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A Archie lo conocí en el último año de carrera, por lo que tampoco es que lo conociera demasiado. Pero, las pocas veces que habíamos hablado, me había parecido un buen chico. Además, me parecía bastante atractivo. Era un chico atleta, le gustaba mucho hacer deporte. Eso creo que fue lo que más me atrajo de él.
—En el Jackson Bill a las nueve —respondí con una sonrisa coqueta.
* * *
La ceremonia se extendió más de lo previsto, y cuando por fin llegué a casa, me di cuenta de que ya era casi la hora en la que había quedado con Archie para cenar.
Fui directa a mi habitación para ponerme más cómoda, pe-ro antes de que pudiera quitarme el vestido de graduación, escuché el sonido de un mensaje entrante en mi móvil. Fui a mirar quién me había escrito.
Era Archie.
En el mensaje decía que lo lamentaba mucho, pero que no podía ir a mi cita porque se había torcido el tobillo. Al principio me sonó a excusa, pero cuando el siguiente mensaje fue u-na imagen de su tobillo, abrí los ojos, horrorizada.
Lo tenía hinchado como una pelota de tenis. No, peor. Como una pelota de baloncesto.
Al preguntarle cómo se lo había hecho, me dijo que había si-do un accidente. Estaba paseando tranquilamente por la calle, cuando de repente, un skate se le cruzó en el camino y le golpeó el tobillo.
Me aseguró que había recibido mil disculpas del padre del niño que supuestamente se le había escapado, pero aún así le pareció extraño que un niño empujara con tanta fuerza un 693
skate como para lograr torcerle casi por completo el tobillo.
Estaba tan desanimada por haberme quedado sin cita que ni siquiera me molesté en sacarme el vestido antes de bajar. E-so sí, los tacones los lancé de mala gana al suelo, como si ellos hubiesen sido la razón de que Archie no pudiese quedar.
Mi padre, que estaba haciendo la cena, se giró hacia los tacones que había arrojado en el suelo.
—Mejor haz dos hamburguesas, porque mi cita se ha cance-lado.
Me dejé caer al sofá.
—Te dije que ese chico no sabe ligar.
—No ha sido culpa suya. Ha tenido un accidente y se ha torcido el tobillo —le expliqué.
—Eso no es excusa. Cuando tuve mi primera cita con mi di-funta esposa, me pasó algo similar. Estaba tan nervioso que me caí por las escaleras justo al salir de casa. Pero eso no iba a impedirme verla. Me presenté a su casa con una escayola y dos muletas. Terminamos cenando en su casa y viendo una maratón de películas.
Una sensación cálida llenó mi pecho al recordar ese amor verdadero que tuvo mi padre con su mujer. Solo deseaba tener un amor como el que tuvo él.
Estaba tan absorta recordando con cariño su historia de amor, que apenas noté el sonido del timbre.
—¿Puedes ir a abrir tú? —me pidió mi padre—. Si salgo un segundo de la cocina, se me quemarán las hamburguesas.
Me levanté con el corazón latiendo con fuerza, pensando que tal vez fuera Archie quien estuviera al otro lado, con una escayola y dos muletas.
Pero al abrir, no vi a nadie, y mis ánimos decayeron de nuevo.