En la línea de fuego 653
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—¿Y este quién coño es? —preguntó Nils, girando la llave de contacto, listo para iniciar la marcha. Pero, al estar Steve en la ventana, prefirió esperar a que se fuera.

Pero esperar a que Steve se marchara por su propia cuenta era como esperar a que Selena Gómez y Justin Bieber re-gresaran. Ese chico era capaz de perder cuatro horas de su valioso tiempo solo en molestar a los demás.

Beth bajó la ventanilla hasta la mitad.

—¿Ya has ido a la policía? —inquirió ella—. Porque todavía no he recibido ninguna denuncia.

—No creas que me he olvidado de usted —replicó con un tono amenazante que no le pegaba en absoluto, pues no inti-midaba lo más mínimo—. En cuanto tenga un momento libre, iré a la comisaría y le denunciaré por agresión.

—¿Un momento libre? —repitió Beth, burlándose de él—.

Pero si cuando lo tienes, lo dedicas a fastidiar a los demás.

—Concuerdo con eso —murmuré.

Al hablar, los ojos saltones de Steve se posaron en mí.

—Usted tampoco se va a librar de esa denuncia, señorita Miller. Tenle claro que no voy a parar hasta que las dos aca-béis en el calabozo por lo menos una noche entera.

Su amenaza sonó más como un berrinche de niño que co-mo una advertencia seria.

—¿Debería haber temblado de miedo con eso? —preguntó Beth, alzando una ceja.

El rostro de Steve se tornó rojo de rabia y vergüenza.

—¡Vais a temblar cuando. .! —Steve comenzó a amenazar-nos, extendiendo la mano hacia nosotras con furia para se-ñalarnos con el dedo índice. Pero, antes de que pudiera terminar, la ventana se subió rápidamente, atrapando su brazo.

El grito de dolor de Steve resonó en el interior del auto-654

móvil mientras se retorcía, tratando de liberarse.

Beth y yo estallamos en carcajadas.

—¡Maldita sea! ¡Soltadme! —gritó, con la voz entrecortada por el dolor.

Pero Nils mantuvo la ventana cerrada con firmeza, sin ceder a sus peticiones.

—¡Duele! ¡Duele! ¡Dueleeee! —lloriqueó.

La sonrisa desapareció lentamente de mi rostro al ver que el brazo de Steve empezaba a adquirir un tono entre rojizo y morado, como si le estuviera cortando la circulación de la sangre.

—Nils, creo que ya es suficiente, ¿no crees? —le dije con un tono de preocupación en mi voz.

—Yo no estoy haciendo nada —aseguró él, con una expresión confundida.

Pero, entonces, ¿quién estaba. .?

Mis ojos se posaron en Nolan, quien había estado sorprendentemente tranquilo para ser él durante todo el rato.

Ni siquiera se había girado para ver la escena.

Oh, por supuesto que estaba tranquilo, porque estaba haciendo exactamente lo que pretendía hacer.

—Nolan, basta.

Sin embargo, la ventanilla continuó ejerciendo presión sobre el brazo de Steve, como si ignorara por completo mis palabras. Steve comenzó a gemir de dolor mientras su brazo se volvía aún más rojo bajo la presión.

—¡Nolan, detente ya! —exclamé, al borde de la desesperación.

No es que ese chico fuera de mi agrado, pero tampoco pretendía mutilarle un brazo.

Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, la 655

ventanilla cedió un poco, permitiendo que Steve liberara su brazo con un suspiro de alivio.

Al fin Nils puso el coche en marcha para irnos.

—¡Esto no acabará aquí! ¡Juro que me vengaré! —chilló Steve mientras lo dejábamos atrás, aunque su voz todavía temblaba por la experiencia.

Me giré hacia Nolan.

—¿Era necesario hacerle eso?

—Sí —contestó, apenas sin pensar.

—¿Qué demonios te pasa? ¡No tienes ni idea del daño que podrías haberle causado!

Nolan se giró hacia mí con una expresión indiferente, co-mo si no entendiera por qué estaba tan molesta.

—Lo hice para que dejara de molestar —respondió con un encogimiento de hombros, como si fuera la cosa más obvia del mundo—. No lo veo para tanto.

—¿Que no lo ves para tanto? —repetí, incrédula—. ¡Casi le dejas sin brazo!

—Y no sería lo único que podría haber perdido si seguía hablándoos de esa manera. Agradece que aún puede tener hijos.

Nils y Beth soltaron una risita silenciosa ante su comentario.

Respiré profundamente, tratando de controlar mi enojo antes de decir algo de lo que pudiera arrepentirme después.

Pensar que podía hacer todo eso tan solo con la mente era. .

fascinante y aterrador a partes iguales.

—¿Vais a decirme cuál es el plan? Ni siquiera sé a dónde estamos yendo.

—Al centro donde están Amelia y Renata —contestó Beth—. Nils se ofreció a llevarnos con su coche, pues es el ú-656

nico que sabe a dónde están.

—Pero, me dijiste que estaban bien —le dije a Nils.

—Eso pensaba antes de que descubriera toda la verdad del psiquiátrico Henninger —respondió él, sin apartar la mirada de la calle por la que estábamos pasando.

—¿Y qué motivaría a un hospital psiquiátrico a entregar a dos niñas sin un permiso legal?

—Hay muchas razones posibles, desde intereses financie-ros hasta manipulación de pruebas médicas —contestó Nolan.

—¿Tenéis dinero que ofrecerles?

—No.

—¿Y pruebas médicas manipuladas?

—Tampoco.

