5 FOSTER
N ormalmente, los entrenamientos son privados, a no ser que le den un permiso especial a alguien para ir a verlos. Sin embargo, el primero del curso siempre es abierto al público.
Los entrenadores insisten en que tengamos espectadores la primera vez que pisamos el hielo en equipo porque están convencidos de que nos esmeramos más en cuanto tenemos ocasión de presumir delante de otra gente.
No se puede decir que no saben alimentar el ego y la competitividad de un deportista y sacar provecho de ello. Al ser el capitán, yo tengo que apretar aún más.
Es la oportunidad perfecta para que los novatos les demuestren al equipo y a toda la universidad qué son capaces de hacer.
Empezamos patinando para calentar. Siento un poco de pena por los nuevos.
No son conscientes de lo que se les viene encima.
Mierda, es que no es agradable ni para los veteranos.
Sobre todo para aquellos que no han pisado el hielo en todo el verano en los campamentos de hockey o que no han hecho nada durante las vacaciones.
El primer entrenamiento siempre te deja para el arrastre.
Nuestro entrenador en jefe siempre dice que, si no terminas vomitando, no te has esforzado lo suficiente.
Pero yo estoy feliz, porque he vuelto al hielo. Podría pasarme patinando todos los días y jamás me hartaría.
Los entrenadores nos ponen a hacer ejercicios de patinaje y de control de disco, cosa que no me impide mirar a las gradas cada pocos minutos en busca de una cabellera negra fuera de lugar.
Le dije a Zach que viniera a vernos, pero aún no ha aparecido por aquí y no sé si lo hará en algún momento.
Vi cómo se hacía pequeño en clase cuando todo el mundo empezó a agobiarlo a preguntas. Un asco, con lo bien que había empezado. Por un momento pensé que iba a demostrar que yo me equivocaba y estaba… orgulloso de él.
Pero la situación pudo con él. Creo que no sabe cómo comportarse en una sala llena de gente y mucho menos trabajar en equipo.
Verlo pasarlo tan mal sacó mi instinto más protector.
Puede que yo mismo haya puesto en duda sus capacidades, pero, en cuanto lo hicieron otros, la necesidad de protegerlo me salió tan natural como controlar el disco sobre el hielo.
Por eso quiero ayudarlo.
Bueno, por eso y porque este es un claro ejemplo de a lo que se refería Seth cuando me pidió que le echara una mano.
—¡Grant! ¡Espabila, que estás en las nubes! —grita el entrenador.
Vuelvo a centrarme en el juego y avanzo hasta quedar frente a uno de los novatos. No he coincidido más con él desde la primera reunión oficial del equipo de la semana pasada. Creo que se llamaba Greggs. ¿O era Pimms? No, espera. Se llamaba Simms.
Sea como sea, le sonrío cuando nos colocamos para el saque.
—¿Eras tú el gay?
—¿Te interesa, bomboncito? —pregunto con una sonrisa más amplia.
Nada pone más en su lugar a un hetero que el clásico tonteo homosexual. Y también me ha dado un objetivo para el entrenamiento. Cuanto antes consiga que el niñato vomite, antes nos podremos ir todos a casa.
Llevo tres años jugando en esta pista, es mi hogar. Aquí están mis entrenadores. Adivino cada movimiento antes de que empiece. No necesito nada más que mi memoria muscular.
Cuento con unos diez segundos hasta que caiga el disco.
—Si quieres hacerme el lío, novato, deberías saber una cosa.
Tres… dos…
—¿El qué? —pregunta.
El disco toca el hielo y, sin siquiera mirarlo, lo paso a donde esperaría que hubiera un compañero si estuviéramos jugando un partido de verdad. A Simms no le da tiempo ni a parpadear.
—Nunca apartes la vista del disco, corazón. —Me yergo por completo y me coloco detrás de la línea mientras le lanzo un beso al aire para molestarlo.
—Deja de jugar con los novatos —me advierte Jacobs.
—Ha empezado él —mascullo.
—Madura, capitán.
—Yo nunca…
Un movimiento en las gradas capta mi atención.
El estómago me da un vuelco.
Ha venido Zach.
—Tú nunca… —insiste Jacobs.
—¿Qué?
—Te has quedado a medias de la frase.
—¿Ah, sí? —Sigo a Zach con la mirada conforme baja los escalones en busca de un sitio libre en la grada.
El entrenador sopla el silbato con tanta fuerza que todos damos un respingo.
