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—Sí, pero con la cabeza bien alta —aseveró Beth—. Porque no hemos hecho nada malo. Solo estábamos intentando ayudar. Pero si quieres llamar a seguridad, adelante. No tenemos ningún problema en explicarles lo sucedido.
Agarré a Beth del brazo, porque ya estaba viendo las ganas que tenía de seguir discutiendo.
—¡Y que conste que las personas con alzheimer pueden olvidar hasta a sus propios familiares, inculta! —exclamó Beth con un tono de indignación, mientras la arrastraba prácticamente hacia la salida.
Una vez fuera, maldije por lo bajo.
—Nos ha descubierto demasiado rápido —lamenté—. No les va a dar tiempo de buscar a Amelia y Renata, ni siquiera podrán salir de aquí sin ser vistos.
—Bueno, siempre puedo volver ahí dentro. —Se encogió de hombros—. Mi energía para discutir nunca se acaba.
—No, tenemos que encontrar otra manera.
Comencé a pasearme de un lado a otro, pensando rápidamente en todas las opciones que teníamos. Aunque, por más que indagaba, no lograba encontrar ninguna.
Beth se sentó en el bordillo de la acera y sacó su teléfono del bolsillo. Comenzó a deslizar el dedo por la pantalla distraídamente mientras tarareaba una melodía.
La miré indignada, deteniéndome en mi frenético andar.
—Podrías ayudarme a pensar en algo.
—¿Y quién te dice que no lo estoy haciendo? Algunos piensan mejor sentados, y otros paseando de un lado a otro como tú.
—Sí, claro, y luego están algunos que simplemente se sientan a ver cómo los demás piensan —respondí con una sonrisa sarcástica—. Pues, en ese caso, sigue ahí sentada a 665
seguir pensando, y yo seguiré dando vueltas hasta que se me ocurra algo brillante.
—No me culpes si terminas mareada y sin ideas.
Estuve a punto de replicar, cuando escuché una voz a mis espaldas:
—¿Qué había dicho sobre que eran buenas discutiendo?
Nolan.
Cuando me giré, vi que estaba acompañado de Nils y. .
—¡Amelia! —dije, sin poder contener la emoción en mi voz.
Me dedicó una gran sonrisa que le iluminó el rostro surcado de pecas antes de abalanzarme sobre ella para abrazar-la, devolviéndome mi abrazo con igual intensidad. Hacía meses que no la veía y que no sabía nada de ella. Pero ahora estábamos juntas de nuevo.
Cuando nos separamos, Beth ya se había puesto en pie para saludarla. Aunque no se conocían, noté que Beth parecía ansiosa por hacerlo. Me pareció bastante curioso, ya que no era habitual ver a Beth mostrarse tan entusiasta con personas que no conocía.
—Soy Beth, diminutivo de Bethia —se presentó, y pude jurar que se estaba poniendo roja—. Aunque, bueno, puedes llamarme como quieras.
La pelirroja le sonrió.
—Encantada, yo soy Amelia.
—¿Cómo habéis logrado salir sin que os vieran? —les pregunté.
—No estamos del todo seguros. —Nils arrugó las cejas—.
Ha sido demasiado. . fácil.
Pero no pude detenerme mucho a pensar en eso, porque me di cuenta de que faltaba una persona.