En la línea de fuego 613
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La palabra que salió por mi garganta estuvo empapada de terror:

—¡Suéltame!

Su aliento caliente rozó mi oído.

—Vamos, morena, si lo estás deseando.

Cada vez que empujaba mis manos temblorosas contra su pecho para tratar desesperadamente de apartarlo de mí, hacía aún más presión. Así que ya solo me quedó gritar todo lo que mi garganta pudo con la esperanza de que alguien me escuchara.

De repente, noté cómo el cuerpo del hombre se separaba con brusquedad del mío.

Un instante de confusión pasó por mi mente antes de que el alivio inundara cada fibra de mi ser. Pero al no tener ningún soporte al que agarrarme, mis piernas fallaron y mi espalda se deslizó por la pared hasta alcanzar el suelo.

Por un momento, todo quedó en silencio. El sonido de mi respiración jadeante resonaba en el pasillo, y podía sentir el latido frenético de mi corazón retumbando en mis oídos. Pe-ro ahora, al menos, podía respirar. La sensación de asfixia había desaparecido, reemplazada por un aire fresco que llenaba mis pulmones.

Mis ojos se alzaron, tratando de entender lo que acababa de suceder.

Ahora, una figura alta y esbelta había invertido los papeles, pues era mi agresor quien estaba aprisionado en la pared, mientras esa figura borrosa que no distinguía del todo lo agarraba por el cuello con una sola mano. No pareció inmutarse ante sus súplicas.

—Vuelve a ponerle las manos encima y rezarás cada día de tu miserable vida no coincidir en otras conmigo.

Algo en la firmeza de esa voz me resultó reconocible, fa-614

miliar, pero estaba demasiado aturdida y mareada como para hacer que los engranajes de mi cabeza empezaran a funcionar con normalidad.

—No volveré a tocarla, lo. . lo juro. Ahora suéltame, por. .

por favor —le pidió el hombre. No podía verlo del todo, pero se notaba claramente que le estaba empezando a faltar oxígeno.

Lo estaba asfixiando.

Una risa áspera trepó por la garganta de mi defensor, co-mo si su petición le hubiese resultado ridícula.

—Escuchar tus súplicas es una de las cosas más gratificantes que me ha pasado hoy. Pero, ¿escuchar las suyas?

—cuestionó, remarcando cada palabra antes de girar media cabeza para mirarme—. Eso es lo más doloroso que me ha pasado en la vida.

Mis ojos luchaban por mantenerse abiertos, pero cada vez me estaba costando más.

—¡La iba a soltar, de verdad! —exclamó el hombre, su voz debilitándose con cada inhalación.

—No, no ibas a hacerlo. Y solo por eso te mataría con mis propias manos aquí mismo, pero ahora lo último que quiero es otro motivo más para que me acusen de cosas terribles.

Así que, en cuanto te suelte, tienes tres segundos para echar a correr antes de que cambie de opinión.

El hombre asintió reiteradamente, con los ojos abiertos de par en par.

Cuando quedó libre de su agarre, se tambaleó hacia atrás, pero no quiso perder un segundo más. Ni siquiera para recuperar el aire. Echó a correr como un maldito cobarde hacia el otro extremo del pasillo, desapareciendo entre la negrura.

Entonces, la figura que había intervenido se acercó hacia mí con paso firme pero cuidadoso, y se agachó para estar a 615

mi altura. No me hizo falta enfocar mi vista para distinguir su rostro, el reconocimiento llegó a mí como un destello en medio de la confusión.

—Te mataría con mis propias manos —repetí sus palabras con un susurro apenas audible—. Eso solo puede salir de la boca de un asesino.

Él esbozó una pequeña sonrisa.

—Este asesino siempre estará dispuesto a protegerte, princesa.