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—¿Por qué? —inquirió Beth.
—Este hombre nos ha informado que vas demasiado borracha y estás causando muchos problemas en el estableci-miento —informó el otro guardia, el que al principio se había mostrado cooperativo con nosotras.
Beth abrió la boca, indignada.
—¡Eso no es verdad! —se defendió ella.
—Ha afirmado que estabas en el baño porque te encontrabas muy mal.
—¡Sí, pero porque yo. .! —Apretó los labios con fuerza, co-mo si lo que dijese fuese a empeorar las cosas—. ¡Le aseguro que no estoy ebria!
—Y qué coincidencia que sea la misma chica que nos ha comentado antes que era asmática, ¿no crees? —dijo el guardia con el que Beth había discutido, esbozando una sonrisa victoriosa—. ¿Puedo echarle un vistazo a ese inhalador que mencionaste?
Mierda.
—Mirad, podemos hablar de esto con calma y. . —empecé a decir, pero entonces agarraron a Beth por los brazos como si se tratara de un maldito muñeco.
—¡Eh! ¡Quitadme las manos de encima!
Con un empujón, me apartaron de su camino para que pudieran llevársela.
—¡Soltadla! —grité—. ¡Todo lo que ha dicho ese hombre es mentira! ¡Mi amiga se encuentra perfectamente!
Sin embargo, mis súplicas cayeron en oídos sordos mientras los guardias continuaban arrastrando a Beth por el pasillo. Sentí un nudo en la garganta mientras los veía alejarse, impotente ante la situación.
Justo cuando me disponía a seguirles, el hombre se des-610
pegó de la pared y me impidió el paso. Sus ojos brillaban con malicia mientras me observaba, como si disfrutara del control que ejercía sobre la situación.
—Parece que tu amiga se ha metido en un buen lío.
Mis puños se cerraron con fuerza, conteniendo la furia que se estaba acumulando dentro de mí.
—Le advertí que se arrepentiría de haberme dejado en ridículo —añadió con arrogancia, encogiéndose de hombros—.
Es culpa suya que no tomara mis palabras en serio.
Mi ira creció ante sus palabras. Pude sentir el familiar hormigueo en los dedos de mis manos, el mismo que sentí todas esas veces que mi ira se salió de control. Sabía que tenía que alejarme antes de que las cosas se pusieran realmente feas.
—Déjame pasar —exigí, mi voz firme a pesar del temblor en mis manos.
—¿Y a dónde irás? Ahora estás sola, eso no suena nada divertido.
—Seguro que va a ser mucho más divertido que estar con-versando contigo.
El hombre se acercó un poco más. Su sonrisa tomó un matiz lascivo que me hizo sentir repugnancia.
—Podrías pasarlo muy bien conmigo, morena —dijo con voz suave, pero llena de insinuación—. Mucho mejor que seguir persiguiendo a tu amiguita. A estas alturas ya le deben estar pidiendo un taxi para que se vaya a casa. O, mucho mejor, quizás la policía ya está de camino para que se la lleven a comisaría por haberse colado en la discoteca y mentir al decir que era. . ¿Qué dijo que era? ¿Asmática?
Su carcajada resonó por el pasillo.
—¿Sabes? —prosiguió—. Deberías agradecérmelo. Al menos solo he mentido respecto a ella, para que tú puedas se-611
guir disfrutando de la fiesta. . conmigo.
Un escalofrío recorrió mi espalda ante sus palabras. La sola idea de estar cerca de él me provocaba náuseas.
Mis ojos se estrecharon ligeramente, y mi postura se volvió más rígida. Pero no moví ni un solo músculo de mi cuerpo.
—Aléjate de mí antes de que haga cosas de las que luego me arrepienta.
El hombre, lejos de mostrarse amenazado o incómodo, parecía más bien tomar mis palabras como un desafío.
Su sonrisa se ensanchó ligeramente, como si encontrara divertido mi intento de intimidación.
—Sorpréndeme.
Cerré los ojos por un momento, sintiendo los efectos del alcohol con más fuerza, pero luché contra la embriaguez y me concentré en el hombre frente a mí, imaginando ese hilillo de sangre que era capaz de provocar sin siquiera tocar a alguien. Tal y como sucedió con ese guardia de seguridad.
Con Margot. Con Lily.
Podía hacerlo.
Recordé cómo había utilizado mi habilidad en el pasado, cómo había hecho que la sangre brotara con un simple pensamiento. Tan solo tenía que sentir ese odio y canalizarlo hacia mi objetivo.
Mi concentración vaciló por un momento mientras luchaba contra la sensación de desorientación, pero seguí imaginando la escena que quería que se desplegara.
Pero cuando abrí los ojos de nuevo, me quedé paralizada.
El hombre seguía allí, sin mostrar ni el más mínimo signo de sentir dolor. De hecho, parecía bastante desconcertado por cómo estaba actuando.