En la misma pista (CU Hockey 1) 2 ZACH
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L a madre que me parió, esta universidad es enorme.

Miro el mapa en el móvil para comprobar que voy en la dirección correcta cuando me doy cuenta de que la residencia ahora parece estar más lejos que cuando empecé a caminar.

O la chica que me dio la dirección en la oficina de registro no sabía la diferencia entre izquierda y derecha, o yo he girado hacia donde no era en algún momento.

Antes de empezar a agobiarme, me doy media vuelta y arrastro la maleta para volver sobre mis pasos.

Va dando tumbos por la acera llena de árboles.

Normalmente, habría aprovechado el desvío para disfrutar de las vistas, pero el campus de la Universidad Colchester no se parece en nada a la belleza a la que me tiene acostumbrado la UVM.

Aquí todo es cuadrado y con cristaleras, y los pocos edificios que he visto de ladrillo estaban pintados de unos colores repulsivos.

Se me cruza por la mente que no ha sido buena idea transferirme de la UVM a la UC, pero eso es solo por la influencia de mi familia, a la que acabo de visitar.

Adoro a mis padres, pero voy a casa lo menos posible porque la preocupación de mi madre despierta el hemisferio menos racional de mi cerebro.

Ha sido todo un alivio hacer la maleta y poder largarme.

Pero luego he llegado al aeropuerto.

Para empezar, he tenido que pagar un extra por exceso de equipaje porque mi madre se ha empeñado en que me llevara todo lo que podría necesitar, lo que, si fuera por ella, sería hasta el fregadero de la cocina.

Una vez en el avión, he tenido la enorme suerte de que me tocara sentarme al lado de una joven con una máquina de vómito en forma de bebé que no ha parado de llorar hasta que hemos aterrizado.

Me habría dado igual si hubiera llevado los auriculares con cancelación de ruido, pero parece ser que son lo único que me he dejado en tierra.

La chica me ha pedido que sujetara al bebé mientras ella iba al baño. Para empezar: ¿a quién se le ocurre hacer algo así? Yo no sé nada de bebés, y menos de los que chillan tanto. Encima, la gente me miraba mal, como esperando a que lo callara.

Estoy seguro de que se ha ido al baño a llorar por las decisiones que ha tomado en la vida, porque ha tardado muchísimo. Si no hubiéramos ido en una lata sin posibilidad de escapar, me habría preocupado que no fuera a volver.

Pero la guinda del pastel ha sido cuando la criatura, que seguía llorando y colorada con un tomate, se ha puesto tan histérica que me ha vomitado encima. Me ha empapado con un líquido blanco y viscoso que aún sigo oliendo.

Trato de pensar en cosas positivas, pero lo único bueno que le saco a ese vuelo ha sido bajarme del avión en cuanto hemos aterrizado…

Hasta que una señora ciega me ha atropellado el pie con la maleta en la cinta de recogida de equipajes.

Así que ahora llevo un pie magullado, huelo a vómito, no encuentro mi residencia y… y… Respiro hondo para no agobiarme.

¿Podemos reiniciar el día, por favor?

Sacudo la cabeza riendo entre dientes. Esto ya solo puede mejorar. Que haya tenido un mal comienzo del día no significa que el resto vaya a ser igual de horrible.

Zach, piensa en cosas positivas .

Como en… que tendré cuarto privado. En mi trabajo de profesor adjunto. En que estoy aquí solo, sin la red de seguridad que es Seth y sin nadie que me trate como si no supiera valerme por mí mismo. Y, lo mejor de todo, que no hay razón alguna para acabar en el radar de ningún deportista cavernícola.

Eso es. Todo irá… bien.

Sé que voy en buena dirección cuando me cruzo con más gente que lleva maletas.

¿Tan difícil era? He encontrado el camino sin ir de la mano de nadie. Puedo ser una persona fuerte e independiente. Me permito sonreír.

Mi teléfono empieza a sonar cuando, por fin, llego al Albany Hall, y me detengo para sacarlo del bolsillo y sujetarlo como puedo entre el hombro y la oreja.

—Al habla Zach.

—¿Vas a responder siempre así cuando te llame? —La voz burlona de Seth me hace soltar toda la tensión que no sabía que estaba reteniendo.

—Es para estar preparado. Nunca sabes quién puede llamarte.

—Tienes identificador de llamadas.

—Ya, pero ¿y si el que me llama desde tu móvil no eres tú? Podría ser cualquiera y quiero parecer profesional.

—¿Quién demonios te va a llamar desde mi móvil? —pregunta con una carcajada.

—La policía, un abogado… ¿Una exnovia enfadada? ¿Y si es un civil preocupado porque has tenido un accidente?

Su silencio cargado de diversión es toda la respuesta que necesito.

—Para que quede claro: si tengo un accidente, ¿tu mayor preocupación será parecer profesional por teléfono?

—La capacidad emocional de las personas es un mundo, nunca se sabe. De hecho, tampoco tengo clara cuál es la tuya.

—Te aseguro que me cambia cuando hablo contigo.

—Y encima te metes conmigo —refunfuño con el ceño fruncido.

—¿Qué tal la UC? —pregunta para cambiar de tema, y lo dejo pasar.

Vuelvo a agarrar la maleta y subo con ella los cuatro escalones hasta la entrada del edificio.

