En la línea de fuego 660
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Beth se giró de golpe hacia mí, como si me hubiese salido una segunda cabeza. Pero solo tenía una, y en ella ya había elaborado un plan improvisado.

La chica pareció considerar mi explicación por un momento. Su expresión mostraba una leve vacilación.

—Entiendo —dijo finalmente, antes de tomar mi identificación y examinarla nuevamente—. Déjeme hacer una llamada rápida al inspector para verificar la situación.

Beth, a mi lado, empezó a ponerse nerviosa. Intenté calmarla con una mirada tranquilizadora. Sin embargo, sus palabras de duda amenazaron con socavar mi plan.

—¿Es necesario? Es decir, podríamos volver otro día y. .

—Un pisotón disimulado la interrumpió antes de que pudiera terminar su sugerencia—. ¡Au!

—Sí, claro. —Forcé una sonrisa confiada—. Le doy su número.

La joven marcó el número que le empecé a dictar en voz alta. Después de un instante, frunció el ceño y miró su teléfono con perplejidad.

—Parece que este número que me ha dado es inválido.

—¿Está segura? Tal vez hubo algún error al marcar. Vuelva a intentarlo.

Acercó el móvil a su oreja después de marcar los mismos números, pero obtuvo el mismo resultado. Como era de esperar.

—Este número no existe.

—Me habré equivocado. —Me encogí de hombros—. Prue-be a marcar un "dos" en lugar de un "tres" al final, no estoy segura de cómo acababa.

Lo hizo una vez más.

Miré por encima de mi hombro. Nolan y Nils seguían allí, 661

esperando la oportunidad para desaparecer. Creo que aún no se habían ido porque la chica no le quitaba ojo a Nolan, y así era imposible que pudieran escapar sin que se diera cuenta.

—No es correcto, señorita.

—¡Ya me acuerdo! —exclamé, inclinándome hacia el mostrador para bloquear la visión de la recepcionista—. Era un

"cinco" al final, no un "dos". Qué tonta soy, ¿cómo se me ha podido olvidar?

Beth, al comprender al fin lo que estaba haciendo, echó una ojeada a los chicos y les hizo una señal con la cabeza pa-ra que se marcharan.

—Disculpe las molestias. —Beth sonrió, volteando de nuevo hacia ella—. Mi amiga tiene memoria a corto plazo. Un día estaba tan despistada que, mientras hablaba por teléfono conmigo, me dijo que la llamara porque había perdido su teléfono y no lo encontraba. ¿Se lo puede creer?

—¿Y por qué no cuentas lo que me dijiste tú después?

—me defendí, fingiendo su historieta—. Cuando me agaché para buscarlo por debajo de la cama, ¡me diste el brillante consejo de usar la linterna del móvil!

—¡Era para que te dieras cuenta de que lo tenías en la ma-no!

—¡Sí, seguro que fue por eso! —objeté con sarcasmo.

La joven nos miró a las dos como si se estuviese empezando a arrepentir de haber elegido la carrera que la llevó hasta aquí.

—¿No tiene anotado su número en alguna parte? ¿En su teléfono, quizás?

—No tengo teléfono, lo perdí.

Al menos en eso no había mentido, pues se había quedado en el almacén del psiquiátrico, y hasta ahora no había sentido la necesidad de reemplazarlo. No es que no tuviese dinero 662

para comprarme otro, simplemente me negaba a sumergirme nuevamente en el mundo de las redes sociales.

Ya tenía suficiente con todas las noticias que se daban del incidente del psiquiátrico, como para que encima se hablara de eso en las redes. Prefería mantenerme alejada de cualquier discusión en línea.

—Entonces, el número correcto es el cinco, ¿verdad?

—Exacto, el cinco.

La recepcionista suspiró.

—Bien, pues probaré otra vez.

Cambió el número que le había dicho y esperamos en silencio. Volteé discretamente hacia donde Nils y Nolan habían estado hace un par de minutos, pero ya se habían ido.

Ya me estaba preparando para decirle a la chica que pro-bara con otro número, cuando la joven levantó la cabeza hacia nosotras y tapó un momento el altavoz con su mano para decir:

—¡Ahora sí que es correcto! —anunció con alegría.

La expresión que compartimos Beth y yo fue digna de recordar, aunque en ese momento estábamos demasiado desconcertadas para reírnos. Abrimos los ojos de par en par, gi-rándonos para mirarnos la una a la otra. No sabría decir quién lucía más sorprendida.

Eso sí que no me lo esperaba. Había estado cambiando el último número de mi propio teléfono con tal que fuera imposible que hablara con Foster, por eso me sorprendió que escuchara a alguien al otro lado de la línea. Y, desgraciadamente, había dado la casualidad de que sí que existía un teléfono con ese número.

Mierda.

—¿De veras ha contestado? —le pregunté, tratando de en-663

tenderlo.

Ella asintió y destapó el altavoz para poder hablar.

—Buenos días, le hablo desde el centro psiquiátrico de Rippon. Estoy tratando de verificar una situación con un visitante que afirma tener una orden de usted para poder entrar. ¿Podría confirmar si hay alguna cita programada para la señorita Miller?

La voz al otro lado de la línea confirmó que, efectivamente, estaba hablando con alguien. Por la voz, parecía un hombre mayor.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

—Um. . sí. Soy la recepcionista del centro. Es el inspector Foster, ¿verdad?

Hubo un breve silencio.

La recepcionista nos lanzó una mirada recelosa antes de disculparse con el hombre y colgar el teléfono.

—Ese no era el inspector —afirmó con contundencia. Su expresión ahora era más seria que antes.

Me aclaré la garganta, tratando de encontrar mis cuerdas vocales.

—Seguro que ese era su padre.

—Pues no conocía al señor Foster. —Alzó una ceja, desconfiada.

—Es que tiene alzheimer, a veces se le olvida —dijo Beth.

Me giré hacia ella con el ceño fruncido. ¿En serio eso fue lo que se le ocurrió decir ahora mismo?

—Creo que deberíais iros —nos informó amablemente, aunque con un toque de amargura en su voz—. O no me quedará más remedio que llamar a seguridad.

—Eso no será necesario, ya nos vamos.