—¡Partido de práctica!
Nos divide en dos filas y mezcla a los que más experiencia tenemos con los recién llegados.
Empiezo yo, con Beck y uno de los nuevos en la defensa, y Jacobs y Cohen en los extremos. Frente a mí me encuentro con mi novato favorito.
Esto va a ser divertido.
—¿Has aprendido la lección, guapetón? —le pregunto cuando nos preparamos para el saque.
—¿No vas a parar? —se queja.
—Gánatelo.
Cuando el disco cae, el mierdecillas se las arregla para arrebatármelo y marcharse con él. Carga contra mí y, con un golpe de hombros, me tira de culo. No sé si sentirme orgulloso o cabrearme.
Me levanto y salgo patinando como alma que lleva el diablo.
El crío es rápido, pero su juego de pies es bastante torpe. Lo alcanzo sin apenas esfuerzo.
Se lo pasa a uno de sus extremos y continúa patinando por detrás de la red. En cuanto recupera la posesión del disco, cargo contra él en el muro en un movimiento totalmente legal y cae al suelo.
Ahora tengo el disco yo y mis compañeros me cubren mientras me escapo hacia nuestra línea azul.
Se lo paso a Cohen y esquivo la defensa. Acabo frente a la red, colocándome justo al lado de nuestro segundo portero. Cohen me devuelve el disco y lo cuelo por entre las piernas de Schofield.
El pequeño gentío de estudiantes y asistentes vitorea, y mis ojos vuelan directamente hacia Zach.
Uf . No sonríe, no aplaude… Tan impasible como siempre.
—Así tenéis que moveros si queréis jugar en este equipo —grita el entrenador. Cuando paso por su lado para entrar en el banquillo de jugadores, me da una palmadita en la espalda—. Buen robo.
—Gracias, entrenador —respondo tras quitarme el casco y sacudirme el pelo sudado.
—¡Los siguientes! ¡Colocaos! —grita junto a mi oído.
Adiós, tímpanos.
Sé que debería prestarle atención al entrenamiento y fijarme en mis nuevos compañeros de equipo para ver cuáles se compenetrarían mejor al jugar juntos.
El año pasado se graduó tanta gente que tenemos que cubrir muchos puestos y, si queremos tener una buena temporada, debemos clavar las alineaciones.
No pido tanto, solo llegar a jugar la Frozen Four en mi último año. Desde que estoy en la universidad, el equipo ha llegado una vez, pero fue en mi primer curso, así que solo tuve dos minutos de juego y nos eliminaron en la primera ronda. Esta temporada quiero llegar hasta el final.
Y sí, mientras mis compañeros siguen dándolo todo delante de mí, yo sigo sin poder apartar la vista de Zach, que está sentado en las gradas con un gesto monísimo de concentración en forma de línea que le cruza la frente mientras trata de comprender qué sucede en la pista.
Ahora hay menos gente viéndonos. No saben que, en comparación con los partidos de verdad, los entrenamientos son muy lentos y aburridos.
Aun así, hay unas cuantas personas que se quedan, en su mayoría groupies del hockey y otras tantas de mediana edad que espero que sean los padres de los recién llegados al equipo.
Durante mi primer año, mis padres venían a mis partidos siempre que podían, incluso los que se jugaban fuera de casa. Ahora ya solo vienen a los partidos de aquí o los que tienen más cerca.
El entrenador Hogan da por finalizado el entrenamiento y la gente de la grada empieza a irse. No confío en que Zach se espere a que me duche y me vista.
Aun así, eso no evita que me dé prisa.
Salgo por la puerta antes que mis compañeros y, en cuanto dejo la pista atrás, saco mi móvil para mandarle un mensaje. Tengo su número porque venía en la ficha de la asignatura.
Estoy escribiendo cuando él se planta delante de mí. Doy un respingo.
—Mierda. Ah, buenas.
—Hola —responde apartando la mirada—. Emm…
—¿Y bien? ¿Te ha servido de algo? —Señalo detrás de mí.
—¿En serio? Si acaso, ahora estoy más confundido aún. No entiendo qué habéis hecho… ahí. —Agita la mano en dirección a la pista.
—Jugar al hockey.
—Ya, pero…
—¿Tienes hambre?
Los ojos verdes de Zach se encuentran con los míos. Ahora que me he permitido fijarme mejor, son bastante felinos, de esos tan bonitos que se vuelven hipnóticos.
—¿Qué? —pregunta.