—Es… diferente.

—Eso estaba claro. ¿Ya te ha llegado el olor de esos payasos pedantes?

Me río ante su falsa inocencia.

—Trato de mantener la mente abierta.

—No esperaba menos.

Me acerco a la puerta, pero el picaporte no cede. No está abierta, pero tampoco veo que tenga cerradura. ¿A quién se le ocurre cerrar una residencia durante el día? Encima justo antes del inicio de curso y…

Mi mirada aterriza sobre el miniescáner negro. Ah, claro, que se abre con la tarjeta que me han dado.

—¿Todo bien por ahí? —pregunta Seth.

—Sí, todo controlado. —No sé cómo me las arreglo para sonar firme, aunque técnicamente no es mentira—. Pero tengo que colgar ya. Acabo de llegar a la residencia y quiero prepararme para mañana.

—Está bien… —responde con un rastro de preocupación en la voz.

—Lo tengo dominado, Seth —le tranquilizo mientras saco la tarjeta de la mochila—. Entiendo que te preocupes, pero estoy bien. De hecho, tengo muchas ganas de empezar el curso.

—Eres la única persona que conozco que esté emocionada por sacarse un máster.

—Porque es interesan…

—Pero mira qué hora es. Tengo que dejarte. Perdona por interrumpir tus charlatanerías de psicólogo.

—Tanta sinceridad me abruma —le suelto impávido.

—Pues toma más sinceridad: estoy orgulloso de ti, Zach.

Agradezco el gesto, pero eso me recuerda por qué escogí estudiar el postgrado en la UC.

—Gracias. —La puerta se abre—. Vamos hablando.

—Cuando quieras.

Cuando paso, me dirijo al ascensor y voy derecho a mi cuarto.

La habitación privada desprovista de cosas está…

bien, supongo. Es enana, pero no tiene mala pinta y lo que más me gusta es que hay un pequeño aseo.

Tengo baño propio. Ya no tendré que organizarme el día según los horarios de otras personas que invaden mi espacio. Adiós a las duchas de dos minutos.

Echo la cabeza hacia atrás al sentir el alivio que me recorre todo el cuerpo.

Me ducho para quitarme el olor a avión y a vómito de bebé de encima.

Cuando salgo, me pongo ropa limpia y me peino el pelo negro para que, cuando se seque, no me haga formas raras.

Hago la cama, coloco el portátil en el escritorio y cuelgo la ropa en el armario, prenda por prenda.

Cuando por fin termino, la habitación parece mucho más acogedora.

Sigue siendo pequeña y estando un poco vacía, incluso echo de menos la presencia de Seth, pero es mía.

Esta será la primera vez que sea autosuficiente por completo.

Virgen santa, ¿qué he hecho?

No, no. No pasa nada. Esto es… bueno.

Miro el mapa dos veces (por si acaso) y salgo a buscar la cafetería que tengo más cerca. Ya empiezo a notar el peso del estrés de todo el día, pero no podrá conmigo. No. Soy un maestro de las emociones y, aunque esté aquí, solo, metafóricamente perdido, sé que puedo con ello.

La camarera de la cafetería es demasiado amable y habla sin parar.

Llena cada mínimo de silencio con charlas triviales y sin sentido.

Jamás entenderé qué problema tiene la gente con el silencio.

A mí es lo que más me gusta. En cuanto está listo mi pedido, le lanzo una sonrisa rápida de agradecimiento y me marcho corriendo.

No me desagrada la gente, pero lo que no soporto es la cháchara.

Continúo mi camino hasta girar por una esquina que parece ser que da a una calle principal del campus.

Hay árboles enormes colocados en línea a ambos lados de la vía, que es bastante ancha, y hay unos banquitos monos colocados por todo el camino.

Me sorprende lo acogedora que me resulta esta zona teniendo en cuenta lo demás que he visto de la UC.

Creo que he encontrado mi nueva zona de estudio de personas, pienso. O, como lo llama Seth: puesto de observación para raritos.

Me gusta ver cómo interactúa la gente, y más aún cuando las reacciones que tiene y las caras que pone no resultan ser las que espero. Es una estampa fascinante.

Me siento y le doy un trago a mi bebida y noto cómo la satisfacción cala en mí.

He tomado la decisión correcta. La psicología social es mi zona de confort, aunque eso signifique dejar atrás mi zona de confort física para continuar con mi empeño.

Estar aquí atañe muchísimas cosas positivas y, aunque el resto del campus parezca un esperpento, estoy seguro de que, con el tiempo, acabará gustándome mucho.

Pues sí, lo he conseguido: mi mentalidad positiva le ha dado la vuelta a todos los sucesos del día.

Las emociones son pasajeras y me he autoengañado hasta volver a estar conten…

Plaf.

Me sobresalto. ¿Qué ha…?

Un manchurrón blanco me recorre las gafas al tiempo que noto que me cae algo húmedo en la cabeza.

Me quedo un segundo observando el líquido que me ha interrumpido e intento ver qué…

Ay . Se me revuelve el estómago. Me quito las gafas corriendo y me levanto de un salto del banco en busca del pájaro responsable de esto.

Es tontería, porque sin las gafas voy casi ciego por la vida. No veo a más de un metro.

¿Cuántas posibilidades había de que pasara esto?