En la misma pista (CU Hockey 1) 4 ZACH
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S i necesito ayuda.

Si necesito ayuda yo.

¿Yo? ¿Que si estoy cualificado?

Soy el maldito profesor adjunto.

Sacudo la cabeza para desechar lo que me dijo Foster por enésima vez esta semana.

Para mi sorpresa, quitando ese pequeño inconveniente del lunes, todo lo demás ha ido bien.

El profesor Lawrence es bastante agradable y me han escrito un par de alumnos para presentarse.

Menos mal que ha sido por correo electrónico.

También he llegado a tiempo a todas mis clases sin apenas perderme.

Y Foster… En fin, sigue apareciendo cuando menos lo espero.

Siempre con una sonrisa enorme y esos ojos cálidos cuya mirada hace que me dé un vuelco el estómago.

No nos conoceremos mucho, pero si algo he aprendido estos años es que, cuando Foster está cerca, no tengo fuerzas para apartar la vista de él. Y no puedo parar.

El martes comí tarde y me fui directamente a la biblioteca para documentarme. El profesor Lawrence me recomendó que empezara a pensar ya en la tesis, lo que sin duda resulta bastante oportuno, ya que aún no tengo ni idea de qué hipótesis plantear.

Tengo todo el tiempo del mundo para prepararme. Para lo que tengo menos tiempo es para convertirme en un experto de la Psicología del Deporte.

Deporte.

Conforme entré al aula y vi cómo me miraban todos esos atletas (había más gente, claro, pero los atletas eran mayoría), me distraje tanto que me estampé contra Foster. El pivón de Foster, con esos hombros anchos y esa sonrisa facilona, acompañada de un pelo que parece llevar siempre perfecto.

Si necesitas ayuda…

Vuelvo a sacudir la cabeza. Si sigo así, la gente empezará a pensar que tengo algún tipo de tic. «El paternalista de Foster» es un apelativo más adecuado. ¿En serio tenía que ser tan molesto y arrogante durante toda la clase? ¿Es que no veía que estaba intentando concentrarme?

Dejo el portátil sobre la mesa con un poco más de fuerza de la que pretendía y la chica que hay un par de sillas más allá se sobresalta.

Le lanzo una sonrisa de disculpa por mi error de cálculo y noto cómo me arden las mejillas.

Ella no me hace ningún gesto. Se me queda mirando, inexpresiva, y yo dejo rápidamente la bandolera en el suelo y me siento para no molestarla más.

Que no me haga caso, intento ser invisible.

Entro en la intranet de la UC. La primera práctica de Psicología del Deporte del curso va sobre el área de disciplina que menos entiendo.

Gente de todo tipo trabajando en equipo.

O, más bien, machos alfa de todo tipo cegados por la testosterona intentando alcanzar un objetivo común.

Es algo que mi cerebro no termina de concebir.

En la teoría, tiene sentido, pero en cuanto lo trasladas a la práctica…

Estoy buscando en la base de datos de la biblioteca cualquier cosa que hable sobre la mentalidad de equipo cuando advierto que la chica se ha sentado en otra silla, más cerca de mí. No sé si quiere que me dé cuenta, así que mantengo la vista pegada a la pantalla.

—Tienes pinta de ser simpático.

Parpadeo y levanto la mirada. Sigue con el ceño fruncido y los mechones cortos de su melena oscura me hacen pensar que se la corta ella.

—Porque lo soy. —Se muerde la uña del pulgar y yo inclino la cabeza—. En cambio, tú no pareces tan simpática. ¿Es algún tipo de técnica de intimidación?

Levanta las cejas y yo me paro a pensar en lo que acaba de salir por mi boca. Esta es una de esas ocasiones en las que expresar mis observaciones en voz alta no se considera socialmente aceptable a la hora de entablar una conversación. Aun así, ella responde.

—Tengo cara de antipática, nací así.

—¿Y eso?

—Talento natural.

—Yo creo que las expresiones son un reflejo de nuestros pensamientos.

—¿Insinúas que podría evitarlo?

—No sé. —Hago una mueca—. ¿Puedes?

—¿Puedes tú? Pareces estar pensando en unicornios. Tienes una cara tan adorable que podría vomitar arcoíris.

Su voz sigue sonando igual de plana y monótona, pero tiene algo que me hace tomármelo como un desafío. Sé a ciencia cierta que no está bien visto decirle a la gente que su cara te provoca náuseas, lo que no tengo tan claro es qué dice de mí que su comentario me haga sonreír.

—Pues tú tienes cara de ir espantando niños.

Por primera vez, esos labios alicaídos se crispan.

—Me caes bien.

—Vale —respondo sin saber a qué viene eso.

—Vale.

Retoma la lectura del libro que tiene entre manos y parece que hasta ahí llega nuestra interacción.

