En la misma pista (CU Hockey 1) 1 FOSTER
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En la misma pista (CU Hockey 1)

En la misma pista (CU Hockey 1)

Por Eden Finley, Saxon James

© inepub.com

1 FOSTER

C onforme atravieso la puerta de entrada de mi casa de la infancia, oigo cómo me gritan:

—¡Está vivo!

Hogar, dulce hogar.

Le enseño el dedo medio a mi hermano mientras lanzo la bolsa de ropa sucia al suelo, junto a la cocina.

—Algunos no tenemos vacaciones de verano.

Seth se levanta del sofá del salón de nuestros padres. El suelo chirría bajo sus pies cuando se acerca a mí mientras yo saco un zumo de naranja del frigorífico y bebo directamente del cartón.

—No te equivoques —me corrige—, podrías haber tenido vacaciones este verano, pero preferiste no tenerlas. Por cierto, he bebido de ahí hace cinco minutos. Disfruta de mis babas.

Casi me atraganto y tengo que luchar por que no se me salga el zumo por la nariz.

—Compartimos útero —continúa mientras ser ríe—. No te morirás por una salivita de nada.

—Y todavía te extrañará que no venga más a casa durante el verano.

Me quedé en el campus con la mitad del equipo para ayudar a los entrenadores a dirigir el campamento de verano de hockey de la Universidad Colchester y buscar nuevas promesas entre los estudiantes de instituto.

El programa de deportes de Colchester compite en Primera División, por lo que la gente compite para conseguir una plaza en el campamento. Procurar que unos adolescentes que luchan por ganarse un puesto para el próximo año no se maten es un trabajo a tiempo completo.

Además, es la excusa perfecta para jugar al hockey durante todo el año. ¿Qué idiota dejaría pasar esa oportunidad?

Seth se sienta en uno de los taburetes altos de la barra de la cocina.

—Necesito un favor.

Miro a mi hermano. Somos gemelos, o eso dicen.

No nos parecemos mucho, y no solamente porque yo lleve el pelo corto a los lados y un poquito más largo por arriba, cuidado meticulosamente, y él lo tenga alborotado y con greñas largas en la nuca.

Nuestra complexión corporal también es diferente.

Yo tengo la mandíbula cuadrada y él, redonda.

Él tiene un hoyuelo en la barbilla, mientras que yo no.

Sus ojos son de un marrón más claro que los míos.

Somos igual de altos, pero yo tengo el físico de un atleta, mientras que Seth parece un bibliotecario (y viste acorde a ello).

Se nota que somos hermanos, pero lo que le sorprende a la gente es que seamos gemelos.

Seth me observa y parpadea, a la espera de que le responda que sí a ese supuesto favor sin hacer una sola pregunta.

—No voy a aceptar nada sin saber qué es. No me la vas a colar. —Bajo la voz—. Ya no.

Mi hermano se ríe.

—Bueno, sabes quién es Zach, ¿no? Mi mejor amigo del mundo mundial.

Ese nombre me llama la atención.

—Cierto, ¿dónde está tu sombra? Vais siempre como dos siameses por ahí.

—Se ha ido a ver a sus padres para pasar con ellos la última semana de vacaciones antes de empezar las clases del máster.

—Menudo empollón —digo mofándome.

Zach es de nuestra edad, pero durante los últimos semestres ha hecho tantísimos cursos extra que ha conseguido graduarse un año antes.

Es un poco rarito, y muy adorable. Tiene unos aires de friki que parece ser que le gustan a mi rabo.

Una lástima que Seth me prohibiera tajantemente hacer realidad mis pensamientos cuando empezaron a compartir habitación y se hicieron amigos el primer año de universidad en Vermont.

Se lo quedó para él, aunque como amigos.

La joyita de mi hermano, dos minutos mayor que yo, es más hetero que un coche tuneado.

Esos dos minutos son más importantes de lo que se piensa la gente.

Los gemelos nacen el mismo día y a la misma hora, pero, aun así, el mayor tiene más privilegios que el menor.

En nuestro caso, nuestros padres nos pusieron los nombres por el amigo que tenían en común que les presentó.

Así fue cómo mi hermano salió victorioso con un nombre de pila normal y corriente, mientras que a mí me tocó el apellido: Foster.

Sí, como esa conocida cadena de hamburguesas.

Los chistes se hacían solos en el colegio.

Si a eso le sumamos que me apellido Grant, dejamos de lado las bromas sobre hamburguesas para hablar de las Foster Grant, unas gafas de sol. Mis padres le tendrían que haber dado alguna vueltecita más al asunto.

—Volviendo a lo del favor…

—Seth, ve al grano.

—Resulta que el máster no es en la Universidad de Vermont.

—¿Y dónde es?

—En Colchester —responde sin mirarme.

—¿En mi universidad? ¿Se cree lo bastante bueno para ser un puma?

Nuestros padres querían que Seth y yo fuéramos a la misma universidad, pero lo único que conseguimos fue quedarnos en la misma ciudad, aunque en universidades rivales. Y, cuando digo que hay rivalidad, no hablo de las típicas amienemigas . Nos odiamos con todo el alma.

Colchester es la universidad más grande y más nueva. La de Vermont es…, bueno, ridícula.

—Colchester le ha ofrecido una beca que le cubre la matrícula y el alojamiento.

