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No me la creía, ya no creía a nadie. Todos acababan de-cepcionándome de un modo u otro.
—Tú también me has mentido, y no te juzgo por ello
—empezó a decir, pero no podía mirarla a la cara—. Porque sé que no te quedaba otra opción. Lo entiendo, ¿vale? Pero debes entender que yo tampoco tenía otra alternativa que o-cultarte la verdad todos estos meses.
Me quedé sin aliento, golpeada por sus palabras. Tenía razón. Maldita sea, por supuesto que la tenía. Pero eso no hacía que doliera menos.
—¿Y qué razón tenías tú para mentir?
—Debía proteger a mi primo.
—¿Quién es tu. .?
Y una sola mirada suya dirigida hacia una persona presente en ese salón bastó para que comprendiese lo que estaba pasando. No hizo falta que emitiera ninguna palabra cuando sus ojos se desviaron hacia Nolan.
Una risa tosca escapó de sus labios.
—Tiene que ser una broma.
Empecé a negar con la cabeza, sintiendo cómo mi estómago se contraía y una oleada de náuseas amenazaba con expulsar todo lo que tuviese en mi organismo. Mi cabeza da-ba vueltas, intensificando cada vez más esa sensación de vértigo.
Ese cabello que compartían, negro como el azabache, esos ojos color avellana, ese carácter que usaban con los demás. . Era evidente que tenían la misma sangre.
La traición de Beth me dolía profundamente, pero no podía culparla. En realidad, no podía culpar a nadie. Y eso es lo que más me estaba quemando por dentro. Después de todo,
¿quién era yo para juzgarla? No podía pedir que fuera sincera conmigo, cuando yo no lo fui con ella desde el principio.