—Entonces, ¿cómo se supone que vamos a hacerlo?

—Por la fuerza —respondió Nolan, como si nada.

Estaba sentada justo detrás de Nils, lo que me permitía tener una vista privilegiada del perfil de Nolan. Llevaba unas oscuras gafas de sol para ocultar sus ojos y evitar ser reconocido por alguien. Su cabello oscuro caía con elegancia sobre su frente, y sus cejas ligeramente fruncidas le daban un aire de determinación, como si se estuviese preparando mentalmente para realizar con éxito el plan que él mismo había elaborado.

La luz del sol filtrándose por la ventana del coche resaltaba los rasgos angulares de su rostro, creando una suave sombra que realzaba su atractivo. Cada gesto suyo, cada movimiento, parecía tener una elegancia natural, como si estuviera siempre en control de la situación.

Involuntariamente, mis ojos se quedaron fijos en él, atrapados por su presencia magnética. Aunque intentaba mante-657

ner la compostura, mi corazón latía con fuerza cada vez que estaba cerca de mí, incluso estar en el mismo coche que él ya me ponía nerviosa. Sin duda, Nolan ejercía sobre mí un po-deroso magnetismo que me resultaba imposible de ignorar.

Me preguntaba qué hubiese pasado si Beth y Nils no hubiesen entrado en casa en ese momento en el que estábamos a solas.

¿Habían interrumpido algo?

Ni siquiera estaba del todo segura

* * *

El centro donde estaban Amelia y Renata no infundía ni una fracción del temor que provocaba el psiquiátrico Henninger, ni tampoco mantenía el mismo nivel de seguridad estricta.

Por lo que simplemente tuvimos que estacionar el coche en el aparcamiento del centro y cruzar la calle para acceder a él.

Nolan se había puesto la capucha de la sudadera negra que llevaba puesta para ocultar su rostro y evitar que alguien lo reconociera, aparte de las gafas de sol, que no se las había sacado.

Me preocupaba que estuviera arriesgándose demasiado, especialmente considerando que todo el país lo estaba buscando.

Todos nos detuvimos enfrente de la puerta antes de entrar.

—Bien, escuchadme —empezó a decir Nolan—. Nils y yo seremos los encargados de colarnos a las instalaciones. Hay que localizar el comedor. Si es igual que nuestro psiquiátrico, se encontrará en la primera planta, por lo que no hará falta subir escaleras. Todos los psiquiátricos suelen tener el mismo horario. Así que, si no me equivoco, en unos minutos 658

reuniran a todos los pacientes a desayunar. Debemos aprovechar ese momento. Pero para ello necesitamos una distracción. —Luego se giró hacia mí y Beth—. Vosotras seréis las que lo vais a hacer.

—O sea, que seremos el conejito de indias —murmuró Beth—. Genial.

—¿Cómo vamos a distraerlos tanto tiempo? —inquirí.

—Vas a decirles que eres investigadora privada —dictaminó Nolan—, si hace falta les mostrarás tu identificación, y les dirás que estás aquí porque tienes una orden del inspector Foster y necesitas acceder a los expedientes de Amelia Thompson.

—Para acceder a los expedientes de un paciente, se necesita una autorización específica firmada por el paciente o su representante legal, a menos que exista una orden judicial válida que permita el acceso por razones legales. E imagino que no tenéis nada de eso.

—Porque no será necesario.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo que no?

—No nos interesa ver los expedientes de Amelia.

—Eso lo daba por hecho, pero pensé que queríais usarlo como excusa para entrar a las instalaciones del centro.

—Solo será para ganar tiempo y distraerles, mientras Nils y yo nos colamos por el pasillo que da a las escaleras. Además, a ti y a Beth se os da de lujo discutir. Lo haréis de maravilla.

Beth y yo pusimos la misma cara de indignación.

Con un plan en marcha, nos dirigimos hacia la entrada del centro, listos para poner en práctica nuestra estrategia. La adrenalina fluía por mis venas mientras me preparaba para el 659

papel que me había asignado Nolan.

Al llegar a la recepción, nos encontramos con una chica joven detrás del mostrador. Debía tener la misma edad que yo, quizás un año menos.

Su rostro se iluminó con una sonrisa amable cuando nos acercamos.

—Hola, ¿en qué puedo ayudarles? —preguntó con voz suave y educada.

Tomé la iniciativa y me acerqué al mostrador junto a Beth.

Los chicos permanecieron detrás de nosotras, aunque noté cómo la joven no podía apartar la mirada de Nolan.

¿Cómo conseguía captar la atención incluso con el rostro oculto?

—Buenos días —comencé a decir, carraspeando la garganta para que centrara de nuevo la atención hacia mí—. Soy Jules Miller, investigadora privada. Estoy aquí porque necesito acceder a los expedientes de una joven que tenéis ingresada en este centro. Es una orden del inspector Foster.

La recepcionista frunció el ceño, mirándome con una mezcla de sorpresa y escepticismo.

—Necesitaría ver la orden y su identificación para poder ayudarla —respondió con cortesía.

Beth se mantuvo a mi lado, lista para intervenir con cualquiera de sus comentarios si era necesario. Mientras tanto, Nolan y Nils observaban la escena con atención desde una distancia prudente, a unos metros detrás de nosotras, listos para actuar según lo planeado.

—Por supuesto. —Asentí, sacando mi cartera para mos-trarle mi identificación—. Lamentablemente, olvidé la orden en la oficina del inspector. Pero puedo darle su número de contacto y él puede confirmar la autorización por teléfono si lo necesita.