En la línea de fuego 616
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No supe en qué momento perdí el conocimiento, pero cuando abrí los ojos de nuevo, ya no estaba en la discoteca. Me llevó varios minutos reconocer lo que era mi habitación.

Respiré aliviada al saber que estaba en casa, aunque no recordaba cómo había llegado hasta aquí. ¿Alguien me había traído? ¿Había tomado un taxi?

El palpitante dolor de cabeza fue lo único que me ayudó a saber el motivo de que no recordara nada. Tendría que haberme pensado mejor lo de beberme tres chupitos de golpe, especialmente cuando ya había estado consumiendo alcohol durante el día.

Giré la cabeza hacia la ventana, pero no supe distinguir si era de día o de noche ya que las cortinas estaban cerradas.

Me incorporé sobre mis codos con cuidado, pues la habitación se balanceaba levemente a mi alrededor, y cada movimiento brusco solo incrementaba esa sensación.

Mi cuerpo se resistía a levantarse, luchando contra el deseo de dejarse caer nuevamente sobre la cama. Pero necesi-617

taba urgentemente un vaso de agua, de modo que, con un suspiro resignado, aparté las sábanas para ponerme en pie.

Fue ahí cuando me di cuenta de que ya no llevaba mi vestido, sino una camiseta ancha y vieja que solía usar mi padre para dormir, y unos pantalones cortos de algodón. ¿Había tenido fuerzas para cambiarme, a pesar de todo? Tampoco recordaba eso.

La confusión se sumaba a mi dolor de cabeza cada vez que intentaba reconstruir los eventos de la noche anterior, así que lo dejé estar para otro momento en el que me sintiera mejor. O, al menos, para cuando tuviese otro líquido en mi organismo que no fuese alcohol.

Con pasos vacilantes, crucé la puerta de mi habitación.

Había muy poca luz en el pasillo, por lo que intuí que aún sería de noche.

Justo cuando estaba llegando a la cocina, mis piernas se congelaron al distinguir voces en mi salón. Los latidos de mi corazón empezaron a latir frenéticos sobre mi pecho.

Había gente en mi casa.

Y vivía sola.

Me planteé dar media vuelta y salir por la ventana del ba-ño o de alguna de las habitaciones, pero esta era mi casa. Si alguien iba a irse, esa no sería yo.

Me armé de valor y me acerqué al salón con la máxima discreción que pude, tratando de hacer el menor ruido posible. La luz titilante de la única lámpara que había encendida iluminaba débilmente el salón, permitiéndome ver a tres personas.

No sé decir si sentí alivio al darme cuenta de que conocía a cada una de ellas, o sentirme extraña.

Nils estaba sentado en el sofá con una expresión seria, mientras hojeaba concentrado el periódico que dejé el día 618

antes encima de la mesa, donde aparecía la noticia del incendio del psiquiátrico. Aún llevaba el uniforme de barman, aunque se había aflojado un poco la corbata.

Beth daba vueltas de un lado a otro, nerviosa. Parecía co-mo si estuviera a punto de decir algo, pero se detenía antes de abrir la boca, reconsiderando sus palabras una y otra vez.

Ella tampoco se había cambiado de ropa, pues lo que llevaba puesto era mío.

Y luego lo vi a él.

Tenía la espalda apoyada en la pared más cercana a mí, con los brazos cruzados sobre el pecho y una mirada pensativa en su rostro. Su cabello oscuro caía de manera desenfa-dada sobre su frente. Desde su perfil, podía ver la perfecta línea que marcaba su mandíbula, fuerte pero suavizada por la sombra de una barba incipiente, y su nariz recta y bien definida.

A pesar de todo, parecía algo cansado. Todos en general tenían un aspecto exhausto, como si esa noche nadie hubiese descansado lo suficiente.

Pero, lo que realmente me importaba saber no eran las horas que habían dormido, sino qué demonios hacían esos tres juntos en mi salón.

Por un lado, Nils parecía extrañamente relajado, a pesar de saber que Nolan también estaba allí, compartiendo el mismo espacio con un asesino. Y, sin embargo, parecía importarle más no saltarse ni una sola línea de ese periódico.

Lo que también me desconcertó fue la aparente calma de Beth. ¿No se daba cuenta de quién era el chico que tenía enfrente? ¿Acaso no sabía que era el asesino del que tanto le había hablado durante todo este tiempo?

No estaba entendiendo absolutamente nada.

—Tendremos que hacerlo con discreción —estaba dicien-619

do Nolan en ese momento—. Ahora mismo me está buscando un país entero, por lo que más nos vale no cagarla o, por el contrario, no tendremos otra oportunidad.

Alternó la mirada en esos dos cuando un denso silencio se extendió por mi comedor.

—¿Por qué no decís nada? —preguntó.

—Estoy pensando —dijo Beth.

—Y yo leyendo —añadió Nils, sin despegar los ojos del periódico.

—No hay nada que pensar, ya he elaborado el plan. —Sus ojos volaron hacia Nils—. Y tú deja de leer. Esto es importante.

—Para vosotros —repuso—. Yo ni siquiera sé qué hago en este fregado.

Nolan estuvo a punto de decir algo, pero su expresión cambió sutilmente al percibir mi presencia. Giró la cabeza lentamente hacia mí y se despegó de la pared, dejando caer sus brazos y analizándome con esos oscuros ojos.

Beth, al notar su cambio de atención, siguió su mirada y detuvo sus pasos al encontrarse conmigo parada en medio del pasillo.

—Jules. —Ella pronunció mi nombre.

Mi nombre real.

—Esto se va a poner interesante —murmuró Nils, dejando el periódico en la mesa.

Tenía muchísimas preguntas en la cabeza, pero la primera duda que me surgió fue cómo se había enterado Beth de mi verdadera identidad. Era consciente de que tarde o temprano tendría que enfrentar esa conversación, pero preferiría haber sido yo quien se lo contara, para poder darle todas las explicaciones que merecía.