En la línea de fuego 606
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—No, tranquila. Estoy bien.

No estaba muy convencida de que su respuesta fuera sincera, pero decidí dejarlo pasar por el momento.

Nos sumergimos en la música una vez más, pero algo había cambiado. Beth se mantenía constantemente en alerta, como si estuviera en guardia.

¿Qué demonios le pasaba?

Eché un vistazo a nuestro alrededor para tratar de entenderlo, y allí fue cuando me di cuenta de que tenía la mirada clavada en ese hombre de antes, el que me había hecho ese lascivo comentario, junto a sus amigos cuarentones. Parecían seguir cada uno de nuestros movimientos con una sonrisa cínica, hasta tal punto que me empezó a incomodar algo tan simple como bailar.

Un gemido de dolor que escapó de los labios de Beth me obligó a girarme de nuevo hacia ella. Su expresión se contor-sionó en agonía mientras se llevaba una mano a la cabeza con los ojos cerrados, y supe de inmediato que algo andaba mal.

—Beth, ¿estás bien? —pregunté, colocando una mano en su hombro.

—Creo que necesito ir al baño.

—Te acompaño.

Nos abrimos paso entre la multitud para alcanzar el estrecho pasillo que conducía a los baños. La música se amor-tiguó entre las paredes, pudiendo así tomarnos un respiro.

Al llegar al baño, Beth se encerró en una de las cabinas mientras yo me quedaba fuera, esperando a que saliera. Sin embargo, cuando vi que se demoraba mucho, la preocupación dio paso a la desesperación.

Me acerqué a la puerta y di unos golpecitos con los nudillos.