Eso, ¿qué? ¿Qué estaba diciendo?
Me ruge el estómago. Ah, sí, comida.
—No he cenado y me muero de hambre. ¿Te apetece una pizza?
Aprieta los labios.
—¿Pizza?
—¿En tu cuarto o en el mío?
—¿Pizza? —Parece desconcertado.
—Sí, ya sabes, eso que se hace con masa, salsas, pepperoni , queso… Una pizza. Menos mal que dicen que eres un genio, porque me estás empezando a hacer dudar.
—¿Me estás invitando a cenar? ¿En tu cuarto?
Así que es eso. Le lanzo una sonrisa y me acerco a él.
—¿Te asusta quedarte a solas conmigo?
—¿Qué? ¡No! —responde parpadeando, y retrocede unos pasos—. Qué va. Es que… No somos amigos, o sea que…
—Hace tres años que nos conocemos —le corto. Pongo los ojos en blanco—. Sí somos amigos, o al menos amigos por proximidad. Y tú necesitas ayuda y yo comida. Así matamos dos pájaros de un tiro. El Albany Hall está más cerca, pero si no te sientes cómodo con que invada tu espacio, podemos ir…
—Está bien, a mi cuarto. No pasa… nada.
—De lujo. Pido la pizza mientras vamos hacia allá. ¿De qué sabor te gusta? —Salimos caminando en dirección a su residencia.
—La del pepperoni vale. —No levanta la cabeza.
—No te he preguntado si te vale o no, sino qué te gusta a ti.
—Lo que prefieras tú.
Me detengo.
—¿Sabes que siempre haces eso cuando vas a mi casa?
—¿El qué?
—Cuando te preguntan qué quieres, siempre te adaptas a lo que dice Seth.
Zach se encoge de hombros.
—Tenemos gustos parecidos.
—Claro. A Seth le gustan los champiñones, ¿la pido entonces con champiñones?
Se hace el silencio.
—Con pimiento —murmura.
—¿Qué has dicho?
—Con pimiento, por favor. Mejor sin champiñones.
—¿Tan difícil era?
Zach no me responde, así que se me queda la duda de si le habrá costado de verdad decírmelo.
Pido la pizza para que, cuando lleguemos al edificio, apenas tengamos que esperar a que nos la traigan.
Zach abre la puerta de su habitación y yo dejo en el suelo mi bolsa del entrenamiento. Me siento en su cama, pero él se queda de pie, en actitud extraña, y empieza a arrastrar los pies hasta que decide sentarse en el escritorio.
Puede que sea la primera vez que entro en el cuarto de una persona que parece tenerle miedo a su propia cama. O será porque estoy yo en ella.
Este chico es todo un enigma.
Hace tres años que conozco a Zach, pero en realidad no sé nada de él.
Saca una libreta.
—Lo que menos entiendo es por qué los objetivos individuales afectan a la mentalidad del equipo.
—No te andas con rodeos, ¿eh?
—Hoy mientras jugabas has estampado a tus compañeros contra el cristal…
—Muro. Se llaman muros.
—Pues eso. Has sido violento con la gente con la que tendrás que jugar el mes que viene cuando empiece la temporada. ¿Cómo va a ser eso algo positivo para la moral de equipo?
—¿Sabes cuándo comienza la temporada? Impresionante.
—Ja, ja.
—Mira, ya sé que hoy me he pasado un poco con uno de los nuevos, pero se lo ha buscado. Por otro lado, en un partido real se va a llevar golpes bastante más fuertes.
—Estoy empezando a plantearme si debería hacer la tesis sobre la mentalidad de los deportistas y su imperante necesidad de tender a la violencia, aun sabiendo que pueden causarse conmociones o daños permanentes con el único objetivo de perseguir una pelota.
Parpadeo. Vuelvo a parpadear sin dejar de mirarlo.
—¿Una… pelota? ¿Has dicho «pelota»?
—¿Una ficha?
—¡Es un disco! ¿Cómo es posible que seas amigo de mi hermano y ni siquiera sepas lo que es un disco?
—Te resultará curioso, pero cuando quedo con Seth tu nombre no suele salir a relucir.
Se me escapa una sonrisa socarrona.
—Así que a veces sí que habláis de mí.
—Ya te estás mofando de mí —suspira exasperado—. ¿Me vas a ayudar o no?
Llaman a la puerta y me levanto de un salto para ir a darle la propina al repartidor.
—Después de la pizza .