?

—Da igual. Mira, creo que por hoy ya es suficiente. Piensa en el entrenamiento, pero intenta ahondar más en cómo se ha comportado cada persona en vez de contemplar al equipo como un todo.

Frunzo el ceño.

—No va a poder ser.

—¿Por qué?

—Porque solo me he fijado en ti.

Mi respuesta lo deja sin réplica, al menos durante un segundo, hasta que sonríe socarrón, y el escalofrío que me recorre todo el cuerpo por culpa de esa sonrisa engreída no debe ser sano.

—Quizá por eso no has sacado nada en claro con el entrenamiento.

—¿A qué te refieres?

—Soy tan espectacular que te he distraído.

Pues… es una teoría bastante lógica. Porque, aunque no haya aprendido nada sobre el hockey o la mentalidad de equipo, sí que he aprendido cosas sobre mí.

Resulta que no soy inmune al efecto macho alfa.

Esa agresividad primitiva, esa agilidad tan natural, esa actitud tan arrogante…

Nunca había llegado a entender por qué se ponía en valor este tipo de comportamientos hasta que he descubierto… bueno, lo sumamente atractivo que resulta presenciarlo.

Y ha tenido que ser cuando Foster estaba en plena exhibición de dicha conducta.

Foster, que ahora está en mi habitación. Sin nadie más. Observándome con una perspicacia de la que nunca había sido consciente.

—Sí, estoy de acuerdo en que quizá deberíamos… posponerlo. Eso, sí, mejor.

—De acuerdísimo. —Se pone en pie de un salto y me acerca la caja de pizza—. ¿Quieres más?

—No, gracias.

Me quedo estático mientras él corre a por su bolsa de hockey. Verlo colocarse el asa de la bolsa sobre el hombro y los músculos del brazo contrayéndose bajo su peso me resulta mucho más erótico de lo que hubiera imaginado. Me obligo a apartar la vista para olvidar la imagen.

Parece tener prisa por salir de aquí, pero no puedo culparlo después del rumbo que ha tomado la conversación. Se suponía que iba a ser una reunión estrictamente académica y no paro de cosificarlo. Me pregunto cuánto tardaría en espantarlo si se enterara.

Abre la puerta y me fuerzo a hablar.

—Te agradezco mucho que te hayas tomado la molestia de venir. —Es la verdad, pero me sale un tono rígido, muy formal.

Aun así, él vacila.

—Nada, ya ves… —Se gira hacia mí y me descubre con la cara rojísima—. Por cierto, el día que llegaste…

Ay, no. ¿Qué parte de esa pesadilla de día?

—Perdona por haberme reído.

—¿Eh?

—Por lo de… —Se señala la cara—. No debí reírme.

Lo suelta tan de sopetón que me quedo sin palabras.

—Ya. Vale. —Se vuelve hacia la puerta y yo salto de mi silla. Es un movimiento tan repentino que resulta torpe, pero agradezco que no diga nada.

—Fue… —Me acerco a él—. Fue divertido, supongo, mirándolo en retrospectiva.

Se le relaja un poco la mandíbula.

—Aun así, lo siento.

No soy consciente hasta que pronuncia esas palabras de que no las necesitaba. Si el que me hubiera encontrado así hubiera sido Seth, se habría quitado la camiseta para limpiarme y le habría faltado tiempo para llevarme a un sitio donde no pudiera verme nadie.

Puede que me hubiera gustado que Foster reaccionara así, pero…

—Me gustó que te hiciera gracia.

—¿Qué? —Parece que no se esperaba eso.

—Fue una reacción sincera, supongo que la misma que si le hubiera pasado a otro.

—Ya, bueno, pero…

—Pues disculpa rechazada.

—Me he perdido.

Me río, pero me detengo al momento.

—No me trataste como… —Sacudo la cabeza, incapaz de desarrollar más mi discurso—. Da lo mismo. Pues nada, buenas noches.

Me apresuro a cerrar la puerta antes de que pueda hacer algo más que le resulte extraño.

Pese a que estoy hecho un manojo de nervios, se me escapa una risita.

Puede que haya sido… una de las situaciones más surrealistas de mi vida.

Foster, el deportista de élite por excelencia, ha venido a mi habitación a ayudarme con las clases, cosa que no parecía interesarle lo más mínimo.

Estoy confundido a más no poder, pero… me ha gustado.

La forma del cuerpo de Foster de mi edredón se mofa de mí mientras sigo mi rutina nocturna y, cuando por fin la deshago al meterme bajo las sábanas, me arrepiento de inmediato. Menuda suerte que el primer y único hombre que toca mi cama sea el hetero del gemelo deportista de mi mejor amigo.

Y… madre mía. Soy su profesor. Adjunto, sí, pero seré quien evalúe sus trabajos y posiblemente le dé clase más adelante.

¿Puede que esto haya sido inapropiado? ¿Qué diría el profesor Lawrence de que haya estado en mi cuarto?

Me vengo abajo. Solo consigo relajarme lo suficiente para lograr dormirme cuando me prometo que esto no volverá a pasar.

Ni aunque quisiera .