En la línea de fuego 688
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* * *

—Jules Miller.

Cuando anunciaron mi nombre a través del micrófono, mi corazón dio un vuelco. Todos aplaudieron, en especial mi padre, que incluyó gritos de felicidad y alegría. Subí las escaleras, arremangándome el vestido de seda para no pisarlo y evitar formar el último recuerdo más vergonzoso que pudiesen tener de mí.

Una vez en la tarima, me colocaron la banda por encima de los hombros. Me puse delante del micrófono y me aclaré la garganta, lista para decir unas palabras. No pude evitar emocionarme al ver a todos mis compañeros sentados con los birretes y las bandas puestas, y a mi padre en una de las primeras filas, cuyos ojos reflejaban orgullo.

—Nunca creí que llegaría este momento —comencé a decir—. Después de reprobar tantas veces la asignatura de Esta-dística y Análisis de Datos, me veía, no sé, vendiendo helados en un colorido carrito hippie, de esos que parecen sacados de una película de terror.

Logré arrancar algunas risas entre el público, haciendo que el nudo en mi garganta se aflojara un poco y me tranquilizara.

—Pero, aquí estamos, listos para que nuestros caminos se separen después de tanto tiempo juntos. Ahora empieza una nueva etapa en nuestras vidas, un nuevo comienzo. Y sólo puedo desearos que lo iniciéis de la mejor manera. Hagáis lo que hagáis, decidáis lo que decidáis, hacedlo siempre con el corazón.

Hice una pausa e intenté contener las lágrimas.

—Me gustaría agradecer a todos los que habéis formado parte de esta etapa, pero en especial a mi padre, por enseñarme a que jamás me rindiera para lograr mis objetivos. —Mis o-689

jos se encontraron con los suyos desde la lejanía—. Has sido mi mayor apoyo, papá. Tú fuiste quien me sacó de ese lugar donde creía estar atrapada, e hiciste que le encontrara el verdadero sentido a vivir, incluso a disfrutar de las pequeñas cosas. Y por eso hoy quiero expresarte mi más profundo agradecimiento, porque gracias a ti he tenido la infancia que siempre quise tener.

Mi padre escuchaba atentamente cada palabra. Una sonrisa temblorosa se formó en sus labios, y sus mejillas se humede-cieron con lágrimas de felicidad y orgullo. En un gesto lleno de ternura, se llevó una mano al pecho, una forma de darme las gracias desde la distancia que nos separaba.

—Aunque esta etapa llegue a su fin, sé. .

Me detuve al notar un pinchazo en la sien. Cerré los ojos por un momento para soportar el repentino dolor. Fue tan ins-tantáneo e inesperado que no supe canalizarlo bien.

Todos me observaban con atención, esperando a que siguiera hablando. Cuando el dolor disminuyó un poco, tomé una bocanada de aire y continué.

—Sé que tú siempre. . siempre estarás ahí. .

No pude seguir.

El dolor que sentía en la cabeza era insoportable. Con él, iba acompañado un intenso pitido que solo incrementaba la molestia. La gente empezó a mirarme de una forma extraña, así que retomé el diálogo para fingir que todo iba bien y seguir con normalidad. Necesitaba terminar lo antes posible.

—Espero poder seguir demostrándote con cada paso que de en mi vida lo agradecida que estoy por tenerte como padre.

Gracias por ser mi inspiración, mi guía y mi mayor ejemplo de fortaleza. Te quiero.

En seguida el lugar se llenó de aplausos. Todos me miraban con nostalgia, como si creyeran que me había costado hablar 690

porque estaba demasiado conmovida por la situación. Pero ese no fue el motivo, o al menos, no el principal.

Mi padre estaba limpiándose las lágrimas que se le habían saltado durante el discurso, aunque lo hacía discretamente pa-ra que no sospechara que había llorado.

Fueron subiendo más y más alumnos a la tarima. Algunos dedicaban unas cuantas palabras, otros preferían colocarse la bandana junto con el birrete y cerrar de una vez este ciclo.

Cuando la ceremonia finalizó, la gente aprovechó para saludar a familiares y juntarse con sus amigos. Mi familia era solo mi padre, pero para mí era más que suficiente. Fui directa hacia donde él me estaba esperando, recibiéndome con los brazos abiertos.

—Has estado increíble, hija —me dijo, mientras nos infundí-amos en un fuerte abrazo—. Estoy muy orgulloso de ti.

—Gracias, papá.

Tras separarnos, me acomodé el birrete, que casi se me ca-yó al suelo.

—Ha sido un discurso muy bonito. Aunque yo hubiese añadido al final; ¡que os jodan, maestros de pacotilla! ¡Que solo sa-beis leer la maldita pizarra y tener una cara de culo en toda la clase!

Alzó el puño al aire, pero se lo bajé al instante.

—¡Papá! —le reñí entre dientes, al notar que uno de mis profesores pasaba justo por su lado—. ¡Que te van a oír!

Aunque muy probablemente ya lo hubiesen hecho. Se había ganado varias miradas curiosas del bullicio de gente que había en la ceremonia.

Él simplemente se encogió de hombros con una sonrisa traviesa.

—¿Qué importa? ¡Ya te has graduado!