Me quedo un rato elucubrando sin entender qué ha pasado.

Ella vuelve a cambiarse de silla. Ahora solo estamos a tres de distancia.

—Deja ya de mirarme.

—Mira que eres rara —susurro devolviendo la vista al portátil y sonriendo.

—Ya me gustaría.

No vuelve a hablar conmigo. No es hasta pasada una hora que mi móvil empieza a vibrar sobre la mesa y me doy cuenta de que ella ya no está en cuanto miro hacia donde se había sentado.

No sé si tildaría la conversación que hemos tenido de una charla amistosa, pero me las he arreglado para hablar con una desconocida y no he metido la pata hasta el fondo.

Me lo tomaré como un éxito rotundo.

En la pantalla del teléfono aparece el nombre del profesor Lawrence. Meto a toda prisa mis cosas en la bandolera y salgo corriendo de la biblioteca. Pierdo la llamada antes de cruzar la puerta, así que lo llamo yo.

—Al habla Zach —digo en cuanto responde.

—Bien, quería hablar contigo. —Su voz suena agradable, como siempre.

Qué novedad tener un profesor al que parece que no le irrito—.

He estado reflexionando sobre lo preocupado que estabas con respecto a impartir la asignatura de Psicología del Deporte y creo que no podrás superar esa inquietud si no te quitas la tirita de golpe.

—¿La tirita? —No me gusta cómo suena eso.

—Claro. En cuanto termine la lección del lunes, dejaré veinte minutos para que hables tú de la primera práctica y respondas a las preguntas que surjan.

—Ah.

—¿Tienes miedo escénico? —pregunta divertido.

—Qué va. —Me coloco bien las gafas y me apoyo en la pared—. Me preocupa más lo de responder a las preguntas.

—Zach…

—Dígame.

—Lo harás bien. Voy a enviarte toda la información que necesitas saber sobre la práctica y estaré justo a tu lado por si necesitas apoyo. Tú disfruta.

—Claro, faltaría más. Podré con ello.

Le doy las gracias y colgamos la llamada, pero yo ya noto las náuseas.

La inquietud no se disipa en todo el fin de semana, ni siquiera después de haber absorbido todas las notas del profesor Lawrence.

Me las he leído tantas veces que ya me las sé casi de memoria, pero también me he hecho una tarjetita con los puntos más importantes por si me quedo en blanco.

Me leo el texto que tocaba para la clase de esta semana y unos cuantos artículos más que hay en la intranet hasta que siento que exudo dinámica de equipo.

Me noto casi seguro de mí mismo cuando entro al aula el lunes y recuerdo un detallito importante que se me había olvidado.

Foster está en esta asignatura.

Me observa desde su asiento mientras el profesor Lawrence explica la lección, lo que provoca que me empeñe más en hacer esto bien. ¿Que si necesito ayuda? Ahora verá.

Cuando el profesor Lawrence concluye con la materia y me pasa a mí el turno de palabra, preparo la tarjeta en el bolsillo y me pongo en pie. Estoy un poco nervioso, pero lo normal cuando te toca hablar en público.

Incluso con toda la gente que me está mirando, no puedo evitar que la vista se me desvíe hacia Foster. Su amigo le da un codazo y yo aparto los ojos de él corriendo.

—Hola. Para los que aún no me conozcáis, soy Zach. Si os fijáis en los materiales del curso y el plan de estudios de la asignatura, veréis que hay que entregar un ensayo sobre dinámica de equipo en la cuarta semana.

Me detengo para tomar aliento. Noto cómo me relajo conforme les voy hablando de la estructura que debe tener el ensayo y los criterios que tienen que cumplir.

Me lo sé al dedillo. Sé qué materiales son y la carga de trabajo que supone. Recuerdo absolutamente todo lo que he leído este fin de semana. No es para tanto.

Trato de sonreír y de reducir la velocidad de mi discurso, ya que, cuando hablo de documentación, las palabras me salen rápidas, con menos esfuerzo.

Estoy en racha. Seguro que tengo a Foster alucinando con mi destreza…

Pero ahora toca el turno de preguntas. Un muchacho levanta la mano en la cuarta fila.

—Para el trabajo tenemos que centrarnos en cómo se maneja una persona en un entorno de dinámica de equipo. ¿Puedes desarrollar un poco más esa parte?

Los nervios vuelven a apoderarse de mí. Respiro hondo y me recuerdo que sé la respuesta.

—Claro. Es porque, cuando un individuo pasa a formar parte de un equipo, se le exige que acate ciertas órdenes en pro de un objetivo común.

—¿Y cuándo se da el conflicto de intereses? —pregunta una chica de las primeras filas.

Me detengo.

—¿En qué sentido?

—Por ejemplo —interviene el primero de nuevo—, en mi equipo de fútbol americano todos queremos ganar los partidos, ¿no?

