En la misma pista (CU Hockey 1) 3 FOSTER
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A y, las clases. Qué poco las he echado de menos.

Me encanta el campus de mi universidad, y pasar tiempo aquí durante todo el verano cuando lo único que tenía que hacer era jugar al hockey ha sido genial. Pero ahora tengo que volver a las clases y a hacer trabajos.

Fueron buenos tiempos.

Aunque, dicho sea de paso y gracias al don de Seth para la organización, descubrí cómo estructurarme el grado de cuatro años de manera que, llegados a este punto, tuviera ya cursadas las asignaturas más avanzadas y me quedaran las más fáciles.

Así tendré mucho más tiempo este curso para centrarme en el hockey y en el contrato en la NHL al que aspiro, en vez de tener que dedicárselo a los estudios.

Entro en el edificio donde tengo mi clase de Psicología del Deporte y Jacobs, uno de mis compañeros de equipo, me saluda para que vaya a sentarme junto a él, en una de las filas del medio.

Alguien se choca contra mi espalda.

—Perd…

Me giro y, al bajar la mirada, me topo con los ojos verdes del chico que se supone que no quiere saber nada de mí.

—¿Zach?

Se recoloca las gafas de pasta.

—F… Foster. ¿Qué haces…? —Mira a nuestro alrededor, a un aula que se está llenando rápidamente de deportistas, y suspira alicaído—. Pues claro, Psicología del Deporte. Era de esperar.

—¿Y tú qué haces…?

—Venga, sentaos. —La atronadora voz del profesor Lawrence llena toda la sala.

Espero a que Zach se marche. En cambio, sigue al profesor casi hasta la palestra y se sienta en primera fila.

—Señor Grant, a no ser que pretenda quedarse de pie quieto durante noventa minutos, le aconsejo que busque un asiento —me pide el profesor Lawrence.

Lo tuve durante el primer curso en una asignatura que abandoné tan solo una semana después de empezar. Está claro que soy inolvidable.

Toda la clase ríe entre dientes. Zach y yo cruzamos una mirada y noto cómo no aparta los ojos de mí hasta que me siento al lado de Jacobs.

—¿Quién era ese? —pregunta en susurros.

Me encojo de hombros, pero paso a sentirme mal por ello al momento. Es obvio que nos conocemos, pero también lo es que no quiere que lo ayude, aunque Seth insista en que me necesita. En fin.

Nuestros ojos vuelven a encontrarse, pero él se da la vuelta de inmediato. Tiene las mejillas un poco coloradas y se concentra tanto en la pantalla del ordenador que tiene delante que no puede estar viendo otra cosa que no sea porno.

Ningún muchacho miraría tan fijamente un ordenador si estuviera viendo otra cosa que no fuera esa.

Pero volvemos a lo mismo: es Zach. Por lo que me ha contado Seth, es posible que esté trabajando en alguna práctica de clase en ese ordenador.

Parece mucho más apropiado teniendo en cuenta dónde estamos.

Lo que no entiendo es…

—Zach Sawyer será mi profesor adjunto durante este semestre. Tenéis todos los detalles de contacto en la página web y en la hoja de información que os he dado. Id pasándola. Si tenéis que hablar conmigo fuera de mi horario de tutorías, acudid a él.

Zach entrega unos folios en la primera fila para que cada alumno se quede uno y pase el resto hacia atrás.

Es el profesor adjunto de esta asignatura. Psicología del Deporte. Deporte y Zach.

—¿No nos habremos equivocado de clase? ¿Qué sabe ese de deporte? —susurra Jacobs inclinándose hacia mí.

Aunque haya pensado lo mismo, que lo diga otra persona me molesta un poco.

—Se ha sacado la carrera en tres años y acaba de empezar un máster en Psicología. Estoy seguro de que se las arreglará.

La verdad es que no tengo tan claro que pueda hacerlo, pero, por razones que desconozco, siento la necesidad de defenderlo.

¿Será porque me lo pidió Seth? ¿O por otra cosa? Yo qué sé.

—¿Entonces lo conoces?

—Apenas. Es amigo de mi hermano.

Noto los ojos de Jacobs clavados en mí mientras sigo a Zach con la mirada. Él mantiene la cabeza gacha.

Le quedan bien esa camiseta con diseños impresos y los vaqueros, pero será que estoy acostumbrado a verlo vestido así siempre.

Resulta extraño, porque el muchacho no es muy seguro de sí mismo, pero no sé cómo se las arregla para, al mismo tiempo, ir por la vida como si todo le diera igual.

Puede que no gestionara del todo bien el asunto de la caca de pájaro. Debería haberle ayudado en vez de burlarme, pero no creo que esa sea la razón por la que me pidió que no me acercara a él.

Más bien creo que no quiere estar cerca de mí.

Lo que me llama aún más la atención.

—Uy —interviene Jacobs—, conozco esa mirada. No tienes permitido acostarte con el adjunto.

