En la línea de fuego 670
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¿No es eso lo que tienen Jules y Nolan?

—Sí, pero suena como si fuesen salidos de una película de los X-men.

—Oh, disculpa, señorita —ironizó Nils—. ¿Y cómo debería llamarlo a lo que tienen?

—Habilidades telequinéticas, idiota. No es tan difícil.

—Sí que lo es —se defendió, con el ceño fruncido—. Son dos palabras largas y aburridas que muy probablemente haya inventado un científico que se aburría en su casa.

Beth abrió la boca para discrepar, pero tuve que cortarles porque sino podrían pasarse horas así.

—Basta, chicos. —Volví mi mirada hacia Amelia—. Entiendo que no suene creíble, pero es la realidad. Y no es algo que hayamos elegido.

Amelia se quedó en silencio por un momento, procesando la información. Finalmente, exhaló un suspiro de incredulidad.

—Vale, supongamos que todo esto de las habilidades telequinéticas es verdad. ¿Qué significa exactamente tenerlas?

¿Qué podéis hacer?

Nolan y yo intercambiamos una mirada significativa antes de que él tomara la palabra.

—Puedo mover objetos con la mente. Es como telequinesis, pero limitada.

Amelia abrió los ojos con sorpresa.

—Venga ya, ¿en serio? ¡Que flipe! ¿Y tú, Jules?

Titubeé por un momento antes de responder en voz baja:

—Puedo. . causar dolor en las personas. Y a veces. .

. .matarlas.

No pude terminar. Sentía que el estómago se me compri-mía otra vez al recordar todas las muertes que había causa-671

do. Pensar que había vidas a las que yo les había puesto fin en un abrir y cerrar de ojos. . Nunca podría llegar a convivir con eso.

Nolan pareció notarlo y rompió el silencio:

—La habilidad de Jules es increíble, pero a la vez muy peligrosa. Sin embargo, como bien dice, no ha elegido tenerla.

En realidad, ninguno de nosotros lo hemos elegido. Fue cosa de un científico llamado Nathaniel Schneider, quien nos mantuvo cautivos desde que éramos solo unos críos en los sótanos del psiquiátrico Henninger para utilizarnos como ratas de laboratorio en sus experimentos. Su esposa, Madeline Gerlach, es la directora del psiquiátrico.

—Por eso te dije que no era de fiar —añadí—. Porque ella también está involucrada en esto.

Amelia permaneció inmóvil, como una estatua. Sus ojos, fijos en el vacío, denotaban una mezcla de incredulidad y shock. Me preocupaba que la hubiéramos abrumado con tanta información de golpe.

—Vale, esto es demasiado para mí en este momento —dijo finalmente, levantándose del sofá—. Necesito aire fresco y tiempo para procesar todo esto.

Se acercó a la puerta, pero justo cuando extendía la mano para girar el pomo, su mirada se detuvo en la ventana.

—¿Qué está haciendo la policía aquí?

En cuanto Nolan escuchó eso, se despegó de la mesa en la que estaba apoyado prácticamente de un salto y se acercó a la ventana para observar más de cerca.

Los demás hicimos lo mismo, y vimos que, efectivamente, había un coche de patrulla estacionado en mi calle.

Justo en ese momento vi salir por la puerta del conductor a un oficial de policía castaño que reconocí enseguida. Sentí cómo mi corazón comenzaba a acelerarse.