—Por supuesto —respondo, aun con la sensación de que estoy cayendo en una trampa.

—Pero, en realidad, soy yo el que quiere lograr la victoria.

Y lo mismo pasa con el quarterback y el resto de mis compañeros.

Todos queremos impresionar a los ojeadores…

o a alguna chica —añade guiñándole el ojo a la muchacha de delante—.

Hay jugadores compitiendo por mi puesto en el campo.

Puede que todos queramos ganar el partido, pero también aspiramos a una victoria individual.

Ya… No está hablando de una teoría ultracomplicada, y entiendo a lo que se refiere. Lo que se me escapa a la comprensión son las motivaciones que hay tras esa mentalidad. Me seco con disimulo las manos en los vaqueros, que me han empezado a sudar.

—Entonces…, ¿cuál es la pregunta?

—¿Cómo logran que eso funcione?

Venga, puedo conseguirlo. Empiezo a vomitar todo lo que aparece en el libro de texto.

—El problema se simplifica mucho si lo miras desde una perspectiva más general, desde el punto de vista del tribalismo. Acudimos a los más fuertes para que nos garanticen la supervivencia y se cubran las necesidades básicas: comida, agua, refugio…

—¿Sexo? —me corta el amigo de Foster.

Se me congela el cerebro, el corazón se me acelera, y es entonces cuando comienzo a balbucear.

—B-bueno… No te-tengo claro que el se… el sexo sea imprescindible para la supervivencia.

—Entonces es que algo estás haciendo mal —dice alguien.

O que no hago nada directamente.

Se me cierra la garganta.

—Siguiente pregunta.

—No, pero está bien planteado —añade una cabellera rubia al fondo del aula—. Da lo mismo si es una tribu o un equipo. Si todos acuden a los más fuertes, ¿cómo funcionaría en un grupo lleno de alfas como en su equipo de fútbol?

—Eso —continúa el jugador—. Cada uno piensa que es el mejor y todos queremos ganar, no solo partidos. Queremos el reconocimiento, los títulos, los seguidores.

—Mmm…

La puta madre.

Soy capaz de recitar un libro de texto de principio a fin delante de toda la clase, pero no de responder a una pregunta básica.

Por esta precisa razón es por la que nunca me metería en psicología clínica o a dar clase.

En cuanto no sé algo, me quedo en blanco.

No hay nada ahí dentro. Desaparece todo lo que he memorizado y me quedo contemplando un mar de caras expectantes.

Mi mano acaba sacando la tarjeta de notas que tengo en el bolsillo, pero sé que la respuesta que necesito no está ahí.

Está clarísimo que esto es superior a mí.

Mis ojos aterrizan en Foster. Seguro que tiene la expresión socarrona de alguien que sabe que tenía razón. Sin embargo, me guiña el ojo.

—Es como dice Zach: cada persona por sí misma aporta algo bueno al equipo.

Yo quiero salir a ganar y, cuando tengo el disco y veo clarísimo el tiro a puerta, me aseguro de no fallar.

Lo mismo hace Jacobs. Y Beck. Y todos los del equipo.

Queremos destacar, lo que provoca que todos nos esforcemos más.

Mientras que todos tengamos claro que es más importante ganar que el resto de problemas que tengamos, funcionará.

—Y eso es todo por hoy —anuncia el profesor Lawrence a mi espalda.

Recupera la atención de la clase, y yo me retiro y cruzo miradas con Foster. No tenía por qué hacerlo. Podría haberme dejado ahogarme para demostrar que tenía razón. Sin embargo, en vez de lanzarme una mirada de lástima, me brinda una sonrisa dulce.

—Gracias —vocalizo.

Su sonrisa se amplifica.

El profesor Lawrence da la clase por concluida y, entre todo el alboroto, me da un pequeño apretón en el hombro.

—Así se empieza.

Los dos sabemos que solo está siendo amable, pero, por alguna razón que no comprendo, cree que soy capaz de hacer esto y no quiero defraudarlo.

Foster ya está en la puerta cuando voy a hablar con él.

—Puede que no supiera la respuesta.

—Eso me ha parecido. —Se acomoda la mochila que lleva en el hombro—. ¿Estás bien?

—No te creas. Es que… No lo entiendo. O sea, entiendo los conceptos y la teoría, es un discurso lógico, pero lo que has explicado… ¿Cómo funciona?

—Si quieres, lo hablamos luego. Ahora tengo que ir a hablar con un profesor.

—Me parece que necesito ayuda. —No me creo lo que acabo de decir.

Él asiente porque lo sabía desde el principio.

—Ven mañana por la noche al primer entrenamiento del equipo.

—Mejor que no, no creo que…

—Confía en mí. ¿Podrás? —insiste mientras se aleja por el pasillo caminando hacia atrás.

Cuando desaparece de mi vista aún no he encontrado la respuesta .