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Puse los ojos en blanco.
—Tu padre tiene razón.
Volteé al escuchar otra voz a mis espaldas.
Archie tenía las manos metidas en los bolsillos de su pantalón, con una sonrisa ladina en su rostro. El traje que llevaba le sentaba genial. Era de un color azul oscuro con una corbata a juego y una camisa blanca por dentro. Al tener un cuerpo entrenado, sus músculos se le marcaban bajo la tela de la prenda, ajustándole a la perfección.
—Estás muy guapa hoy.
Noté cómo mis mejillas se ruborizaban. En las pocas clases que habíamos coincidido, no me había hecho ni un solo cumplido, así que me tomó completamente por sorpresa.
—¿Hoy? Mi hija está guapa siempre, chico —discrepó mi padre.
Lo fulminé con la mirada, haciendo que captara enseguida el mensaje.
—Bueno. . —empezó a decir, incómodo—: creo que me voy a dar un paseo por este magnífico recinto para observar los can-delabros y no ser uno de ellos.
Antes de que se alejara, se giró una última vez hacia Archie:
—Por cierto, si existieran clases de cómo ligar, estoy seguro de que serías el primero en la lista de reprobados.
Me cubrí la cara con ambas manos, presa de la vergüenza.
No acababa de decir eso.
Archie parpadeó, sorprendido, viendo cómo mi padre se alejaba alegremente sin rumbo.
—Lo siento, mi padre es demasiado. . directo.
—Está bien. —Sonrió—. Oye, quería proponerte ir a cenar esta noche.
Me quedé momentáneamente sin habla.