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—¿Le habéis contado quién soy en realidad? —le pregunté a los demás, incrédula—. ¿No podíais haber esperado a que. .?
—Siempre lo he sabido, Jules —me interrumpió Beth.
Espera, ¿qué?
Si antes me dolía la cabeza, ahora se volvió insoportable.
La examiné minuciosamente con la mirada, buscando cualquiera señal que refutara esa verdad. Porque me negaba a creer que era cierto, que supo desde el principio que era una investigadora privada infiltrada en el psiquiátrico.
—¿Cómo. .?
—Deja que te lo explique.
Cuando avanzó, yo di un paso atrás, alejándome un poco más.
—No —la corté, apretando los dientes con fuerza. Me sentía una completa idiota—. ¡¿Has estado sabiendo durante to-do este tiempo quién era en realidad y me lo has ocultado?!
Beth mantuvo la calma ante mi arrebato, pero pude ver un destello de incomodidad en sus ojos.
—Sí, lo supe desde el principio —admitió en un murmuro.
Comencé a sentir una creciente desconfianza hacia ella.
Hacia todos los que me rodeaban.
—Entonces, ¿has estado fingiendo todo este tiempo? —Mi voz temblaba por la furia reprimida.
Beth asintió con pesar.
—¿Y la parte en la que eras mi amiga? —inquirí, mis palabras se quebraron—. ¿También has estado fingiendo eso?
Las lágrimas amenazaban con emerger. Ella no podía haberme mentido también.
—No, Jules. En eso no he fingido en absoluto —respondió con sinceridad—. No sería capaz.