—Eh, macho. —Le mando callar dándole un codazo en el estómago.

—¿Qué pasa? Quedarán pocos por enterarse después de que te liaras el curso pasado con el de esa fraternidad en la fiesta de los Kappa.

Hice algo más que liarme con él, pero ese no es el tema. En el campus no es secreto que me guste tanto la carne como el pescado, pero, aun así, no voy anunciando a gritos que soy bisexual.

A la mayoría del equipo le da lo mismo, quitando a un par que me evita en los vestuarios, pero me da bastante igual. Al menos no me hacen la vida difícil por ello.

No sé si Seth tiene a Zach al corriente del asunto.

No me importaría si lo hubiera hecho, pero Seth me ha estado apoyando tanto desde que se lo conté que dudo que se lo haya contado a nadie sin consultármelo primero. Ni siquiera a su mejor amigo.

Mi hermano fue la primera persona a la que se lo conté.

Aquel día cumplíamos quince años y le dije que creía que era gay.

Su respuesta fue abrazarme y decirme que, si alguien me odiaba por ello, es que era idiota.

También me avisó de que le pegaría a cualquiera por mí si fuera necesario, pero que, si me encargaba yo, tendría más posibilidades de causar daño.

Sobre todo si iba con mi equipación de hockey.

Seis meses después le conté que había descubierto que era bisexual. Me preguntó qué había cambiado y mi respuesta fue que Jade Mackenzie me la había chupado en los vestuarios del instituto. Aquel día Seth aprendió a no hacer más preguntas de la cuenta.

Jacobs se acerca aún más a mí.

—Fijo que podrías liarte con él. Tiene que ser gay por nari…

—¿Ya estamos con los estereotipos? ¿Qué te hace pensar que es gay?

Sé que Zach es homosexual. En estos tres años, ha preferido pasar más días de vacaciones en nuestra casa a ir en avión hasta la suya en… donde sea que viva su familia. En algún estado del Medio Oeste, creo. Pero hubo una vez, por Acción de Gracias o así, que mi madre le preguntó si tenía novia.

Él respondió resoplando con un «no, ni ahora ni nunca» y, cuando ella le preguntó por un novio, su respuesta fue: «Tampoco pasará ni ahora ni nunca, pero por razones distintas».

Tras aquello, los pálidos mofletes se le pusieron rojos.

Aún lo recuerdo porque es posible que más tarde aquella noche me corriera pensando en esas mejillas coloradas.

A lo que iba, que detesto que la gente dé por hecho la orientación sexual de otras personas nada más que por su aspecto. Igual que cuando me miran a mí y presuponen que soy hetero porque juego al hockey.

—Se le nota —responde Jacobs.

Le gruño.

La hora se me pasa volando porque no puedo apartar la vista de Zach.

Apenas levanta los ojos del ordenador pero, cuando lo hace, estos recorren toda la sala hasta que acaban sobre mí.

No puedo evitarlo. Levanto una ceja cada vez que me mira y trato de no sonreír.

Él aparta los ojos de inmediato.

En un visto y no visto, el profesor Lawrence nos manda las prácticas de esta semana y da la clase por concluida.

Salimos del aula, pero yo me quedo junto a la puerta.

—¿No vienes? —me pregunta Jacobs.

—Ahora te alcanzo.

Me lanza una sonrisa de entendimiento y me esfuerzo por no enseñarle el dedo medio.

Zach es el último en salir y, en cuanto me ve, entrecierra los ojos con desconfianza.

—Ve a decirle a tu hermano que no me he caído de bruces delante de toda la clase.

Emprende la marcha, pero yo le sigo el ritmo.

—Creo que tú hablas más con Seth que yo. Cuéntaselo tú. —Llegamos hasta el patio y Zach se detiene.

—Foster, ¿qué quieres?

—¿Podrías llamarme Grant? —pregunto haciendo una mueca—. Es como me llama todo el mundo aquí.

Aprieta los labios, pero no sé decir si se lo está pensando de verdad o solo fingiendo.

—Mejor que no. —Era la opción B.

—¿Y eso?

—Porque no soy partidario de esa idea de las fraternidades de llamar a la gente por su apellido. Y… porque es raro. ¿Esperas que te llame Grant delante de Seth? ¿Me dirijo a él también así?

—¿De las fraternidades? —Trato de reprimir una sonrisa—. ¿Cómo has acabado en esta asignatura?

Baja un poco la voz.

—Me lo sugirió la orientadora porque se me da de miedo analizar el comportamiento a nivel individual, pero las dinámicas de grupo y la mentalidad de rebaño se me escapan. Me vendrá bien para cuando tenga que escribir la tesis. Según dice.

—¿Seguro que estás cualificado para dar clases de Psicología del Deporte?

—Estoy convencido de que me las arreglaré.

—Bueno, si necesitas ayuda… —propongo frotándome la barbilla.

—No. Me voy, tengo otra clase ahora.

—Sabes dónde encontrar mi número si te hace falta .