Además, le dan igual los deportes, o sea que lo mismo le da ser un puma que una pantera de Florida, que, dicho sea de paso, también es un tipo de puma.

Qué originales fueron los de tu universidad escogiendo el mismo animal.

—Esas panteras están casi extintas —respondo—. Como la mayoría de profesores de vuestra uni.

Seth suspira. Siempre le ha dado bastante igual el orgullo de los campus.

—Lo que quería pedirte era… si no te importaría echarle una mano a Zach cuando llegue y hacerte amigo suyo.

Menudo giro de los acontecimientos.

—Lo siento, pero no será posible. Va en contra de tu amenaza para que no me acercara a él el día que lo conocí. No puedes darme instrucciones contradictorias, Seth.

—Sigues sin tener permitido coquetear con él.

Miro a nuestro alrededor, a todos los rincones de la cocina de concepto abierto que se comunica con el salón y al pasillo que va hasta el dormitorio de nuestros padres.

—No están —me informa Seth—. Lo que me lleva a mi siguiente cuestión…

Dios, va a volver a sacar el tema sobre contarles que soy bisexual.

Por enésima vez. Le solté la excusa de que quería esperar a estar en una relación con un hombre lo suficientemente significativa para que ellos tuvieran que enterarse, pero dejó de servir cuando Seth se enteró el año pasado de que estaba quedando con un chico.

Pobrecito, tuve que explicarle al alma cándida de mi hermano la gran diferencia que existe entre salir con alguien y acostarte con él.

No había vuelto a sacar el tema. Hasta ahora.

—¿Por qué necesita Zach un amigo? —pregunto para cambiar de tema con la esperanza de evitar una conversación sobre mi salida del armario.

—¿Quitando lo más obvio?

—¿Qué es lo obvio? —Sé a lo que se refiere, pero me apetece hacerme el tonto.

Zach es un empollón adorable, pero también es hermético. Durante las contadas veces que hemos hablado en estos tres años, me ha dado respuestas casi monosilábicas o se ha ido por las ramas hablando de cosas que ni entendía.

—Si fuera por él, nunca saldría ni hablaría con nadie. Se pasaría el día entero estudiando en su cuarto.

—¡Herejía! ¡Una persona que se preocupa por su futuro!

—Eso no es vida y no conoce a nadie de Colchester.

—Tiene veintiún años, ya debería saber cómo hacer amiguitos.

—¿Pero tú lo conoces?

A ver, el muchacho no me cae mal ni me costaría mucho ser agradable con él, pero precisamente este año no tengo tiempo para salir a su rescate.

Ese ha sido el punto fuerte de mi hermano desde que estábamos en el colegio.

Encontraba al niño que más solo estaba y se hacía su amigo.

Es digno de admiración, pero, en serio, bastante tuve en mi infancia con intentar encajar en un mundo que sentía que se me quedaba pequeño. Yo soy el hermano egoísta.

Este año me tengo que centrar en el hockey, así de simple.

No puedo estar detrás de un friki por muy adorable que sea y por muchas veces que me haya pajeado pensando en él desde que lo conocí.

Seth quería que mantuviera las distancias y eso he hecho.

Ahora no puede cambiar las normas porque sí, y mucho menos este año, en el que no puedo tener distracciones.

Nada puede interponerse entre el hockey yo, punto.

Pero mi hermano evita mirarme, lo que me hace pensar que hay algo más.

—¿Se puede saber qué no estás contándome? —pregunto.

—Nada —responde con la voz una octava más alta.

Me apoyo en la encimera y me acerco más a él. Sé cuándo Seth me está mintiendo, se le nota en cómo huye de mi escrutinio.

—Mentiroso.

—Está bien… El año pasado tuvo un problemilla con unos tipos del campus.

—¿De qué clase? —suelto en un gruñido involuntario.

—Chiquilladas sobre todo.

—Qué sorpresa viniendo de los alumnos de la UVM.

—No empieces.

—¿Entonces unos idiotas se metieron con él? ¿Volvemos a estar en el instituto o qué?

—Solo esperaba que, si veías a alguien molestándolo, fueras capaz de ir a ayudarlo, pero había olvidado lo soberbios que sois los deportistas de Colchester. Mira, no he dicho nada. Perdona por preocuparme por mi amigo.

Mierda, ahora me siento mal.

No hacía falta ni que me lo pidiera. No voy buscando a cachorrillos a los que rescatar como hace mi hermano, pero, si viera a alguien metiéndose con Zach, o con cualquier otro, no sería tan cabrón como para quedarme de brazos cruzados.

Soy un jugador de hockey que aspira a la NHL * (ojalá). Precisamente nosotros no tenemos fama de echarnos atrás cuando hay pelea. Más bien somos los primeros en meternos en una.

Lo que no quita que pueda aprovecharme de la situación en beneficio propio.

Se me van los ojos al montón de ropa sucia de toda la semana que sigue en la entrada.

—De acuerdo. Le echaré un ojo a tu amigo.

—Gra…

—Si me haces la colada.

—¿Tus calcetines sudados de hockey? —pregunta horrorizado.

—O lo tomas o lo dejas. —Me yergo y me dirijo hacia las escaleras para subir a mi antiguo dormitorio.

—Está bien, trato hecho —responde Seth cuando apenas he pisado el primer escalón.

Sigo caminando mientras intento ocultar la sonrisa que se me forma en la cara.