En la línea de fuego 604
85%

604

—¡Increíble! ¡Eres casi tan elástica como los chicles que mastico! —bromeó Beth.

—Había olvidado lo muy malas que son tus comparaciones.

—Mis comparaciones son geniales —protestó—. Y, para que conste, eso ha sido un cumplido.

—Bueno, eso depende del punto de vista, supongo —comenté, divertida.

—Oh, créeme que lo es. Los hombres te lo agradecerán en la cama.

Volteé los ojos.

—Yo estoy encantado de comprobar eso, morena —me susurró un hombre al oído, haciendo que me estremeciera. Ni siquiera lo había visto acercarse.

Hice una mueca al verlo. Debía rondar los cuarenta años, y algunas arrugas ya decoraban sus facciones.

Beth notó mi incomodidad y se acercó, colocándose estratégicamente entre el hombre y yo. Con su característico ingenio, dijo:

—Oye, creo que podrías tener más éxito en el local de la calle siguiente.

—¿Qué local es ese? —preguntó el hombre con curiosidad.

—Un asilo de ancianos.

Hice todos mis esfuerzos por no estallar en carcajadas en ese momento. El hombre parpadeó, sorprendido. Supongo que no era consciente de lo muy directa que podía ser Beth con la gente, pero yo lo sabía muy bien.

—¿Me acabas de llamar viejo?

—No, te acabo de llamar viejo verde. Son cosas distintas.

Los viejos verdes siempre son viejos, pero los viejos no tienen porqué ser todos viejos verdes.