En la línea de fuego 672
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—Ese es Landon, ¿no? —preguntó Amelia al reconocerlo también.

—¿Qué está haciendo aquí? —interrogué.

No fue hasta que rodeó el capó del vehículo cuando me di cuenta de que llevaba un ramo de lirios en sus manos.

—Más vale que esas flores no sean para ti —dijo Nolan con seriedad, sus ojos clavados en Landon.

Al ver que Landon se acercaba peligrosamente a mi casa, hice ademán de salir, pero una mano me agarró la muñeca con suavidad.

Levanté la vista y me topé con la mirada preocupada de Nolan.

—Confío en él —afirmé con seguridad.

—Pues yo no.

—Oh, vamos, es un buen chico —señaló Amelia—. Además,

¡le ha traído un ramo de flores! No sería justo dejarlo plantado en la calle.

—Por mí sí —objetó Nolan.

—Escondeos en mi habitación, y no hagáis ruido. No puede saber que estáis aquí.

—¿No decías que confiabas en él? —Nolan alzó una ceja, cruzando los brazos con un gesto de incredulidad, como si me estuviese contradiciendo.

—Sigue trabajando para Foster. Confío en él, no en el inspector.

Nolan hizo un gesto de resignación con la cabeza, pero no dijo nada más. Porque, por mucho que no le gustaran mis decisiones, siempre las respetaba. Y por eso me gustaba tanto ese chico.

Salí de casa antes de que Landon pudiera subir las escaleras y se acercara a la puerta. Si se enteraba de que Nolan es-673

taba dentro de mi casa, podríamos tener otra guerra mundial antes de lo previsto.

Cuando Landon me vio, se detuvo en seco. Su semblante seguía igual, marcado por la rigidez de su posición como oficial de policía. Mi corazón comenzó a latir con fuerza, como si quisiera salir disparado de mi pecho.

Hacía meses que no lo veía, la última vez fue cuando vino a mi casa para traerme esa carta, y acabamos discutiendo.

¿Cómo debería recibirlo después de eso?

Al ver que desviaba los ojos hacia el ramo, fue como si recordara de nuevo que estaba sosteniendo un ramo de lirios.

—Son para tu padre —aclaró, carraspeando la garganta—.

Iba a llevárselas ahora. Pensé que querrías acompañarme.

Lo miré en silencio con completa incredulidad, preguntándome si de verdad acababa de decirme eso.

—Has estado tres meses ignorándome, Landon —mascullé, con los dientes apretados—. Tres. Malditos. Meses.

Con un gesto nervioso, se pasó la mano que tenía libre por el cabello.

—Estaba cabreado, Jules. No entendía tu actitud.

—Pues yo tampoco entiendo la tuya ahora.

—Sigo siendo tu amigo, después de todo —dijo, como si e-so lo justificara todo.

—¿Mi amigo? —Dejé escapar una risa amarga, y ya empezaba a sentir mis ojos arder—. ¿Y qué clase de amigo se supone que eres dejándome sola en mis peores momentos?

Bajó la cabeza, claramente arrepentido.

No tenía respuesta para eso, porque no la había. Un amigo de verdad no hace lo que hizo él. No te abandona después de haber pasado por un infierno, ni te deja sola para enfrentar el duelo después de la muerte de tu padre.