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Quería creerle, y estuve a punto de hacerlo, hasta que me vino algo a la mente. Me dirigí hacia uno de los cajones del armario y lo abrí, encontrando algo que agradecía haber guardado durante todo este tiempo.
Al regresar a la mesa, le entregué la carta firmada con su nombre. Tenía mis sospechas, pero ahora que lo tenía enfrente, me las podría confirmar.
—Entonces, ¿qué es esto?
Nolan cogió la carta, dubitativo.
A medida que la leía, sus espesas y oscuras cejas se fruncían aún más. Sus ojos se deslizaron por las líneas escritas con una expresión de incredulidad creciente. Cada palabra parecía sumarlo a un mar de dudas.
—Yo no he escrito esto —sentenció finalmente, levantando la mirada hacia mí con un desconcierto evidente.
—Eso pensé yo —murmuró Beth.
—Yo tampoco lo creí, pero entonces… ¿Quién ha sido?
—pregunté, sintiendo cómo aumentaba mi intriga.
Volvió a mirar la carta, y entonces en su rostro se asomó una mueca donde se dibujaban unos dientes perfectos y alineados, como si hubiese atado cabos.
Esa sonrisa, esa maldita sonrisa, aunque no hubiese sido genuina, era la más bonita que había visto en toda mi vida. Y
la acompañaban unos labios carnosos y simétricos que me hicieron desconcentrarme antes de preguntar lo que quería preguntar.
—¿Qué ocurre?
—Sabían que la policía la encontraría. Lo han hecho a propósito.
—¿De qué estás hablando?
—Ha sido Madeline Gerlach y su gente.