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Un escalofrío recorrió mi espalda.
—Han suplantado mi identidad para asegurarse de que me envíen a un psiquiátrico —continuó—. Porque saben que si me envían a la cárcel, ya no estaré bajo su control.
Comencé a sentirme mal por él, por todas las veces que lo había llamado asesino, por todas las acusaciones horribles que le había hecho, por haberle echado en cara su supuesta maldad cuando en realidad era solo una persona tratando de sobrevivir en un mundo que, a pesar de que hubiese crecido, seguía siendo cruel.
Lo había etiquetado como un monstruo sin siquiera considerar la posibilidad de que fuera simplemente una víctima más en todo este caos.
—Con vuestro permiso, me voy a tomar el aire —dijo Nils con una palidez en el rostro algo inusual—. Acabo de tener u-na sobrecarga de información.
Beth se levantó y lo acompañó, saliendo de mi casa para quedarse en el porche con Nils. Ahora, Nolan y yo estábamos solos en mi comedor.
—¿Por qué a ti? —inquirí.
Es decir, ¿por qué el psiquiátrico lo eligió a él para inculparlo? ¿Fue sin motivo o había otra razón?
—¿Recuerdas cuando salimos del psiquiátrico y me dijiste que no entendías por qué me convertí en un monstruo?
—Nolan, no lo sabía. Yo. .
—No te estoy culpando —me interrumpió—, solo quiero que lo recuerdes.
Inhalé profundamente antes de asentir.
—Tan solo era un crío cuando a ti te enviaron de vuelta al orfanato. Tú tenías trece años y yo quince. Creíste que fue a partir de ahí que comencé a delinquir, que tuve una carrera 629
delictiva tan larga que estaba destinado a ser un delincuente reincidente. Pero no fue así, porque a mí no me liberaron.
Mis labios se entreabrieron.
—¿Seguiste en ese lugar? ¿Con esas personas?
Asintió con un gesto pesaroso. Sus ojos bajaron momentáneamente, como si reviviera aquellos recuerdos con cada parpadeo.
—¿Por qué?
—Hice un pacto con ellos. Si dejaban que te marcharas, yo ocuparía tu lugar.
Un nudo empezó a instalarse en mi garganta, apretándola con fuerza y amenazando con ahogarme.
—¿Cuánto tiempo estuviste, Nolan?
Su mandíbula se tensó, pero no dijo nada.
—Responde.
—Eso ahora no importa.
—Sí que importa. ¿Cuántos años estuviste siendo tortura-do? —repetí la pregunta, sintiendo el peso de la rabia acumulándose dentro de mí.
Una sombra cruzó por su rostro antes de que pudiera o-cultarla.
—No lo recuerdo.
Mentira.
—¿Cuánto, Nolan?
Sus ojos esquivaron los míos por un instante antes de volver a encontrarse con los míos.
—Diez años.
Aspiré una brusca bocanada de aire. El aliento se me cortó por un instante.
—¿Dejaste que te torturaran durante diez años solo para 630
evitar que yo ocupara ese lugar?
Nolan no dijo nada, y sentí cómo la impotencia dentro de mí. El aire que respiraba se me quedó atrapado en los pulmones por un momento.
—Eras solo un niño —murmuré con los ojos cristalizados, recordando ese Nolan pequeño y sonriente al que había visto en mis recuerdos.
—Tú también.
—Maldita sea, Nolan. ¿Por qué lo hiciste?
—No podía verte sufrir.
Nuestros ojos se encontraron en un silencio cargado de emociones que hasta ahora había estado ignorando.
—En algún momento tuvieron que liberarte, porque vivías en Toronto. Además, fuiste boxeador. Y uno bastante bueno.
Tuviste la oportunidad de tener una vida normal.
—Sí, la tuve. —Se pasó una mano por su cabello, un gesto que denotaba su tensión—. Me dejaron en libertad a los dieciocho años. Fue entonces cuando descubrí el boxeo. Sentía tanta rabia, no solo por lo que me hicieron a mí, sino por el daño que te causaron a ti. . que necesitaba desahogarme de alguna manera, canalizar toda esa furia. Resulté ser bueno en el ring, así que empecé a competir. Pero un día perdí el control en una pelea. Maté a mi contrincante. Fue un accidente, no pude controlarlo.
La noticia que leí con Lexi vino a mi mente como un pequeño rayo de luz, proporcionando un poco de claridad. Según los periódicos, el joven con el que competía Nolan ese día sufrió un paro cardíaco durante el combate, muriendo al instante.
Pero, en realidad. .
—Fuiste tú. . —susurré, asimilando la impactante verdad.