En la línea de fuego 622
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—Ha llegado el momento de que sepas toda la verdad

—habló Nolan, haciendo que girara la cabeza hacia él.

—¿Cuál de todas? —recriminé.

—La única que hay.

—¿Y cómo sé que no me mentiréis?

Nolan sostuvo mi mirada con seriedad antes de avanzar hacia mí con pasos cautelosos.

Tuve el instinto de retroceder, pero permanecí en mi sitio cuando metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó u-na mariposa de papel, esa que tenía tanto significado para ambos.

—Porque ya la sabes —respondió—, solo te ayudaremos a encajar las piezas que quedan del rompecabezas.

* * *

Estábamos los cuatro de pie, alrededor de la mesa del comedor, rodeados de periódicos, fotografías y documentos esparcidos por la superficie. Había sacado todos los informes que había recopilado del caso de Nolan.

—Has estado persiguiendo al asesino equivocado. Te lo advertí desde el principio.

Alcé la mirada hacia Nolan, quien acababa de decir eso.

Supe que esas palabras se quedarían conmigo mucho después de que la conversación hubiera terminado.

—Si eso es cierto, ¿quién es el culpable de todos estos crímenes? —cuestioné, señalando los papeles esparcidos sobre la mesa.

—Eso me pregunto yo —murmuró Nils, con una expresión de disgusto al observar una de las imágenes que sostenía en sus manos. En ella aparecía el cadáver de una pobre chica 623

con los brazos torcidos de una forma inhumana.

Él y yo nos estábamos enterando de todo al mismo tiempo, lo cual me reconfortó enormemente pensar que había alguien honesto que sí que había sido sincero desde el minuto uno.

Durante nuestra breve conversación, me relató cómo vio a los guardias llevándose a Beth hacia la puerta de la discoteca, por lo que decidió ir a buscarme, sospechando que me habían dejado sola. Sin embargo, para su sorpresa, ya había alguien cuidándome.

Entonces los tres me llevaron a casa, y así fue como acabaron congregados en mi salón.

—No es solo una persona, hay varias involucradas —aseguró Beth.

Mis cejas se alzaron en sorpresa.

No había considerado eso. De hecho, no había considerado nada. Había estado tan enfocada pensando que solo había un responsable, y que ese era Nolan Jenkins, que en mi mente no cabía otra posibilidad que no fuese esa.

—¿Varias personas? —repetí con voz temblorosa, pensando en lo mucho que se estaban complicando las cosas. Pues ya no estábamos hablando de un asesino, sino de varios.

Beth intercambió una mirada con Nolan, indicándole que era su turno de hablar. Probablemente prefería que fuera él quien lo dijera.

—El hospital psiquiátrico Henninger ha estado maquillan-do los crímenes como suicidios para ocultar la verdad —sentenció Nolan.

Mis ojos se abrieron de par en par, asimilando la gravedad de las palabras que acababa de pronunciar.

Esa era una acusación muy fuerte, y si era cierta, entonces estábamos frente a una conspiración de proporciones e-624

normes.

—Y tú sabes esa verdad que querían ocultar, Jules —corro-boró Beth—. Tú misma la has vivido.

Entonces todo cobró sentido.

La verdad no era otra que los experimentos inhumanos que habíamos sufrido, tanto Nolan como yo. Pero no solo nosotros, sino muchos jóvenes. Jóvenes que tal vez no habían tenido la misma suerte que nosotros, y perdieron la vida debido a esas prácticas atroces. Y para encubrir estos crímenes, los responsables simplemente los catalogaron como suicidios.

El peso de esa revelación me golpeó como un martillo directo a las costillas, dejándome momentáneamente sin respiración. Durante mucho tiempo había estado cegada por la idea de que Nolan era el culpable, incluso de esos suicidios, sin siquiera considerar la posibilidad de que hubiera más de lo que pensaba detrás de todo esto.

La primera persona que cruzó mi mente de inmediato fue Alyssa. Si Adler hubiese descubierto que en realidad su hermana había sido sometida a esos crueles experimentos, habría cargado con un dolor que ni él mismo hubiese sido capaz de llevar.

Tuve la oportunidad de decírselo, pues lo descubrí mucho antes, en mis recuerdos. Sin embargo, preferí que su partida estuviera libre de preocupaciones, muriendo en paz.

—Dios mío —susurré, apenas dejando escapar un hilo de voz.

—Sé que es difícil de digerir —respondió Beth, con un ápice de empatía.

¿Difícil de digerir? Era mucho más que eso.

Era una jodida locura.