En la línea de fuego 631
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Nolan asintió con solemnidad.

—Todos creyeron que fue un accidente, que mi contrincante simplemente sucumbió a la presión del combate. —Se detuvo antes de volver a hablar—. Solo hubo una persona que pareció darse cuenta de lo que había ocurrido en realidad, alguien que estaba entre el público.

» Se llamaba Nathaniel Schneider. Era un neurólogo muy prestigioso que solía ir a combates de boxeo. Le gustaba la violencia, encontraba placer viendo sangre derramada como si fuera un espectáculo, y disfrutaba escuchando las súplicas de los contrincantes que se rendían al llegar al límite del dolor y el cansancio. Recuerdo sus ojos brillantes de emoción cada vez que un golpe impactaba con fuerza en el ring.

Tragué saliva con verdadero esfuerzo.

No era la primera vez que oía ese nombre, pues le pedí a Foster que lo investigara al pensar que podría ser útil en la investigación. Pero no llegaron a ninguna parte porque hacía años que no estaba en el país.

Comencé a rebuscar entre el montón de papeles e imágenes esparcidas en la mesa, hasta dar con el recorte de la noticia. En ella se veía una imagen en la que aparecía en primer plano a Nolan entrenando boxeo, y si te fijabas, entre el público había un hombre con el pelo un poco canoso observando la batalla.

Una punzada aguda atravesó mi cabeza. Cerré los ojos por un momento, conteniendo el repentino dolor. Entonces, el rostro borroso que había estado tratando de recordar durante tanto tiempo, finalmente cobró forma en mi mente.

Ese hombre de pelo blanco era Nathaniel Schneider, el mismo que me sometió a esos experimentos. Cuando Nolan me dijo que había tenido al asesino enfrente de mí durante todo este tiempo, nunca pensé que sería en un sentido tan 632

literal.

—Es el mismo que nos torturó —murmuré, y asintió.

—Siempre evitaba mirarlo directamente a los ojos, pues me recordaba a todo lo que te hizo. Pero ese día lo hice, y al-go cambió dentro de mí. Y acabó pagando mi ira la persona equivocada.

Sentí un nudo en el corazón al darme cuenta de que, aunque él había sufrido tanto como yo, se preocupaba más por mí que por él mismo.

—Después del accidente, Nathaniel se acercó a mí. Le pe-dí que se alejara, pues estaba muy furioso. Había sido él quien me había hecho perder el control. Pero entonces me ofreció su ayuda para controlar esa habilidad que nunca pensé que tendría. Me aseguró que podía enseñarme a usarla sin necesidad de dañar a nadie. Estaba tan desesperado, me sentía tan culpable por lo que hice, que acepté su oferta sin dudarlo. —Su expresión se tensó—. Pero fui un idiota al creerle.

» No quería ayudarme, sino convertirme en un arma. Yo mismo había creado una habilidad que estaba fuera de su control, y le interesaba investigar más sobre ella. Por eso, u-na vez me retuvo en los sótanos, ya no pude salir. Y, una vez más, permanecí allí retenido durante cuatro años. Hasta que apareciste tú.

—¿Y cómo sabías quién era? ¿Cómo te acordaste de mí?

Una leve sonrisa asomó en una de las comisuras de su bo-ca.

—Recordaría esos ojos en cualquier parte, princesa.

Tuve que apartar la vista de él, abrumada por la intensidad de su mirada.

—Sabías que era investigadora privada. ¿Cómo lo supiste si estabas ingresado en el psiquiátrico?